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Domingo 9 de Febrero de 2014

El hombre equivocado
Pastor Tony Hancock

Algunos meses atrás, el vicepresidente de este país tuvo una experiencia embarazosa. Llamó para felicitar a Marty Walsh, el recientemente elegido alcalde de la ciudad de Boston. Sólo hubo un pequeño problema: llamó al hombre equivocado. Resulta ser que hay varios hombres en Boston con el mismo nombre, y el que recibió el mensaje de felicitación del vicepresidente se llamaba Marty Walsh, pero no era el nuevo alcalde de Boston.

En este caso, la equivocación sólo produjo un momento incómodo. Sin embargo, tales equivocaciones han producido efectos mucho más graves. Muchos hombres han pasado años en la cárcel por ser confundidos con otra persona. Hace poco, algunos militantes en Siria se disculparon por haberle cortado la cabeza al hombre equivocado. Bueno, por lo menos pidieron disculpas.

En la Iglesia, también hay personas que escogen al hombre equivocado. Esto puede producir consecuencias muy graves, pero no tiene que ser así. Dios nos ha dicho en su Palabra cómo evitar este error. Abramos la Biblia en 1 Corintios 1:10-17 para aprender cómo hacerlo:

1:10 Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.
1:11 Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas.
1:12 Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo.
1:13 ¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?
1:14 Doy gracias a Dios de que a ninguno de vosotros he bautizado, sino a Crispo y a Gayo,
1:15 para que ninguno diga que fuisteis bautizados en mi nombre.
1:16 También bauticé a la familia de Estéfanas; de los demás, no sé si he bautizado a algún otro.
1:17 Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo.

Había un problema en la Iglesia de Corinto. Los miembros estaban enfocados en diferentes líderes, y se identificaban con ellos. Algunos seguían al apóstol Pablo, al que conocían bien. El había pasado tiempo con ellos, y les había enseñado el evangelio. Otros seguían más a Apolos. El era un maestro judío que se había convertido al cristianismo, y enseñaba muy bien las Escrituras.

Otros se identificaban con Cefas, es decir, el apóstol Pedro. Era el más conocido de los apóstoles; había predicado el primer sermón cristiano, en el día de Pentecostés. Y otros se consideraban los más espirituales. Según ellos, eran los que realmente conocían a Cristo, y veían con desprecio a los demás.

¿Cuál era el problema? Se estaban enfocando en los siervos - Pablo, Pedro, Apolos - en lugar del Señor. Y cuando nos enfocamos en los siervos en lugar del Señor, las consecuencias no son buenas. Al contrario, fijarnos en el hombre equivocado es muy dañino, tanto para nuestro crecimiento espiritual personal como para el bienestar de la Iglesia.

¿Será algo que sucede hoy en día? Desgraciadamente, sigue sucediendo. Tan fácilmente comparamos a diferentes líderes, y nos identificamos con el que más nos gusta. En lugar de darnos cuenta de que todos servimos a un mismo Señor, nos dejamos llevar por cuestiones de estilo y de gustos.

"Ese pastor sí me gusta", decimos, "pero aquel otro es muy aburrido". Vemos una sucesión de movimientos y ministerios asociados con algún predicador o ministro; se levantan, atraen seguidores, para luego desaparecer. A veces nos parecemos más a los fanáticos que defienden a su equipo deportivo que seguidores de un mismo Señor.

Cuando nos enfocamos en los siervos en lugar del Señor, dos problemas serios se presentan. El primer problema es que destruimos la unidad del cuerpo. Lo vemos en el verso 10. Pablo dice: "Les suplico, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos vivan en armonía y que no haya divisiones entre ustedes". Cuando nos enfocamos en los siervos en lugar del Señor, traemos división al cuerpo de Cristo.

Reza el dicho: "en la unión está la fuerza", y lo opuesto también es verdad. Cuando nos separamos por cuestiones de liderazgo, debilitamos el cuerpo de Cristo. En lugar de ser un ejército que avanza a la victoria, nos convertimos en una colección de bandos opuestos que desperdician sus municiones disparándose unos a otros, en vez de pelear contra el verdadero enemigo.

La unión de su Iglesia es un punto sumamente importante para nuestro Señor Jesucristo. El oró, pidiéndole al Padre: "para que todos sean uno. Padre, así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado." (Juan 17:21)

Desgraciadamente, la Iglesia de Jesucristo en todo el mundo se encuentra dividida. En algunos casos, partes de la Iglesia han aceptado doctrinas y enseñanzas que no son bíblicas, y se han separado de la verdad. En otros casos, hay razones históricas que han traído división.

Pero muchas de las divisiones que existen han surgido simplemente por cuestiones de personalidad y de liderazgo. Quizás tú y yo no podamos resolver todos los problemas de la Iglesia universal, pero podemos empezar aquí en nuestro rinconcito. Podemos esforzarnos por evitar las divisiones que surgen de preferencias, de personalidades, de posiciones sin trascendencia.

No permitamos que nuestros gustos traigan división al cuerpo de Cristo. Si algún líder está en pecado, por supuesto, hay que confrontarlo y corregirlo. Pero si te dejas llevar simplemente por preferencias, divides el cuerpo de Cristo sin necesidad.

Hay un segundo problema que surge cuando nos enfocamos en los siervos en lugar del Señor. Perdemos la contribución única de cada uno. Leamos de nuevo los versos 13 al 17. Pablo nos dice aquí: Dios me ha dado un llamado en particular. Mi llamado es predicar el evangelio de Cristo. Por lo tanto, no me he dedicado a bautizar. Bauticé a unos cuantos, pero no a muchos. No pueden hacer alarde de haber sido bautizados por Pablo, o en su nombre.

Imagina que tuvieras el privilegio de haber sido bautizado por algún gran predicador o evangelista - quizás Luis Palau. ¿Les contarías a todos acerca de cómo tú fuiste bautizado por Luis Palau, como si tu bautismo fuera mejor? Pero ¡esto no es lo que importa! No importa quién te bautizó, sino por fe en quién fuiste bautizado. ¿Fuiste bautizado por fe en Jesucristo? ¡Esto es lo que realmente importa!

Pablo tenía una misión especial que Dios le había dado - la misión de predicar el evangelio. Dios le había capacitado especialmente para esto. Pero al enfocarse solamente en él, sus seguidores lo querían convertir en su todo. En lugar de celebrar lo que Dios le había llamado a hacer y darle gracias a Cristo por su ministerio, querían que Pablo bautizara y enseñara y predicara y discipulara y... lo hiciera todo.

Esto es muy peligroso, porque nadie lo puede hacer todo. Dios nos ha puesto dentro de un cuerpo, con muchos miembros, para que cada uno desarrolle su función. Pero cuando exaltamos demasiado a una persona, tarde o temprano nos quedaremos desilusionados - porque sólo hay un Salvador que todo lo puede.

Es más, fácilmente dejamos de desarrollar nuestros dones, porque pensamos que no podremos hacerlo a la altura de esa persona que hemos exaltado en nuestra mente. En lugar de darnos cuenta de que Dios nos ha puesto en la Iglesia para servir en alguna función, nos vemos como simples seguidores de algún gran líder.

En algunas Iglesias se ha sabido de casos en los que la gente no asiste a las reuniones de la Iglesia cuando el pastor no se encuentra. Entonces surge la pregunta: ¿con quién se han comprometido? ¿De quién dependen? ¿Del pastor? ¿O de Cristo?

Años atrás, un predicador famoso había sido invitado a predicar en cierta Iglesia. Al último momento, se le presentó un inconveniente, y tuvo que enviar a su hermano para predicar en su lugar. Cuando el hermano se paró para dar el mensaje, varios miembros de la congregación se levantaron para retirarse.

Al verlos, el predicador hizo el siguiente anuncio: "Todos los que han venido a adorar a mi hermano, pueden retirarse. Los que han venido a adorar al Señor, son bienvenidos a quedarse". El Señor fue tan capaz de dar un mensaje de su Palabra por medio de aquel hombre como lo era de su hermano más famoso. Pero muchos se enfocan más en el espectáculo, en la fama y en la personalidad. ¡Qué gran error!

Sólo hay un Salvador. Sólo hay un Señor. Sólo hay un Jesucristo, quien vino del cielo, vivió una vida perfecta y dio su vida en la cruz para pagar por nuestros pecados. Sólo El ha vencido la muerte, y sólo El puede guiarnos de día en día. El es el único que merece tu confianza y tu obediencia absoluta.

Por supuesto, El tiene siervos que te pueden ayudar a aprender más de su Palabra, que te pueden animar y exhortar. Pero nunca pongas en el lugar del Señor a uno de sus siervos. No te enfoques en el hombre equivocado. Esto sólo trae problemas. Más bien, pon toda tu confianza en el Señor y adórale a El. El es suficiente.


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