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Domingo 5 de Enero de 2014

En tu peor momento
Pastor Tony Hancock

Es un placer estar nuevamente con ustedes, después de una semana de ausencia. Me acuerdo del pastor que leyó el siguiente anuncio en el boletín de su Iglesia: "Durante la ausencia de nuestro pastor, disfrutamos el inusual privilegio de escuchar un buen sermón cuando el hermano fulano de tal ocupó el púlpito."

Estoy seguro que fue de bendición el mensaje que trajo nuestro hermano la semana pasada. Lo que importa no es el mensajero, sino el mensaje que trae. Dios nos ha dado ahora la oportunidad de volver a estar juntos, y El tiene un mensaje para nosotros en esta mañana.

¿Cuál ha sido el momento más bajo de tu vida? ¿Cuál ha sido tu peor momento? Quizás sucedió en un momento de gran necesidad económica, cuando enfrentabas el hambre y la carencia de lo más básico. O quizás llegó cuando murió algún ser querido, y no sabías cómo enfrentar la vida sin la presencia de esta persona. Quizás tu peor momento fue tan difícil que no lo puedes describir sin llorar.

Hoy encontramos a una mujer que se hallaba en su peor momento - y en ese momento de desesperación y soledad, tuvo un encuentro con Dios. De ella podemos aprender mucho acerca de Dios, de las formas en que El obra y cómo podemos nosotros conocer su obra en nuestra vida.

Esta mujer se llamaba Agar. Ella fue sirvienta de Abraham y Sara. Su vida no fue notable, hasta que su amo Abraham cometió el error que han cometido muchos patrones a través de los siglos. Se acostó con ella, buscando conseguir un heredero. Dios le había prometido a Abraham que llegaría a ser el padre de una gran nación, y que la bendición para todo el mundo llegaría a través de su descendencia.

Pero Abraham y su esposa Sara ya eran de edad avanzada, y no habían tenido hijos. Sara claramente era estéril. ¿Cómo se podría cumplir la promesa de Dios? Abraham decidió buscar su propia solución, y la solución más conveniente era tener un hijo con Agar. Ese hijo podría ser el heredero de su fortuna, y de la promesa de Dios.

Pero este no fue el plan de Dios. El mismo Dios que había creado el matrimonio para durar toda la vida bendeciría a Abraham y Sara con un hijo propio. Cuando Abraham tenía cien años y Sara noventa, tuvieron un hijo llamado Isaac. ¡Qué gran alegría para Abraham y Sara! De hecho, el nombre que le dieron a su hijo significa "risa", porque ahora la risa llenaba su hogar.

No era un momento tan alegre para Agar. Con el nacimiento de Isaac, el hijo que ella había tenido con Abraham - su hijo Ismael - ya no hacía falta. Cada día, Sara se volvía más celosa de la mujer que había tenido un hijo con su esposo, y por fin, decidió echarla de la casa.

Leamos la historia en Génesis 21:8-20:

21:8 Y creció el niño, y fue destetado; e hizo Abraham gran banquete el día que fue destetado Isaac.
21:9 Y vio Sara que el hijo de Agar la egipcia, el cual ésta le había dado a luz a Abraham, se burlaba de su hijo Isaac.
21:10 Por tanto, dijo a Abraham: Echa a esta sierva y a su hijo, porque el hijo de esta sierva no ha de heredar con Isaac mi hijo.
21:11 Este dicho pareció grave en gran manera a Abraham a causa de su hijo.
21:12 Entonces dijo Dios a Abraham: No te parezca grave a causa del muchacho y de tu sierva; en todo lo que te dijere Sara, oye su voz, porque en Isaac te será llamada descendencia.
21:13 Y también del hijo de la sierva haré una nación, porque es tu descendiente.
21:14 Entonces Abraham se levantó muy de mañana, y tomó pan, y un odre de agua, y lo dio a Agar, poniéndolo sobre su hombro, y le entregó el muchacho, y la despidió. Y ella salió y anduvo errante por el desierto de Beerseba.
21:15 Y le faltó el agua del odre, y echó al muchacho debajo de un arbusto,
21:16 y se fue y se sentó enfrente, a distancia de un tiro de arco; porque decía: No veré cuando el muchacho muera. Y cuando ella se sentó enfrente, el muchacho alzó su voz y lloró.
21:17 Y oyó Dios la voz del muchacho; y el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo, y le dijo: ¿Qué tienes, Agar? No temas; porque Dios ha oído la voz del muchacho en donde está.
21:18 Levántate, alza al muchacho, y sostenlo con tu mano, porque yo haré de él una gran nación.
21:19 Entonces Dios le abrió los ojos, y vio una fuente de agua; y fue y llenó el odre de agua, y dio de beber al muchacho.
21:20 Y Dios estaba con el muchacho; y creció, y habitó en el desierto, y fue tirador de arco.

Gracias a los celos de Sara, Agar fue echada de la casa de Abraham. El se sintió afligido al tener que correr a su propio hijo de la casa, pero Dios le prometió que se encargaría de prosperar al niño. Entonces despidió a Agar y a Ismael con pan y agua.

¿A dónde se iría Agar? ¿Qué podría hacer? La vida es dura para una madre soltera. Por fin, se agotaron sus recursos. El pan y el agua se habían acabado. No le quedaba más que esperar la muerte, pero su corazón de madre no aceptaba tener que ver morir al niño. Se sentó a llorar desconsoladamente.

¿Alguna vez te has encontrado en el mismo lugar que Agar? ¿Alguna vez has estado completamente sin esperanza, sin recursos, sin salida? Es difícil imaginar un momento más bajo. Pero fue en ese momento preciso que Dios le habló a Agar y le dijo: "No temas". Dios había escuchado, y El respondió. Le abrió los ojos a Agar para que viera el agua que le salvaría la vida. Estuvo con ella y con Ismael, quien llegó a ser un gran arquero.

¿Qué nos enseña esta historia? Vamos a considerar brevemente tres ideas que podemos aplicar a nuestra propia vida. En primer lugar, nos damos cuenta de las consecuencias del pecado de Abraham. El pecado siempre trae consecuencias. Desde que Satanás le convenció a Eva de que nada le sucedería si comía el fruto del árbol prohibido, la gran mentira es la misma: que puedes pecar sin enfrentar consecuencias. Todo pecado trae consecuencias.

Abraham pecó al acostarse con Agar, y su hogar se convirtió en un lugar de riñas y conflictos como resultado. Por fin, tuvo que alejarse de su propio hijo. Agar, por supuesto, enfrentó consecuencias mucho más graves. Los descendientes de Isaac y de Ismael siguen en pleito hasta el día de hoy. Nuestros pecados no sólo nos afectan a nosotros; muchas veces, otros también pagan el precio.

Tú y yo enfrentamos tentaciones todos los días. Puede ser la tentación sexual, en la pornografía o en la mirada de otra persona. Puede ser la tentación a la deshonestidad, de tomar lo que no nos pertenece porque pensamos que nadie se dará cuenta. Puede ser la tentación al chisme, a destruir el buen nombre de otra persona simplemente para sentirnos superiores.

Cuando enfrentamos la tentación, tenemos que recordar que el pecado tiene un precio. Siempre nos costará. El pecado nos costará más de lo que queremos pagar. La tienda del pecado no tiene precios en las etiquetas, pero son mucho más altos de lo que crees. Recuérdalo, cuando seas tentado.

Dicho esto, sin embargo, la segunda cosa que vemos es que el pecado no puede detener el plan de Dios. Dios le había hecho ciertas promesas a Abraham, porque había decidido usarlo para traer la bendición a todo el mundo. Había decidido que el Salvador del mundo, el Señor Jesucristo, llegaría por medio de su descendencia. Esa promesa se iba a cumplir.

Dios está realizando sus propósitos en el mundo, y nosotros no los podemos estorbar con nuestro pecado. La rebelión y la ignorancia del mundo jamás podrán detener la realización de lo que Dios ha planeado. Sólo nos toca a nosotros decidir si nos uniremos a Dios en su propósito de salvación, o si nos mantendremos alejados en nuestra rebelión y nuestro pecado.

El plan de Dios es como un enorme tren que avanza sin detenerse sobre las vías. Podemos escoger si nos subimos a él o no, pero no podemos hacer nada para estorbarlo. Por más que nos resistamos, llegará a su destino. ¿Cómo nos unimos al propósito de Dios? ¿Cómo nos subimos al tren?

Aquí está el tercer punto que surge de esta historia. Recordemos por qué Dios había escogido a Abraham. Génesis 15:6 dice que Abraham le creyó a Dios, y Dios lo consideró a él como justo. Dios no bendijo a Abraham porque era rico, guapo o inteligente; no lo escogió porque era perfecto. Acabamos de ver que él cometió errores graves.

Pero él confió en Dios. Su fe fue lo que trajo gran bendición a su vida. Esa fe también trajo bendición a su hijo Ismael. El versículo 13 registra estas palabras de Dios: "Pero también del hijo de la esclava haré una gran nación, porque es hijo tuyo." Podríamos pensar que Dios aquí demuestra una especie de favoritismo, pero tenemos que darnos cuenta que fue la fe de Abraham la que trajo bendición a Ismael. En todo el mundo, Dios busca hombres y mujeres de fe para bendecirlos y bendecir también a sus familias.

La forma en la que nos unimos al plan de Dios y experimentamos su presencia en nuestra vida es por la fe. Es sólo al confiar en su verdad, en quién es, y sobre todo en su Hijo Jesucristo, que podemos saber que Dios nos ve y nos escucha. Es sólo por fe que llegamos a conocer a Dios y descubrir su presencia en toda nuestra vida.

Agar misma había llegado a conocer a este Dios. Años antes, ella había huido del hogar de Abraham y Sara. Estando en el desierto, Dios le habló. Le dijo que regresara a la casa de Abraham y Sara, y que daría a luz a un hijo. En respuesta, Agar le puso a Dios el nombre El Roí, que significa "El Dios que me ve" (Génesis 16:13).

En su momento de mayor desesperación, Agar descubrió de nuevo que Dios la veía, y que no se había olvidado de ella. El le mostró la salida, porque El escucha. Al comienzo de un año nuevo, es bueno recordar que Dios siempre es fiel. No sabemos lo que traerá este año, pero El sí. No sabemos cuáles luchas enfrentaremos, pero podemos saber que El es fiel. No sabemos cuáles serán sus planes, pero podemos saber que serán de bendición.

Dios te invita hoy a confiar en El. El te invita a caminar confiado, sabiendo que El escucha y ve. El estará allí, aun en tus peores momentos. ¿Lo sabrás reconocer? ¿Confiarás en El?


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