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Domingo 22 de Diciembre de 2013

Ha nacido el Rey
Pastor Tony Hancock

Cuando se habla de un rey, ¿en qué pensamos? ¿En Burger King, con su figura ridícula del "king" o rey? ¿En los reyes de los países europeos, que mayormente sirven de adorno? No tienen ningún poder real en la política de sus países; más que nada ejercen una función ceremonial. O quizás te acuerdas del león, el rey de la selva.

En nuestros países democráticos, nos hemos acostumbrado a la idea de que nadie reina sobre nosotros. Escogemos a nuestros propios líderes mediante las elecciones, como se nos enseña en nuestras clases de cívica. El concepto de un rey parece algo anticuado, de otra era muy diferente a la nuestra.

La democracia, con todas sus imperfecciones, es un buen sistema de gobierno. Sin embargo, la Biblia nos enseña que necesitamos un Rey. A ti te falta un Rey en tu vida. No me refiero a un rey político, que reemplace al presidente del país. Nos hace falta otra clase de Rey. De esto se trata la Navidad, porque el Bebé que nació y fue acostado en un pesebre no es sólo el Salvador, sino que es también el Rey.

Acompáñame en esta mañana para ver lo que dice la Biblia al respecto. Comenzamos en un pasaje conocido, Mateo 2:1-12:

2:1 Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos,
2:2 diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.
2:3 Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él.
2:4 Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo.
2:5 Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta:
2:6 Y tú, Belén, de la tierra de Judá, No eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; Porque de ti saldrá un guiador, Que apacentará a mi pueblo Israel.
2:7 Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella;
2:8 y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore.
2:9 Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño.
2:10 Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.
2:11 Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.
2:12 Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.

Los sabios que llegaron a Jerusalén habían visto una estrella, que en su sistema de interpretación de los cielos indicaba el nacimiento de un rey para el pueblo de Israel. Por lo tanto, decidieron ir a buscarlo. El lugar más lógico para encontrarlo era en la ciudad capital de su reino, así que llegaron a Jerusalén para ver a este Niño.

Ellos se expresan de una forma muy interesante. No preguntan por el príncipe que ha nacido, o por el que será Rey de los judíos. Más bien, preguntan por el que ha nacido Rey. En otras palabras, desde su nacimiento este Niño ya era Rey. No es que algún día llegaría a ser Rey, cuando su padre muriera - como lo que sucede con la mayoría de los reyes.

Más bien, desde nacer, ya era Rey. ¿Para qué nace un Rey? Lógicamente, para reinar. Pero, ¿para qué necesitamos un Rey? Para ver el por qué, regresemos a un periodo en la historia del pueblo de Israel. De este tiempo, conocemos algunas historias: sabemos de Sansón, por ejemplo, con su larga melena de cabello. También hemos oído de Gedeón, que derroto a un ejército de miles con sólo trescientos hombres y unas trompetas.

Me refiero al tiempo de los jueces. Después de conquistar la tierra prometida bajo el liderazgo de Josué, los israelitas abandonaron a Dios y cayeron en una terrible rutina. Lo que hacían era dejar a Dios y adorar a los dioses paganos de sus vecinos - los ídolos. Cuando ellos hacían esto, Dios los castigaba, entregándolos en manos de otras naciones.

Estas otras naciones venían y los conquistaban, matando a algunos y obligando a los demás a pagar enormes tributos o servir de esclavos. Cuando esto sucedía, los israelitas se acordaban de Dios. Clamaban a El, y entonces El levantaba a un juez, que los guiaba para derrotar a sus enemigos.

Estos eran los hombres como Sansón, Gedeón y Jefté - y una mujer, Débora. Pero después de poco tiempo, volvían a sus viejas costumbres - adoraban a los dioses falsos, obligando a Dios a volverlos a castigar. El último versículo de Jueces nos explica por qué las cosas estaban tan mal. Dice: "En aquella época no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía mejor. " (Jueces 21:25)

Cuando vemos la sociedad que nos rodea, vemos mucho parecido con aquellos días, ¿no es cierto? Cada uno hace lo que le parece mejor. Esta semana, el patriarca cristiano de la familia estrella de un reality show hizo titulares por simplemente expresar, en una entrevista, que la homosexualidad es pecado. Como resultado, la red televisiva lo despidió del programa.

Estamos viviendo en días en los que una persona puede hacer o decir lo que le dé la gana, con tal de que no le diga a otro que lo que está haciendo está mal. En realidad, cada uno hace lo que le parece mejor. La sociedad se vuelve más caótica, y las normas que antes gobernaban la vida se tiran por la ventana. Al principio, parece una liberación; pero al final, la vida llega a carecer de sentido.

Fue por esto que Dios instaló un rey para el pueblo de Israel. La nación llegó a sus mejores tiempos bajo el liderazgo del rey David. No fue perfecto, pero libró a los israelitas de sus enemigos y estableció un gobierno que permitió que la nación floreciera. Estableció la paz, y sobre todo, guió al pueblo a adorar a Dios.

Pero David era profeta. Dios le prometió que uno de sus descendientes gobernaría para siempre. Mirando inspirado hacia el gobierno de su hijo lejano, David escribió el Salmo 110. Leamos este Salmo para ver lo que nos dice acerca del Rey que iba a venir:

110:1 Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.
110:2 Jehová enviará desde Sion la vara de tu poder; Domina en medio de tus enemigos.
110:3 Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente en el día de tu poder, En la hermosura de la santidad. Desde el seno de la aurora Tienes tú el rocío de tu juventud.
110:4 Juró Jehová, y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre Según el orden de Melquisedec.
110:5 El Señor está a tu diestra; Quebrantará a los reyes en el día de su ira.
110:6 Juzgará entre las naciones, Las llenará de cadáveres; Quebrantará las cabezas en muchas tierras.
110:7 Del arroyo beberá en el camino, Por lo cual levantará la cabeza.

Aunque sería su descendiente, David declara que este Rey venidero es también su Señor. Lo ve sentado a la mano derecha del Padre, hasta que su victoria sea completa. Sus tropas lo acompañarían a la victoria. No sólo sería un Rey, sino también un sacerdote que guiaría a su pueblo en el servicio al Señor y en alabarle a El.

Su juventud se rejuvenecería; es una referencia a su eterno poder y resurrección. Finalmente, vemos que este Señor también haría justicia, juzgando a todos los rebeldes y malvados. ¡Es un cuadro perfecto de Jesucristo!, ¿no es cierto? El es el gran Rey, descendiente de David, el Señor que vino para rescatar a su pueblo y derrotar a sus enemigos.

Su mayor batalla la peleó en la cruz, donde El conquistó al diablo y a sus huestes. Viene también una gran batalla final, cuando El destruirá a todos sus enemigos. Pero tú puedes vivir ahora bajo el reinado de este Rey. Sin rey, la vida se convierte en un caos. Pero cuando vivimos bajo el mando de este Rey, tenemos esperanza, tenemos propósito, tenemos dirección en la vida.

¿Es Cristo tu Rey? ¿Le has entregado el control de tu vida? Cuando tú lo reconoces como Señor y Salvador, le estás haciendo tu Rey. Estás sometiendo tu vida a su control. Pero en ese momento, tú no lo sabes todo acerca de lo que Cristo desea de ti. En otras palabras, no conoces todas las leyes de tu Rey.

Es por esto que, en la Gran Comisión, Cristo no sólo nos mandó a hacer discípulos. También nos mandó a enseñarles todo lo que El nos ha mandado. En otras palabras, vivir bajo el reinado de Cristo significa aprender cada vez más lo que El quiere de nosotros, e ir entregándole cada área de nuestra vida.

Debo aclarar una cosa. El hecho de tener a Cristo como tu Rey no significa que no obedeces a las autoridades civiles. Al contrario; El nos mandó darle al césar - es decir, a la autoridad civil - lo que se merece. Pero significa que, por encima de cualquier otra autoridad, la autoridad máxima en tu vida es la autoridad de Cristo.

¿Cuáles son algunas de las cosas que Cristo, como Rey, te pide que le entregues? Voy a mencionar dos áreas, no porque sean las únicas, sino porque son entre las más difíciles. La primera es la cuestión del dinero. Cuando Cristo es tu Rey, ya no se trata de tu dinero. Se trata de su dinero, y tú sólo eres un administrador.

Cuando gastas el dinero, tu primer pregunta no es: ¿qué me quiero comprar? Más bien, es: ¿cómo quiere Cristo que use este dinero que El me ha encomendado? Alguien contó una vez de un hombre que se bautizó levantando la cartera fuera del agua, para que no se mojara. Pienso que muchos hemos actuado como si así nos hubiéramos bautizado, todo menos la cartera. Pero si Cristo es tu Rey, El tiene que ser Rey de tu dinero también.

La segunda área es en nuestras relaciones. Cuando vivimos en el mundo, vemos nuestras relaciones con otras personas como una manera de conseguir satisfacción para nosotros mismos. Amamos a nuestros hijos porque son nuestros hijos, y porque cuando seamos viejos, nos van a cuidar. Amamos a nuestra pareja, porque nos hace sentir bien. Y así, cada relación que llevamos nos trae algún beneficio.

Pero cuando conocemos a Cristo, El nos llama a voltear la tortilla. Nos dice que debemos convertirnos en siervos de los demás. Ser un siervo no significa que te consideras menos que los demás. Significa que estás buscando maneras de ayudarles a sobresalir. No sólo buscas tu propio bien, sino que buscas la manera de bendecir y de levantar a cada persona que conoces, dentro de tus posibilidades.

Cristo dijo: "el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor" (Mateo 20:26). Si quieres ser grande en el reino de Cristo, tienes que ser un servidor de todos. Porque así es nuestro Rey; El no vino a este mundo para que lo sirvieran, sino para servir, y dar su vida en rescate por nosotros.

¿Sirves a las personas que conoces? ¿Buscas maneras de ayudarles a sobresalir? ¿O te quedas en la misma rutina de envidia, de calumnias y egoísmo? Si Cristo es tu Rey, El te está llamando a algo diferente. Ahora que sabes para qué sirve un rey, haz de Cristo el Rey verdadero de tu vida.


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