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Domingo 1 de Diciembre de 2013

El regalo del perdón
Pastor Tony Hancock

El culto estaba por terminar, y el pastor quería saber si todos habían recibido el mensaje que les acababa de compartir. Preguntó a la congregación: "¿Cuántos de ustedes han perdonado a todos sus enemigos?" Todos levantaron la mano, con la excepción de una señora muy avanzada de edad.

"¿Señora Ramírez? ¿Usted no quiere perdonar a sus enemigos?" La señora, con una sonrisa muy dulce, le respondió: "Pastor, yo no tengo ni un solo enemigo." El pastor le preguntó: "Hermana, ¿cuántos años tiene usted?" La anciana le respondió: "Acabo de cumplir 98 años."

"¿Noventa y ocho años? ¿Nos podría venir a explicar cómo puede vivir una persona 98 años, y no tener ni siquiera un enemigo?" La hermanita caminó lentamente al frente de la congregación, miró a todos y les dijo: "No tengo ni un solo enemigo. A mi edad, ¡ya todos se murieron!"

Supongo que es una manera de no tener enemigos para perdonar: ¡vivir muchos años, hasta que todos se hayan muerto! Pero creo que esta solución no es factible para la mayoría de nosotros. Es más, aunque vivamos más años que los demás, no así nos libramos de la responsabilidad de perdonarles.

La semana pasada consideramos la bendición del perdón que Dios nos ofrece tan libremente. El perdón no es algo que se pueda comprar o merecer. Más bien, tenemos que recibir el perdón de Dios como un regalo. Es un regalo precioso, porque jamás lo podríamos merecer. Pero habiendo recibido su perdón, nos quedamos bajo una obligación. Veamos cuál es en Mateo 6:14-15:

6:14 Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial;
6:15 mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

Estos versículos vienen inmediatamente después de la oración que nosotros llamamos el Padre nuestro. Es un ejemplo que Jesús les dio a sus discípulos acerca de cómo orar. Les enseñó qué clase de cosas debemos decir cuando oramos. Como parte de esta oración, decimos: "Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores." (v. 12)

Qué interesante es que la única parte de la oración que Jesús explica es ésta parte. La única sección sobre la que El hace comentario alguno es sobre la necesidad de perdonar, si queremos ser perdonados. Jesús nos llama a perdonar, porque el perdón que recibimos de Dios lo exige.

¿Cómo es que tenemos que perdonar, si queremos ser perdonados? ¿No dijimos la semana pasada que el perdón de Dios es algo que tenemos que recibir libremente, y que no lo podemos pagar? ¿Tenemos que pagarle a Dios el perdón que El nos da, perdonando también a otros?

En realidad, cuando perdonamos a otros sus ofensas, no es que le estemos pagando a Dios el perdón que El nos da. Más bien, el perdón que Dios nos da nos obliga ineludiblemente a perdonar. En otras palabras, no es posible recibir el perdón de Dios si no queremos perdonar. No es que Dios no quiera perdonarnos; es que nosotros nos volvemos incapaces de recibir su perdón.

Vamos a poner un ejemplo. Digamos que te encuentras con un amigo que hace tiempo perdió el trabajo, y se encuentra en una situación económica muy precaria. Tu amigo te dice: "Tengo un problema, y no sé si me puedas ayudar. Casi ya no tengo gasolina en el carro, y me han ofrecido un trabajo en el otro pueblo. ¿Me podrías ayudar con algo de gasolina, para llegar al trabajo?"

Queriendo de buen corazón ayudar a tu amigo, le dices: "¡Claro que sí! Trae tu carro a la gasolinera, y te lleno el tanque." Pero entonces tu amigo te responde: "¡Cómo que tengo que llevar mi carro a la gasolinera! ¿No que me ibas a ayudar? ¿Quieres que gaste mi propia gasolina llevando el carro a la esquina? ¡Los favores no se pagan!"

Esta reacción sería difícil de creer. No es que esté comprando el favor con llevar su carro a la gasolinera; es que sólo así realmente se le puede hacer el favor. Llenar su tanque de gasolina requiere que gaste un poco de gasolina en llevar el carro a la gasolinera, pero de ninguna manera es un pago por lo que se hace. De la misma manera, recibir el perdón de Dios requiere que nosotros también perdonemos a otros, pero no es que le estemos pagando así a Dios. Es simplemente la condición para poder recibir su perdón.

Pero esto nos lleva a otra pregunta. ¿Hasta dónde tenemos que perdonar? Pedro le hizo esta misma pregunta a Jesús. Podemos verlo en Mateo 18:21-22:

18:21 Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?
18:22 Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.

En aquellos días, las personas creían que tenían que perdonar tres veces a quien les ofendía. Pedro seguramente se sentía muy generoso al proponerle a Jesús que perdonara siete veces, pero la respuesta de Jesús va mucho más allá - no siete veces, sino setenta y siete veces.

En otras palabras, el perdón no debe tener límites. Pero ¿será que puede tener condiciones? Si perdonamos de corazón a una persona, ¿significa esto que tenemos que seguirle dando una y otra oportunidad para lastimarnos? ¿Qué le decimos a la mujer, víctima de un esposo abusivo? ¿Tiene ella que perdonar cada golpe y seguirle dando más oportunidades para maltratarla, aunque no cambia?

La Biblia misma nos enseña que, si bien el perdón no debe tener límites, sí puede tener condiciones. Por ejemplo, en Mateo 18:15-17, Jesús nos da el procedimiento a seguir con alguien que no muestra arrepentimiento:

18:15 Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano.
18:16 Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra.
18:17 Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.

En el capítulo 19, verso 9, Jesús también acepta el adulterio como razón suficiente para el divorcio: "Y yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada, adultera." Ahora bien, si el perdón siempre tiene que ser sin condiciones, esto representaría una incoherencia.

Pero por supuesto, Dios no es incoherente. Esto significa que, en ciertos casos, el perdón puede darse sin límites, pero con condiciones. El perdón nunca debe convertirse en pretexto para que un abusador se aproveche de su víctima. Hay ocasiones en las que el perdón significa dejar la venganza en manos de Dios, pero que no incluye la restauración completa de una relación.

Sin embargo, estos son casos especiales. Y lo que no podemos negar es la responsabilidad que tenemos de cultivar un corazón perdonador. El creyente en Jesucristo no puede guardar rencor. No puede conservar siempre en su corazón los recuerdos de errores pasados, listo para sacarlos a relucir en cualquier momento. Tenemos que perdonar, porque hemos sido perdonados.

Jesús contó una historia para mostrarnos esto. Voy a cambiar algunos de los detalles para actualizarlo un poco. Es la historia de un trabajador que, de alguna manera, llegó a deberle millones de dólares a su patrón. ¿Cómo podría haber acumulado una deuda tan enorme? Es difícil imaginarlo - quizás robó algo. De todos modos, nunca lo iba a poder pagar.

El patrón le exigió que lo pagara, pero como no lo podía hacer, el patrón le iba a quitar todo lo que tenía y demandarlo para que todo lo que ganara el resto de su vida fuera a empezar a pagar la deuda. Claro que nunca se terminaría de pagar, pero al menos el patrón recibiría algo.

El trabajador, viendo lo que le iba a suceder a él y a su familia, cayó de rodillas ante su patrón y le pidió que le diera tiempo para pagarlo. Viendo sus lágrimas, el patrón tuvo compasión de él. No sólo le dio tiempo, porque sabía que nunca lograría reunir todo lo que debía. Le perdonó la enorme deuda por completo - millones y millones de dólares.

Al salir de la reunión con su patrón, el trabajador se encontró con uno de sus compañeros de trabajo que le debía cien dólares. Lo agarró por el pescuezo y empezó a sacudirlo. "¡Págame lo que me debes!" - le gritaba, mientras los demás trabajadores miraban horrorizados. Su compañero de trabajo le pedía tiempo para pagarlo. En lugar de compadecerse de él, fue de inmediato para demandarlo y embargar sus pertenencias.

Cuando los demás trabajadores le reportaron al patrón lo que había sucedido, se enfureció. Mandó llamar a su trabajador, y le dijo: "¡Trabajador malvado! ¡Yo te perdoné una enorme deuda, porque me lo pediste! ¿No debiste haber perdonado también a tu compañero?" Tanto se enojó el patrón que llamó a los agentes de seguridad para que se lo llevaran, lo acusó con la policía por lo que había hecho y lanzó una demanda contra él por cada centavo que debía.

En Mateo 18:35, Jesús nos da la aplicación de esta parábola: "Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas." Si no perdonamos a nuestros hermanos, de corazón, no podemos recibir el perdón de Dios. Así es de sencillo. Si hemos recibido a Cristo, Dios nos ha perdonado a nosotros una deuda enorme, imposible de pagar. Con toda la eternidad, nunca terminaríamos de pagarle en las llamas del infierno lo que le debemos a Dios.

Sin embargo, ¡El nos ofrece su perdón! A comparación con lo que Dios nos ha perdonado a nosotros, la enorme deuda que El nos ha saldado, las ofensas que otros cometen contra nosotros no son nada. Si no queremos perdonar a otros, es porque en realidad no hemos recibido el perdón de Dios. Pagaremos las consecuencias.

En el transcurso de este mensaje, quizás Dios haya traído a tu mente el nombre o la cara de alguien que tú debes perdonar. Si El te está hablando, decídete ahora. No esperes para hacerlo. Busca a la persona que tengas que perdonar. Abrázale y dale el regalo precioso que Dios te ha dado a ti - el regalo del perdón.


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