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Domingo 24 de Noviembre de 2013

La dicha del perdón
Pastor Tony Hancock

Marghanita Laski fue una reconocida escritora inglesa del siglo XX. Poco antes de morir en 1988, hizo una declaración sorprendente. Aunque se identificó públicamente como atea y defendía el ateísmo, ella se declaró envidiosa de los creyentes. ¿Por qué les tendría envidia a quienes ella consideraba errados y engañados?

Ella dijo esto: "Lo que más les envidio a los cristianos es el perdón. Yo no tengo a nadie que me perdone." ¿Te das cuenta de lo que ella sentía? Sabía que era culpable, pero en el universo sin Dios que ella había creado en su mente, no había nadie que le extendiera el perdón.

La Biblia nos dice que el perdón es algo que trae gran alegría al corazón. Escucha las palabras del Salmo 32:1 (NTV): "¡Oh, qué alegría para aquellos a quienes se les perdona la desobediencia, a quienes se les cubre su pecado!" ¿Conoces tú esa alegría? ¿Has experimentado ese gozo?

Ser perdonado es como librarse de un enorme peso. Es como caminar por mucho tiempo bajo nubes oscuras, y que de repente, salga el sol. Es como descansar después de una ardua tarea. El perdón trae mucha alegría al corazón. Marghanita Laski se declaró envidiosa del perdón, pero tú lo puedes conocer.

Pero, ¿será que nos hace falta el perdón? ¿De qué tenemos que ser perdonados? La Biblia declara que todos hemos pecado, y nos hemos quedado lejos de la gloria de Dios. El pecado ha corrompido nuestro corazón. En lugar de desear lo bueno, lo puro y santo, pensamos en satisfacer nuestros propios deseos. Nuestro corazón se inclina hacia el mal.

No sólo esto; el pecado nos ha hecho culpables. Estamos endeudados con Dios a causa de nuestro pecado. Le hemos ofendido, y tenemos que encontrar alguna forma de pagarle. Imagina que le tuvieras de dar una explicación a Dios por cada palabra grosera que has pronunciado, por cada pensamiento impuro que has tenido, por cada cosa mala que has hecho. ¿Qué explicación le darías? ¿Cómo te podrías justificar? El pecado es un problema real que tiene que ser resuelto.

Pero aquí precisamente está la buena noticia que Dios comparte con nosotros en su Palabra. Dice el Salmo 130:3-4 (DHH): "Señor, Señor, si tuvieras en cuenta la maldad, ¿quién podría mantenerse en pie? Pero en ti encontramos perdón, para que te honremos."

Si Dios tomara en cuenta toda nuestra maldad, ¡no podríamos estar de pie! Su santa ira contra el pecado nos dejaría completamente tumbados y destruidos. Pero la buena noticia es que se puede encontrar perdón - ¿dónde? - en El. Podemos encontrar en Dios ese perdón perfecto, para que le aprendamos a honrar.

Jesús contó una historia acerca del perdón. Es la historia de un joven, algo impetuoso y necio, que quería ver el mundo. Sólo había un problema: no tenía dinero. ¿Cómo podría conocer el mundo y todo lo que ofrecía, sin dinero? Por fin, se le ocurrió una idea magnífica. Cuando su papá se muriera, él heredaría una pequeña fortuna. La tendría que compartir con su hermano mayor, pero había de sobra para los dos.

Pero su papá no le hacía el favor de morirse. ¡Se iba a hacer viejo, y sin jamás ver el mundo! Fue entonces que decidió pedirle a su papá que le diera anticipadamente lo que le iba a tocar de la herencia. ¡De todos modos, al viejo no le servía de nada! Le propuso le idea, y su papá aceptó.

¡Por fin podría realizar sus sueños! No perdió ni un día en salir para la capital. Allí había todo lo que un hombre joven podría desear: mujeres, vino, diversiones y distracciones a cada lado. ¡Cómo gozó el joven! "Esto sí es vivir", pensó dentro de sí. ¡Que mi papá se quedé allá en su aburrido rancho! Pero yo, aquí me la paso muy bien.

Todo le iba de maravilla. Tenía muchos amigos; parece que a todo el mundo le caía bien. Con sólo invitarles unas copas, se convertían en viejos amigos. Hasta que un día, se dio cuenta de que ya le quedaba muy poco dinero. Bueno, seguramente sus nuevos amigos se encargarían de él. ¡Para qué preocuparse! La vida hay que disfrutarla.

Pero fue un negro amanecer cuando, por fin, se quedó sin nada. Todos sus amigos de parranda se esfumaron. Ni siquiera tenía para comer. Por fin, encontró trabajo alimentando a los cerdos en una pocilga. Tan poco le pagaba su patrón que se hubiera querido llenar el estómago con las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie la daba nada.

Fue entonces que se dio cuenta de lo lejos que había caído. Mientras tenía el dinero de su padre para gastar, la vida parecía de maravilla; pero ahora que se había acabado, ya no le iba muy bien. Por fin, decidió que sólo había un camino para seguir. Con pedirle a su papá la herencia de forma anticipada había perdido el derecho a llamarse su hijo.

Pero los criados que vivían en la casa de su padre vivían mucho mejor que él ahora. Tendría que volver a casa y pedirle a su papá que le diera trabajo, aunque fuera como ayudante en su rancho. Entonces emprendió el largo camino a casa. Con cada paso que daba, pensaba en las malas decisiones que había tomado, y cómo había despreciado el amor que le tenía su padre. Pensaba en el gran pecado que había cometido contra el cielo y contra su padre amoroso.

Ya se iba acercando a la casa cuando su padre lo vio de lejos. El corazón de su padre se llenó de compasión, y este hombre anciano, digno, serio, salió corriendo al encuentro de su hijo. El hijo empezó a presentarle el discurso que había ensayado en su mente. "Padre, he pecado contra Dios y contra ti. Ya no soy digno de ser tu hijo. Por favor, dame trabajo como uno de tus jornaleros."

Pero su padre lo dejó con la palabra en la boca. Llamó a uno de los siervos, y le ordenó: "¡Pronto! Ve a traerle a mi hijo le mejor ropa para que se vista. Tráele también un anillo para que se reconozca que es de mi familia, y calzado para sus pies. Luego vete a matar al ternero más gordo, y preparar un banquete. ¡Mi hijo estaba muerto, pero ha vuelto a vivir! ¡Estaba perdido, pero lo hemos encontrado!"

Esta historia se encuentra en Lucas 15:11-24:

15:11 También dijo: Un hombre tenía dos hijos;
15:12 y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes.
15:13 No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.
15:14 Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle.
15:15 Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos.
15:16 Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.
15:17 Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!
15:18 Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.
15:19 Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.
15:20 Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.
15:21 Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.
15:22 Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies.
15:23 Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta;
15:24 porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.

Tú y yo hemos hecho lo que hizo ese joven. Decidimos vivir a nuestra manera, tomando la herencia de vida que Dios nos había dado, pero sin tomarle en cuenta a El. Quizás nos acordábamos de El, pero no le dábamos el lugar ni el respeto que El se merece. Más bien, lo tratamos como si más nos sirviera muerto que vivo.

Pero nuestro pecado no nos ha podido llenar. Al contrario, nos dejó en una pocilga de decepción y perdición. El pecado es divertido por un rato, pero nos deja vacíos. No puede satisfacer los anhelos más profundos de nuestro corazón. Podríamos pensar que Dios ya no está interesado en nosotros. Podríamos creer que El ya nos ha descartado.

Pero ¡no es verdad! El está dispuesto a perdonarnos y aceptarnos como sus hijos. El mismo pagó la deuda que acarrea nuestro pecado en la cruz. Jesucristo tomó nuestro lugar y fue a la cruz para morir la muerte que nosotros merecíamos. El canceló nuestra deuda, si confiamos en El y lo aceptamos.

Ahora, El nos invita a regresar a casa y recibir libremente su perdón. El perdón no es algo que se pueda comprar. No es algo que se pueda merecer. No podemos ser dignos del perdón. Sólo se puede recibir como un regalo gratuito. El costo de nuestro perdón ya se pagó en la cruz.

Para recibirlo, sólo tenemos que volver a Dios, como lo hizo el joven, con un corazón arrepentido. El está ansioso por perdonarnos. Pero tenemos que recibir su perdón. Dios no quiere que camines hoy con una carga de culpa. No quiere que vivas atormentado por los recuerdos de lo que has hecho, preguntándote si algún día podrás ser digno de ser perdonado.

¡El te invita a recibir su perdón ahora! Escucha lo que dice Hechos 13:38-39: "Por tanto, hermanos, sepan que por medio de Jesús se les anuncia a ustedes el perdón de los pecados. Ustedes no pudieron ser justificados de esos pecados por la ley de Moisés, pero todo el que cree es justificado por medio de Jesús."

¿Estás viviendo con la seguridad del perdón de Dios? ¿Canta tu corazón de alegría porque has sido perdonado? Si tú no tienes esa seguridad, puedes tenerla hoy. No tienes que vivir con un corazón cargado. Puedes disfrutar de la alegría y la libertad del perdón. Dios te la ofrece. El te invita a arrepentirte y aceptar su oferte de perdón por medio de Jesucristo. Acepta hoy su perdón.

Quizás tú ya aceptaste el perdón de Dios, pero el diablo te está tratando de cargar nuevamente con los recuerdos de tu pecado pasado. No pierdas el gozo de la salvación. Dios te perdona libremente. ¡Disfrútalo! ¡Goza el perdón de Dios! Tus pecados están en lo más profundo del mar, y Dios nunca los volverá a recordar. El quiere que vivas hoy con un corazón libre.


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