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Domingo 4 de Agosto de 2013

Vamos a orar
Pastor Tony Hancock

¿Cómo reaccionas a una mala situación? Cuando algunas personas se enteran de que algo malo está pasando, reaccionan como lo hace el avestruz. Entierran la cabeza en la arena, fingiendo que no pasa nada. Otras personas reaccionan como gallinas descabezadas, corriendo de un lado para otro sin propósito ni meta.

Otras personas reaccionan como perros callejeros, mordiendo a cualquiera que se les acerque. Se ponen de mal humor, pero no buscan ninguna solución verdadera al problema. Hoy vamos a considerar la vida de un héroe de la Biblia que nos muestra cómo reaccionar frente a una mala situación.

El se llamaba Nehemías, y vivió aproximadamente 450 años antes del nacimiento de Jesucristo. Algunos 150 años antes, un rey llamado Nabucodonosor había llegado a la tierra de Nehemías, la tierra de Judá, y la había conquistado. Destruyó la ciudad capital de Jerusalén y llevó a mucha de la gente a vivir en otro lugar.

Unos 80 años antes de la vida de Nehemías, algunos de los judíos habían recibido permiso para regresar a la tierra, pero eran muy pocos. La gente que había regresado a la tierra vivía bajo condiciones miserables, apenas logrando sobrevivir con lo que cosechaban de las tierras.

Nehemías no vivía allí. Su familia no había regresado a la tierra, y él seguía viviendo en el lugar adonde habían sido llevados los judíos. Le había ido muy bien. Tenía una buena posición; era el copero del rey. Esto significa que le tocaba probar todo lo que el rey bebía para comprobar que no tuviera veneno.

Como copero, era uno de los confidentes del rey. Tenía el quinto salario más alto de todo el reino. Los coperos tenían que ser apuestos y bien educados también. Así que Nehemías era un hombre con buenos ingresos, de buena apariencia y buena educación. ¡Todo le iba bien!

Pero un día, llegaron unas visitas de Jerusalén, la tierra de sus antepasados. Entre ellos estaba el hermano de Nehemías, y traía muy malas noticias. El muro de Jerusalén, que servía como defensa de la ciudad contra los ladrones y maleantes, seguía en ruinas. Ciento cincuenta años después de la conquista, la pared seguía derrumbada.

Al escuchar esto, Nehemías podría haber dicho: "¡Pobre gente! Qué lástima. Pero bueno, aquí estoy yo, lejos de todo eso, y no puedo hacer nada al respecto. ¡Que Dios los ilumine!" Pero él no pensó así. El amaba a su pueblo, y amaba a Dios. Quería ver que se cumplieran los propósitos de Dios en la tierra, y él sabía que Dios tenía propósitos para su pueblo en Jerusalén.

El se acordó de las promesas de Dios. El estaba lejos de la tierra y del templo donde se adoraba a Dios. Posiblemente nunca los había conocido, porque su familia tenía mucho tiempo de vivir lejos de allí. Sin embargo, él conocía lo que Dios le había prometido a su pueblo. Sabía que Dios les había prometido que los restauraría, aunque los tuviera que castigar. Su destrucción 150 años antes había sido un fuerte castigo, pero Dios también había prometido que los restauraría.

¿Cómo sabía Nehemías lo que Dios había prometido? No lo había escuchado en el templo, porque el templo de Jerusalén estaba muy lejos. Los profetas que Dios había usado para dar estos mensajes estaban muertos. Nehemías conocía las promesas de Dios porque él conocía la Palabra de Dios. Aunque estaba lejos de la tierra y del templo, él conocía los libros de la Biblia que existían en su tiempo y sabía lo que Dios había prometido.

Acordándose de las promesas de Dios, Nehemías respondió de la manera en la que debemos responder nosotros también cuando enfrentamos alguna mala situación. Nehemías respondió orando. Quiero que leamos su oración, en Nehemías 1:5-11:

1:5 Y dije: Te ruego, oh Jehová, Dios de los cielos, fuerte, grande y temible, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos;
1:6 esté ahora atento tu oído y abiertos tus ojos para oír la oración de tu siervo, que hago ahora delante de ti día y noche, por los hijos de Israel tus siervos; y confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra ti; sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado.
1:7 En extremo nos hemos corrompido contra ti, y no hemos guardado los mandamientos, estatutos y preceptos que diste a Moisés tu siervo.
1:8 Acuérdate ahora de la palabra que diste a Moisés tu siervo, diciendo: Si vosotros pecareis, yo os dispersaré por los pueblos;
1:9 pero si os volviereis a mí, y guardareis mis mandamientos, y los pusiereis por obra, aunque vuestra dispersión fuere hasta el extremo de los cielos, de allí os recogeré, y os traeré al lugar que escogí para hacer habitar allí mi nombre.
1:10 Ellos, pues, son tus siervos y tu pueblo, los cuales redimiste con tu gran poder, y con tu mano poderosa. 
1:11 Te ruego, oh Jehová, esté ahora atento tu oído a la oración de tu siervo, y a la oración de tus siervos, quienes desean reverenciar tu nombre; concede ahora buen éxito a tu siervo, y dale gracia delante de aquel varón. Porque yo servía de copero al rey.

Observa lo que Nehemías dijo en su oración. Primeramente, recordó el carácter de Dios. Dios es fiel, y por eso podemos contar con El cuando oramos. En segundo lugar, confesó el pecado de su pueblo. El mismo se incluyó. No habló de las maldades de otros, sino reconoció que él y su pueblo le habían fallado a su Dios.

Si nosotros queremos acercarnos a Dios, sólo lo podemos hacer por medio de la confesión y el arrepentimiento. En tercer lugar, citó lo que Dios había prometido. De su conocimiento de la Biblia, mencionó las palabras que Dios había dicho por medio de Moisés, registradas en Levítico.

Finalmente, le suplicó al Señor que obrara. Pero no sólo le pidió a Dios que resolviera el problema, sino que también le pidió que lo ayudara a hacer lo que a él le tocaba hacer. El se dio cuenta de que no se lo podía dejar todo a Dios, sino que él también tendría que tomar cartas en el asunto. Le pidió a Dios éxito y favor ante el rey para ayudar también a sus compañeros judíos.

Nehemías nos demuestra cómo responder ante la crisis. Nuestra primera respuesta siempre debe ser la oración. Después habrá otras cosas que hacer. Como se relata en el resto del libro, Nehemías no se quedó con los brazos cruzados. Pero su primera reacción fue orar, y esto dio dirección a todo lo demás que hizo. Cuando enfrentes cualquier clase de crisis, sigue el ejemplo de Nehemías y ora, antes de hacer cualquier otra cosa. Dios responde a la oración de fe.

Tomemos un momento ahora para ubicar la historia de Nehemías en la historia de la Biblia, la historia de la obra de Dios. Desde el principio, cuando Adán y Eva pecaron y se alejaron de Dios, El había prometido mandar un Salvador. Más tarde, escogió un pueblo - el pueblo de Israel - para traer al mundo el Salvador de todos.

En los días de Nehemías, ese plan de Dios parecía estar en peligro. La gente vivía en pobreza y estaba perdiendo su identidad. Si no se reconstruía el muro de la ciudad, sería muy fácil que el pueblo de Dios se olvidara de su propósito y empezara a buscar a otros dioses. Se podría perder todo lo que Dios había hecho hasta ese punto para preparar a su pueblo para traer al Salvador al mundo.

Fue por eso que levantó a Nehemías para traer restauración al pueblo, reedificando los muros. Sólo así podría cumplirse su propósito de traer al mundo el Salvador de todos, Jesucristo, el Hijo de Dios. El ya llegó para salvarnos. Unos 450 años después de la vida de Nehemías, El nació en un pueblito no muy lejos de esos muros.

Vivió una vida perfecta, y murió para pagar por nuestros pecados - muy cerca de esos mismos muros. Resucitó y ahora vive. Cuando confiamos en El, lava nuestros pecados y nos lleva a Dios. Como Nehemías, debemos confesar nuestro pecado y orar con fe a Dios. Si lo hacemos, confiando en Jesucristo, nuestra vida será levantada - como lo fueron esos muros.


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