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Domingo 13 de Octubre del 2002

Piedad sin poder
Pastor Tony Hancock

Una señora llevó su auto al taller para que lo compusieran. Cuando llegó la hora de recogerlo, el mecánico le dijo, "Ya terminamos el trabajo en su carro, pero por descuido, las llaves se quedaron encerradas adentro. El cerrajero está trabajando ahorita para abrirlo." La señora decidió salir para ver cómo avanzaba la cosa. Encontró con su carro a un joven trabajando para abrir una de las puertas delanteras. Sin pensarlo mucho, la señora probó una de las puertas de atrás. Para su sorpresa, abrió. Entonces le dijo al muchacho: "Parece que esta puerta está abierta". "Sí, lo sé", le dijo el muchacho, "ésa ya la abrí". ¡Pobre muchacho! Lo único que tenía que hacer era alcanzar por dentro para abrir una puerta de enfrente. En vez de hacer eso, se puso a abrir cada puerta individualmente.

Yo me pregunto cuántos creyentes habrá que están cometiendo un error semejante al del muchacho. Se hacen la vida muy difícil a sí mismos. Al igual que el muchacho de la historia, buscan el modo más difícil de vivir la vida cristiana. Pero él simplemente perdió nos minutos de tiempo haciendo un trabajo innecesario.

Como creyentes, cuando tratamos de hacer las cosas de la forma difícil, perdemos mucho más que unos momentos de trabajo. Perdemos la victoria en nuestras vidas. Perdemos el impacto que Dios quiere que tengamos sobre la vida de otras personas.

Podemos terminar, en otras palabras, con una piedad sin poder. Nos encontrarnos viviendo una vida religiosa que no nos transforma a nosotros ni afecta la vida de otros. ¿Será posible que suceda esto? Veamos lo que dice la Palabra de Dios.

Lectura: 1 Corintios 1:17

1:17 Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo.

En este versículo, Pablo nos dice algo sumamente importante acerca de su misión. Podríamos pensar que Pablo había sido enviado para convencer a la gente de que aceptaran a Cristo. Pero esto sería un error. Al contrario; él dijo que rechazaba los discursos de sabiduría humana, ya que éstas robarían el poder de la cruz de Jesús.

¿Será que nosotros tenemos costumbres o prácticas que quitan el poder de nuestra fe? ¿Será que algunas de las cosas que hacemos o pensamos nos alejan del poder transformador que Dios quiere desatar dentro de nuestras vidas?

La verdad es que hay poder para vivir en victoria y para servir a Dios con resultados. Ese poder sólo puede venir del Espíritu de Dios. Dentro de un momento, veremos cómo experimentar ese poder en nuestras vidas. Pero primero, tenemos que entender que lo natural para nosotros es alejarnos de ese poder. Lo que sucede es que

I. La piedad sin poder es nuestra inclinación

¿Alguna vez has manejado un carro desalineado? Es trabajoso. Si te descuidas, te encontrarás en el carril contrario, o en la zanja. Para poder manejar ese tipo de carro, hay que fijarse en qué dirección jala, para poder contrarrestar los efectos del mal alineamiento.

En cierto sentido, todos nosotros estamos desalineados. Nuestra naturaleza pecaminosa constantemente nos está jalando. Antes de conocer a Cristo, tenemos una capacidad muy limitada para tratar de resistirla. Pero aunque seamos creyentes, con el poder del Espíritu Santo para resistir la tentación, seguimos jalando hacia lo antiguo.

Es preciso que entendamos esos efectos. Si no, el diablo puede ponernos una emboscada con nuestros propios sentimientos. Lo que tenemos que entender es que nuestra naturaleza pecaminosa quiere estar en control. No queremos rendirnos al poder de otro.

Por esta razón, existe una gran tentación de vivir en nuestro propio poder en vez del Espíritu. Aunque seamos creyentes, nos encontramos deseosos de dejar atrás al Espíritu y caminar por nuestra fuerza humana.

Era el problema que enfrentaba la iglesia en Galacia. Pablo les pregunta: Después de haber comenzado con el Espíritu, ¿pretenden ahora perfeccionarse con esfuerzos humanos? (Gálatas 3:3) Eran creyentes; pero habían vuelto a una manera de pensar humana.

En 2.000 años no hemos cambiado. En nuestra ignorancia, dejamos atrás al Espíritu Santo y tratamos de vivir en nuestra propia capacidad. Cuando los árabes empezaron a enriquecerse con el dinero petrolero, se cuenta que varios jeques compraron autos muy caros. Sus choferes los manejaban un rato, pero al acabarse la gasolina, dejaban el carro abandonado - pensando que se había muerto.

Quizás nosotros, como esos jeques, hemos abandonado el poder del Espíritu Santo porque no entendemos la manera de mantener el tanque lleno. En un principio, cuando aceptamos a Cristo, sentimos la presencia del Espíritu. Ahora, sin embargo, sentimos que se nos ha acabado, y andamos en nuestro propia fuerza.

El mensaje del evangelio es poder. Como seres humanos, sin embargo, preferimos nuestro propio poder al poder de Dios. Es que a Dios no le podemos controlar, y esa sensación no nos gusta.

Se dice que la peor cosa para un piloto de avión es tener que volar como pasajero. Después de estar en la cabina, con los controles en la mano, es una tortura tener que dejar ese control en manos de otro. Así nos sentiremos al principio, cuando le damos el control al Espíritu Santo. Pero hay algo más que tenemos que saber:

II. La piedad sin poder es inútil e innecesaria

Efectivamente, sólo podemos servir con poder cuando servimos en el Espíritu. Lo que hacemos en nuestra propia fuerza, usando nuestro propio raciocinio, está destinado a fallar.

Cuando Dios restauró a su pueblo después del cautiverio en Babilonia, le dio un mensaje muy importante a su siervo Zorobabel. Zorobabel tuvo una visión misteriosa de un candelabro de oro, con un recipiente y siete lámparas encima. Las lámparas brillaban con fuerza. Después se le dio la explicación. Dice la Palabra del Señor: No será por la fuerza ni por ningún poder, sino por mi Espíritu -dice el Señor Todopoderoso-. ¿Quién te crees tú, gigantesca montaña? ¡Ante Zorobabel sólo eres una llanura! Zacarías 4:6-7

La labor de reconstruir el templo de Dios, el centro de adoración, el símbolo de la presencia de Dios con su pueblo, no se podría hacer con ingenuidad humana. No se iba a lograr porque Zorobabel era un líder tan carismático, o porque sabía como manipular a la gente, o porque tenía la última tecnología o un intelecto súper desarrollado. No, la restauración de la adoración a Dios dentro de su templo sólo se lograría por el Espíritu de Dios. Sería por el poder del Espíritu que las barreras serían quitadas.

Hoy en día, podemos tratar de levantar el templo de Dios aquí en la tierra por nuestros propios esfuerzos - pero estamos destinados a fracasar. Me pregunto cuántos de nuestros programas evangelísticos, cuántos de nuestros esfuerzos por servir a Dios, cuántas de nuestras prácticas religiosas se hacen en nuestro propio poder, en vez del poder del Espíritu.

La piedad - la religión - sin poder es inútil. No lograremos nada si no obramos en el poder del Espíritu. Nos sentiremos como hámsteres corriendo y corriendo en nuestra rueda sin avanzar. El poder para la victoria y el ministerio sólo puede venir del Espíritu de Dios.

Cuando veo nuestra iglesia, me pregunto: ¿dónde está el poder? ¿Dónde están las vidas transformadas? ¿Dónde están las almas que están siendo salvadas? ¿Dónde estamos transformando nuestra comunidad?

Gracias a Dios, vemos a algunos que han conocido a Dios. Vemos a algunos que sirven con gozo y comparten su fe. Hemos podido ayudar a algunos. Pero ¿será esto todo lo que Dios quiere para nosotros? ¿Estamos viviendo hasta lo máximo? Estoy convencido de que no lo estamos.

La buena noticia es que no es necesario que vivamos con una piedad sin poder. Nosotros podemos conocer más del Espíritu. Si tú eres creyente, el Espíritu vive en ti desde el momento en que aceptaste a Cristo. Tu bautismo fue un símbolo de lo que sucedió cuando lo recibiste.

Pero tú puedes conocer más o menos de su poder. Pablo nos dice en Efesios 5:18, No se emborrachen con vino, que lleva al desenfreno. Al contrario, sean llenos del Espíritu. Solemos citar este versículo como prohibición al abuso del alcohol, y con razón; pero olvidamos la segunda parte. Como creyentes, no debemos de ser simplemente la gente que no toma; debemos de ser identificados como quienes muestran con su vida que están bajo el control del Espíritu.

Jesús prometió a sus discípulos que recibirían poder, y ellos lo recibieron. En ese día, 3.000 personas se unieron a la iglesia. Nosotros no hemos recibido a un Espíritu distinto al que recibieron ellos.

Si tú eres creyente, ese mismo Espíritu que levantó a Jesús de los muertos, ese mismo Espíritu que usó a Pedro en el Día de Pentecostés para salvar a 3.000 almas, ese mismo Espíritu que reveló al apóstol Juan lo que ha de suceder en el futuro - ese mismo Espíritu mora dentro de ti. El quiere usarte.

El quiere darte poder para vencer el pecado. Quiere darte más entendimiento de su Palabra. Quiere usarte para transformar la vida de otras personas. ¿Cuántos de ustedes creen de veras que el Espíritu Santo vive en su corazón? Si no lo crees, o si no te has dado cuenta, eso es lo primero. Tienes que confiar en la presencia del Espíritu.

Luego, tienes que aceptar el señorío del Espíritu en tu vida. Dice 2 Corintios 3:17, Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Si no has reconocido que el Espíritu es Señor y que el tiene que mandar en tu vida, entonces no podrás conocer su poder y la libertad que sólo él trae.

Dios quiere que como iglesia y como creyentes vivamos en victoria. El nos ha dado la presencia de su Espíritu para que podamos vivir con poder. La tentación continua es de vivir en una piedad sin poder, una religión que depende de tus propios esfuerzos. Esta mañana quiero invitarte a abandonar tu confianza en ti mismo y empezar a buscar el poder del Espíritu para vivir.

Empecemos a orar para que el Espíritu se mueva entre nosotros. Empecemos a confiar en su presencia para guiarnos y habilitarnos para ministrar. Empecemos a rendirnos a su voz y su dirección. No sigamos viviendo sin poder, sin efecto, sin gozo. Empecemos a vivir en el poder del Espíritu, y dejemos la piedad sin poder.


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