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Domingo 16 de Junio de 2013

Déjalo escapar
Pastor Tony Hancock

Cuando era niño, algunos amigos nuestros tenían como mascota una tarántula. La tarántula vivía muy feliz en su acuario de vidrio, y nuestros amigos vivían muy felices en el resto de la casa; hasta que, un día, todo cambió. Lo que sucedió fue que la tarántula logró escaparse de su cajita de cristal, y andaba libremente por toda la casa.

Desde ese día, cada vez que visitábamos su casa, mirábamos con mucho cuidado el lugar donde nos íbamos a sentar. El ambiente era muy diferente, porque había una tarántula suelta en la casa. Que yo sepa, la tarántula nunca se encontró, y la vida en esa casa lentamente volvió a la normalidad.

Creo que nosotros, muchas veces, tratamos a Dios como nuestros amigos trataban a su tarántula. Lo tenemos cómodamente encerrado en una cajita de cristal, y en ciertos momentos lo vamos a ver un rato; pero en el resto de nuestra vida, Dios no importa mucho. Es como una mascota, nada más.

Pero ¿qué sucedería en nuestras vidas si Dios se lograra escapar de su cajita de cristal? Estoy hablando en sentido figurado, por supuesto. Nadie puede encerrar a Dios. Pero ¿qué cambios habría en nuestra vida si, en lugar de sólo separar ciertos momentos para Dios, toda nuestra vida se llenara con la fragancia de su presencia? ¿Qué diferencias habría?

Para el creyente, hay dos cosas importantes: lo que Cristo ha hecho por nosotros, y la forma en que respondemos a lo que El ha hecho. Lo que aprendemos acerca de El en la Iglesia, en la célula familiar y en nuestra hora devocional diaria debe afectar toda nuestra vida, y no sólo ciertos momentos. Es al vivir lo que aprendemos que sacamos a Dios de su cajita de cristal y experimentamos su poder y su presencia en cada aspecto de nuestra vida.

Hay tres cosas que muchas veces relacionamos con la Iglesia, pero que deben cambiar por completo toda nuestra vida. Se trata de la paz de Cristo, la Palabra de Cristo y el nombre de Cristo. Hoy veremos cómo las podemos vivir a diario. Leamos acerca de ellas en Colosenses 3:15-17:

3:15 Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos.
3:16 La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales.
3:17 Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.

Las tres cosas que se mencionan en este pasaje tienen que ver, de una u otra manera, con nuestra adoración en la Iglesia. Se menciona un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo; la instrucción en la Palabra y la alabanza con cantos, el agradecimiento a Dios y el nombre de Jesucristo. Sin embargo, Dios no quiere que limitemos la aplicación de estas cosas sólo a nuestro tiempo en la Iglesia.

Es como si Dios nos estuviera llamando a dejar que nuestra adoración y todo lo que hacemos en la Iglesia se salgan de los límites que les ponemos y se conviertan en algo diario, en algo cotidiano. Consideremos, entonces, una por una estas cosas.

Primeramente, Dios nos dice que gobierne en nuestros corazones la paz de Cristo. La palabra que se traduce "gobierne" es una palabra inusual en griego, y tiene que ver con actuar como un árbitro. Todos hemos visto cómo surgen los pleitos entre jugadores en un partido de fútbol. Alguno hace una jugada sucia, empuja a otro jugador o le da una patada, y se arma la bronca.

En eso, llega el árbitro con un silbido, y los jugadores se tienen que tranquilizar. Aunque no estén de acuerdo con su decisión, saben que podrán ser expulsados del juego si no le prestan atención. Las riñas no sólo se presentan en el campo de fútbol; también se presentan en la Iglesia, en la casa, entre amigos, en el trabajo.

¿Quién será el árbitro en esas situaciones? Dios nos dice que nuestro árbitro debe ser la paz de Cristo. ¿Qué significa esto? Significa que la paz que tenemos por medio de El debe estar al centro de cualquier diferencia que tengamos con otra persona. En cualquier pleito, sea con otro hermano de la Iglesia, con nuestra esposa o nuestro esposo, o con un compañero de trabajo, tenemos que recordar que somos de Cristo, y El nos ha llamado a buscar la paz.

Cuando no tenemos paz en el corazón, no podemos estar en paz con los demás. El corazón es como un manantial; si la fuente está contaminada, el agua que produce también estará contaminada. Para que el agua sea pura, la fuente tiene que purificarse también. Si nuestro corazón no tiene paz, las cosas más insignificantes nos enfurecerán, y viviremos en constantes peleas.

Pero cuando conocemos de verdad la paz de Cristo, cuando hemos comprendido que estamos bien con Dios, que todo está bajo control - cuando conocemos la paz de Cristo, podemos vivir en paz con los demás. Aún cuando tengamos que tomar acción por alguna injusticia, no lo haremos con ira descontrolada; podremos actuar con juicio y sabiduría, porque la paz de Cristo reina en nosotros.

¿Gobierna en tu corazón la paz de Cristo? Si no, vuelve a la fuente. Medita en todo lo que El ha hecho por ti. Reconoce que, en Cristo, estás bien con Dios, y que El te llama a buscar la paz con los demás. Cristo te da su paz, pero es tu decisión si la dejas reinar en tu corazón o no.

Hay otra cosa que debe morar ricamente en nosotros, y es la Palabra de Cristo. La Palabra es poderosa. Isaías 40:8 dice así: "La hierba se seca y la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre." Jeremías dice que la Palabra de Dios es como un fuego. Hebreos 4:12 dice: "Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos."

La Palabra de Cristo - el mensaje suyo, el mensaje apostólico y profético que es la Biblia - tiene poder para transformar tu vida, tu familia y tu mundo. Es la cosa más poderosa del mundo. Pero ¡no es poderosa si no se usa! Su impacto sobre ti será muy pequeño si no mora en ti, si no habita, como dice el verso 16, con toda su riqueza.

El creyente que tiene la Biblia sobre la repisa, pero no la usa, es como la mujer que sufre un dolor fuerte de cabeza, teniendo una botella de aspirina sin abrir en la botica. Es como el hombre que se va caminando al trabajo en la lluvia, teniendo un carro nuevo estacionado en el garaje. ¡Qué desperdicio!

Déjame decirte cómo hacer que la palabra de Cristo habite en ti. Primeramente, la tienes que estar recibiendo de manera regular. La escuchas atentamente en la Iglesia; la lees en tu casa, y memorizas versículos para guardarlas en tu corazón. No puede morar en tu corazón lo que no estás recibiendo regularmente. Simplemente es imposible.

En segundo lugar, la compartes con otros. Aquí dice: "instrúyanse y aconséjense unos a otros con toda sabiduría". Cuando encuentres algo en la Palabra, ¡compártelo con otros! Mándales un texto a tus amigos o compañeros de trabajo. Comparte con tus hermanos en la Iglesia.

Tienes que hacerlo con sabiduría, no para dañarlos o hacerte pasar por un sabelotodo. Es importante hacerlo con la actitud correcta. Pero hay algo misterioso e importante que sucede cuando compartimos la Palabra con otros. La mayor bendición nos llega a nosotros.

El tercer paso para que habite ricamente la Palabra en nosotros es usar la música. Cantando salmos, himnos y canciones espirituales, la Palabra se arraiga en nuestro corazón.

La música es una gran bendición de Dios. Hay mucha buena música cristiana, basada en la Palabra de Dios, que nos ayuda a meditar en sus verdades. Se queda en nuestro corazón. Hoy en día, con tanta disponibilidad por medio de la Internet y otros medios, no hay pretexto para no escuchar buena música cristiana y dejar que penetre nuestro corazón.

Cuando dejamos que la paz de Cristo sea el árbitro en nuestro corazón, y su Palabra habita en nosotros con toda su riqueza, estamos listos para la tercera cosa. Dice el verso 17: "Todo lo que hagan... háganlo en el nombre del Señor Jesús". Ahora, ¿qué significa esta frase? ¿Qué significa hacerlo todo en el nombre del Señor Jesús?

A lo mejor significa que cada vez que vamos a hacer algo, tenemos que pronunciar el nombre de Jesús. Tenemos que andar, como reza el dicho, con el Jesús en la boca. En la mañana, nos levantamos en el nombre de Jesús, tomamos café en el nombre de Jesús, despertamos a los niños en el nombre de Jesús, etc.

Bueno, eso se volvería muy pesado. Pero felizmente, no es a esto que se refiere la frase "háganlo todo en el nombre del Señor Jesús". Se parece más a esta situación. Digamos que alguien le hiciera alguna donación a nuestra Iglesia. Como pastor, yo podría escribirle una carta, dándole las gracias a nombre de la Iglesia. ¿Qué significa esto? Significa que expreso mi gratitud, representando a toda la Iglesia. En ese caso, mi acción personal representa a toda la Iglesia.

Tú y yo, si somos seguidores de Jesucristo, también somos sus representantes. En cada cosa que hacemos, su reputación está en juego. Si vivimos en desobediencia, el mundo lo verá. Entonces dirán: "¡Y se llaman cristianos! ¡Caramba! Si eso es lo que Cristo produce en la vida de alguien, ¡no me interesa!"

En cambio, si nuestra vida refleja paz, santidad, amor, gozo y todos los demás frutos del Espíritu, también lo verán. Cada día, en todo lo que hacemos, estamos trayendo honra al nombre de Cristo, o lo estamos dejando en vergüenza. Considera tu vida. ¿Cómo estás dejando a Cristo delante de los demás? Si batallas con alguna decisión, pregúntate: ¿Cómo puedo dar un mejor reflejo de Cristo con esto? ¿Lo puedo hacer en su nombre? ¿Lo haría El?

La buena noticia es que, si has fallado, hay perdón. Pero hoy es el día para levantarte y decir: "Quiero dar un buen testimonio de lo que Cristo ha hecho. Quiero mostrarles a todos - en mi matrimonio, en mi hogar, en mis palabras, en todo - lo que Cristo ha hecho en mí."

¿Estás listo para sacar a Dios de su cajita de cristal, y dejar que invada toda tu vida? Los resultados pueden ser incómodos, pero te transformará por completo. Deja que la paz de Cristo reine en tu corazón. Dale a su Palabra la posición que se merece en tu vida. Y hazlo todo como representante de Cristo, en su nombre.

Ábrele tu vida al Señor. Deja que El obre en ti, como El quiera. Nunca te arrepentirás.


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