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Domingo 26 de Mayo de 2013

Esfuerzos inútiles
Pastor Tony Hancock

¿Alguna vez has oído la expresión "toca madera"? Quizás tú mismo la hayas usado. Después de hablar de un deseo o esperanza para el futuro, se dice "toca madera" - y a veces hasta se complementa la frase con la acción. Por ejemplo, alguien podría decir: Espero que no llueva para el partido mañana - ¡toca madera! ¿Te has preguntado alguna vez por qué se dice esto?

Una de las teorías es esta. Hace mucho tiempo, la gente creía que había espíritus traviesos que vivían en los árboles y en la madera. Ellos pensaban que, si los espíritus les escucharan expresar algún deseo positivo para el futuro, entonces por maldad no dejarían que se cumpliera su deseo. Sonaban la madera para ensordecer a los espíritus y no dejarles escuchar lo que decían.

Ninguno de nosotros ahora cree que haya espíritus viviendo en los árboles, pero la costumbre de tocar la madera continúa. ¿Para qué sirve? ¿Por qué lo hace la gente? ¡Simplemente por costumbre! Pero es un esfuerzo inútil. ¡Para nada garantiza que ser realizará nuestro deseo!

La costumbre de tocar madera, este esfuerzo inútil, se parece a las prácticas religiosas que algunas personas tienen. Hay cosas que podemos hacer, que parecen servir para acercarnos a Dios, pero que son totalmente inútiles. No funcionan. No nos ayudan a dominar nuestros malos deseos, ni agradan a Dios.

Los versículos que hoy leeremos nos hablan de esta realidad, pero también nos enseñan lo que sí funciona. Te invito a pedirle al Señor que te ayude a comprender lo que El te quiere decir a través de su Palabra hoy. Empezamos en Colosenses 2:20-23:

2:20 Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos
2:21 tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques
2:22 (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso?
2:23 Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne.

Los falsos maestros que habían llegado a confundir a los miembros de la Iglesia de Colosas les enseñaban que era necesario guardarse de ciertos alimentos y practicar una dieta muy estricta. Esto no era por razones de salud, sino porque creían que ciertas comidas nos pueden contaminar.

Quizás esta idea nos parezca extraña, pero hay personas que siguen pensando así. Todavía hay muchas personas que no comen carne los viernes o durante la Cuaresma. ¿Por qué no? Estoy seguro que, si les preguntáramos el por qué, la gran mayoría no nos daría ninguna explicación. De alguna manera, piensan que el comer sólo pescado en esos días los hace más santos.

Ya me imagino a la señora chismosa y rezongona, gritándoles a sus hijos que vengan a comer, mientras su esposo deja de mirar cosas obscenas en la computadora un rato para sentarse a la mesa - todos malhumorados, pero como es viernes, ¡a comer pescado! De estas costumbres, dice Pablo: "Tienen sin duda apariencia de sabiduría, con su afectada piedad, falsa humildad y severo trato del cuerpo, pero de nada sirven frente a los apetitos de la naturaleza pecaminosa" (v. 23).

En otras palabras, cuando tratamos de vivir una vida que agrada a Dios por medio de reglas inventadas por los hombres, terminamos peor. Podemos sentirnos bien, como si estuviéramos agradando a Dios con nuestro sacrificio, pero no sirve de nada para frenar los impulsos bajos de nuestra carne.

Estas reglas, como dice Pablo, "se refieren a cosas que van a desaparecer con el uso" (v. 22). La comida se come, y se va. Jesús enseñó lo mismo. El dijo: "¿No se dan cuenta de que nada de lo que entra en una persona puede contaminarla? Porque no entra en su corazón sino en su estómago, y después va a dar a la letrina" (Marcos 7:18,19).

La pureza de nuestro corazón no viene de las cosas que comemos. Las cosas que usamos, la ropa que nos ponemos o el jabón de tocador no nos hace más o menos santos. Pero se nos hace mucho más fácil enfocarnos en estas cosas, en lugar de enfrentar el pecado que radica en nuestro propio corazón. Es mucho más cómodo pensar que el problema viene de afuera, de lo que comemos o tocamos, en lugar de darnos cuenta de que el problema está adentro.

Terminamos como las mujeres que vivían en las casas de antes. Quizás las llegaste a conocer. La mujer barría el piso para quitarle el polvo y la suciedad, y parecía quedar limpio. Sin embargo, al rato había más tierra en el piso, y había que volverlo a barrer. ¿Por qué? ¡Porque el piso era de tierra! No importaba cuánto se barriera, nunca se terminaría el barro.

De la misma manera, nunca vamos a quitarnos la contaminación con costumbres externas. Resultan totalmente inútiles contra el pecado que está en nuestro corazón. Nos hace falta una transformación mucho más profunda. Esto es precisamente lo que Cristo vino a traernos.

La gran ironía para el cristiano de volver a caer en prácticas inútiles es que hemos muerto, con Cristo, a los principios de este mundo. Este punto es muy importante, así que quiero que prestes atención. Cuando Cristo murió en la cruz, El realizó un gran traslado. Nos quitó del reino de este mundo, y nos cambió al reino de Dios.

Cuando nosotros confiamos en El, cuando lo llegamos a reconocer como Señor y Salvador, ese traslado se hace realidad en nuestra vida. Esto es lo que representa el bautismo. Al bajar al agua, hemos muerto con Cristo al pecado y al poder de este mundo. No importa si lo sentimos o no; el mundo quizás nos siga jalando con mucha fuerza. Pero la realidad espiritual es que, con Cristo, hemos muerto a los principios básicos de este mundo.

Sería incoherente, entonces, volver a ese mundo y tratar de controlar nuestros malos deseos bajo los principios religiosos de ese mundo, según las tradiciones humanas. Sin embargo, ¡es lo que intentamos una y otra vez! Por ejemplo, recuerdo leer una vez una lista de claves para la santidad. Una de ellas era siempre bañarse con agua fría. ¡Imagínate! Como si la temperatura del agua fuera capaz de afectar nuestro corazón.

La vida nueva no se vive siguiendo reglas inútiles. Nuestro corazón no se transforma según lo que comemos, o por otras prácticas inventadas que agregamos a la Palabra de Dios. ¿Cómo se transforma, entonces? Los primeros versos del capítulo 3 nos dan la respuesta. Leamos del verso 1 al verso 4:

3:1 Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios.
3:2 Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.
3:3 Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.
3:4 Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria.

La transformación en nuestra vida no viene de seguir tradiciones religiosas inventadas por hombres, sino en un cambio en nuestra forma de pensar. "Concentren su atención en las cosas de arriba, no en las de la tierra." (v. 2) Seguimos viviendo físicamente en esta tierra, pero ya no pertenecemos a este lugar. Sus valores ya no son nuestros valores. Lo que es tan importante para la gente del mundo - dinero, poder, placer - ya no nos importa tanto.

Dios nos llama activamente a buscar las cosas celestiales. Así como hemos muerto con Cristo a este mundo y su poder, hemos resucitado también con El a una vida nueva. Esta vida es una vida celestial. Por lo tanto, aunque seguimos viviendo en este mundo y tenemos responsabilidades en este mundo, este mundo no ocupa toda nuestra atención.

Nuestra esperanza está en Cristo. Un día, El volverá. Es a esto que se refiere el verso 4. Un día, Cristo se manifestará; entonces, recibiremos la gloria que El nos regaló al morir por nosotros en la cruz. Recibiremos cuerpos glorificados, reflejando la gloria de Dios. Primera de Juan 3:2 expresa la misma idea: "Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es."

Esta es nuestra esperanza y nuestro destino. Cristo volverá para llevarnos a estar con El, y entonces seremos transformados por completo. Pero ¿qué tiene que ver esto con nuestra vida aquí y ahora? ¿Es simplemente una bonita fantasía, algo para darnos un poco de alegría cuando la vida se pone difícil?

Para empezar, no es fantasía. La garantía de esto es la resurrección de Cristo. Su resurrección es lo que nos da la seguridad de que El cumplirá su promesa. Pero además de esto, nuestro destino celestial es la inspiración para nuestra vida ahora. Nos enseña cuál es el trayecto de nuestra vida.

Imaginemos a un joven aficionado del fútbol. Su gran sueño es convertirse en jugador de algún equipo famoso. Todos los días practica por varias horas. Se pone a jugar con sus amigos a cada oportunidad. Estudia el estilo de juego de los grandes jugadores para aprender sus estrategias. Se sabe todas las reglas de memoria.

¿Te das cuenta? Su visión del futuro afecta su vida actual. Su anhelo por vivir su sueño de jugar fútbol profesional lo lleva a sacrificar muchas otras cosas. No es malo buscar el éxito en el deporte, pero como creyentes, tenemos una meta aun mayor. Nuestra meta es llegar a ese día cuando Cristo regrese y escuchar su voz decir: "Bien hecho, buen siervo y fiel" (Mateo 25:21).

El nos ha dado su Espíritu Santo para guiarnos en este camino, y tenemos su Palabra para conocerlo a El. ¿Cómo buscamos las cosas de arriba? Lo hacemos conociendo la Biblia, memorizándola, meditando en su verdad. Esta Palabra va guiando nuestro camino. Nos enseña nuestros errores, y nos marca el camino a seguir.

Quiero terminar sugiriéndote una cosa muy práctica que puedes hacer para buscar las cosas de arriba. Empieza a memorizar pasajes bíblicos. Trata de memorizar un versículo cada semana. No sólo lo memorices, sino medita en su significado. Empieza a llenar tu mente con la Palabra de Cristo, y esa Palabra te empezará a transformar desde adentro hacia fuera.

Nunca lograremos dominar nuestros deseos pecaminosos con costumbres externas; es un esfuerzo inútil. Tenemos que ser transformados desde adentro. Y esa transformación empieza cuando nos damos cuenta de nuestro destino celestial y empezamos a llenar nuestra mente con la verdad de Cristo. El es nuestra meta. Habla con El hoy.


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