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Domingo 7 de Abril de 2013

El anhelo de un siervo del Señor
Pastor Tony Hancock

Muchas personas malentienden el ministerio y el mensaje de los siervos del Señor. Por ejemplo, un predicador le daba a su congregación un mensaje acerca del juicio final. Para enfatizar el punto, dijo con voz fuerte: "¡Cada miembro de esta Iglesia morirá, y enfrentará el juicio!" Cuando dijo estas palabras, todos se pusieron muy serios - con la excepción de un hombre que estaba sentado en una de las primeras filas.

El pastor continuó con su mensaje, y en varias ocasiones repitió, con énfasis: "¡Cada miembro de esta Iglesia morirá, y enfrentará el juicio!" Cada vez que lo decía, el hombre sonreía y sonreía, hasta que casi se reía de alegría, mientras los demás oyentes se ponían cada vez más serios.

Al final del culto, el predicador se bajó de la plataforma y fue en busca del hombre tan risueño ante la amenaza del juicio. "¿Por qué sonreía tanto cada vez que yo decía: ¡Cada miembro de esta Iglesia morirá, y enfrentará el juicio!? ¡No lo entiendo!" El hombre le respondió: "Es que soy visitante. ¡No soy miembro de esta Iglesia!"

Claramente, ¡este hombre no había entendido bien lo que el predicador quería comunicar! En otra ocasión, un hombre se quejó de su pastor así: "El pastor sólo trabaja un día a la semana, y el único día que trabaja, ¡se tarda mucho!" Esta persona no comprendía de qué se trata el ministerio pastoral, en realidad, ni apreciaba todas las labores que realizaba su pastor entre semana. ¡Lo único que le interesaba era salir rápido de la Iglesia!

Hoy encontraremos en la Palabra de Dios una descripción de la lucha que sostenía el apóstol Pablo a favor de las iglesias. Bajo la inspiración del Espíritu Santo, él nos abre su corazón para que veamos qué lo hacía palpitar. Lo que hacía latir el corazón de Pablo es también el anhelo de cada buen siervo de la Palabra del Señor. A cada creyente le conviene comprender qué es lo que quiere lograr su pastor, para no malentender su propósito, su ministerio y su mensaje.

Por eso, te invito a que consideremos juntos estas palabras y aprendamos de ellas. Dependiendo del Espíritu Santo para iluminar y guiarnos, abramos la Biblia en Colosenses 2:1-5:

2:1 Porque quiero que sepáis cuán gran lucha sostengo por vosotros, y por los que están en Laodicea, y por todos los que nunca han visto mi rostro;
2:2 para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo,
2:3 en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.
2:4 Y esto lo digo para que nadie os engañe con palabras persuasivas.
2:5 Porque aunque estoy ausente en cuerpo, no obstante en espíritu estoy con vosotros, gozándome y mirando vuestro buen orden y la firmeza de vuestra fe en Cristo.

Hay grandes profundidades para sondear en este pasaje, pero por motivos de tiempo, vamos a enfocarnos en los versos 2 y 3.

Cuando escribió estas palabras, el apóstol Pablo se encontraba encarcelado. No tenía libertad de movimiento. Posiblemente se encontraba encadenado día y noche a un soldado romano. ¿Cómo, entonces, podía luchar a favor de los colosenses y los de Laodicea, que quedaban a cientos de kilómetros de distancia?

Su lucha era una lucha en oración. Hermanos, pocos de nosotros sabemos en realidad lo que es luchar en oración, clamando a Dios por el bien de otros, pero Pablo lo sabía. El luchaba con todo su ser en oración por el bienestar espiritual y la protección de los creyentes. Un buen siervo del Señor ora por los suyos. Quiero que sepan que yo oro regularmente por cada uno de ustedes.

Déjame preguntarte: ¿por quiénes luchas tú en oración? ¿Clamas por la salvación de tu familia? ¿Luchas por el bienestar de tus hijos? ¿Intercedes por tus hermanos de la Iglesia? La victoria del pueblo de Dios empieza con la oración. Si no peleas de rodillas, no ganarás la batalla.

En su lucha de oración, Pablo tenía un profundo anhelo por el bienestar de los colosenses. Cualquier buen siervo del Señor desea lo mismo para su Iglesia. Yo lo deseo para ustedes también. Veamos qué es, y cómo podemos trabajar juntos para que se haga realidad.

El anhelo del siervo de Dios es el ánimo en el amor y la verdad. El verso 2 dice así: "Quiero que lo sepan para que cobren ánimo, permanezcan unidos por amor, y tengan toda la riqueza que proviene de la convicción y del entendimiento" (Colosenses 2:2, NVI). En griego, el verbo principal de este versículo es "cobren ánimo".

El siervo de Dios desea que los hermanos de su congregación se animen. Ningún pastor quiere ver a su congregación triste, desanimada, derrotada. ¿Alguna vez has visto un gato que se ha mojado en una tormenta? ¡A veces nos sentimos así! Pero esto no es lo que Dios desea para nosotros, ni lo que los siervos del Señor deseamos.

Esto no significa que llegamos cada domingo simplemente para dar un mensaje motivacional, para echarles porras para que salgan todos animados, como lo hacen las porristas en algún evento deportivo. Es importante ver cómo vamos a cobrar ánimo. Podemos tener un entusiasmo pasajero y falso. Podríamos todos gritar "¡Sí se puede!" por media hora, y salir muy contentos; pero ese ánimo no nos duraría mucho tiempo.

La Palabra nos explica qué nos puede dar verdadero ánimo, verdadero entusiasmo. Es la unión del amor y la convicción de la verdad. Conocer a Dios no es como conocer la tabla de matemáticas o la fecha de la independencia de México; es algo que se experimenta en el calor de la comunión de creyentes. Somos como carbones encendidos; si se saca un carbón del fuego, pronto se extingue. Mientras se queda en contacto con otros carbones, en cambio, el fuego sigue vivo.

El apóstol Juan lo expresó así: "Nadie ha visto jamás a Dios, pero si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece entre nosotros, y entre nosotros su amor se ha manifestado plenamente." (1 Juan 4:12) La comunión con otros creyentes en el amor de Dios es algo que nos da ánimo, que nos sostiene y nos ayuda a conocer más plenamente el amor de Dios también.

Es por esto que el enemigo tanto ataca la unión de la Iglesia. La unión en el amor es algo tan precioso. Jesús dijo que es una de las marcas de que somos sus seguidores. Es por esto que tenemos que luchar para mantener la unión de la Iglesia. Escúchame bien. Si tú tienes un problema con algún otro hermano de la Iglesia, y no lo tratas de resolver, tú mismo atacas la unión de la Iglesia. Como la polilla que se come poco a poco la madera de un edificio hasta que termina por derrumbarse, así son los problemillas entre hermanos que no se resuelven. Se van amontonando hasta que todo se derrumba.

Por esto, es tan importante que arreglemos las cosas. Si tienes algo contra un hermano, ve y habla con él. Si le ofendiste, pídele perdón. Si él te ofendió, perdónale. Si los dos se ofendieron, toma el primer paso y busca la forma de arreglar las cosas. De otro modo, se pierde la unión, y entonces viene el desánimo.

El verdadero ánimo viene de la unión del amor, y también de la convicción de la verdad. Leamos otra vez la segunda mitad del verso 2 y el verso 3. Cuando conocemos a Cristo, conocemos la verdad. El es la verdad. El mismo lo dijo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Juan 14:6). Y cuando conocemos esta verdad, produce ánimo y seguridad en nuestros corazones.

En los Andes del Perú, los Incas construían puentes sobre los arroyos hechos de fibras vegetales entretejidas. Con el avance del tiempo, estos puentes han sido reemplazados por puentes de construcción moderna, aunque existe uno que aún se mantiene.

En los días en que el evangelio empezó a penetrar los Andes, sin embargo, todavía existían muchos de estos puentes rústicos de fibra. En cierta ocasión, un misionero llegó a uno de estos puentes. Nunca había cruzado nada parecido, y empezó muy lentamente a cruzarlo, paso a paso. No avanzó mucho antes de regresar, inseguro de que el puente lo pudiera sostener.

Uno de los habitantes de la zona que lo acompañaba se ofreció a pasar primero. Caminando a paso ligero, atravesó el puente en unos cuantos segundos y se paró al otro lado, haciéndole señas al misionero de que hiciera lo mismo.

¿Cuál fue la diferencia entre estos dos hombres? Uno de ellos no conocía el puente, y por lo tanto, se sentía muy inseguro. Tenía miedo de cruzar. El otro hombre sí conocía el puente, y por eso, avanzaba confiado. Lo conocía bien, y esto le daba ánimo para seguir adelante. Así es con nosotros. Cuando no conocemos la verdad que es Jesucristo, no podemos estar seguros. No sabemos qué sucederá con nosotros después de morir. No sabemos si el mundo se terminará mañana. No sabemos qué hacer si la tragedia llega a nuestra vida.

Pero cuando conocemos a Cristo, podemos avanzar confiados. Podemos caminar con seguridad, porque sabemos a dónde iremos después de morir; sabemos que el mundo no se acabará hasta que Dios lo quiera; y sabemos que El estará con nosotros para ayudarnos a atravesar cualquier obstáculo. ¡Qué gran seguridad! ¡Qué ánimo nos debe dar esto!

Hermanos, Dios nos está llamando en esta mañana a cobrar ánimo. No nos dice que simplemente nos animemos sin razón, sino que tengamos el verdadero ánimo que viene de la unión en el amor y el conocimiento de la verdad. Si tú no has llegado a conocer la verdad de Jesucristo, hoy lo puedes conocer. Hoy puedes fundamentar tu vida en lo Verdadero, que es Jesucristo, el Hijo de Dios.

Quizás hayas permitido que las preocupaciones y aflicciones de este mundo te desanimen. Levántate y camina seguro en el conocimiento de Cristo y en el amor de Dios. Te invito a unirte a la lucha de caminar unidos como Iglesia, animados en el amor que compartimos y en la verdad que hemos llegado a compartir. Es el deseo de Dios para nuestra Iglesia, y es mi deseo también.


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