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Domingo 24 de Marzo de 2013

Una valiosa entrega
Pastor Tony Hancock

En 1925, la ciudad de Nome, Alaska se vio amenazada por una epidemia de difteria. Los niños indígenas de la región carecían de resistencia a esta enfermedad. Muchos niños morirían si no recibieran pronto el antídoto. El lugar más cercano donde había suficiente medicina para curar a los enfermos era Anchorage, a unos 870 Km de distancia.

Los únicos aviones disponibles habían sido desmontados y guardados para el invierno. Por lo tanto, el gobernador del territorio trazó otra ruta. El paquete con la medicina viajó primero por tren, y luego fue entregado en manos de una sucesión de equipos de perros de trineo. Más de cien perros corrieron en relevos de unos 160 Km.

En menos de seis días, los equipos caninos llevaron la medicina a Nome. El líder del último equipo hizo la valiosa entrega de medicina a los doctores de la ciudad, y muchas vidas fueron salvadas. Al otro lado del país, en el Parque Central de Nueva York, se erigió una estatua del perro líder del último equipo, un can llamado Balto. La estatua sigue siendo un gran atractivo turístico. La gran carrera anual de perros de trineo conocida como el Iditarod conmemora este evento.

Es con justa razón que se conmemora el sacrificio y la valentía de los intrépidos hombres y sus perros que llevaron la valiosa entrega de medicina salvadora a Nome. Pero hay otra entrega aun más valiosa y más salvadora, una entrega que el mundo rara vez celebra y fácilmente olvida.

Me refiero a la entrega del mensaje de salvación, y esta entrega también se ha hecho con mucho sacrificio. Muchos hombres y muchas mujeres valientes lo dieron todo, hasta la vida, para traer el evangelio a nuestra amada América Latina. Siempre ha sido así. Uno de los líderes de la Iglesia en sus primeros siglos dijo: La sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia.

¿Por qué tanto sacrificio y tanta entrega? Simplemente porque el mensaje de salvación es una entrega tan valiosa que vale cualquier sacrificio. Abramos la Biblia en Colosenses 1:24-29 para aprender más de esto:

1:24 Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia;
1:25 de la cual fui hecho ministro, según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros, para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios,
1:26 el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos,
1:27 a quienes Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria,
1:28 a quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre;
1:29 para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí.

Aquí leemos algo extraño. Pablo dice que se alegra en medio de sus sufrimientos. ¿Será que a este hombre le gustaba sufrir? ¿Era alguna especie de masoquista? ¡Claro que no! El no se alegraba a causa de sus sufrimientos, sino en medio de sus sufrimientos. Aunque tuvo que sufrir, él sabía que el resultado de sus sufrimientos sería gran gozo - y la salvación de muchas almas.

Se parece a los líderes de los equipos caninos que llevaron el antídoto a Nome. En medio del frío, el hambre, el cansancio, ellos siguieron hacia la meta. ¿Disfrutaban estas cosas? ¡Claro que no! Pero su inspiración fueron las caras sonrientes de los niños que quedarían a salvo, gracias a su esfuerzo.

De igual manera, Pablo se inspiraba al pensar que sus sufrimientos servirían para lograr algo mucho mejor. De hecho, ¡los sufrimientos del apóstol Pablo siguen llevando fruto hasta el día de hoy! Piénsalo. Si Pablo no se hubiera encontrado encarcelado, es muy probable que no habría escrito esta carta. Si no hubiera escrito esta carta, no la estaríamos leyendo hoy. Si no la tuviéramos para leer, nos perderíamos la bendición de todo lo que el Espíritu Santo nos dice a través de él.

Ahora bien, es necesario hacer una aclaración acerca del verso 24. Cuando habla de su sufrimiento por el evangelio, el apóstol dice algo que se podría malinterpretar. El dice: "voy completando en mí mismo lo que falta de las aflicciones de Cristo". Alguien podría pensar que Pablo está diciendo que los sufrimientos de Cristo en la cruz no fueron suficientes para salvarnos, y que los sufrimientos de Pablo y de otros de alguna manera sirven para ganarnos la salvación.

Pero esto no es lo que significa este versículo. La palabra "aflicciones", que es thlipsis en griego, nunca se usa para describir el sufrimiento redentor de Jesús. Se usa para describir los sufrimientos que enfrentarán los seguidores de Jesús; por ejemplo, El nos dijo en Juan 16:33: "En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo."

Hay una diferencia, entonces, entre lo que Jesús sufrió para salvarnos, y lo que sufren sus seguidores. Los sufrimientos de Jesús acarrean méritos. Jesús es el que venció al mundo. Los sufrimientos nuestros como seguidores de Jesús son necesarios para que el evangelio se extienda, pero no son redentores ni dignos de mérito especial. Ningún apóstol, ningún santo, puede acarrear méritos con sus aflicciones. Los sufrimientos de Jesús son de una categoría diferente que nuestras aflicciones.

Aunque ningún seguidor de Jesús llega a merecer la salvación por medio de sus aflicciones, sí son necesarios para que el evangelio se extienda. ¡El sufrimiento de Pablo no fue en vano! Cuando nosotros sufrimos por el evangelio, no es en vano tampoco. Nuestro sufrimiento podrá ser diferente de lo que tuvo que sufrir Pablo. Tenemos hermanos alrededor del mundo que, como él, están en la cárcel por su fe; debemos orar por ellos. Pero lo que nosotros tenemos que sufrir puede ser diferente.

Podría ser el sufrimiento de una madre, que ora incansablemente por la salvación de sus hijos descarriados. Aunque le cuesta, ella sabe que la mejor cosa para ellos es recibir el evangelio, y no se cansa de orar a su favor. Podría ser el sufrimiento de un trabajador, que cada día enfrenta la burla de sus compañeros porque no esconde su fe en Jesucristo. Aunque sufre, él sabe que algunos de ellos podrán llegar a conocer el evangelio por medio de su testimonio.

El evangelio es tan precioso que vale cualquier sacrificio. Vale cualquier sacrificio conocerlo, y vale cualquier sacrificio llevarlo a otros también. Vemos otra cosa en este pasaje de la Palabra de Dios: el mensaje de salvación revela un maravilloso misterio.

Cuando era más joven, me encantaba leer los libros de misterio. Me gustaba ver cómo los detectives deducían, de las pistas que encontraban, quién era el culpable del crimen. El misterio que menciona este pasaje no es precisamente de esa clase. Más bien, en la Biblia, un misterio es una verdad que antes se desconocía, pero que ahora se ha revelado.

Por muchos milenios de la historia humana, este misterio se mantuvo en secreto. Dios estaba trabajando principalmente a través de la nación de Israel. Cualquier persona que quisiera conocer a Dios tenía que venir a Israel y aprender de ellos. Pero el maravilloso misterio que Dios estaba preparando es que ahora, cualquier persona de cualquier nación puede tener a Cristo viviendo en su interior.

El gran misterio es éste: "Cristo en ustedes, la esperanza de gloria". Si Cristo vive en tu alma y corazón, tu esperanza para el futuro es la gloria de Dios. Muchas cosas buenas te podrán suceder en esta vida, y estoy seguro que Dios tiene muchas bendiciones preparadas para todos nosotros. Pero lo mejor de todo es que, al final, iremos a estar con El. ¡Qué podría ser mejor!

Conocer a Cristo, y tenerlo en nosotros, es el camino a la perfección. Pablo dice: "A este Cristo proclamamos... para presentarlos a todos perfectos en él." Por medio de Cristo somos perfectos ante Dios. El nos ve como si tuviéramos la perfección de Cristo. Esta es nuestra posición.

Al mismo tiempo, conforme más conocemos a Cristo y más lo obedecemos, más nos vamos pareciendo a El. Esta es nuestra transformación. Por fe en Cristo y en nuestra relación con El, disfrutamos de una doble bendición. Dios nos trata como si ya fuéramos perfectos, y nos va haciendo más y más perfectos en nuestra vida diaria.

Pablo dice: "Con este fin trabajo y lucho fortalecido por el poder de Cristo que obra en mí." ¡Ese mismo poder obra en ti y en mí también! Tenemos el poder de Cristo en nuestro ser para luchar contra el pecado, para luchar contra las aflicciones y llevar el mensaje del evangelio como una bandera.

El mensaje del evangelio, el mensaje de salvación por fe en Jesucristo, vale cualquier sacrificio, porque revela un maravilloso misterio - el misterio de Cristo en nosotros, la esperanza de gloria. Mi pregunta para ti en esta mañana es ésta: ¿qué importancia le das tú al evangelio? ¿Le das el valor que se merece?

Cada día, tenemos que acordarnos de la manera en que somos salvos. Tenemos que predicarnos a nosotros mismos el evangelio, porque lo podemos olvidar. Tenemos que acordarnos siempre de que Jesús compró nuestra libertad en la cruz, y que somos perfectos en El. Cada día, cuando te levantas, acuérdate de Cristo, quien te compró con su sangre en la cruz.

Cada día, también tenemos que ver a los que nos rodean que todavía necesitan comprender este mensaje. No dejemos de orar por ellos. No dejemos de pagar el precio para que ellos también puedan conocer a Cristo. Y cuando Dios nos da la oportunidad, hablemos sin vergüenza de este gran mensaje. Demos la valiosa entrega del evangelio a un mundo que tanto lo necesita.


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