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Domingo 30 de Diciembre de 2012

La muerte de los inocentes
Pastor Tony Hancock

Hace un par de semanas, la nación entera se estremeció al oír la noticia de la matanza de niños inocentes en una escuela en el estado de Connecticut. Cuando escuché la noticia, mis ojos se llenaron de lágrimas al pensar en las vidas de estos niños que jamás llegarían a crecer, a realizar sus sueños, a casarse y tener hijos propios.

Nuestros corazones latían con tristeza por los padres que habían perdido a sus hijos, y que ahora pasarían la Navidad extrañándolos. Nuestras oraciones se elevaban a Dios, pidiendo consuelo y paz para estas familias. Pero también surgía una pregunta: ¿Por qué permite Dios que sucedan tales cosas? ¿Por qué permite que mueran vidas inocentes?

Desgraciadamente, no es la primera vez que sucede algo parecido. Ha sucedido muchas veces antes, y probablemente volverá a suceder. Poco después del nacimiento de Jesús, también murió un grupo de niños inocentes, asesinados por la paranoia cruel de un rey. ¿Qué podemos aprender de este relato que nos ayude a enfrentar la presencia de la maldad en nuestro mundo? Abramos la Biblia en Mateo 2:13-18 para descubrirlo.

2:13 Después que partieron ellos, he aquí  un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo.
2:14 Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto,
2:15 y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo.
2:16 Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos.
2:17 Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo:
2:18 Voz fue oída en Ramá, grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos, y no quiso ser consolada, porque perecieron.

Tras el gozo de la visita de los sabios, llegó una noticia alarmante a José. Un ángel le avisó en sueños que Herodes, el rey, pensaba buscar al niño Jesús para matarlo. Esa misma noche, José tomó al niño y a su madre, María, y los llevó a Egipto para esconderse de la furia de Herodes.

Quizás te hagas una pregunta. Si Dios fue capaz de mandarle un sueño a José para que huyera a Egipto, ¿por qué no les mandó un aviso a todos los padres de Belén? ¿Por qué no salvar a todos los niños de Belén, y no solamente a Jesús? Al meditar sobre este pasaje, me hacía esta pregunta; y se empezó a vislumbrar la parte de una respuesta.

Al preguntarnos por qué Dios no protegió la vida de los niños inocentes en Belén, realmente nos estamos preguntando por qué Dios no detuvo la maldad del rey Herodes. Fue Herodes, no Dios, quien dio la orden de matar a los inocentes de Belén. Herodes fue el responsable de la matanza.

El problema nace de lo que sabemos acerca de Dios: El es omnipotente. Dios lo puede hacer todo. Si El tiene todo poder, podría haber detenido a Herodes. Sabemos que Dios no causó la matanza; pero, ¿por qué no la detuvo? Seguramente tenía el poder para hacerlo. Ahora, pensemos un poco.

Si esperáramos que Dios detuviera la matanza de los bebés de Belén, le estaríamos pidiendo que suspendiera las consecuencias del pecado. En este caso, estamos hablando del pecado de Herodes, su orgullo y crueldad.

Pero la verdad es que cada pecado - escúchame bien, cada pecado - daña a personas inocentes. No existe ningún pecado que no tenga el potencial para dañar a un inocente. En este mundo que Dios creó, con la libertad de elección que El nos ha dado, nuestras acciones afectan a otros.

Un chisme puede destruir un hogar o llevar a alguien al suicidio. La pornografía lastima a la mujer que no sabe por qué su esposo ya no la busca como antes. Una mentira puede destruir la confianza. Una aventura puede producir un hijo que crece sin tener la seguridad de un hogar con mamá y papá. Cada pecado tiene consecuencias que afectan a personas inocentes.

Si nos preguntamos por qué Dios no protegió a los inocentes en Belén o en Connecticut, realmente nos estamos preguntando por qué Dios no nos permite pecar sin consecuencias. Desde que Dios puso a Adán y Eva en el jardín y les advirtió que no comieran del árbol de la ciencia del bien y del mal, so pena de muerte, el pecado ha tenido sus consecuencias. Las consecuencias del pecado de Adán y Eva afectaron a todos sus descendientes, y a toda la creación. No sólo para el pecador, sino para muchos inocentes también, el pecado tiene sus consecuencias.

Vivimos en un mundo marcado por el pecado, porque Dios no suspende las consecuencias de las acciones humanas. El no nos permite pecar sin enfrentar las consecuencias, que lastimosamente dañan a muchos inocentes. Vivimos en un mundo donde los pecados que cada uno de nosotros comete son como gritos en una caverna. Los ecos repercuten de un lado a otro, creando efectos inesperados y dañando a personas inocentes. En su justicia, Dios no detiene los efectos de nuestros pecados, porque eso sería dejarnos pecar sin consecuencias.

Pero Dios, en su gran amor, sí está obrando para nuestro bien en medio de este mundo de injusticia y pecado. Desde que Adán y Eva pecaron, Dios prometió que un descendiente de la mujer vendría para aplastar la cabeza de la serpiente. Ahora, ese niño había nacido, y la serpiente se oponía con todas sus fuerzas a su nacimiento. Dios no detiene directamente las consecuencias del pecado, pero El envió a Jesús para pagar por el pecado y rescatar a toda persona que lo acepte y llevarnos a un reino diferente, el reino de Dios.

Cuando Dios llevó a Jesús a Egipto, El rescató la esperanza de todos nosotros. Por medio de Herodes, Satanás estaba tratando de destruir nuestra esperanza. Pero Dios mostró su poder y lo protegió. En la huída a Egipto vemos la manera práctica en la que Dios protegió al Salvador.

Es muy posible que José y María hayan usado los regalos valiosos que trajeron los sabios del oriente para solventar los gastos de su viaje a Egipto. Egipto era un lugar lógico para refugiarse; la frontera quedaba a unos 120 kilómetros de distancia, y había alrededor de un millón de judíos que vivían allí.

Pero Mateo, bajo inspiración del Espíritu Santo, distingue otra razón por la que Dios los había llevado allí. Casi mil quinientos años antes, Dios había sacado al pueblo de Israel de su esclavitud en Egipto para llevarlos a la tierra que les prometió. Refiriéndose a este evento, el profeta Oseas escribió: "De Egipto llamé a mi hijo" (Oseas 11:1). Dios adoptó al pueblo de Israel como su hijo y los sacó de Egipto.

Mateo cita este mismo versículo para decirnos que ahora había llegado un cumplimiento más pleno de esta profecía. Ahora, Dios empezaba una obra aun mayor de liberación. Para marcarlo, iba a traer de regreso de Egipto a Uno que no era solamente su Hijo por adopción, sino que es su Hijo por naturaleza. Con esta pequeña cita, Mateo nos dice que hay una relación de cumplimiento entre el éxodo y la liberación que Jesús vino a traernos. Así como el pueblo había sido liberado de su esclavitud en Egipto, Jesús había venido para traernos una liberación aun mayor.

Cuando Dios sacó a los israelitas de Egipto, los libró de un amo cruel - el faraón. Jesús vino para librarnos de otro amo cruel - del imperio de Satanás, del pecado y de la muerte. 1 Juan 5:19 nos dice que todo el mundo está bajo el poder del maligno. La mayoría no lo reconoce, pero es verdad.

Jesús vino para traernos libertad. El maligno odia la vida. El trata de destruirla de una forma o de otra, como lo hizo con los bebés de Belén, como lo hace de muchas otras maneras. Un día, todo esto se acabará. Mientras tanto, tenemos que escoger a cuál reino vamos a pertenecer: al reino de Dios, o al reino de este mundo.

La muerte de los inocentes encuentra su respuesta final en la muerte del único verdadero Inocente, el único que jamás pecó, el único que murió absolutamente sin culpa alguna. Jesús es la respuesta de Dios a la maldad de toda la humanidad. En su amor, vino a sentir en carne propia toda la injusticia, toda la culpabilidad, toda la amargura de nuestro pecado y pagarlo.

Esta es la manera en la que Dios responde a toda la maldad e injusticia. El no detiene en la actualidad las consecuencias del pecado, aunque un día pondrá fin al pecado. Lo que hizo fue venir en la persona de Jesús para pagarlo y ofrecernos la oportunidad de vivir para siempre en su reino. Es en la cruz de Jesús que encontramos la respuesta.

El Dios todopoderoso, el Dios de toda la creación, rescató a su único Hijo de las manos de un tirano cruel sólo para entregarlo, 33 años después, en manos de otro tirano cruel. Si sólo tuviéramos la historia de la muerte de los inocentes, podríamos pensar que Dios mostró favoritismo hacia Jesús.

Pero la verdad es lo contrario. Lo rescató, no para su propio bien, sino para nuestro bien. Lo rescató para que El, como adulto, pudiera rescatarnos a nosotros por medio de su sacrificio en la cruz. Ahora, tenemos que escoger. ¿A cuál reino perteneceremos? ¿A cuál reino pertenecerás?

¿Te seguirás dejando llevar por los deseos de este mundo? ¿Dejarás que el enemigo que controle, como a un títere, con sus tentaciones? ¿O vendrás con fe a Jesús, el verdadero Inocente que murió, sacrificando su vida por ti? ¿Lo reconocerás como tu Rey?


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