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Domingo 22 de Septiembre del 2002

Colaborando con Cristo
Pastor Tony Hancock

Se cuenta la historia de una señora que tenía la costumbre de visitar las ventas de garaje o remates. Un día, encontró una tetera de cobre marcada en sólo $2.50. La tetera estaba muy deslustrada, y la compradora preguntó a la dueña de la tetera si sería posible limpiarla. La vendedora amablemente se metió a la casa para encontrar un limpiador de cobre, y salió unos minutos después con la misma tetera - pero ahora brillaba. Además de estar limpia y resplandeciente, la tetera también traía un nuevo precio. En vez de valer $2.50, tenía el precio de $10.

¿Qué pasó? Cuando se le quitó el moho y la suciedad que traía, se llegó a ver la belleza y el valor verdadero de la tetera. Mientras se conservaba sucia, nadie la quería; cuando se limpió y se purificó, ya era algo deseable.

Dios obra de una manera semejante. Cuando nosotros estamos cubiertos con la suciedad del pecado, ni siquiera Dios mismo puede soportarnos. Cuando somos purificados por la sangre de Cristo, llegamos a tener nuevo valor y nueva belleza.

Jesús dijo que él había venido a buscar y a salvar lo que se había perdido. El no vino para buscar a las personas perfectas para llevarlas a estar con él; tales personas no existen. Más bien, Jesús vino a salvar a los pecadores. El vino a quitar la suciedad y la mugre del pecado, para que pudiéramos brillar.

Nuestro Dios es un Dios restaurador. El busca a los que se han alejado de él y los invita a recibir su amor. El quiere la reconciliación. Dios siente gozo cuando el pecador se arrepiente.

Hay un problema. Muchas veces, los que se consideran hijos de Dios no comparten su entusiasmo por la restauración. Al contrario; buscan la oportunidad de tirar pedradas a la persona que cae. Como perros salvajes, atacan a cualquier miembro herido de su grupo. Cuando nos portamos de esta manera, nos herimos a nosotros mismos. Dios nos llama a compartir su gozo al unirnos a él en su misión de reconciliación. El nos llama a restaurar, y no a condenar.

Lectura: Santiago 5:19-20

5:19 Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver,
5:20 sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados.

Solemos pensar que la misión reconciliadora de Jesús tiene que ver mayormente con los incrédulos. Cuando pensamos en la restauración, nos viene a la mente la salvación de la persona que no conoce a Cristo.

Aquí se nos presenta otro lado de la restauración. Se nos habla de la persona que es creyente, pero se ha extraviado de la verdad. Se ha alejado de la fe, y ya no está viviendo para el Señor.

¿Cuál debe ser nuestra reacción ante estas personas? El versículo es claro:

I. Dios nos llama a ser restauradores de otros creyentes

¿Recuerdan la historia del hijo pródigo? Es una de las historias más conocidas de la Escritura. El hijo pródigo quiso vivir la vida, así que le pidió a su padre que le diera la porción de la herencia que le correspondería. Se llevó ese dinero a la ciudad, y lo derrochó todo en la mala vida. Tenía mucha diversión, muchos amigos, y muchas posesiones - hasta que se acabo el dinero. Entonces se acabó la diversión, desaparecieron los amigos, y el joven lo perdió todo. Llegó a trabajar cuidando puercos, y su hambre era tal que deseaba comer los desechos que se daban a los cerdos.

Finalmente recapacitó, y decidió regresar a la casa. Dejó atrás la ciudad y volvió a la casa de su padre, pensando ahí pedirle trabajo como labrador. Ya no se consideraba digno de vivir como hijo. Cuando llegó a la casa, antes que siquiera pudiera decirle a su padre que quería volver como trabajador, se encontró abrazado, y su padre estaba dando órdenes para que se hiciera una fiesta para el hijo. En vez de encontrarse condenado y descartado por su error, el hijo se encontró en medio de una celebración. Así es que Dios trata al pecador que se arrepiente y vuelve a él.

Pero ahí no termina la historia. Hubo uno que no participó en la fiesta. Se trata del hijo mayor, que se había quedado en la casa fielmente trabajando con su padre. El se amargó al ver la fiesta que se estaba haciendo para su hermano irresponsable, y se quedó afuera. Jesús termina la historia con el padre hablándole a su hijo, animándole a unirse a la celebración.

No sabemos cómo respondió el hijo mayor. Lo que sí sabemos es que muchas veces somos como él. Cuando vemos a algún hermano que se ha alejado de la iglesia, ¿cómo respondemos? ¿Nos unimos a Dios en su deseo de que esa persona regrese? ¿O queremos ver que sufran por su alejamiento? ¿Nos sentimos un poco enojados al ver que ellos pueden alejarse de Dios, y luego regresar como si nada hubiera pasado?

Si respondemos de esta manera, nos estamos excluyendo de la fiesta. Perderemos nuestro gozo, nos encontraremos alejados de Dios y nos seguiremos amargando si no nos unimos a Dios en su gozo por el regreso de quienes se han alejado de él.

Pero Dios no quiere que simplemente aceptemos el regreso de los extraviados; él quiere que participemos activamente con él en su búsqueda. Por ello,

II. Dios nos enseña la manera de restaurar a otros

Antes de ver la manera de restaurar, tenemos que aclarar algunas cosas en nuestro pasaje central. Tenemos que entender que se nos habla aquí de restaurar a otros creyentes, pues Santiago se dirige a quienes llama hermanos, y dice "alguno de ustedes". Este pasaje se trata de la restauración del creyente extraviado.

Pero entonces surge una pregunta: ¿en qué sentido se expone el creyente a la muerte cuando se extravía? Dice el verso 20, "Recuerden que quien hace volver a un pecador de su extravío, lo salvará de la muerte".

¿No es verdad que la persona que realmente es creyente tiene la seguridad de la salvación? Sí, es verdad, pero el creyente verdadero persevera. Una de las herramientas que Dios usa para la perseverancia del creyente es la palabra de otros creyentes. El verdadero creyente persevera; pero no lo hace de manera automática, sino que Dios usa varios medios para lograr la perseverancia.

Esto significa que, de una manera real, Dios puede usarte a ti para salvar la vida de un hermano que se está perjudicando. Tú puedes ser una herramienta en la mano de Dios para evitar que un hermano se pierda. Puedes compartir el gozo de Dios al ver que una vida se salva.

¿Cuáles son las razones que no queremos participar en esta misión? Pueden ser muchas. Puede ser que no queramos involucrarnos en la vida de otros. Puede ser que estemos demasiado ocupados con nuestras propias vidas, y no nos sobra tiempo para pensar en otros.

Pero quizás la mayor razón es que tememos un escándalo. Tenemos miedo de que las personas se enojen con nosotros, y preferimos dejarlos. Podemos decir, "Bueno, ellos saben lo que hacen".

¿Cómo hubiera sido si Jesús se hubiera quedado en el cielo, diciendo, "Ellos saben lo que hacen"? ¡Estaríamos perdidos! Y si hemos recibido su salvación, entonces él nos llama a ser restauradores de otros también.

¿A qué se refiere la restauración? Se habla de restaurar a alguien a la verdad. Hay tres claves para hacer esto: la primera es orar. Santiago ya nos ha dicho que oremos los unos por los otros para que seamos sanados.  La primera cosa que debes de hacer cuando ves a un hermano que se extravía es interceder por él.

La segunda clave es hablar. Dice Colosenses 3:16, Instrúyanse y aconséjense unos a otros con toda sabiduría. Cuando vemos que alguien se aleja de la verdad, debemos de aconsejarle con amor y con humildad, señalando hacia Dios y la obra que él quiere hacer en su vida.

La tercera clave es amar. Esto significa que no nos comportamos con una actitud superior, como si fuéramos mejores. No hay nada menos atractivo que una actitud de superioridad. Cuando queremos ayudar a algún hermano, recordemos que nosotros también podemos caer.

Cuando seguimos estos pasos para la restauración de un hermano, podemos saber que Dios no lo ignorará.

III. Dios nos perdona cuando restauramos a otros

Si ayudamos a un hermano a regresar al camino de la vida, no solamente habremos librado a esa persona de la muerte, sino que también nos salvamos a nosotros mismos. Cuando no nos preocupamos por los demás, nos desconectamos de la presencia de Dios, y nos condenamos a nosotros mismos.

Dios le dijo claramente al profeta Ezequiel: Si tú le adviertes al justo que no peque, y en efecto él no peca, él seguirá viviendo porque hizo caso de tu advertencia, y tú habrás salvado tu vida. En otras palabras, somos responsables por lo que decimos y por lo que no decimos.

Es muy probable que Santiago haya tenido en mente este verso de Ezequiel cuando escribió el verso 20. En Ezequiel, la referencia no es a la muerte espiritual sino la muerte física. La salvación que recibimos cuando restauramos al pecador no es salvación eterna; esa la recibimos cuando aceptamos a Cristo. Más bien, es la salvación del castigo que Dios pone sobre el que no quiere ayudar a su hermano.

En otras palabras, si no advertimos a un hermano cuando se extravía, si no tratamos de regresarlo a la verdad, entonces su sangre queda sobre nuestras manos. No hemos perdido la salvación; pero seremos castigados de alguna manera. El deseo de no meternos con otros, de evitar el escándalo, nos puede costar mucho.

Si tenemos la oportunidad de exhortar a un hermano, de aconsejarlo, de animarle a seguir en los pasos de Dios, y no lo hacemos, no solamente estamos perjudicando a esa persona, sino que nos perjudicamos a nosotros mismos. Podríamos encontrarnos sin gozo, sin paz, alejados de Dios por nuestra desobediencia.

Esta semana, busca a esa persona que está faltando a la iglesia, e invítale a regresar. Anímale a seguir en los pasos de Dios. Ora por él. Fíjate en ese hermano descarriado; en vez de hablar a otros de su falla, intercede por él ante Dios.

Una tarde, un piloto salió a volar en su avioneta. Se dirigía a un pequeño aeropuerto no muy lejano, y no se preocupó por el hecho de que su avioneta no tenía luces. Pensaba llegar antes de que se pusiera el sol.

Sin embargo, al llegar al pequeño aeropuerto, se dio cuenta de que ya estaba oscureciendo, había neblina, y el aeropuerto estaba abandonado. El no podía ver la pista de aterrizaje, y no había nadie que se lo alumbrara. En su desesperación, empezó a dar vueltas en el aire.

Mientras tanto, un hombre que estaba descansando en su patio oyó al avión, y se dio cuenta de que estaba dando vuelta tras vuelta. Pensó, "Ese hombre está en apuros". Se subió a su camioneta y se fue al pequeño aeropuerto, donde señaló con los faros de su camioneta dónde estaba la pista de aterrizaje, y finalmente se estacionó al final de ella para alumbrarle el camino al piloto.

El piloto pudo así aterrizar sin problemas, y se evitó una tragedia. Por su sensibilidad al problema, el hombre salvó la vida de otro. De igual manera, nosotros podemos ser usados por Dios para salvar la vida de otros si somos sensibles a sus necesidades. Podemos colaborar con Cristo en su misión redentora.


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