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Domingo 11 de Noviembre de 2012

El panorama del mundo
Pastor Tony Hancock

Imaginemos a una madre de dos niños pequeños que decide ir al mercado para comprar unos alimentos que su familia necesita. Ya no hay comida en la alacena, y tiene que ir y volver pronto para poder cocinar. Llevando a sus dos niños de la mano, sale de la casa camino al mercado.

Al momento, uno de los niños se distrae con un carro nuevo que ve pasar por la calle en dirección opuesta. Jalando la mano de su madre, el niño trata de correr detrás del carro para verlo mejor. "¡No, hijo! " - le dice pacientemente su madre. "El mercado queda hacia acá, y si no llegamos pronto, no habrá cena esta noche."

Los tres siguen caminando por la acera, pero no han avanzado mucho cuando el otro niño espía una moneda tirada en la tierra al lado del camino. Recoge la moneda, y luego se tira al suelo y empieza a escarbar rápidamente en la tierra. "Vamos, hijo", le dice su madre, "ya recogiste la moneda". Pero el niño responde: "Mami, si hay una, ¡tiene que haber más! Déjame escarbar un rato."

Con firmeza, la sufrida madre toma la mano de su hijo y continúa el camino al mercado. A cada rato, los dos niños se distraen con algo en el camino; pero ella sabe que tiene que llegar al mercado y regresar pronto a la casa si le quiere darle comida a su familia esa noche.

Me imagino a Dios en una situación parecida a la de esa madre, y a nosotros como los chiquillos distraídos. Hace dos mil años, Jesús nos enseñó a orar así: "Venga tu reino" (Mateo 6:10). Dios tiene un propósito en este mundo; es que se establezca su reino en los corazones. Esto sólo puede suceder si compartimos el evangelio con cada criatura, como Jesús nos mandó en Marcos 16:15: "Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas nuevas a toda criatura."

Pero me parece que muchas veces somos como esos niños. Nuestro Padre celestial tiene un propósito claro, que es la proclamación de su mensaje a todas las naciones y la demostración de su amor a todos los pueblos. La semana pasada, vimos la forma en que Dios ha obrado a través de la historia para realizar su propósito, culminando en el sacrificio de Cristo en la cruz.

La pregunta para nosotros es ésta: ¿compartimos el propósito que tiene nuestro Padre celestial? ¿Está nuestro corazón en sintonía con el corazón de Dios? ¿Vamos de la mano con El hacia la meta de compartir con todos? ¿O nos estamos distrayendo? Hoy, daremos un vistazo al mundo para tratar de sintonizar nuestro corazón con el de Dios.

Nuestro ejemplo es el apóstol Pablo. Como apóstol, enviado por Jesucristo, él comprendió cuál era su misión. En Romanos 15:21 encontramos una profecía del profeta Isaías que funcionó como lema para Pablo: "sino, como está escrito:  Aquellos a quienes nunca les fue anunciado acerca de él, verán; Y los que nunca han oído de él, entenderán." Su meta era que las personas que no conocían de Cristo, el único Señor verdadero, llegaran a conocer de El. ¿Es ésta tu meta también? Hay más de mil millones de personas en este mundo que aún no han oído de Jesucristo.

Cuando empezamos a hablar acerca de evangelizar a los pueblos no alcanzados, hay un refrán que suele repetirse. Lo he oído muchas veces. "Hay muchas necesidades aquí", se dice. "Tenemos que terminar de evangelizar a nuestra nación y llenar las necesidades de nuestra gente antes de pensar en ir a otras naciones."

Les diré una cosa. ¡Nunca terminaremos de evangelizar nuestra nación! Jesús les dijo a sus discípulos que no terminarían de recorrer los pueblos de Judea antes de su regreso, pero esto no era razón para no llevar su mensaje hasta los confines de la tierra.

El apóstol Pablo comprendió esto muy bien. Las Iglesias que él había plantado tenían necesidades. ¡Algunas de sus necesidades eran muy graves! La Iglesia de Corinto, por ejemplo, fue amenazada por falsas doctrinas, por severos problemas morales, por divisionismo. Pablo podría haber pasado el resto de su vida en Corinto, remediando los males. Pero lo que hizo fue escribir cartas a las Iglesias que había plantado - cartas que tenemos hoy en el Nuevo Testamento. No perdió de vista su propósito de llevar el evangelio a lugares donde no se conocía.

Había muchos no creyentes en los lugares donde Pablo había sembrado Iglesias. El no abandonó su obra pionera; instó, por ejemplo, a Timoteo a hacer el trabajo de evangelizar. En cada región Pablo dejaba instrucciones claras, y volvía esporádicamente para fortalecer a las Iglesias. Pero las necesidades abundantes que existían en esos lugares no le servían de pretexto para olvidar el propósito divino de llevar el mensaje a lugares nuevos.

Pablo tenía una pasión; lo expresó en Romanos 15:20: "Mi propósito ha sido predicar el evangelio donde Cristo no sea conocido". No permitió que nada lo desviara de ese propósito. Como Iglesia de Jesucristo, no podemos perder tampoco la perspectiva de llevar el evangelio a quienes no lo conocen.

Es cierto que queda mucho por hacer aquí en este país. Hay muchas personas no alcanzadas, y mucha necesidad. Pero también tenemos más de 45.000 Iglesias sólo de nuestra denominación, más miles de otras Iglesias evangélicas, y 5.000 misioneros que trabajan para sembrar Iglesias nuevas.

También es cierto que queda mucho por hacer entre los hispanos de nuestro país. Somos una población de 52 millones de personas, con mucha necesidad del evangelio. Pero también tenemos más de 3.500 Iglesias hispanas, sólo de nuestra denominación, más miles de otras Iglesias evangélicas. También tenemos programas de plantación de Iglesias hispanas en los diferentes estados de la república.

También es cierto que queda mucho por hacer en toda Latinoamérica. Pero tenemos miles de Iglesias evangélicas, cientos de agencias misioneras, miles de voluntarios que viajan cada año para evangelizar, servir, entrenar, construir ... Hay mucha necesidad, pero también hay muchos recursos.

Comparemos la situación de nuestra nación, de nuestro pueblo y de nuestras tierras con la realidad de más de mil millones de personas en este mundo que no tienen ningún acceso al evangelio. Estamos hablando de personas que viven en lugares donde no hay ninguna Iglesia evangélica. Estamos hablando de personas que, en toda su vida, no tendrán ni siquiera una oportunidad para escuchar el nombre de Jesús y saber que pueden recibir la salvación por fe en El.

Para estas personas, más de mil millones, no hay Iglesias. No hay misioneros. No hay pastores. No hay Biblias. Para algunos de ellos, la Biblia ni siquiera existe en su idioma. Para otros, no es libro que fácilmente puedan conseguir. Han pasado dos mil años desde que Jesús murió por ellos, y todavía no tienen esperanza.

¿Quién falta? Faltan 1.500 millones de personas en lugares donde el evangelio no se predica. Faltan 6.600 etnias - es decir, grupos de cultura y de idioma donde el evangelio no ha penetrado aún. Estas personas no han rechazado a Cristo; nunca les hemos dado la oportunidad de aceptarle.

Hemos perdido de vista la perspectiva divina, la urgencia de alcanzar a los que no han tenido la oportunidad de oír el mensaje. Es como si el mundo fuera un paciente de hospital, sufriendo de dos problemas: una pierna quebrada y un ataque cardiaco. ¡Sería una tontería insistir en ponerle yeso a la pierna antes de usar el desfibrilador para poner a latir el corazón! Es cuestión de prioridad.

Como creyentes, cuando decidimos ignorar las necesidades de los que nunca han oído el mensaje para dedicar toda nuestra atención a otros asuntos, estamos cometiendo un error de prioridades. Olvidamos lo más importante.

¿Quién irá? Sólo nosotros podemos contestar esa pregunta. ¿Irás tú? ¿Te involucrarás en la misión de Dios? Cuando Jesús andaba en la tierra, muchas personas trataron de desviarlo. Querían que El se quedara solamente con ellos y atendiera solamente a sus necesidades. Su respuesta se encuentra en Lucas 4:42-43:

4:42 Cuando ya era de día, salió y se fue a un lugar desierto; y la gente le buscaba, y llegando a donde estaba, le detenían para que no se fuera de ellos.
4:43 Pero él les dijo: Es necesario que también a otras ciudades anuncie el evangelio del reino de Dios; porque para esto he sido enviado.

El se mantuvo fiel a su misión. Nunca se desvió del propósito de Dios.

¿Quién irá? Es hora de decidir si responderemos: ¡Yo iré! Oraré por el avance del evangelio. Daré para que otros puedan ir. Si Dios me llama, iré al campo. Caminaré junto al Señor, mirando la necesidad que El ve y dedicando mi vida a lo que a El le importa. Es hora de dejar de ser niños distraídos y convertirnos en hijos adultos que comparten el corazón de su Padre.


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