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Domingo 7 de Octubre de 2012

¿Quién puede evangelizar?
Pastor Tony Hancock

Durante varias semanas ya hemos recorrido el libro de Hechos. Este libro de historia cuenta acerca de los principios de la Iglesia de Jesucristo, las cosas que hicieron los apóstoles como testigos de su resurrección y, sobre todo, el poder del Espíritu Santo.

Cuando empecé a preparar el mensaje de esta semana, se me ocurrió que alguien podría pensar: "¿Por qué estamos pasando tanto tiempo en el estudio de la historia? A mí nunca me ha gustado la historia. Lo que me interesa es lo actual, el presente y el futuro. Quiero aprender algo que me ayude a vivir ahora, no perderme en estos detalles de cosas que pasaron hace mucho tiempo."

A algunas personas nos gusta la historia simplemente porque nos interesa saber de cosas que sucedieron antes, pero quiero decirte que esa no es la razón por la que estudiamos el libro de Hechos. Este libro, aunque cuenta de cosas que sucedieron hace mucho tiempo, es un libro actual.

Para empezar, los problemas de la humanidad no han cambiado. En el libro de Hechos nos encontramos con personas como nosotros que necesitan el evangelio de Jesucristo. El poder de Dios no ha cambiado tampoco. El mismo Dios que hizo grandes cosas entre los creyentes en los días de Hechos está con nosotros, y todavía hace cosas grandes.

En tercer lugar, Dios no ha dejado de obrar a través de su Iglesia. Pertenecer a la Iglesia de Jesucristo es el privilegio más grande que existe. Es mejor pertenecer a la Iglesia de Jesucristo que tener los papeles de ciudadanía de los EEUU o de cualquier otro país. La Iglesia de Jesucristo existirá cuando este país se haya convertido en una anécdota de la historia.

Por lo tanto, quiero invitarte a acompañarme hoy a conocer y aprender de las experiencias de algunos hermanos en Cristo que vivieron hace muchos años, porque lo que ellos vivieron nos sirve de ejemplo e inspiración a nosotros también. Abramos la Biblia juntos en Hechos, capítulo 8.

Entre lo que estudiamos la última vez que estuvimos juntos y lo que leeremos hoy, sucede un evento muy importante. Es la muerte del primer mártir, Esteban, uno de los siete que fueron escogidos para servir en el ministerio de alimentación de la Iglesia. Esteban se atrevió a predicar que Jesucristo había tomado el lugar del templo que los judíos veneraban, y que ahora todos se tienen que acercar a Dios sólo por medio de El.

Los judíos, cegados por su religiosidad y sus costumbres, apedrearon a Esteban. Hasta este punto en la historia de la Iglesia, los creyentes en Jesucristo habían funcionado como un grupo dentro del judaísmo. Ellos se consideraban los verdaderos judíos, los que habían reconocido al Mesías, Jesús. Se reunían en el templo judío y eran respetados por los demás.

Desde este momento, sin embargo, comienza a presentarse la división entre la religión judía y la fe de los cristianos. Veamos lo que sucede, leyendo los versos 1 al 8:

8:1 Y Saulo consentía en su muerte. En aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles.
8:2 Y hombres piadosos llevaron a enterrar a Esteban, e hicieron gran llanto sobre él.
8:3 Y Saulo asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel.
8:4 Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio.
8:5 Entonces Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo.
8:6 Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía.
8:7 Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados;
8:8 así que había gran gozo en aquella ciudad.

Saulo, más adelante conocido como Pablo, estaba allí, dando su aprobación a la muerte de Esteban. Desde ese día, los creyentes en Jesucristo empezaron a sufrir persecución. Saulo mismo, pensando que hacía la obra de Dios, iba de casa en casa, buscando encarcelar y callar a los creyentes.

Los apóstoles se quedaron en Jerusalén, pero los demás creyentes se dispersaron por las provincias de Judea y Samaria. Huyeron de la persecución, pero en el plan de Dios, esto se convirtió en un avance para el evangelio. El verso 4 nos dice que los que se habían dispersado, huyendo de la persecución, proclamaban el evangelio dondequiera que fueran.

Estos no fueron los apóstoles. ¡Los apóstoles estaban en Jerusalén! Eran creyentes comunes y corrientes, creyentes anónimos, que simplemente compartían lo que habían llegado a conocer acerca de Jesucristo. En los lugares a los que llegaban, brotaban iglesias.

Un ejemplo de esto es Felipe. Este Felipe no era uno de los discípulos originales de Jesús; era uno de los siete, como Esteban, que habían sido escogidos para manejar el ministerio a las viudas. Sin embargo, cuando él llegó a una de las ciudades de Samaria, el Espíritu Santo le dio poder para hacer señales milagrosas. Toda la ciudad se alegró al oír el mensaje y ver los milagros que Felipe hacía.

El enemigo usa una gran mentira para tratar de parar el crecimiento de la Iglesia de Jesucristo. La mentira es ésta: si tú no eres pastor o evangelista, si no has ido al seminario o recibido una buena preparación, no puedes evangelizar. El evangelismo es sólo para la gente preparada.

Si estos miembros de la Iglesia en Jerusalén hubieran pensado así, ¡no habrían evangelizado a nadie! Los apóstoles se habían quedado en Jerusalén, y el evangelio se habría quedado allí con ellos también. Pero ¡esto no es lo que sucedió! Los creyentes que huyeron de la persecución empezaron a testificar de Cristo en todos los lugares a los que llegaban.

Otra cosa que notamos es que no se trataba de algún programa o proyecto de evangelismo. No estoy en contra de los programas o proyectos, pero lo que vemos aquí es que, para estos creyentes, el evangelismo era algo natural. Nadie les tuvo que decir que debían evangelizar. Nadie tuvo que organizar un énfasis especial. ¡Al contrario! Todo esto sucedió en la soberanía de Dios, sin que ningún ser humano lo planificara.

Estos dos puntos son muy importantes: el evangelismo es para todos, no sólo para los creyentes "profesionales", y el evangelismo debe suceder de forma natural. En el año 1949, como resultado de la revolución comunista en China, más de seiscientos misioneros tuvieron que huir del país. ¡Parecía un desastre! ¡La pequeña Iglesia en China, con quizás 3 millones de miembros en todo el país, nunca sobreviviría!

Pero algo extraño sucedió en el camino a la desaparición de la Iglesia china. Los creyentes chinos empezaron a compartir el evangelio, a pesar de la persecución oficial. La Iglesia creció. Hoy en día, se calcula que hay unos 80 millones de creyentes en Cristo en el país de China. Algunos creen que China pronto será el país con más creyentes de todo el planeta.

¿Por qué sucedió esto? Entre otras cosas, los creyentes descubrieron que les tocaba a ellos compartir el mensaje, porque ya no podían contar con los misioneros. La obra de los misioneros, los pastores, los evangelistas y otras personas es sumamente importante, pero a veces los creyentes en Jesucristo que no ministran a tiempo completo piensan que no pueden evangelizar. De esta manera, la voz de la Iglesia se calla.

Hermano, Dios te está llamando a ser evangelista. El te está llamando a compartir a Cristo con tus amigos, con tus parientes, con tus compañeros de trabajo o de escuela - con todas las personas que Dios pone en tu camino. No es necesario ser ofensivo, y se debe hacer con sabiduría; pero no hay que dejar de hacerlo.

¿Te das cuenta de que Dios te llama a evangelizar? Dilo conmigo: "Yo puedo evangelizar. Yo puedo compartir a Cristo". Dicho esto, recordemos el segundo punto que ya vimos: el evangelismo debe ser algo natural. Debe ser parte de nuestro estilo de vida. Así como les contamos a otros acerca de cualquier otra cosa de interés, debemos hablarles también del Señor.

Me atrevo a decir que la razón por la que necesitamos programas especiales de evangelismo en las iglesias es porque hemos perdido la costumbre que tenían los creyentes del primer siglo de compartir a Cristo de forma natural. El evangelismo ha dejado de ser parte de nuestra vida.

Cuando uno de tus amigos tiene un problema, ¿le hablas de Cristo? ¿Le pides permiso para orar con él? ¿Le cuentas del poder que tiene Jesucristo para darle esperanza y ayuda para resolver ese problema? ¿O te quedas callado, guardando para ti mismo la esperanza que Cristo te da?

Cuando uno de tus familiares se burla del tiempo que pasas en la iglesia, ¿le explicas por qué Cristo es tan importante para ti? ¿Le cuentas del cambio que su perdón ha traído a tu vida? ¿O te quedas callado, dejándote vencer por la vergüenza y el desaliento?

No esperes el momento perfecto para compartir el evangelio. No esperes hasta saberlo todo, porque ese momento jamás llegará. Imita a estos creyentes anónimos del siglo I, y comparte a Cristo en todo lugar al que llegues.

Este libro de Hechos fue escrito para nosotros. Dios nos enseña en él cómo quiere que su Iglesia crezca y se establezca a través de nuestro testimonio. Si tú y yo imitamos a estos creyentes, en su esmero por compartir el evangelio y su dedicación a la verdad, Dios hará cosas grandes entre nosotros también.


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