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Domingo 23 de Septiembre de 2012

Una buena combinación
Pastor Tony Hancock

Algunos años atrás, dos estudiantes se graduaron de la escuela de leyes de cierta universidad. Después de recibirse, planeaban abrir juntos un bufete. El éxito de los socios era muy prometedor, pues uno de ellos fue reconocido como el primero en su clase.

Pero hay un detalle muy interesante: este recién graduado era invidente. Es más, su futuro socio no tenía brazos. Se habían conocido en una de las escaleras de la universidad, donde el estudiante sin brazos había guiado al ciego para que bajara la escalera sin caerse. Empezaron a estudiar juntos; el ciego cargaba los libros que su compañero sin brazos no podía levantar. El otro leía en voz alta los libros que el ciego no podía ver.

¡Qué buena combinación! Cada uno hizo lo que el otro no podía, y así los dos terminaron la carrera. La Iglesia también debe funcionar así. Ni siquiera los apóstoles de Jesucristo fueron capaces de hacerlo todo en la Iglesia. Es más, se presentó un problema cuando trataron de hacerlo todo.

En cambio, cuando se asociaron con otros que se encargaron de una parte del ministerio de la Iglesia, resultó ser una buena combinación. La Iglesia progresó y prosperó. Leamos la historia en Hechos 6:1-7:

6:1 En aquellos días, como creciera el número de los discípulos, hubo murmuración de los griegos contra los hebreos, de que las viudas de aquéllos eran desatendidas en la distribución diaria.
6:2 Entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos, y dijeron: No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas.
6:3 Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo.
6:4 Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra.
6:5 Agradó la propuesta a toda la multitud; y eligieron a Esteban, varón lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Parmenas, y a Nicolás prosélito de Antioquía;
6:6 a los cuales presentaron ante los apóstoles, quienes, orando, les impusieron las manos.
6:7 Y crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; también muchos de los sacerdotes obedecían a la fe.

En la nueva Iglesia en Jerusalén, no había necesidad económica. Las personas que poseían varias propiedades, cuando veían que había necesidad, vendían una de sus propiedades y traían el dinero para ponerlo a la disposición de los apóstoles.

Una de las cosas que hacían los apóstoles con el dinero era alimentar a las viudas pobres que no tenían familia. En esos días, no había ningún sistema de apoyo social para las viudas. No había estampillas o seguro social. Por lo tanto, una viuda que no tenía hijos que la cuidaran, y que no podía trabajar, se quedaba en la más absoluta miseria.

Para apoyar a las hermanas en Cristo que eran viudas, los apóstoles establecieron una despensa de comida para ayudarles. Pero surgió un problema. Aunque todos los miembros de la Iglesia, para ese momento, eran judíos, algunos eran judíos que hablaban el idioma griego, y tenían algunas costumbres griegas; otros eran judíos que hablaban arameo, y tenían costumbres hebreas.

Los judíos que hablaban griego percibieron una desigualdad en el repartimiento de los alimentos, y empezaron a quejarse. No sabemos si su queja era válida o no; no sabemos si las viudas que hablaban griego realmente recibían menos de lo que les correspondía, o si se trataba simplemente de un problema de percepción.

Lo importante es que este problema amenazaba con dividir a la Iglesia. En cualquier Iglesia, habrá personas diferentes, con diferentes ideas y diferentes costumbres. Se necesita sabiduría y comprensión para que todos convivamos juntos.

Los apóstoles tomaron acción para evitar que este problema se hiciera más grande. Antes de hablar de lo que ellos hicieron, pensemos por un momento en algunas cosas que ellos no hicieron. Una cosa que podrían haber hecho es simplemente cancelar el programa de alimentación.

Podrían haberles dicho a las viudas: "Si ustedes no saben agradecer lo que se les da, no se lo vamos a dar a nadie". Sin embargo, ellos no hicieron esto. Reconocieron la importancia de cuidar de las necesidades físicas de los miembros necesitados de la Iglesia, y no sólo preocuparse de sus necesidades espirituales.

Este punto es muy importante, porque la Iglesia es una familia que se interesa por las necesidades de sus miembros. De vez en cuando se oyen reportajes de algún artista rico y famoso que tiene un familiar viviendo en la miseria. Esto nunca se ve con buenos ojos. La gente dice: "Si tiene tanto dinero, ¿por qué no le da un poco a su pariente?"

Lo que se va mal en el mundo se ve mucho peor en la Iglesia. No es que todos los miembros de la Iglesia deben vivir al mismo nivel; siempre habrá algunos que tienen más y otros que tienen menos. Lo que está mal es que haya necesidades básicas de comida, de ropa o de vivienda, y que nadie se preocupe por ayudar a su hermano. El amor de Cristo nos motiva a ayudarnos unos a otros.

Debemos ayudar a toda persona, pero tenemos una responsabilidad especial con nuestros hermanos en la fe, como lo dice Gálatas 6:10: "Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe. " Los apóstoles reconocieron esto, y ni siquiera se les ocurrió dejar de ayudar a las viudas para evitar más quejas y más problemas.

Hay otra cosa que los apóstoles podrían haber hecho. Lo podrían haber tratado de hacer todo. Podrían haber dicho: "Nosotros somos los discípulos originales de Jesús, y sólo nosotros podemos manejar este programa. ¡Ni modo! Vamos a tener que cancelar algunos estudios bíblicos para poder apoyar a estas pobres viudas."

¡Esto tampoco lo hicieron los apóstoles! Sabían que era necesario ayudar a las viudas en su necesidad, pero sabían que había otra cosa que no se podía dejar - la oración y la predicación de la Palabra. Si ellos dejaban de hacer estas cosas, la Iglesia perdería su poder espiritual.

La Iglesia de Jesucristo es un grupo de personas que se distingue por ser espiritual. El Club de Leones, el gobierno federal o las caridades pueden hacer buenas obras, y tienen su lugar en la sociedad. Pero sólo la Iglesia de Jesucristo puede transmitir el mensaje de Dios a la humanidad. Sólo la Iglesia de Jesucristo tiene la Palabra de Dios para compartir. El poder de la Iglesia está en su conexión con Dios, una conexión que se nutre mediante la oración y la Palabra de Dios. Cuando faltan estas cosas, la Iglesia pierde su poder.

Es por esto que los doce apóstoles decidieron reunir a todos los creyentes y encontrar una solución al problema. Leamos nuevamente su solución en los versos 2 al 4. Los apóstoles, como autoridad espiritual de la Iglesia, pidieron a la congregación que escogieran a siete hombres para servir en el ministerio de las mesas.

Este ministerio no era menos importante o menos valioso que el ministerio de la predicación y la oración. Los siete hombres que fueron escogidos tenían que ser hombres marcados por el control del Espíritu Santo sobre sus vidas, hombres de integridad y de sabiduría. Una vez escogidos, los apóstoles les impusieron las manos y oraron por ellos, comisionándoles para servir.

En la acción de los apóstoles vemos un principio de democracia. Ellos no fueron los que escogieron a los siete hombres; la congregación lo hizo. En una Iglesia sana, la congregación tiene una voz en las decisiones prácticas. Por ejemplo, en nuestra congregación, cada año votamos sobre el presupuesto de la Iglesia. También elegimos a ciertos de los líderes. Aquí vemos que es bíblico hacer esto.

Al mismo tiempo, también había un principio de autoridad bíblica que se respetaba. El propósito por el cual se tuvo que escoger a estos siete hombres fue para que los apóstoles no dejaran de proclamar la Palabra con autoridad. En la Iglesia, existe una autoridad espiritual. Hoy en día, esta autoridad la ejercen el pastor y los ancianos. No es una autoridad absoluta e incuestionable, pero sí es una autoridad real que tiene que ser respetada.

Una Iglesia sin participación de los miembros se parece a un carro sin llantas. Pero una Iglesia donde no se respeta la autoridad espiritual en la predicación y la enseñanza de la Palabra es como un carro sin volante. No tendrá dirección.

En Jerusalén, el enemigo trató de dividir a la Iglesia usando la murmuración. Si su plan hubiese sido exitoso, los apóstoles habrían dejado de predicar la Palabra para servir a las mesas. Así se habría perdido el poder espiritual de la Iglesia. Una Iglesia sana refleja la misma sabiduría que ellos mostraron. El resultado lo vemos en el verso 7: la Palabra se difundía, y la Iglesia crecía e impactaba a su comunidad.

Si nosotros queremos tener la misma sabiduría que tuvieron ellos, hay dos cosas esenciales. La primera de ellas es que apreciemos la predicación y la enseñanza de la Palabra, con la oración, de la forma en que lo hicieron ellos. Te pregunto: ¿llegas a la Iglesia esperando que Dios te hable a través de la predicación y en la clase de escuela dominical? ¿La das a la célula familiar la importancia que se merece en tu familia?

Imagina una receta para preparar un estofado de conejo. ¿Sabes cómo empezaban algunas recetas antiguas? "Primero, atrapa el conejo". ¡Pues, claro! Porque si no atrapas primero el conejo, de nada te servirá el resto de la receta. Si nosotros no apreciamos la predicación y la enseñanza de la Palabra en la vida de la Iglesia, sería como tratar de preparar estofado de conejo sin atrapar el conejo primero.

La segunda cosa esencial es que cada uno encuentre su forma de servir en la Iglesia. Es imposible que una persona lo haga todo. Más bien, todos tenemos un trabajo para hacer en la Iglesia. Hay mucho que hacer, y Dios te quiere usar para hacer algo. Cuando todos buscamos la forma en que Dios nos está llamando a servir - sea en las mesas, en la limpieza, en la evangelización o de cualquier otra forma - la Iglesia prospera y crece. Esta es la combinación perfecta.

Observa cómo Satanás atacó a la Iglesia de Jerusalén. Sus estrategias no han cambiado. El sigue atacando a la Iglesia usando la murmuración, la falta de participación y la falta de aprecio a la predicación. ¿Permitiremos que se salga con la suya? ¿O trabajaremos juntos para que, tal como sucedió allá, la Iglesia progrese y prospere? Está en nuestras manos.


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