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Domingo 26 de Agosto de 2012

El problema del Nombre
Pastor Tony Hancock

Una señora estaba cocinando cuando su pequeño hijo Benjamín llegó corriendo. "¡Mami, mami!" gritó Benjamín, "¡tengo que cambiar de nombre!" Su madre, un poco sorprendida, le preguntó: "Hijo, ¿por qué tienes que cambiar de nombre?" Benjamín respondió: "Es que papi me dijo que me iba a castigar, ¡tan seguro como que me llamo Benjamín!"

Para el pobre de Benjamín, su nombre era el problema. Si tan sólo lograra cambiar de nombre, se libraría de problemas. Bueno, no estoy seguro si realmente le hubiera funcionado así a Benjamín, pero ¡lo felicito por el intento!

En sus comienzos, la Iglesia también se metió en problemas por un nombre. Para ellos, cambiar de nombre no era opción. El nombre que tantos problemas les causó era el único nombre que puede traer salvación, y no estaban dispuestos - ni debemos estarlo nosotros - a cambiar ese nombre.

Me refiero, por supuesto, al nombre de Jesús. Hoy vamos a dar un recorrido rápido por un par de capítulos de Hechos que recuentan eventos subsiguientes al día de Pentecostés. Ya la Iglesia había empezado, con el bautismo de tres mil convertidos que oyeron el sermón de Pedro. Ya la Iglesia se reunía, en el templo y en las casas, y se iban uniendo cada vez más personas a la Iglesia.

La semana pasada vimos el cuadro que nos pinta Lucas de la vida de la Iglesia en Jerusalén, un cuadro que nos sirve de ejemplo a nosotros también. Esta Iglesia aprendía de la enseñanza de los apóstoles, alababa a Dios, mostraba amor de formas concretas y alcanzaba a cada vez más personas con el mensaje de salvación en Jesucristo.

No pasó mucho tiempo, sin embargo, antes de que la Iglesia enfrentara peligros. La Iglesia en Jerusalén, como la Iglesia de Jesucristo en todo tiempo y en todo lugar, enfrentó peligros por fuera y por dentro. En otras palabras, fue atacada por personas que no formaban parte de la Iglesia, pero también enfrentó peligros causados por sus propios miembros.

Hoy veremos el primer ataque que sufrió desde afuera, y en semanas futuras veremos los peligros que surgieron desde adentro. Todo esto lo hacemos, por supuesto, porque lo que les pasó a ellos es lo mismo que nos sucede a nosotros. Sólo cambian los nombres y algunos detalles. Si queremos salir victoriosos, tenemos que seguir su ejemplo.

Abran conmigo sus Biblias en Hechos capítulo 3. Les invito a tener la Biblia abierta sobre sus piernas mientras hablamos aquí. Iremos leyendo unos y otros versículos, así que no cierren la Biblia. La historia comienza con la visita de los apóstoles Pedro y Juan al templo. Iban a orar al templo, y en la entrada del templo había un hombre cojo que pedía limosna.

Recuerdo de mi niñez ver la hilera de limosneros en las entradas de las iglesias grandes. Al parecer, en el templo de Jerusalén no era diferente. Pero lo que sucedió en ese día sí fue diferente. Pedro y Juan vieron al hombre, y le dijeron: "Míranos". El hombre miró hacia ellos, pensando recibir alguna limosna. Leamos lo que le dijo Pedro en el verso 6: "Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda."

Cuando Jesús estaba en la tierra, El sanaba por su propia autoridad. Los apóstoles, en cambio, y cualquier otra persona que ore pidiendo sanidad, lo hicieron en el nombre de Jesús. Esto significa hacerlo por la autoridad de Jesús, no por su propia autoridad. Después de decirle al hombre que se levantara y caminara, Pedro lo tomó por la mano y lo levantó. De inmediato el hombre empezó a caminar.

Toda la gente que había en el templo se maravilló, pues ellos reconocían al hombre que ahora caminaba como el mendigo que estaban acostumbrados a ver sentado a la puerta del templo, pidiendo limosna. Se llenaron de asombro al verlo caminar, y Pedro no perdió la oportunidad de predicar al grupo de personas que pronto se reunió.

Empezó hablándoles de Jesús, quien ellos habían entregado en manos de Pilato, para ser crucificado. Leamos ahora los versos 16-21:

3:16 Y por la fe en su nombre, a éste, que vosotros veis y conocéis, le ha confirmado su nombre; y la fe que es por él ha dado a éste esta completa sanidad en presencia de todos vosotros.
3:17 Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes. 
3:18 Pero Dios ha cumplido así lo que había antes anunciado por boca de todos sus profetas, que su Cristo había de padecer.
3:19 Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio,
3:20 y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado;
3:21 a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo.

En su mensaje, Pedro exalta el nombre de Jesús. Es por la fe en su nombre que el hombre había quedado restaurado a la perfecta salud.

A este mismo Jesús, Pedro llama a la gente a volverse en arrepentimiento. Lo habían matado sin darse cuenta de quién era en realidad - el Mesías prometido que había venido para salvar por medio de su sacrificio. Ahora, dice Pedro, hay que arrepentirse y confiar en El, para que los pecados pudieran ser perdonados y puedan venir tiempos de refrigerio. A los que se arrepienten y confían en El, Jesús vendrá un día a llevar consigo, cuando vuelva del cielo.

Pedro les llamó a la misma decisión que había predicado el día de Pentecostés, y es la misma decisión que Dios llama a todos hoy a tomar: Arrepentirnos y reconocer a Jesús como Salvador y Rey. Muchos de los que escucharon a Pedro creyeron, y el número de los creyentes subió a unos 5.000.

Pero había algunas personas que no estaban muy de acuerdo con el énfasis sobre el nombre de Jesús. Eran los líderes religiosos que pertenecían al partido de los saduceos. Ellos tenían el poder dentro del sistema religioso judío. Los saduceos no creían en la resurrección; ellos creían que se muera la persona, y allí se acaba todo. Por lo tanto, les disgustó que Pedro y Juan proclamaran la resurrección de Jesús, porque ellos creían que tal cosa era imposible.

Más allá de esto, la predicación de Pedro y Juan amenazaba con quitarles el control que ellos tenían sobre los asuntos religiosos. Era un negocio lucrativo para ellos, y no lo querían perder. Por esto mandaron arrestar a Pedro y a Juan, quizás por alterar el orden público o algo así. Pasaron la noche en la cárcel.

Al día siguiente, todos los líderes mandaron traer a Pedro y a Juan. Les preguntaron en qué nombre habían causado tanto alboroto. Leamos ahora la respuesta de Pedro, en el capítulo 4, versos 8 al 12:

4:8 Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel:
4:9 Puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera éste haya sido sanado,
4:10 sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano.
4:11 Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo.
4:12 Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.

¡Pedro es muy sabio! El les señala la maldad de sus propias acciones. A ellos no les interesa el hecho de que un hombre ha sido sanado. Sólo piensan en lo que a ellos les interesa.

Pedro les dice, sin titubear: Es por el nombre de Jesús que este hombre ha sido sanado. El nombre de Jesús es el único nombre bajo el cielo por el cual podemos ser salvados. Es solamente por lo que Jesús hizo en la cruz, por su muerte y resurrección, por medio de El que podemos llegar a Dios.

Para muchas personas hoy en día, esto es un problema. Les parece un acto de egoísmo y soberbia de parte de cualquier creyente decir que Jesús es el único camino al cielo. Nos preguntan: ¿Por qué crees que tu religión es la mejor? ¿No ves que hay muchas otras religiones? ¿Por qué te crees el único que sabes?

Pero esto es un malentendido. Porque no es nuestra religión la que nos salva; no es que nosotros hayamos inventado la mejor religión de todas. Es que, como dice el verso doce, el nombre de Jesús es el único nombre salvador que ha sido dado a la humanidad. ¿Quién la dio? Dios mismo la dio. No es que nosotros hayamos inventado una mejor religión, sino que Dios mismo se ha dado a conocer a la humanidad por medio de Jesús, y sólo es en El que podemos tener salvación.

Los que tenían el poder religioso no querían que Pedro y Juan proclamaran el nombre de Jesús. Los llamaron, y les prohibieron que siguieran predicando en el nombre de Jesús. No podían negar que se había hecho un gran milagro, pero no querían perder su posición y sus posibilidades de lucrar.

Leamos ahora la respuesta de Pedro y Juan en el verso 19: "Mas Pedro y Juan respondieron diciéndoles: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios". Esta es la respuesta que tenemos que dar en cualquier ocasión que la autoridad nos dice que desobedezcamos a Dios. Ninguna autoridad humana es absoluta; ni el presidente, ni un pastor, ni un padre de familia. Aunque Dios ha creado la autoridad humana, El es la autoridad final. Siempre tenemos que obedecerle a El.

Y es que la Iglesia de Jesucristo tiene una tarea primordial, una tarea esencial: proclamar el nombre de Jesús. Habrá personas que tratarán de impedirlo. En algunos países, la presión es política. Tenemos hermanos en Cristo que están en la cárcel en otros países cuyo único crimen es nombrar a Jesucristo.

Nosotros enfrentamos presiones de afuera, pero para nosotros, no son políticas. Mayormente son sociales. En nuestra sociedad, hay mucha presión encubierta para no causar discusiones, para no hablar de Jesucristo y ofender a los que tienen otras creencias. Respetamos el derecho que todos tienen de creer en la religión de su elección, pero ¡no podemos dejar de proclamar el nombre de Jesús! ¡Dios nos ha dejado esta tarea! No podemos temerle al qué dirán.

Veamos ahora cómo respondió la Iglesia a estas amenazas. Ellos se reunieron, pero no para formar un nuevo partido político, o para tomar armas para defenderse. Se reunieron para orar. Leamos parte de su oración, empezando con los versos 25-26 del capítulo 4:

4:25 que por boca de David tu siervo dijiste:  ¿Por qué se amotinan las gentes,  y los pueblos piensan cosas vanas?
4:26   Se reunieron los reyes de la tierra,  y los príncipes se juntaron en uno  contra el Señor, y contra su Cristo.

La Iglesia hizo algo muy importante. Ellos reconocieron que lo que les estaba sucediendo era algo que la Escritura ya había mencionado. Conocían las Escrituras, y veían que sus vidas y lo que les sucedía había sido profetizado por las Escrituras. Estaban viviendo la vida como Iglesia entre las páginas de la Escritura.

Luego, leamos los versos 29 al 31:

4:29 Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra,
4:30 mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús.
4:31 Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios.

Ellos dejaron la protección de sus vidas en manos de Dios. Le pidieron dos cosas principales a Dios: que siguiera haciendo obras milagrosas para respaldar el mensaje, y que les diera valor para predicar. Ellos recordaron algo que nosotros a veces olvidamos: que su tarea principal era la de proclamar el nombre de Jesús y el mensaje de salvación en El.

¡Dios respondió a sus oraciones! El lugar se sacudió, y ellos siguieron proclamando el mensaje de Dios. No cesó la persecución. No se detuvo la oposición. Pero ellos siguieron predicando, y la gente se siguió salvando.

Hermanos, este mensaje de salvación en Jesucristo, en el poder de su nombre, es tan importante que no podemos dejar de proclamarlo. No podemos dejar que ninguna clase de presión nos calle la boca. Tampoco nos debe sorprender cuando la oposición llega. ¡No hay que temer! Oremos. Si estamos en peligro, tomemos medidas sabias para protegernos. Pero no dejemos de proclamar la salvación en Jesús. No podemos cambiar ese nombre por nada en este mundo.


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