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Domingo 8 de Abril de 2012

La batalla final
Pastor Tony Hancock

Entre las historias de la antigüedad se encuentra el famoso cuento del caballo de Troya. Según la historia, los griegos habían sitiado la ciudad de Troya por mucho tiempo, pero no habían logrado entrar a la ciudad. Por fin, hicieron un plan. Construyeron un enorme caballo de madera y lo dejaron abandonado afuera de la ciudad. Luego, se subieron a sus barcos y partieron hacia Grecia.

Los habitantes de Troya, alegres por su buena fortuna, metieron a su ciudad el enorme regalo que les habían dejado los griegos. Lo que no sabían era que, dentro del enorme caballo de madera, estaban escondidos varios soldados griegos. Esa noche, mientras todos dormían, los soldados salieron del caballo, abrieron las puertas de la ciudad y dejaron entrar a sus compatriotas, quienes habían regresado al amparo de la noche.

¡Qué brillante estratagema! Lo que no se había logrado con varios años de sitiar la ciudad, se logró en una noche con un truco. Ahora bien, cuando escuchamos la historia del caballo de Troya, nos parece interesante - y hasta cómico. ¡Qué listos los griegos! Pero en realidad, no tiene mucho que ver con nosotros. Es simplemente una anécdota interesante de la historia.

Hoy vamos a hablar de otra hazaña - una victoria mucho más impresionante, la audaz derrota de un temible enemigo. Pero no se trata simplemente de un dato histórico interesante; esta victoria es una que tú y yo podemos compartir, si queremos. El Guerrero que ganó esta victoria nos invita a ti y a mí a ganar con El.

Los contrincantes se encuentran en Lucas 4:1-13. Leamos este pasaje:

4:1 Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto
4:2 por cuarenta días, y era tentado por el diablo. Y no comió nada en aquellos días, pasados los cuales, tuvo hambre. 
4:3 Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, dí a esta piedra que se convierta en pan.
4:4 Jesús, respondiéndole, dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Dios.
4:5 Y le llevó el diablo a un alto monte, y le mostró en un momento todos los reinos de la tierra.
4:6 Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy.
4:7 Si tú postrado me adorares, todos serán tuyos.
4:8 Respondiendo Jesús, le dijo: Vete de mí, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás.
4:9 Y le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo; 
4:10 porque escrito está:  A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden
4:11   y,   En las manos te sostendrán, Para que no tropieces con tu pie en piedra.
4:12 Respondiendo Jesús, le dijo: Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios.
4:13 Y cuando el diablo hubo acabado toda tentación, se apartó de él por un tiempo.

Como dos luchadores, Jesús y el enemigo se enfrentan. Satanás tira un puñetazo tras otro, probando las defensas del Señor. Jesús se defiende perfectamente frente a los tres ataques.

El primer ataque del diablo llega en un punto aparentemente débil - el hambre. ¡Jesús tenía cuarenta días en el desierto sin comer! Seguramente el enemigo podría aprovechar su apetito humano para dominarlo. ¿Cuántas veces te ha atacado la tentación en los deseos de la carne, y has cedido ante la tentación? Pero ¡Jesús no cedió! Se defendió con la Palabra.

Luego, el diablo lo atacó por medio del deseo que tenemos todos de poseer. Hace pocos días, hizo titulares la bolsa de la lotería Mega Millones cuando llegó hasta los $540 millones. Muchas personas se pusieron a soñar con lo que harían si les tocara el gordo. Satanás le ofreció a Jesús mucho más - le dijo que le daría todos los imperios del mundo, con toda su riqueza y esplendor. Nuevamente, Jesús se defendió citando la Biblia.

El ataque final del diablo fue a la identidad de Jesús. Todos soñamos con ser alguien, con recibir el reconocimiento de la gente. Imagínate que un hombre se lanzara del punto más alto de la ciudad y, en el aire, aparecieran unos ángeles para detener su caída. ¡Haría titulares! ¡Todo el mundo lo sabría! ¡Nadie podría dudar que éste es el Hijo de Dios! Éste fue el peor ataque, porque el enemigo tomó el arma de Jesús - la Palabra de Dios - y la trató de usar en su contra.

Pero Jesús fue demasiado inteligente como para caer en esa trampa. Reconoció el mal uso de la Palabra, y respondió con ella. Al final, la Palabra nos dice que el diablo lo dejó... hasta otra oportunidad. ¡No se ha terminado el combate!

Apenas va empezando el duelo, pero Jesús ya ha resistido más que cualquier otro ser humano. Adán y Eva, en el jardín del Edén, no fueron capaces de resistir la tentación. El pueblo de Israel tampoco lo fue. Enfrentó al enemigo, armado con la espada de dos filos que es la Palabra de Dios, y esquivo todos sus golpes. Si tú y yo le seguimos, podemos aprender también a vencer la tentación.

Hemos visto a Jesús defenderse perfectamente bien contra los ataques del enemigo. Pero ahora lo veremos al ataque. Vayamos a Lucas 11:14-23:

11:14 Estaba Jesús echando fuera un demonio, que era mudo; y aconteció que salido el demonio, el mudo habló; y la gente se maravilló.
11:15 Pero algunos de ellos decían: Por Beelzebú, príncipe de los demonios, echa fuera los demonios.
11:16 Otros, para tentarle, le pedían señal del cielo.
11:17 Mas él, conociendo los pensamientos de ellos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado; y una casa dividida contra sí misma, cae.
11:18 Y si también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo permanecerá su reino? ya que decís que por Beelzebú echo yo fuera los demonios.
11:19 Pues si yo echo fuera los demonios por Beelzebú, ¿vuestros hijos por quién los echan? Por tanto, ellos serán vuestros jueces.
11:20 Mas si por el dedo de Dios echo yo fuera los demonios, ciertamente el reino de Dios ha llegado a vosotros.
11:21 Cuando el hombre fuerte armado guarda su palacio, en paz está lo que posee.
11:22 Pero cuando viene otro más fuerte que él y le vence, le quita todas sus armas en que confiaba, y reparte el botín.
11:23 El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama.

¿Alguna vez te has dado cuenta de la cantidad de demonios que se manifestaron durante el ministerio de Jesús? ¡Parece increíble! Si hay tantos demonios en el mundo, ¡debe haber uno detrás de cada piedra!

Lo que sucede es que, cuando Jesús llegó al mundo, Satanás se dio cuenta de que la guerra había llegado a su fortaleza. Convocó a todos sus soldados - los demonios - para hacerle frente a este invasor. Satanás y sus demonios son una fuerza real en el mundo, pero cuando Jesús estuvo presente, se manifestaron de una forma concentrada para confrontarlo.

En cada ocasión, Jesús mostró su poder sobre estos enemigos. En una y otra ocasión, los expulsaba con la simple palabra. Sin embargo, ¡muchas personas persistían en malinterpretar lo que estaba sucediendo! Era como si estuviéramos en un partido de fútbol. No voy a mencionar equipos específicos, porque si lo hago, la mitad de ustedes se me viene encima. Ustedes imaginen el partido con los equipos que prefieran.

Digamos que, en este partido, un equipo le mete un gol tras otro al equipo contrario, el marcador indica un puntaje ridículo a favor de un equipo, y aun así, ¡algunos espectadores insisten en que el equipo perdedor realmente está ganando! Tan ciegos estaban las personas que observaban a Jesús expulsar demonios con su propia palabra, y decían: Lo hace por el poder de Satanás.

Lo que estaba pasando es lo que dicen los versos 21 y 22; el hombre fuerte, Satanás, había sido atado por otro más fuerte - Jesús, el Hijo de Dios. Ahora, los esclavos que estaban bajo el poder del enemigo podrían ser librados. Ahora, podemos ser libres de la esclavitud al pecado.

Jesús no sólo se pudo defender contra las fuerzas del mal. El es más poderoso que ellos. El tiene autoridad sobre las fuerzas del mal. Los brujos, los hechiceros, los espiritistas y otros buscan manipular las fuerzas ocultas, pero terminan siendo manipulados ellos mismos. Jesús es el único que demostró ser más fuerte que ellos.

Llegamos ahora a la culminación de la batalla. Vayamos a Lucas 23, y leamos los versículos 44 al 49:

23:44 Cuando era como la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena.
23:45 Y el sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad.
23:46 Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró.
23:47 Cuando el centurión vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios, diciendo: Verdaderamente este hombre era justo.
23:48 Y toda la multitud de los que estaban presentes en este espectáculo, viendo lo que había acontecido, se volvían golpeándose el pecho.
23:49 Pero todos sus conocidos, y las mujeres que le habían seguido desde Galilea, estaban lejos mirando estas cosas.

Aquí culmina el plan de Satanás para librarse de su enemigo. Jesús había llegado al mundo, había resistido los ataques de Satanás y había derrotado a todos los demonios que habían llegado a enfrentarse a El.

Pero Satanás todavía tenía un as en la manga. Se aprovechó de Judas Iscariote, un discípulo que se había desencantado con Jesús y estaba dispuesto a traicionarlo a cambio de dinero. El plan de Satanás realmente fue astuto. Jesús sería traicionado por uno de sus propios discípulos, quien lo entregaría en manos de los líderes religiosos. Los mismos líderes que supuestamente servían a Dios, enviarían a su Hijo a la muerte.

Lo harían con el apoyo de las autoridades políticas, quienes tenían el deber de defender el derecho del inocente. En este caso, sin embargo, fue todo lo contrario. Por su debilidad y corrupción, condenaron a Jesús a la muerte. El quedó colgado de una cruz, el único hombre justo en todo el mundo, condenado a muerte - y expiró. Estoy seguro que, en ese momento, Satanás y todos sus secuaces se rieron de alegría. ¡Su plan había funcionado! ¡Se habían librado de su enemigo!

Pero había algo que ellos no sabían. Ellos tenían su plan, pero Dios tenía un plan mejor. Veamos lo que sucedió a continuación, en Lucas 24:1-7:

24:1 El primer día de la semana, muy de mañana, vinieron al sepulcro, trayendo las especias aromáticas que habían preparado, y algunas otras mujeres con ellas.
24:2 Y hallaron removida la piedra del sepulcro;
24:3 y entrando, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.
24:4 Aconteció que estando ellas perplejas por esto, he aquí se pararon junto a ellas dos varones con vestiduras resplandecientes;
24:5 y como tuvieron temor, y bajaron el rostro a tierra, les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?
24:6 No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea,
24:7 diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día.

Satanás no se imaginaba que, cuando Jesús se entregaba inocentemente a la muerte, ¡ganaría la batalla final! Con su muerte, como sacrificio inocente, saldaría la deuda de los pecadores, librándolos del poder de Satanás.

El apóstol Pablo lo explica en Colosenses 2:13b-15:

2:13b ... os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados,
2:14 anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz,
2:15 y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.

Cuando Cristo murió en la cruz, El lo hizo en nuestro lugar. El anuló la deuda que le debíamos a Dios a causa de nuestros pecados. El poder de Satanás estaba en la acusación que él podía lanzar contra nosotros de ser pecadores. De hecho, su nombre significa "acusador". Ese era el poder que él tenía sobre nosotros: nuestra culpabilidad.

Pero cuando Cristo pagó nuestra condena, le quitó a Satanás el poder que tenía sobre nosotros. Con su muerte - en aparente derrota - El ganó la victoria. Quitó las armas que el diablo y sus secuaces tenían contra nosotros. A los que pensaban haberlo derrotado, El los convirtió en sus cautivos y los desfiló, humillados, por el universo.

Cristo, este gran Guerrero, vino al mundo para librarte del poder del enemigo que te tenía bajo su poder. El vino para que tú pudieras ser libre y vivir con El para siempre. ¿Vas a seguir viviendo bajo el poder del enemigo? ¿Vas a seguir viviendo en pecado? ¿O te someterás a Jesús?

Es increíble, pero la mayoría de las personas prefieren pertenecer al equipo perdedor. Todos tenemos la oportunidad de cambiar de equipo, pero son muchos los que eligen el pecado - aunque sólo lleva a la muerte, el sufrimiento y la derrota. ¿Serás uno de ellos?

Cristo te invita hoy a compartir su victoria. Si tú confías en El, recibes el perdón que El murió en la cruz para ganarte. Siguiéndole a El, aprenderás a derrotar el pecado y a vivir en libertad. Tendrás un destino seguro. Cristo ya ganó la batalla. ¿Te unirás a El?


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