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Domingo 25 de Marzo de 2012

Una nueva relación
Pastor Tony Hancock

Esta semana me topé con un artículo interesante acerca de la calvicie. Gracias a Dios, no sufro mucho de esta condición; me encantaría evitar sus estragos. Según este artículo, unos investigadores determinaron que una de las causas de la calvicie - aunque no la única - es la dieta. Estos investigadores lograron detener la caída del cabello en algunos de los participantes del estudio quitándoles el consumo de azúcares y carbohidratos refinados.

En otras palabras, por medio de un cambio interno - es decir, un cambio de dieta - se produjo un cambio externo. El cabello dejó de caerse, lo cual demostró que había funcionado el cambio interno producto del cambio en la alimentación. Muchas veces pensamos que un cambio en el cabello sólo se podría producir mediante la aplicación de algún producto externo, pero ahora resulta que lo interno es muy importante.

El bautismo bíblico, en realidad, es así. Es una señal externa de un cambio interno. En esto radica su importancia. El bautismo bíblico no es como una pomada que se unta y produce cambios; más bien, es el reflejo externo de algo que sucede por dentro. Leamos 1 Pedro 3:20-22:

3:20 los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua.
3:21 El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo,
3:22 quien habiendo subido al cielo está a la diestra de Dios; y a él están sujetos ángeles, autoridades y potestades.

De la forma en que Noé y sus familiares fueron salvados en el agua, por medio del arca, de la muerte que alcanzó al resto de la humanidad, nosotros también somos salvados por medio del agua del bautismo de la muerte espiritual. Pero no son las aguas mismas las que salvan, como si fueran mágicas; Pedro lo dice muy claramente. Es el compromiso de una buena conciencia ante Dios.

Lo que da poder a ese compromiso hecho con Dios es la obra de Jesucristo, quien murió y resucitó por nosotros. Es sólo como símbolo de la obra de Jesucristo y expresión de un compromiso de buena conciencia ante Dios que el bautismo tiene poder para salvar. En otras palabras, es sólo como señal externa de un cambio interno que el bautismo tiene poder.

Si es así, ¿qué demuestra el bautismo? Demuestra que hemos entrado en una nueva relación. Así lo dice un versículo muy conocido, Mateo 28:19: "Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo". La primera cosa que hace el nuevo seguidor de Jesucristo es bautizarse en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, indicando su nueva relación con Dios - el Dios que se nos ha dado a conocer en estas tres personas.

Lo interesante del caso es que son precisamente estas tres personas que estaban presentes cuando Jesús se bautizó. Por lo tanto, vamos a pasar el resto del tiempo que tenemos juntos considerando el bautismo de Jesús, y lo que nos enseña acerca de nuestro bautismo. Vayamos entonces a Mateo 3:13-17:

3:13 Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él.
3:14 Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?
3:15 Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó.
3:16 Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él.
3:17 Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.

En este pasaje aparecen al mismo tiempo las tres personas de Dios - el Hijo, el Espíritu Santo y el Padre. Algunas personas creen que estos tres son simplemente diferentes nombres para la misma persona, pero aquí vemos que no es así. Los tres aparecen juntos al mismo tiempo, demostrándonos que realmente son tres personas. Conforman un solo Dios, lo cual es un misterio; pero no debemos buscar soluciones fáciles y humanas a este misterio.

Consideremos ahora a estas tres personas. La primera persona que vemos es al Hijo, quien se presenta para ser bautizado. Juan el Bautista bautizaba a las personas en señal de arrepentimiento, preparándoles para recibir al Mesías que venía. Juan no sabía, cuando llegó Jesús, que El era el Mesías. Sin embargo, sí lo conocía como un hombre justo, que no tenía de qué arrepentirse. Es por esto que no lo quería bautizar.

Sin embargo, Jesús insistió en obedecer la voluntad de su Padre y bautizarse, aunque no tenía de qué arrepentirse. ¿Por qué lo hizo? Precisamente porque para esto había venido: para unirse a nosotros en nuestra humanidad y rescatarnos del pecado que nos tenía cautivos.

Imaginemos que un hombre se cae a un pozo profundo. Las paredes del pozo son muy lisas; no hay forma de subirse. En eso llega alguien y se da cuenta de lo que ha sucedido. "No deberías haberte caído allí", le dice al pobre hombre que está al fondo del pozo. "La próxima vez, ten más cuidado."

Se va, y llega otro. "Vamos a tener que poner un aviso, para que nadie más se caiga a este pozo. ¡Es muy peligroso!" Habiendo dicho esto, se retira. Por fin llega otro hombre. El busca una cuerda o soga gruesa, la amarra a un poste y baja por la cuerda. El hombre que se había caído al pozo se agarra del otro, quien va subiendo la cuerda y saca a los dos del pozo.

Ahora bien, ¿cuál de los tres ayudó al hombre que se había caído al pozo? ¿El que le dijo que tuviera más cuidado? ¿El que quería poner un aviso del peligro? ¡Claro que no! Ninguno de ellos realmente lo ayudó. El que lo ayudó fue el que bajó adonde él estaba, teniendo la capacidad de sacarlo de su aprieto.

Nosotros no necesitamos a un simple maestro que nos señale nuestro error. No necesitamos a alguien superior que simplemente nos regañe. Necesitamos a Alguien que se una a nosotros en nuestra humanidad, pero que tenga la fuerza para sacarnos del aprieto. Ese Alguien es Jesús.

Siendo por naturaleza Hijo de Dios desde la eternidad, El se hizo hombre. Nació de una virgen, para que se viera claramente que El no es simplemente otro hombre, sino que es Dios hecho hombre. El dio su vida para rescatarnos del pecado, pagando la deuda que no podíamos pagar. El derrotó a Satanás, resistiendo sus tentaciones y viviendo en pureza.

Agarrados de El, confiando en El, nosotros compartimos su victoria. Somos librados de la culpa del pecado, y encontramos poder para vencer el pecado en nuestro diario caminar. Jesús se unió a nosotros para salvarnos, y lo demostró en su bautismo. Cuando nosotros nos bautizamos, estamos declarando que nos unimos a El por fe. Nos comprometemos en caminar con El, así como El se comprometió con nosotros. ¡Qué gloriosa verdad!

Pero hay más. Consideremos ahora el segundo personaje de la Trinidad que vemos aquí. Cuando Jesús subió del agua, obediente a la voluntad del Padre, el Espíritu Santo descendió sobre El como una paloma. Ese mismo Espíritu que sobrevolaba la creación en el relato de Génesis para traer orden del caos ahora venía para realizar, en colaboración con Jesús, una nueva creación.

Pablo dice que, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. Es el Espíritu Santo quien realiza esa obra en nosotros. El nos regenera, dándonos vida espiritual y haciéndonos parte de esa nueva creación que durará cuando este mundo ya no exista. Nos ilumina para darnos entendimiento de la Palabra de Dios.

El nos guía, así como lo hizo con Jesucristo cuando El vivía aquí en el mundo. Nos da consuelo en nuestras tristezas. Nos trae la conciencia del amor de Dios. Nos da poder para vencer la tentación y ser victoriosos en las pruebas de la vida. Todo esto y más nos lo trae el Espíritu Santo.

Pero ¿quiénes disfrutan de la presencia del Espíritu Santo? Algunos creen que tienen que esperar para el Espíritu Santo venga, pero Gálatas 3:2 y 5 nos enseñan que el Espíritu Santo viene sobre nosotros cuando aceptamos el mensaje del evangelio con fe: "3:2 Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? ... 3:5 Aquel, pues, que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe?  ". En otras palabras, el Espíritu Santo está presente en cada creyente.

Te digo, por lo tanto: ¡Deja que el Espíritu de Dios obre en ti! ¡No estorbes su obra! No lo ofendas ni lo ignores. Lee su Palabra, para que El te hable. Confía en su dirección. Escúchale cuando El te guía.

Hay una tercera persona que se dio a conocer cuando Jesús se bautizó, y que también llegamos a conocer nosotros. Es el Padre. Cuando Jesús subió del agua, una voz del cielo dijo: "Este es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él". El Padre mismo testificó de su amor por su Hijo Jesús.

Tratando de esquivar el sentido claro del pasaje, alguien dijo alguna vez que lo que se oyó fue la voz de un ángel. Pero ¡Jesús no es el hijo de un ángel! ¡Ningún ángel podría decir de El, Este es mi Hijo amado! No, fue el Padre mismo quien testificó de su amor por su Hijo unigénito. Jesús es el único que es por naturaleza Hijo de Dios. Es el único que comparte la divinidad del Padre.

Sin embargo, cuando recibimos a Jesús como Señor y Salvador, Dios nos adopta como sus hijos. No somos hijos por naturaleza, como lo fue Jesús; pero somos adoptados por Dios, y llegamos a tener los derechos de hijos. El Espíritu Santo mismo testifica de esto. Leamos Romanos 8:15-16:

8:15 Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!
8:16 El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.

No lo hace con una voz audible, como lo hizo cuando Jesús se bautizó; más bien, por medio de su Espíritu Dios nos dice: "Tú eres mi hijo amado". Quizás tu padre terrenal nunca te lo dijo, pero Dios te lo dice. Si tú has aceptado a Cristo, eres hijo de Dios. Puedes acercarte a El y hablarle en oración. Puedes confiar en tu cuidado. Puedes saber que El tiene un lugar en su mansión para ti.

Dentro de algunos momentos, celebraremos el bautismo. Quizás hoy tú te estés dando cuenta de que no has entrado en esa nueva relación de la que testifica el bautismo. Si reconoces tu necesidad, hoy puede ser el comienzo del cambio. Hoy puede empezar el cambio en tu corazón. Hoy puedes reconocer a Cristo como Señor y Salvador, recibir al Espíritu Santo y llegar a ser hijo de Dios.


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