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Domingo 4 de Marzo de 2012

Perdido en un atajo
Pastor Tony Hancock

¿Alguna vez te has perdido por querer tomar un atajo? A mí me ha sucedido en varias ocasiones. Recuerdo una ocasión en particular, cuando iba a visitar a algunos hermanos de la iglesia. Sabía más o menos en qué dirección tenía que ir, así que escogí una calle que me parecía llevar en esa dirección. Pronto descubrí que esa calle tenía muchas curvas y cambiaba repentinamente de dirección, hasta que por fin, sin aviso, la calle terminó en una encrucijada.

Decidí dar vuelta en la dirección que me parecía correcta, y continué por la nueva calle. Esto sucedió dos o tres veces. Para hacerles el cuento corto, después de cómo media hora de rodeos, me encontré de regreso en el lugar donde había empezado. Por querer cortar camino, perdí tiempo.

En esa ocasión, mi problema no fue muy grave. Sin embargo, por querer tomar atajos, podemos meternos en problemas mucho más serios. En su vida espiritual, el pueblo de Israel quiso tomar un atajo. Hoy vamos a leer acerca de esta decisión y acerca de sus resultados. Abramos la Biblia en 1 Samuel 4, y leamos los versos 1 al 3:

4:1 Y Samuel habló a todo Israel. Por aquel tiempo salió Israel a encontrar en batalla a los filisteos, y acampó junto a Eben- ezer, y los filisteos acamparon en Afec.
4:2 Y los filisteos presentaron la batalla a Israel; y trabándose el combate, Israel fue vencido delante de los filisteos, los cuales hirieron en la batalla en el campo como a cuatro mil hombres.
4:3 Cuando volvió el pueblo al campamento, los ancianos de Israel dijeron: ¿Por qué nos ha herido hoy Jehová delante de los filisteos? Traigamos a nosotros de Silo el arca del pacto de Jehová, para que viniendo entre nosotros nos salve de la mano de nuestros enemigos.

Estamos al final de la época de los jueces en Israel. Hace ya muchos años, los israelitas habían entrado victoriosamente a la tierra bajo el mando de Josué. Sin embargo, en los años siguientes, la vida espiritual del pueblo había ido de mal en peor. En una ocasión tras otra, se habían vuelto hacia otros dioses. Cuando esto sucedía, el Señor los castigaba permitiéndoles caer en manos de sus enemigos.

Es muy importante comprender que, durante este periodo en la historia de Israel, la derrota en la batalla siempre era una señal de que el pueblo había pecado y estaba bajo el castigo del Señor. En aquel tiempo, el pueblo de Dios era una nación política, y El había prometido protegerlos de sus enemigos siempre y cuando ellos caminaran en obediencia, fieles a su compromiso con Dios.

Por lo tanto, cuando Dios quitaba su mano de protección, era una señal segura de que algo no andaba bien, espiritualmente hablando. Era como una luz roja en el tablero del carro, que indica que algo está mal con el motor y hay que atenderlo ya. Era como una fiebre alta que indica la presencia de una enfermedad en el cuerpo.

Frente a esto, el pueblo buscó solución. Decidieron llevarse el arca del pacto al campo de batalla. Pensaban que así, el Señor estaría con ellos para darles la victoria. ¿Qué era el arca del pacto? Era un mueble sagrado, un cofre que servía como el trono de Dios.

Por ambos lados tenía la figura de un querubín, un ángel majestuoso con alas extendidas. En medio de los dos ángeles había un espacio, y en este espacio manifestaba Dios su presencia. No había ninguna imagen ni figura entre los ángeles, porque Dios es espíritu. En ocasiones, Dios manifestaba su presencia con una nube de gloria en ese lugar.

El arca del pacto debía guardarse en el tabernáculo, el templo portátil donde Israel adoraba a Dios. Sin embargo, el pueblo decidió sacarlo de este lugar en su deseo de buscar una solución para su problema. Era una solución equivocada, porque estaban usando el arca del Señor de la manera en que las naciones paganas usaban los ídolos de sus dioses. Para los paganos, era común llevar la imagen de un dios al campo de batalla para traerles suerte.

Leamos ahora de la reacción que tuvo el pueblo cuando llegó el arca, en los versos 4 al 9:

4:4 Y envió el pueblo a Silo, y trajeron de allá el arca del pacto de Jehová de los ejércitos, que moraba entre los querubines; y los dos hijos de Elí, Ofni y Finees, estaban allí con el arca del pacto de Dios.
4:5 Aconteció que cuando el arca del pacto de Jehová llegó al campamento, todo Israel gritó con tan gran júbilo que la tierra tembló.
4:6 Cuando los filisteos oyeron la voz de júbilo, dijeron: ¿Qué voz de gran júbilo es esta en el campamento de los hebreos? Y supieron que el arca de Jehová había sido traída al campamento.
4:7 Y los filisteos tuvieron miedo, porque decían: Ha venido Dios al campamento. Y dijeron: ¡Ay de nosotros! pues antes de ahora no fue así.
4:8 ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de la mano de estos dioses poderosos? Estos son los dioses que hirieron a Egipto con toda plaga en el desierto.
4:9 Esforzaos, oh filisteos, y sed hombres, para que no sirváis a los hebreos, como ellos os han servido a vosotros; sed hombres, y pelead.

Mandaron traer el arca del pacto de su lugar en el tabernáculo en Siló, y los dos hijos de Elí, el sumo sacerdote, lo trajeron. Ellos debían ser los protectores del arca, pero más bien, fueron cómplices en su mal uso. Cuando llegó el arca al campamento israelita, ¡todo el mundo empezó a gritar!

Si el propósito de los líderes en mandar traer el arca había sido motivar a las tropas israelitas y levantarles el ánimo, ¡dio buen resultado! Todos estaban tan entusiasmados que hasta la tierra misma temblaba. Estaban seguros de que ahora tendrían la victoria, porque Dios estaba con ellos. ¿No estaba allí el arca del pacto? ¡Dios no permitiría que su trono, el arca del pacto, fuera capturado por sus enemigos! ¡Seguramente les daría la victoria!

Los filisteos también tuvieron emociones fuertes, pero en su caso, fueron muy diferentes a los del pueblo israelita. En lugar de entusiasmarse, sintieron gran temor. Habían oído de los milagros que el Señor había hecho al sacar a su pueblo de la esclavitud en Egipto siglos antes, aunque con su mentalidad pagana, pensaban que tendría que tratarse de varios dioses.

Su espanto se convirtió en la determinación de no caer fácilmente ante las armas de los israelitas. Decidieron luchar con todas sus fuerzas. Pero los israelitas seguían confiados. Seguramente el Señor daría a su pueblo en manos de los filisteos, ¿verdad? ¡Seguramente la presencia del arca garantizaría la victoria!

Leamos ahora los versos 10 al 11 para ver qué sucede:

4:10 Pelearon, pues, los filisteos, e Israel fue vencido, y huyeron cada cual a sus tiendas; y fue hecha muy grande mortandad, pues cayeron de Israel treinta mil hombres de a pie.
4:11 Y el arca de Dios fue tomada, y muertos los dos hijos de Elí, Ofni y Finees.

¡El desenlace fue totalmente inesperado! Los israelitas perdieron la batalla, y muchos murieron. Los dos hijos de Elí, los encargados del arca, también murieron. Para colmo, el arca del pacto, el más sagrado de todos los artículos del tabernáculo, ¡fue capturada por los filisteos!

¿Cómo sería posible? Para los filisteos, fue evidencia clara de que sus dioses eran más poderosos que el Dios de Israel. ¿De qué otra forma se podría explicar la derrota de los israelitas cuando el arca del pacto estaba presente en su campamento? ¿De qué otra forma se podría explicar la captura del arca misma? Los filisteos llevaron el arca a su tierra, campantes.

¿Tenían razón los filisteos? ¿Perdió Israel la batalla porque su Dios era más débil que los dioses filisteos? La próxima semana veremos lo que sucede con el arca, y veremos que no fue así. Entonces, ¿cuál podría ser la explicación de la derrota de Israel y la pérdida del arca?

Tenemos que comprender que todas las acciones de Israel fueron equivocadas. Al entender su error, aprendemos algo muy importante acerca de Dios también. La solución que buscó Israel frente a la derrota inicial fue una solución equivocada. Debían arrodillarse ante Dios arrepentidos y buscar su dirección.

En los días de Josué, es lo que habían hecho. Cuando Dios permitió su derrota en el pueblito de Hai, Josué se postro rostro en tierra ante el Señor. Luego, se descubrió y se quitó el pecado que había entre el pueblo, y Dios los restauró.

Ahora, sin embargo, en lugar de arrepentirse y quitar de sus vidas lo que no le agradaba al Señor, trataron de manipularlo usando el arca del pacto. Tomaron a la ligera las cosas del Señor. Empezaron a pensar como la gente que los rodeaba. Se olvidaron de la santidad del Señor, y pensaron que El podría ser manejado.

Además de tener una solución equivocada, su entusiasmo también fue equivocado. Cuando llegó el arca a su campamento, se entusiasmaron porque pensaban que tenían la victoria asegurada. ¡Estaban muy equivocados! Sin embargo, también nosotros podemos tener un entusiasmo equivocado, cuando tenemos ideas equivocadas acerca de Dios.

Como resultado de su solución equivocada y su entusiasmo equivocado, se encontraron en una situación inesperada y desastrosa. Buscaron un atajo para conseguir la bendición de Dios, pero se encontraron en un desastre.

¿Cómo podemos aplicar este suceso a nuestras propias vidas? Tenemos que comprender que no hay atajo para recibir la bendición de Dios. Dios es santo, y no podemos controlarlo a El tampoco. Todavía hay muchas personas que piensan recibir la bendición de Dios sin arrepentimiento, usando objetos o artículos para manejarlo.

Piensan que la simple presencia de una Biblia en su hogar los protegerá, en lugar de leer y obedecerla. Creen que una veladora los protegerá del mal, en lugar de elevar sus oraciones sinceras al Señor. Piensan que una imagen en la pared les traerá bendición, en lugar de adorar a Dios en Espíritu y en verdad.

Aunque evitemos esos errores obvios, me temo que nos hemos convertido en personas que toman a la ligera las cosas de Dios. Buscamos formas de manejarlo, de conseguir su bendición, de encontrar algún atajo para esquivar la humillación del arrepentimiento y la obediencia al Señor.

No existe atajo para llegar a Dios. Dios nos ha mostrado cómo acercarnos a El: con un corazón arrepentido y humillado, purificado por la sangre de Jesucristo mediante la fe. ¡No hay substituto! Nuestro corazón siempre busca algún atajo para evitar la humillación de tener que reconocer nuestro pecado ante Dios y confiar solamente en El. Pero para quien piensa así, por más que se entusiasme, sólo hay decepción y derrota.

Dios es santo. El no puede ser manipulado. Más bien, El se deleita en bendecir a un pueblo humillado, arrepentido, un pueblo que confía en El y lo adora con sinceridad. ¿Estamos dispuestos a ser ese pueblo hoy? ¿O buscaremos algún atajo?


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