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Domingo 8 de Enero de 2012

Las conexiones en Cristo
Pastor Tony Hancock

Hay ciertas partes de la Biblia que no parecen tener mucho para enseñarnos. Entendemos que Dios los tuvo que haber incluido en su Palabra por algún motivo, pero... honestamente, no sabemos por qué. Por ejemplo, las genealogías - listas de antepasados - pueden parecer algo innecesarias.

Después de algunas semanas de ausencia, volemos a nuestra serie de estudios en el libro de Romanos. ¡Ya casi terminamos! La sección a la que llegamos hoy es otra de esas partes de la Biblia que no parecen tener mucho que ver con nosotros. Es una lista de saludos del apóstol Pablo a una serie de personas que nosotros no conocemos. Habrá sido muy bonito para ellos escuchar su nombre cuando se leía la carta, pero ¿qué nos quiere decir Dios a nosotros? ¿Qué mensaje habrá?

Yo estoy convencido de que Dios tiene algo que decirnos en cada página de la Escritura. Nada se escribió por error; nada sobra. Por lo tanto, vamos a considerar estos saludos para ver qué lecciones podemos sacar de ellos para nuestra propia vida en Cristo. Abramos la Biblia en Romanos 16, y leamos los versos 1 al 16.

16:1 Os recomiendo además nuestra hermana Febe, la cual es diaconisa de la iglesia en Cencrea;
16:2 que la recibáis en el Señor, como es digno de los santos, y que la ayudéis en cualquier cosa en que necesite de vosotros; porque ella ha ayudado a muchos, y a mí mismo.
16:3 Saludad a Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús,
16:4 que expusieron su vida por mí; a los cuales no sólo yo doy gracias, sino también todas las iglesias de los gentiles.
16:5 Saludad también a la iglesia de su casa. Saludad a Epeneto, amado mío, que es el primer fruto de Acaya para Cristo.
16:6 Saludad a María, la cual ha trabajado mucho entre vosotros.
16:7 Saludad a Andrónico y a Junias, mis parientes y mis compañeros de prisiones, los cuales son muy estimados entre los apóstoles, y que también fueron antes de mí en Cristo.
16:8 Saludad a Amplias, amado mío en el Señor.
16:9 Saludad a Urbano, nuestro colaborador en Cristo Jesús, y a Estaquis, amado mío.
16:10 Saludad a Apeles, aprobado en Cristo. Saludad a los de la casa de Aristóbulo.
16:11 Saludad a Herodión, mi pariente. Saludad a los de la casa de Narciso, los cuales están en el Señor.
16:12 Saludad a Trifena y a Trifosa, las cuales trabajan en el Señor. Saludad a la amada Pérsida, la cual ha trabajado mucho en el Señor.
16:13 Saludad a Rufo, escogido en el Señor, y a su madre y mía.
16:14 Saludad a Asíncrito, a Flegonte, a Hermas, a Patrobas, a Hermes y a los hermanos que están con ellos.
16:15 Saludad a Filólogo, a Julia, a Nereo y a su hermana, a Olimpas y a todos los santos que están con ellos.
16:16 Saludaos los unos a los otros con ósculo santo. Os saludan todas las iglesias de Cristo.

El apóstol Pablo escribió este libro de la Biblia como una carta a la iglesia en Roma. El no conocía Roma; sin embargo, sí conocía a muchas personas en la iglesia de Roma. Los había conocido en sus viajes. El les saluda al final de la carta porque todavía tenía una conexión con ellos - una conexión en Cristo.

Algunas de estas personas no habían visto a Pablo desde hace años, pero él les saluda con afecto. Es más, estas personas - aunque ahora se encontraban en otro lugar - se seguían congregando. Sus conexiones en Cristo eran fuertes. Cuando estamos conectados por fe a Jesucristo, El nos conecta con nuestros hermanos también. Vamos a considerar tres aspectos de esto en los saludos.

Para empezar, Cristo nos conecta con otros creyentes para que nos ayudemos unos a otros. Esto lo aprendemos en los primeros dos versículos. Febe es la portadora de la carta. Ella la llevó para entregarla a la iglesia en Roma. Al parecer, tenía algún asunto que arreglar en Roma, y Pablo aprovechó para mandar con ella esta carta.

¿Qué más sabemos de ella? Sabemos que era de la ciudad de Cencreas, muy cerca de Corinto, donde se encontraba Pablo cuando escribió la carta a los romanos. Sabemos también que ella había ayudado a muchas personas. No sabemos cómo; pero el hecho de que ella viajara a Roma, la capital del imperio, sugiere que era una persona de cierta posición y solvencia económica.

Ella, entonces, usó su influencia y sus bienes para ayudar y beneficiar a los hermanos en Cristo, incluyendo entre ellos a Pablo mismo. Pablo ahora les pide a los hermanos de Roma que también ayuden a Febe en la misión que la llevaba a Roma, quizás alguna situación legal que había que arreglar. Ellos no la conocían, pero como hermana en Cristo, Pablo les pide que la ayuden como si fuera parte de su propia congregación.

Cuando nosotros conocemos a Jesucristo, llegamos a formar parte de la familia más grande del mundo - la familia de Dios. En cualquier familia sana, los miembros de la familia se apoyan unos a otros. Cristo nos conecta para que nos ayudemos unos a otros.

Muchas personas llegan a la iglesia buscando ayuda. Su instinto es correcto. La iglesia debe ser un lugar donde la gente puede encontrar ayuda. Pero la clave es que tú y yo nos dejemos de preguntar cómo la iglesia nos puede ayudar, y empecemos a buscar formas en que Dios nos está llamando a ayudar a otros. ¿A quién le puedes extender la mano esta semana?

Consideremos ahora otro saludo. Esta vez, se trata de una pareja - Priscila y Aquila. Ellos fueron compañeros de trabajo de Pablo. Se conocieron cuando Priscila y Aquila se habían tenido que ausentar de Roma y se encontraron con Pablo. Ya que los tres compartían una profesión - la de fabricar carpas - surgió un lazo inmediato. Sin embargo, el lazo más fuerte fue el lazo de unión en Jesucristo.

De Priscila y Aquila aprendemos que Cristo nos conecta para que ministremos unidos. En alguna ocasión, le habían salvado la vida a Pablo. También le habían apoyado en el ministerio. Por ejemplo, ellos fueron los que le enseñaron a un predicador joven llamado Apolos algunos puntos cardinales de la fe.

Ahora, Priscila y Aquila tenían una iglesia que se reunía en su casa. De hecho, durante todo el primer siglo de la existencia de la iglesia, no había edificios llamados “iglesias”. Todas las iglesias se reunían en casas. Cuando decimos que Pablo escribió a la iglesia en Roma, no debemos de imaginar que su carta llegó a una dirección donde se encontraba un impresionante edificio.

Más bien, la iglesia consistía en todos los creyentes en Cristo que se encontraban en Roma. Sin embargo, ellos se reunían en diferentes casas. Había diferentes congregaciones, pero una iglesia. ¿Por qué es importante este punto? No porque sea malo tener un edificio. Al contrario, es una bendición. Pero lo que nos enseña es que el crecimiento de la iglesia no depende del tamaño de su edificio. Los primeros creyentes no tenían edificio, pero la iglesia crecía rápidamente. La clave para que la iglesia crezca es espiritual.

Hemos dicho que Priscila y Aquila eran compañeros de trabajo de Pablo, pero ellos no eran pastores o evangelistas. Ellos no tenían ninguna posición de tiempo completo, ninguna posición profesional en la iglesia. Eran personas con un trabajo secular, pero que habían llegado a conocer mucho de la Palabra y la enseñaban. También usaban sus bienes, como su casa, para bendición de la iglesia.

Hoy en día existe una horrible frase que todos debemos sacar de nuestro vocabulario. Es la frase: "Eso es trabajo del pastor". ¿Alguna vez lo has pensado? Evangelizar - eso es trabajo del pastor. Visitar a los hermanos - eso es trabajo del pastor. Enseñar - eso es trabajo del pastor.

A Priscila y Aquila nunca se les nombra pastores, evangelistas o algún otro título dentro de la iglesia. Sin embargo, ellos enseñaron; ellos apoyaron a Pablo; ellos usaron todo lo que tenían para que creciera el reino de Dios. ¡Cómo necesitamos más personas como Priscila y Aquila! ¿Cómo puedes usar lo que tú tienes para que crezca el reino de Dios?

Cristo nos conecta para que ministremos unidos. El ministerio no es algo que yo hago, como pastor, mientras la iglesia me observa con aplausos y críticas. El ministerio es algo que Dios nos llama a hacer juntos. El ministerio no es para ciertas personas profesionales y preparadas, aunque los líderes tienen su lugar en la congregación. El ministerio es algo que Dios nos llama a hacer juntos.

Si enseñas una clase de niños, eres ministro. Si evangelizas, eres ministro. Si ayudas a los necesitados, eres ministro. Cristo nos ha unido en una familia para que ministremos unidos, como lo hicieron Pablo, Priscila y Aquila.

Si continuamos leyendo el pasaje, descubrimos una serie de personajes. De algunos de ellos sabemos poco, de otros nada. Lo que llama la atención es el número de personas que Pablo conocía, y cómo él se acuerda de ellos. Al final, les dice: "Salúdense unos a otros con un beso santo".

Esto nos enseña la tercera lección, que Cristo nos conecta para vivir en hermandad. Nuestra comunión en Cristo es algo que debe durar, y que se debe expresar con cariño apropiado. La iglesia debe ser un lugar de calor humano, de confraternidad y camaradería. No debe ser un lugar frío y cerrado.

Me entristece ver cuántas personas se alejan de la iglesia por razones frívolas. Se olvidan de que la iglesia es una familia. Hay pocas razones para alejarse de la familia. Quizás podríamos pensar en algún caso de abuso fuerte como razón para dejar la familia. Puede ser que se presenten situaciones similares en la iglesia también que sean razón suficiente para alejarse. No digo que uno nunca debe cambiar de iglesia.

Pero ¡qué triste es cuando no tomamos en serio nuestro compromiso con nuestros hermanos! ¡Qué triste es cuando nos alejamos de ellos por razones insignificantes, en lugar de proteger y cuidar esa comunión tan preciosa que tenemos en Cristo! Si el enemigo logra dividirnos, pronto nos tendrá derrotados.

Cristo nos une para vivir en hermandad. Aunque nos vayamos a otros lugares, esa hermandad no se acaba. Seguimos siendo hermanos en Cristo. Quiero preguntarte: ¿qué te está llamando Dios a hacer para preservar esa unión? ¿Cómo puedes expresar tu cariño hacia tus hermanos esta semana? Cristo nos ha unido. Dios inspiró a Pablo para que incluyera esta lista de saludos en su carta, para que nosotros aprendiéramos el valor de las conexiones en Cristo. Ahora sólo nos queda vivir lo que hemos aprendido.


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