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Domingo 25 de Diciembre del 2011

Un Salvador para todos
Pastor Tony Hancock

En cierta ocasión, un niño acompañó a su mamá a la tienda. Entre otras cosas, la familia necesitaba toallitas de papel. La mamá envió a su hijo a buscar las toallitas mientras ella buscaba las otras cosas que había en la lista.

Dentro de pocos minutos, el niño regresó contento. Había encontrado lo que buscaba. Con mucho orgullo, le dio a su mamá el paquete que decía: Toallas sanitarias. Para el niño, la mejor clase de toallas de papel tendrían que ser las toallas sanitarias. Quizás las otras toallas estaban contaminadas o sucias, pero éstas garantizaban ser sanitarias.

Por supuesto, él no entendía para qué servían las toallas sanitarias que había recogido. Las confundió con las toallas que su familia necesitaba. Pero esa clase de toallas no es para todo público. Sólo le sirve a cierta clase de personas, a las mujeres. Hay ciertos productos que solamente le sirven a ciertas clases de personas.

Otras cosas, en cambio, son para todos. La Coca-cola gasta millones de dólares cada año para convencernos que sus productos son para todos. Me pregunto: ¿en cuál de estas categorías cae Jesús? ¿Es sólo para ciertas personas? ¿O es para todos?

Muchos te dirán que Jesús es sólo para ciertas personas. Hay muchos hombres que te dirán que Jesús es para las mujeres y los niños, pero que no tiene nada que ver con la masculinidad. Otros te dirán que Jesús es para ancianos, para los que ya han vivido la vida y buscan la religión en su vejez.

Sin embargo, la Biblia nos demuestra de una y mil maneras que Jesús es un Salvador para toda clase de personas - hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, pobres y ricos. Sólo hay una condición para conocerlo, y esa condición no tiene que ver con ninguna cualidad exterior.

Abramos la Biblia en Lucas capítulo 2, y leamos los versos 21 al 24 para empezar:

2:21 Cumplidos los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre JESÚS, el cual le había sido puesto por el ángel antes que fuese concebido.
2:22 Y cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, conforme a la ley de Moisés, le trajeron a Jerusalén para presentarle al Señor 
2:23 (como está escrito en la ley del Señor: Todo varón que abriere la matriz será llamado santo al Señor),
2:24 y para ofrecer conforme a lo que se dice en la ley del Señor: Un par de tórtolas, o dos palominos.

Jesús nació bajo la ley del Antiguo Testamento, y El la cumplió perfectamente. Esto empezó aun en su infancia. De acuerdo con la ley, cada bebé varón debía ser circuncidado al octavo día. Sabemos que esta ley encontró su fin en Jesús, y que la circuncisión física ya no es obligatoria. Lo que Dios busca en nosotros es la circuncisión del corazón.

Para Jesús le era necesario cumplir perfectamente la ley para rescatarnos de su poder condenador. Por eso, sus padres lo llevaron a circuncidar. Asimismo, llevaron al templo el sacrificio que la ley requería. Desde los días del éxodo, cada primer hijo le pertenecía al Señor. Sus padres debían redimirlo llevando un sacrificio al templo. Presentado el sacrificio, el niño se quedaba con sus padres.

Como Jesús fue hijo primogénito, sus padres cumplieron con este requisito llevándolo al templo para presentar el sacrificio correspondiente. En este evento hay un detalle muy importante, que fácilmente se puede perder. Según la ley del Antiguo Testamento, la vida del primogénito se tenía que redimir con un cordero y una paloma. Sólo si la familia no disponía de recursos suficientes se aceptaba la ofrenda de dos tórtolas.

Jesús no nació en una familia rica. Ni siquiera nació en una familia cómoda de clase media. Sus padres fueron tan pobres que ni siquiera tenían el dinero suficiente para comprar un cordero para presentar en el templo.

Jesús conoce de primera mano lo que es pasar necesidad. El sabe lo que es comer tortillas con sal porque no hay dinero para comprar frejoles. Sabe lo que es tener que vivir en un rincón porque no hay dinero para una casa. Sabe lo que es tener que sacrificar simplemente para sobrevivir.

Jesús no sólo vino para los ricos y conectados. El vino para ti, y El conoce lo que has vivido y lo que estás viviendo. El está contigo para llevarte hacia un futuro mejor. Es un Salvador para todos.

Leamos ahora los versos 25 al 34 para aprender de un encuentro que tuvo Jesús con alguien en el templo.:

2:25 Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él.
2:26 Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor.
2:27 Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley,
2:28 él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo:
2:29   Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz,  Conforme a tu palabra;
2:30   Porque han visto mis ojos tu salvación,
2:31   La cual has preparado en presencia de todos los pueblos;
2:32   Luz para revelación a los gentiles, Y gloria de tu pueblo Israel.
2:33 Y José y su madre estaban maravillados de todo lo que se decía de él.
2:34 Y los bendijo Simeón, y dijo a su madre María: He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha

Cuando nació Jesús, las autoridades religiosas eran generalmente corruptas. La gente que manejaba el templo lo hacía para sus propios intereses, no por amor a Dios. Como adulto, Jesús limpiaría el templo.

Sin embargo, en ese lugar de corrupción y religiosidad vacía había un hombre devoto que amaba a Dios y vivía lleno del Espíritu Santo. Aun en los lugares corruptos pueden existir personas que van en contra de la corriente y aman a Dios. Dios tiene sus formas de preservarlos.

Este hombre, Simeón, tuvo la dicha de ver lo que había esperado toda su vida. El toma en sus brazos a Jesús y dice: "Han visto mis ojos tu salvación". La salvación está en Jesús. Por eso, al haber visto a Jesús, Simeón podía decir que había visto la salvación. Aunque él no vivió para ver todo lo que Jesús haría, con el hecho de ver a Jesús podía decir que había visto la salvación.

Luego, Simeón nos dice que esa salvación ha venido para toda clase de personas, sin límites de nacionalidad o raza. Su declaración se encuentra en los versículos 31 y 32. Jesús es la gloria de Israel, porque El perteneció físicamente a ese pueblo. Sin embargo, El no vino sólo para Israel. Su salvación se preparó a la vista de todos los pueblos, para ser luz para todas las naciones.

En las tórtolas que ofrecieron José y María vimos que nuestra posición económica no nos puede alejar de Jesús. Aquí vemos que nuestra nacionalidad o raza no lo puede hacer tampoco. Para los judíos, esto representaba una gran sorpresa, puesto que la mayoría creía que la salvación de Dios era sólo para los judíos.

Hoy en día podemos creer que Dios sólo ama a los que son como nosotros. También podemos creer la mentira opuesta: que Dios no podría querer a los que son como nosotros. Pero a Dios no le interesa el color de tu piel, el idioma que hablas o tu país de origen. La luz de Cristo es una luz para todos.

Sin embargo, Simeón también nos señala el criterio único que determina si recibiremos esa salvación o no. Lo dice el verso 34. Aunque Jesús vino para todos, no todos lo aceptarían. Al contrario, algunos lo aceptarían, y se levantarían. Otros, en cambio, lo rechazarían y caerían.

Muchas veces, las cosas más fuertes son las que más polarizan a la gente. Un saber inofensivo y tenue como el de la vainilla generalmente tiene pocos fanáticos - y también pocos enemigos. Es difícil encontrar a alguien que diga: ¡Odió apasionadamente la vainilla!, como también no hay muchos que digan: ¡Me encanta la vainilla!

Pero cuando se trata de un sabor más pronunciado, como el chocolate o el jalapeño, es mucho más fácil encontrar sentimientos fuertes a favor, y en contra. Jesús es un ejemplo extremo de este principio. Cuando la gente realmente entiende quién es El, les exige una decisión. O tienes que entregarte completamente a El, o sigues tu vida como tú quieres. No puedes quedarte neutro.

Jesús vino para toda clase de personas, pero es necesario aceptarlo, abrazarlo, entregarse a El. Es un Salvador para todos, pero es necesario darse por completo a El. Esta es la condición determinante. Todos tenemos que abrirle el corazón y entregarle el control de nuestra vida.

Jesús tuvo un segundo encuentro en el templo. Leamos los versos 36 al 40 para conocer a esta persona:

2:36 Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había vivido con su marido siete años desde su virginidad,
2:37 y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones.
2:38 Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén.
2:39 Después de haber cumplido con todo lo prescrito en la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
2:40 Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él.

Se trataba de una mujer anciana, un señora que se había dedicado al servicio del Señor después de quedar viuda. Era una profetiza, llena del Espíritu del Señor. Ella también tuvo el privilegio de conocer al bebé Jesús y hablarles a otros de El.

Ella demuestra otra realidad, que Jesús vino para rescatar a hombres y a mujeres por igual. Es un Salvador para todos. El Espíritu Santo no se mueve solamente en los hombres, sino en las mujeres también. Dios no sólo usa a los hombres para llevar su mensaje, sino a las mujeres también.

Es más, esta mujer estaba al margen de la sociedad. Las viudas, por lo general, no tenían recursos. Su esperanza realmente estaba sólo en Dios. Pero El la usó. Hasta el día de hoy ha quedado registrado su nombre en las páginas de la Biblia. Para la gente era una mujer olvidada, pero para Dios era preciosa, y El la usó.

Puede ser que te identificas con Ana. Quizás sientas que no le puedes servir a Dios, porque no tienes nada que ofrecerle. El te puede usar a ti también. Aunque la gente te ignore o te olvide, Dios conoce tu nombre y tiene planes para ti.

Cristo es un Salvador para todos, y para ti. ¿Lo has aceptado? El te acepta - pobre o rico, hombre o mujer, mexicano o gringo - no importa para El. Lo único que importa es que tú lo aceptes a El. Si estás lejos de El, acércate hoy. Ven con fe. Reconócelo como tu Salvador. El realmente es un Salvador para todos.


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