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Domingo 18 de Diciembre del 2011

Cuéntales de Cristo
Pastor Tony Hancock

En cierta iglesia había un hombre que era algo excéntrico, pero que era celoso en compartir el evangelio. Tenía buenas intenciones, pero no siempre pensaba bien cómo compartir el evangelio. En cierta ocasión en la que trabajaba como peluquero, tenía a un cliente preparado para ser afeitado, con la cara llena de espuma.

En eso, el peluquero cristiano se le acercó con la navaja levantada y le preguntó, con el rostro serio: ¿Está usted listo para encontrarse con Dios? Frente a la aparente amenaza, ¡el cliente huyó con la cara llena de espuma! Ciertamente, hay formas equivocadas de compartir el evangelio.

Sin embargo, tenemos que respetar al peluquero por tratar, al menos, de compartir su fe. La mayoría de creyentes no lo hace, ni bien ni mal. Simplemente se quedan callados acerca de su fe. Algunos callan por temor al qué dirán, otros porque no saben qué decir, otros porque piensan que es tarea de los profesionales.

Hoy leeremos acerca de algunos de los primeros evangelistas de la historia. Fueron los primeros en contar la historia de Cristo. Leamos su historia en Lucas 2:8-18.

2:8 Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño.
2:9 Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor.
2:10 Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo:
2:11 que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor.
2:12 Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre.
2:13 Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían:
2:14 ¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!
2:15 Sucedió que cuando los ángeles su fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado.
2:16 Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.
2:17 Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño.
2:18 Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían.

Para los pastores, fue una noche como muchas más. Sentados alrededor de la fogata, contaban historias de los tiempos de antes. De vez en cuando, alguno levantaba la cabeza para asegurarse de que los lobos no anduvieran merodeando, y que nada más amenazara el bienestar de las ovejas.

La única luz venía de la fogata y las estrellas, y los únicos sonidos eran las voces bajas en conversación y los balidos esporádicos de las ovejas. De repente, ¡todo cambió! La noche resplandeció como si fuera de día, y una voz como de trompeta rompió el silencio.

Su primera respuesta fue de temor, pero el ángel les dijo: "No tengan miedo". Les aseguró que el motivo de su visita no era malo, sino bueno; les traía muy buenas noticias, noticias del nacimiento de un Salvador. Los mandó a que lo buscaran, acostado en un pesebre.

De repente, al ángel lo acompañaron los coros de ángeles del cielo. Estos ángeles acostumbraban cantar las alabanzas de Dios delante de su trono esplendoroso en el cielo, en gloria inimaginable. Ahora estos mismos ángeles les daban serenata a unos sencillos e incultos pastores de ovejas.

Terminado el concierto de alabanza, los ángeles regresaron al cielo. Todo volvió a la normalidad; la misma oscuridad, la misma fogata, las mismas ovejas. ¿Habrá sido un sueño? ¡Sólo había una manera de saberlo! Los pastores se fueron a prisa a Belén, para buscar la señal que se les había dado.

Encontraron al niño, así como se les había dicho, y al verlo, sabían que era verdad. No pudieron contener su alegría; empezaron a contarles a todos lo que había sucedido. No sólo a María y a José, sino a todas las personas que hallaban en el camino les decían lo que les había pasado y lo que habían visto.

Parece ser algo sorprendente que Dios escogiera a unos pastores para darles la noticia del nacimiento de su Hijo. Eran personas sencillas, sin posición social ni influencia política, de situación humilde. Mil años antes, Dios había escogido a otro pastor de ovejas - un joven llamado David - para ser rey sobre todo el pueblo de Israel.

Ahora, Dios envía sus ángeles a darles la noticia a otro grupo de pastores acerca del descendiente de David que había nacido también para reinar y salvar, no sólo a Israel, sino a las personas de cualquier nación que lo reconocieran como su Rey. Les dice que, en el pueblo pequeño de Belén, de donde había sido David, había nacido este Salvador.

A ti y a mí nos puede y debe pasar lo mismo que les sucedió a los pastores. Tú dirás: "¡A mí nunca me ha aparecido de noche siquiera un ángel, mucho menos todo un coro de ángeles!" Claro que no. Pero observemos más de cerca lo que les sucedió a los pastores.

En primer lugar, ellos oyeron la noticia de Cristo. En su caso, Dios envió a los ángeles para darles el mensaje de forma personal. En nuestro caso, podríamos haberlo oído de labios de un amigo, de un pastor o evangelista, por medio de un tratado o de otra forma. Nosotros, como ellos, hemos oído la noticia acerca de Cristo.

En segundo lugar, ellos respondieron al mensaje que oyeron. Conocieron a Cristo. Lo fueron a ver. Tuvieron un encuentro personal con El. No se quedaron con la información que les habían dado los ángeles; fueron a buscar al bebé. Tú y yo, si somos creyentes, también hemos tenido un encuentro con Jesucristo. Alguien nos habló de El, y decidimos ver si era cierto. Tomamos la decisión de pedirle que entre en nuestra vida. Lo buscamos.

Puede ser que, en tu vida, el proceso se haya interrumpido en este punto preciso. Puede ser que alguien te haya hablado de Jesucristo, pero que nunca hayas averiguado por ti mismo para ver si lo que te dijeron era cierto. Nunca lo has buscado para tener un encuentro con El, en oración y en su Palabra.

Déjame decirte que no basta con saber acerca de Jesús. Tienes que buscarlo. Tienes que hacer lo que hicieron los pastores y esforzarte por encontrarlo. La Biblia dice: Me buscarán y me hallarán, cuando me busquen de todo corazón. ¿Has buscado a Jesús? ¿Has respondido a su llamado?

Si puedes decir que sí, entonces debes seguir el tercer paso que dieron ellos. Les contaron a cuantos se encontraron lo que habían visto y oído acerca de Jesús. Tú y yo también hemos sido llamados a compartir con otros lo que hemos visto y oído acerca de Jesucristo. ¡Sólo eso! Compartir lo que hemos oído y experimentado acerca de El.

Pero tú dirás: "¡Yo no sé lo suficiente como para hablarle a otra persona! ¿Qué hago si me hacen una pregunta que no puedo contestar? Tengo que esperar hasta saber más para poder hablarles a otros". Déjame decirte que tú ya sabes lo suficiente para compartir a Cristo. Siempre es bueno aprender más y conocer más, pero sólo Dios tiene todas las respuestas. Tú y yo no tenemos que poseer todas las respuestas para poder compartir a Cristo con otros. Sólo tenemos que decirles lo que sabemos.

Lo que Dios usa es la sinceridad y el amor con el que compartimos. Estos pastores eran las personas menos preparadas que uno se podría imaginar. No se necesitaba educación para ser pastor de ovejas. No eran profesionales o licenciados. Sin embargo, dejaron a las personas boquiabiertas - no por su inteligencia o poder de persuasión, sino por lo que ellos habían visto. Su mensaje no se trató de ellos, sino de Jesús.

Se cuenta la historia de un joven creyente que se alistó en el ejército. La primera noche se encontró en el cuartel con otros quince jóvenes, que pasaban el tiempo jugando baraja y contando chistes colorados. Antes de acostarse, se arrodilló junto a su litera, como tenía de costumbre. Los demás soldados empezaron a burlarse de él, a tirarle sus botas y maldecirle.

Cada noche le sucedía lo mismo, hasta que por fin el joven decidió contarle al capellán lo que le sucedía. El capellán, después de oírlo, le dijo: "Bueno, joven, los demás reclutas tienen el mismo derecho que tú a estar en el cuartel. A ellos les molesta verte orar. Estoy seguro que el Señor te oirá perfectamente bien si haces tus oraciones acostado en la cama, en secreto, para no provocarles."

Durante varias semanas, el capellán no vio al joven, pero un día se volvieron a encontrar. Le preguntó: "¿Seguiste mi consejo?" El joven soldado le respondió: "Sí, lo hice durante dos o tres noches". El capellán le volvió a preguntar: "¿Qué tal te fue?" El joven le replicó: "Bueno, al esconderme, me sentía como un miserable perro pateado, y la tercera noche me bajé de la cama y me arrodillé a orar".

"¿Y?" - le dijo el capellán. El joven le respondió: "Ahora tenemos reunión de oración cada noche en el cuartel, y tres se han convertido, y estamos orando por los demás". ¡Gloria a Dios! Esto es lo que puede suceder cuando un creyente - sólo uno - está dispuesto a compartir a Cristo, a no callar.

Los pastores no callaron - y dejaron a muchos atónitos. ¿Y tú? ¿Callas tu fe? Quiero invitarte, durante este tiempo de compromiso, a dejar que el Señor te demuestre con quién te está llamando a compartir a Cristo esta semana. ¿A quién le debes hablar del Señor? Si tú lo has llegado a conocer, no te quedes con el conocimiento para ti solamente. Comparte a Cristo. Cuéntales de El.


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