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Domingo 27 de Noviembre del 2011

Más que tolerar
Pastor Tony Hancock

En las últimas décadas, frente a las grandes diferencias de costumbres y conceptos en la sociedad moderna, se ha puesto muy de moda hablar de la tolerancia. Se nos dice que debemos ser tolerantes con los que tienen ideas y estilos de vida diferentes de los nuestros.

Por supuesto, hay una diferencia entre tolerar y aceptar. Yo puedo tolerar que mi vecino tenga varias mujeres, por ejemplo, pero no lo acepto. Es decir, el simple hecho de tolerarlo no significa que me parezca aceptable. Muchas personas no distinguen entre las dos cosas.

Existe el peligro en la iglesia de que simplemente nos toleremos. Sobre todo cuando se trata de gente diferente de nosotros, con otras costumbres u otros modales, podemos conformarnos con la simple tolerancia. Nos vemos el domingo en la iglesia y les damos un saludo cordial, pero nada más.

En las últimas semanas hemos hablado de la importancia de tolerar a nuestros hermanos, aun cuando tengan ideas diferentes de las nuestras acerca de cosas relativamente insignificantes. La tolerancia tiene sus límites; no podemos dejar de llamar el pecado por su nombre, y tenemos que defender las doctrinas básicas de nuestra fe.

Aparte de estas cosas, tenemos que tolerar las pequeñas diferencias que siempre surgen. En la iglesia de Roma, se trataba de algunas costumbres judías que ciertos creyentes persistían en guardar. En nuestro día, se puede tratar de otras cuestiones como estilos de alabanza, traducciones de la Biblia y asuntos semejantes.

Al finalizar esta sección, sin embargo, descubrimos que Dios nos está llamando a algo más. El nos enseña que tenemos que hacer más que simplemente tolerar a nuestros hermanos. Leamos acerca de esto en Romanos 15:7-13:

15:7 Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios.
15:8 Pues os digo, que Cristo Jesús vino a ser siervo de la circuncisión para mostrar la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres,
15:9 y para que los gentiles glorifiquen a Dios por su misericordia, como está escrito:  Por tanto, yo te confesaré entre los gentiles, Y cantaré a tu nombre.
15:10 Y otra vez dice:  Alegraos, gentiles, con su pueblo.
15:11 Y otra vez:  Alabad al Señor todos los gentiles,  Y magnificadle todos los pueblos.
15:12 Y otra vez dice Isaías:  Estará la raíz de Isaí, Y el que se levantará a regir los gentiles; Los gentiles esperarán en él.
15:13 Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo.

La clave está en el verso 7: dice, "Acéptense mutuamente" (NVI). Otra traducción dice: "Recibíos unos a otros" (RV1960). La palabra "acéptense" o "recíbanse", en el idioma original, contiene el concepto de recibir a un visitante, de darle la bienvenida. Significa relacionarse socialmente y convivir con la persona.

¡Dios quiere que vayamos mucho más allá de la tolerancia con nuestros hermanos en Cristo! El nos está llamando a esforzarnos por mostrar el amor y la convivencia de una familia, aun con los que no se parecen a nuestra familia de sangre. Dios nos está llamando a un acercamiento radical.

Todo comienza en el corazón de Dios. Nuestro Dios es un Dios que recibe a los que no son como El. En Cristo, El nos ha invitado a entrar en su familia y convivir con El. Nos ha invitado a ser miembros de su familia. Cristo mismo vino para incluir a los judíos y los gentiles - dos pueblos que antes habían estado separados - en un solo cuerpo.

Dos mil años antes de la venida de Jesucristo, Dios les había hecho ciertas promesas a Abraham, a Isaac y a Jacob - los patriarcas de Israel. Les prometió cierta tierra, les prometió descendencia y les prometió que todas las naciones serían bendecidas por medio de su descendencia.

Dios no rompe sus promesas. Nosotros a veces fallamos a nuestras promesas por falta de carácter, pero Dios es totalmente fiel. También a veces fallamos a nuestras promesas porque se presentan circunstancias imprevistas que hacen imposible el cumplimiento de la promesa. Dios, en cambio, lo sabe todo. Para El, nada es imposible. ¡Nada puede estorbar a Dios en el cumplimiento de sus promesas!

Cristo vino para demostrar la fidelidad de Dios. El pueblo judío no podía alegar que Dios los había abandonado, porque Cristo vino para cumplir cabalmente todas las promesas hechas a los patriarcas. Pero la gran sorpresa fue ésta: El también vino para incluir a los gentiles en el pueblo de Dios, para que alabáramos a Dios por su compasión.

Nosotros, aparte de Cristo, no teníamos ninguna razón en absoluto para pensar que Dios podría mostrarse favorable hacia nosotros. Estábamos perdidos. El pueblo judío, al menos, podía citar las promesas y tener alguna esperanza de recibir algo de Dios. Por supuesto, esas promesas no operaban aparte de la fe; no eran una garantía automática para cualquier judío. Pero sí tenían una promesa de la que se podían agarrar. ¡Nosotros no teníamos nada!

Sin embargo, Cristo vino, en amor, en compasión, para abrirnos un camino a Dios y recibirnos como parte de su pueblo. Los que antes no éramos pueblo, ahora somos parte del pueblo de Dios. Los que antes no teníamos esperanza, ahora tenemos la seguridad del cielo. Como dicen los pasajes del Antiguo Testamento que Pablo cita, ahora podemos alabar a Dios. Podemos alegrarnos en El. El Mesías, Jesucristo, es también nuestro Rey.

Lo más increíble de todo esto es que Dios no simplemente nos tolera. El no nos dice: "Bueno, está bien. Te voy a guardar un rincón en el sótano del cielo, pero no molestes. ¡No hagas ruido! Basta con que te deje entrar. ¡No quiero que me andes molestando! "

Más bien, Cristo nos invita a una comunión íntima con El. Apocalipsis 3:20 dice así: "Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo." Esa es una invitación a tener una relación cercana, de amistad y confianza, con Jesucristo.

Cuando nos sentamos a comer con alguien, esto indica que queremos pasar tiempo con esa persona y platicar. Cuando alguien nos invita a su casa a comer, significa que quieren conocernos mejor y hacer amistad con nosotros. ¡Esto es lo que Cristo nos invita a hacer con El!

El apóstol Juan también exclama: "¡Fíjense qué gran amor nos ha dado el Padre, que se nos llame hijos de Dios! ¡Y lo somos! El mundo no nos conoce, precisamente porque no lo conoció a él." (1 Juan 3:1) Nos hemos acostumbrado a decir que somos hijos de Dios, y ya no nos sorprende. ¡Nos debe dejar atónitos! ¡El Dios del universo, el santísimo Señor de todo, ha decidido adoptarnos como sus hijos!

Hablando de Jesús, Juan dice así: "Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios." (Juan 1:12) Si tú le has invitado a Jesucristo a ser tu Señor y Salvador, has recibido el derecho de ser hijo de Dios. Eres parte de la familia más poderosa y grande de toda la humanidad - la familia de Dios.

Si Dios nos ha recibido así, sí El nos tomado a su pecho y nos ha abrazado con tanta ternura, ¿cómo debemos tratar a nuestros hermanos en Cristo? Pablo nos dice que el modelo, la medida, el ejemplo para nuestro trato con nuestros hermanos es la forma en que Jesucristo nos ha aceptado e incluido. Así lo dice el verso 7.

Por lo tanto, en el cuerpo de Cristo, no podemos conformarnos con relaciones superficiales de hola y chao. ¿Cuándo fue la última vez que invitaste a un hermano a tu casa a comer? ¿Cuándo fue la última vez que te esforzaste por conocer mejor a una miembro de la iglesia que normalmente no frecuentarías mucho?

Obviamente, no es posible pasar horas y horas con todos los miembros de la iglesia. No podemos tener amistades cercanas con todos los hermanos. Lo que Dios nos está llamando a hacer es abrir el corazón, a recibir a los que no son como nosotros y extenderles nuestra amistad sincera. Nos llama a tomar el primer paso para tener comunión.

Hace más de cincuenta años, un grupo de intrépidos misioneros intentó establecer el contacto con una tribu no alcanzada en el país de Ecuador. En un desenlace que hizo titulares alrededor del mundo, los cinco misioneros fueron asesinados por miembros de la tribu que no entendieron su misión. Como resultado, cientos y miles de jóvenes fueron inspirados para ir al campo misionero, tomando el lugar de los misioneros caídos.

Pero allí no termina la historia. La esposa y la hermana de dos de los misioneros masacrados lograron comunicarse con la tribu, y como resultado, muchos se convirtieron al cristianismo. El hijo de uno de los misioneros fue bautizado por miembros de la tribu. Posteriormente, hizo amistad con el hombre, ahora creyente, que había matado a su padre. El lo recibió como si fuera su padre, y los dos han viajado juntos para presentar el evangelio en diferentes lugares. Se consideran familiares.

¿Qué podría hacer que un hombre se reconciliara con el asesino de su propio padre? ¿Qué podría llevarlo, no sólo a perdonar, sino a aceptarlo y amarle como si fuera su padre? Solamente la cruz de Jesucristo lo puede lograr. Si Cristo nos ha incluido en su familia, no podemos hacer menos. ¿Qué te está llamando Dios a hacer para no sólo tolerar, sino recibir a tus hermanos en Cristo?


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