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Domingo 6 de Noviembre del 2011

¿Juzgar o amar?
Pastor Tony Hancock

Años atrás, un pastor viajaba por transatlántico. Al abordar la nave, descubrió que otro pasajero compartiría su cabina por razones de espacio. Luego de revisar las instalaciones y conocer al otro pasajero, se dirigió a la oficina del sobrecargo y le preguntó si podría dejar su reloj de oro y otras posesiones de valor en la caja fuerte del barco.

Le explicó al sobrecargo que, al conocer a su compañero de cuarto, le pareció que quizás no era una persona de mucho fiar. El sobrecargo aceptó sus pertenencias y le comentó: "No se preocupe, pastor. Con mucho gusto se los cuidaré. Fíjese que su compañero de cuarto me acaba de entregar algunas cosas para cuidar también, y ¡lo hizo por la misma razón que usted!"

Nos podemos meter en situaciones algo ridículas cuando juzgamos a otras personas, ¿no es verdad? Por supuesto, hay ocasiones en las que tenemos que determinar si vamos a confiar en alguien o no. Sin embargo, muchas veces juzgamos sin necesidad. Cuando esa actitud de superioridad y crítica se expresa en la Iglesia, causa mucho daño.

La semana pasada descubrimos una clave para evitar ese daño: recordar que Dios es el que juzgará. Por lo tanto, no nos toca a nosotros juzgar a otros en ciertas cuestiones. Esto no significa, por supuesto, que la Iglesia no deba confrontar a un miembro que esté viviendo en pecado. Tampoco significa que no debamos de rechazar a los que enseñan falsa doctrina.

Lo que significa es que, en todo, tiene que reinar el amor, y que tenemos que actuar con mucha sabiduría. De hecho, la unión del cuerpo de Cristo es tan importante que habrá ocasiones en las que Dios nos llamará a limitar la libertad que tenemos en Cristo para guardar el amor.

Leamos más de esto en Romanos 14:13-23:

14:13 Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sino más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano.
14:14 Yo sé, y confío en el Señor Jesús, que nada es inmundo en sí mismo; mas para el que piensa que algo es inmundo, para él lo es.
14:15 Pero si por causa de la comida tu hermano es contristado, ya no andas conforme al amor. No hagas que por la comida tuya se pierda aquel por quien Cristo murió.
14:16 No sea, pues, vituperado vuestro bien;
14:17 porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.
14:18 Porque el que en esto sirve a Cristo, agrada a Dios, y es aprobado por los hombres.
14:19 Así que, sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación.
14:20 No destruyas la obra de Dios por causa de la comida. Todas las cosas a la verdad son limpias; pero es malo que el hombre haga tropezar a otros con lo que come.
14:21 Bueno es no comer carne, ni beber vino, ni nada en que tu hermano tropiece, o se ofenda, o se debilite.
14:22 ¿Tienes tú fe? Tenla para contigo delante de Dios. Bienaventurado el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba.
14:23 Pero el que duda sobre lo que come, es condenado, porque no lo hace con fe; y todo lo que no proviene de fe, es pecado.

El tema se encuentra en el primer versículo: en lugar de juzgarnos unos a otros, hagamos que nuestra meta sea no estorbar a nuestro hermano en su caminar con el Señor. En lugar de criticarlo porque no entiende, decidamos más bien no ponerle ningún tropiezo para que se siga acercando a Dios.

Observemos más de cerca cómo podemos guardar el amor. La primera cosa que Dios nos llama a hacer es ésta: No dejes que lo bueno se convierta en piedra de tropiezo. La idea que ya hemos visto al final del verso 13 se repite, como un paréntesis, en el verso 21. Aunque tengas libertad en Cristo para hacerlo, más vale no hacer algo que puede ofender o hacer caer a tu hermano.

Para las personas que inicialmente leyeron esta carta, los asuntos candentes eran los de la comida, y la observancia del sábado y otros días religiosos. Algunos miembros de la congregación, aunque habían reconocido a Jesucristo como Señor y Salvador, no podían dejar de hacer estas cosas, en buena conciencia. Eran costumbres muy arraigadas, y aunque con la mente comprendían que Jesucristo lo es todo, todavía su corazón no les permitía dejarlos.

Frente a esto, las personas fuertes en la fe - es decir, los que habían llegado a comprender que las reglas sobre la comida y el sábado ya no se aplican bajo el Nuevo Pacto de Jesucristo - solían menospreciar a sus hermanos débiles. Quizás los invitaban a la casa y les servían carne sabiendo que les sería difícil comerla, pues podría haber sido sacrificada a un ídolo.

Si la persona débil veía constantemente que se hacía lo que su conciencia no aprobaba, podría hacer una de dos cosas. Podría abandonar la fe antes de hacer un compromiso firme con Jesucristo, ya que se sentía constantemente incómodo. También podría violar su propia conciencia haciendo lo que no le parecía bien, cayendo en pecado y perjudicando su bienestar espiritual. De cualquier manera, la libertad del hermano fuerte podría perjudicar el bienestar del hermano débil.

Nuestra libertad en Cristo es algo bueno. ¡Es una gran bendición poder comer puerco y camarones y muchas otras cosas que la ley del Antiguo Testamento prohibía! Pero cuando esa libertad buena se convierte en piedra de tropiezo para otra persona, el amor nos llama a limitar nuestra libertad.

Como dice el verso 22, la convicción que tengamos sobre asuntos de menor importancia se debe mantener entre Dios y nosotros. Cuando tu hermano tiene escrúpulos que tú no compartes, el amor te llama a actuar con amor y no ofenderle.

La segunda forma en que Dios nos llama a guardar el amor es ésta: Recuerda de lo que realmente se trata el reino de Dios. Observa el verso 14. Pablo no está diciendo que el pecado sólo existe en nuestra mente, sino que habla de la pureza ritual. Bajo la ley judía, ciertos alimentos eran impuros. No se podían consumir por motivos ceremoniales.

Ahora, en Cristo, no existe ninguna comida que sea impura en sí misma. Al contrario: como dice el verso 17, el reino de Dios no se trata de comida o bebida, sino de justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. En otras palabras, vivir en el reino de Dios no es cuestión de cumplir con ciertas costumbres externas - de evitar ciertas comidas, de cortarte el cabello de cierta forma, de usar cierta ropa.

Todas estas cosas son externas, pero el reino de Dios es cuestión del corazón. El reino de Dios se establece en la justicia de un corazón recto hacia Dios, en la paz de Dios que se comparte con los demás y en el gozo verdadero, que no depende de las circunstancias. Hermanos, ¡no confundamos los marcadores externos con la realidad espiritual del reino de Dios!

Hoy en día, muchas veces substituimos otras cosas por las que realmente importan en el reino. Siempre queremos convertir lo espiritual en algo más manejable. En lugar de conocer a Cristo y recibir de su Espíritu la justicia, la paz y el gozo, preferimos una definición del cristianismo que sea exterior. Decimos: Yo soy cristiano porque no tomo, no fumo y voy a la iglesia. Todas esas cosas son buenas e importantes, pero ¡ser cristiano no consiste en esas cosas! ¡Es mucho más!

Dios nos está llamando a recordar de qué se trata su reino. No nos fijemos en cosas externas; cultivemos más bien los valores verdaderos del reino. Si lo hacemos, servimos a Cristo y somos agradables a Dios. Además de esto, recibiremos la aprobación de los demás.

La tercera cosa que Dios nos llama a hacer para proteger el amor es ésta: Ocúpate de edificar el cuerpo y no destruirlo. Observa el final del verso 15. El verso 20 repite la misma idea. No destruyamos lo que Dios está edificando por cuestiones insignificantes. No destruyas la obra de Dios por un estilo de alabanza. No destruyas la obra de Dios por costumbres. No destruyas la obra de Dios por cuestiones insignificantes.

Es necesario proteger la paz del pueblo de Dios. ¿Cómo sería tratar de construir un edificio en medio de una zona de guerra? ¿Cómo sería tratar de levantar los muros bajo un bombardeo? ¿Se podría instalar el techo bajo una lluvia de balas? ¡Claro que no! Es por esto que nos dice el verso 19 que busquemos lo que conduce a la paz y la mutua edificación. Esas dos cosas van juntas.

Hay ocasiones en las que la paz de la Iglesia tiene que ser quebrantada. A veces se tiene que lidiar con cuestiones de inmoralidad o de falsa doctrina. Sin embargo, muchísimas veces se rompe la paz de la Iglesia por cosas que no tienen importancia - por asuntos de personalidad, de costumbres, de normas que no son bíblicas.

Cuando esto sucede, estorba el crecimiento y la prosperidad de la Iglesia. Hermano, Dios te está llamando a examinar tu propio corazón para ver si hay alguna actitud o acción que pueda estorbar la paz y el bienestar de su Iglesia. Leamos nuevamente el final del verso 15.

A Cristo le costó la vida rescatar a tu hermano y comprar a la Iglesia. ¡No destruyas lo que a Cristo tanto le costó por cuestiones insignificantes! ¡No juzgues a tu hermano por alguna costumbre! ¡No menosprecies a tu hermano porque es más conservador que tú!

¿Estás dispuesto hoy a comprometerte en mantener la unión? ¿Estás dispuesto a escoger entre juzgar y amar? ¿Estás dispuesto a no fijarte tanto en costumbres, y más bien amar a tu hermano, como Cristo lo amó?


Visita la página web del Pastor Tony Hancock: www.pastortony.net.

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