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Domingo 2 de Octubre del 2011

Cómo amar de veras
Pastor Tony Hancock

Un niña de cuatro años abrazaba a dos muñecas, una bajo cada brazo. Mirando a su mamá, le dijo con tristeza: "A mis muñecas les doy mucho amor, pero ¡nunca me lo devuelven!" ¡Pobre niña! ¿Cuándo le podrían devolver el amor las muñecas?

Me pregunto cuántas veces dirá Dios la misma cosa que dijo la niña: "A mis hijos les doy mucho amor, pero nunca me lo devuelven". Claro, no es que Dios necesite nuestro amor; pero qué injusto sería de nuestra parte vivir ignorando su amor, sin agradecérselo ni dejar que su amor nos transforme.

Todos hemos vivido pensando sólo en nosotros mismos. Todos hemos vivido como si el universo girara en torno a nuestra pequeña vida. Todos hemos ignorado el amor de Dios. Pero Jesús vino a demostrarnos una forma diferente de vivir.

De hecho, Romanos 5:8 dice así: "Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros". En Jesucristo, se demuestra un amor totalmente diferente al amor que nosotros demostramos. El amor de Dios es un amor de otra clase; es un amor que ocupa un nivel diferente.

Podemos experimentar ese amor. Espero que tú lo hayas conocido. Romanos 5:5 dice que "Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado". El Espíritu Santo trae a nuestra vida una experiencia del amor de Dios, sobre todo cuando comprendemos lo que Cristo hizo en la cruz por nosotros.

Ese amor que conocemos en Jesucristo trae la responsabilidad de amar a otros también. Jesús nos enseñó que el primer mandamiento es amar al Señor nuestro Dios, y el segundo es amar a nuestro prójimo. No se pueden separar las dos cosas; si hemos llegado a conocer el amor de Dios, tenemos que aprender a amar a los demás. Sin embargo, es muy fácil que ese deber se convierta en algo fingido, que demos solamente una apariencia de amor hacia los demás.

¿Cómo podemos amar de veras? El pasaje que leeremos hoy nos da algunas pistas. En la vida, somos llamados a compartir el amor de Dios con dos grupos diferentes de personas: con la gente del mundo, y con nuestros hermanos en Cristo. Este pasaje nos enseña como amar a los dos grupos; se enfoca primero en el amor dentro de la familia de Dios, luego a los de afuera, luego de regreso a la Iglesia y después otra vez hacia fuera - de la misma manera en que, en la vida, nos movemos entre los dos grupos.

Abramos la Biblia en Romanos 12:9-21:

12:9 El amor sea sin fingimiento. Aborreced lo malo, seguid lo bueno.
12:10 Amaos los unos a los otros con amor fraternal; en cuanto a honra, prefiriéndoos los unos a los otros.
12:11 En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor;
12:12 gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración;
12:13 compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad.
12:14 Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis.
12:15 Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran.
12:16 Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión.
12:17 No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres.
12:18 Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.
12:19 No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.
12:20 Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza.
12:21 No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.

El tema del pasaje se encuentra en la primera frase. Vamos a recoger de este pasaje tres enseñanzas que nos dirán cómo amar de veras. La primera es ésta: El amor envuelve esfuerzo. Sea que se trate del amor de pareja o el amor entre hermanos en Cristo, el amor es algo que envuelve un esfuerzo.

Observa, por ejemplo, lo que dice el verso 11. Si vamos a amar a otros y así servir al Señor, tenemos que ser diligentes. Tenemos que esforzarnos. Aquí precisamente es donde mucha gente se confunde. Si alguien no les cae bien, toman sus sentimientos como pretexto para no mostrarles amor.

Dicen algo así: "Yo no soy hipócrita. No le voy a hablar bien si no me cae bien". Pero la hipocresía tiene que ver con la intención, no los sentimientos. Ser hipócrita es sonreírle a la cara a alguien mientras hablas mal de él detrás de sus espaldas. Es ser amable cuando tienes la intención de hacerle daño a la persona.

Pero el simple hecho de que no sientas amor o ternura, o siquiera amistad, hacia la persona no significa que no debes de mostrarle amor. ¡Al contrario! Si sólo tuviéramos la responsabilidad de amar a las personas cuando sintiéramos ganas de hacerlo, entonces Dios no nos diría aquí que debemos de servir con el fervor que da el Espíritu. El amor implica un esfuerzo.

Déjenme ponerles un ejemplo. Si me sirven un tamal, y me invitan a comerlo, no les voy a responder diciendo: "Voy a hacer un esfuerzo muy grande". Para comerme un tamal, no tengo que hacer ningún esfuerzo, porque ¡me gustan los tamales! En cambio, a veces sí requiere de un esfuerzo amar. Sin embargo, el Espíritu Santo está presente para darnos fuerzas, si estamos dispuestos a buscar de El.

Por lo general, sucede algo muy interesante cuando hacemos el esfuerzo de mostrar amor hacia las personas que no nos caen muy bien. ¡Nuestros sentimientos hacia ellos empiezan a cambiar también! Pero todo tiene que empezar con un esfuerzo, con una intención. El amor envuelve esfuerzo.

La segunda cosa que nos enseña este pasaje acerca del amor es que el amor se pone en el lugar del otro. Esto es, en realidad, la esencia del amor. El amor se ve cuando sólo queda una soda, y el esposo se lo da a su esposa - porque la ama. El amor se ve cuando tenemos la sensibilidad para notar que otra persona está triste, en lugar de sólo estar conscientes de nuestros propios sentimientos.

Observen las formas en que Pablo nos llama a poner a otros primero. En el verso 10 nos llama a respetarnos y honrarnos mutuamente. No a obligar a los demás a respetarnos, sino a mostrar respeto y honra a todos. El verso 16 completa esta idea: "no se crean los únicos que saben".

El verso 13 nos dice que ayudemos a los hermanos necesitados. En lugar de enfocarnos en nuestra propia necesidad, busquemos a la persona que Dios nos está llamando a ayudar. El verso 15 nos llama a aprender a tener empatía con los demás: a celebrar con ellos sus logros, y llorar con ellos en sus tristezas y derrotas.

¿Te das cuenta cómo todo esto se resume con ponerse en el lugar del otro? Jesús lo dijo así: "Traten a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes" (Lucas 6:31). Aprende a ponerte en el lugar de la otra persona, a sentir lo que está sintiendo, a ver sus necesidades. Esto es amar.

Fíjate que esto es precisamente lo que Dios ha hecho con nosotros. El se identificó tanto con nosotros que El mismo se hizo uno de nosotros. Dios se hizo hombre. Podría haber mandado un ángel para traernos unos regalos, y sería bastante generosidad. Pero El hizo mucho más de eso; vino a vivir en nuestra carne, a sentir lo que sentimos, a conocer nuestra vida desde adentro.

Si Dios así nos ha amado, nosotros también podemos aprender a hacerlo. El amor se pone en el lugar del otro. Ahora bien, hasta aquí hemos hablado del amor entre hermanos en Cristo, en la familia cristiana, en la Iglesia. ¿Cómo podemos amar de veras a los de afuera? La respuesta es la tercera cosa que vamos a recoger de este pasaje: el amor devuelve bien por mal.

Observa lo que dice el verso 14. ¿Te han perseguido por ser creyente en Jesucristo? ¿Se han burlado de ti? ¿Se han reído de tu fe? Cuando Jesucristo estuvo ante sus acusadores, El se mantuvo callado. No les devolvió las ofensas que ellos le aventaban. El nos llama a hacer lo mismo; a responder a las ofensas con bendición.

El verso 17 nos dice lo mismo. Aunque nos hagan mal, no podemos pagarles con la misma moneda; conocemos a Cristo, y El nos ha llamado a ser diferentes. ¿Será entonces que, si hacemos esto, estaremos en paz con todos? No necesariamente. Mira el verso 18: debemos vivir en paz, hasta donde dependa de nosotros. Algunas personas simplemente no querrán vivir en paz con nosotros. Pero debemos de procurar la paz con todos, hasta donde podamos.

Pero ¿qué hacemos con todo el daño que nos hacen? ¿Qué hacemos con esos sentimientos de impotencia, de frustración, de coraje? Tenemos dónde dejarlos - en las manos de Dios. Así los dicen los versos 19 y 20. Dios dice: "Mía es la venganza", y podemos estar seguros de que El se encargará de hacer justicia. El hecho de que nosotros no tomemos venganza no significa que la gente que nos maltrata se vaya a salir con la suya. Podemos confiar en que Dios hará justicia.

Si recordamos eso, podemos vivir el verso 21. En lugar de dejarnos vencer por el mal, podemos vencer el mal con el bien. Ahora te pregunto: ¿Estás amando de veras? El amor que debe prender fuego a tu corazón no es el amor de los demás. Si tú sólo amas a tus hermanos en la medida que ellos te aman, nunca vas a superarte.

Más bien, la chispa de amor que tiene que encender un fuego en nuestro corazón es el amor de Dios. Es sólo si has conocido a Cristo que podrás amar así. Es sólo si su amor está en tu corazón que podrás sorprender a los demás con tu amor. Quizás en esta mañana Dios te esté hablando de algo que tengas que cambiar. Quizás tengas que reconciliarte con alguien. Quizás tengas que hacer algo. Te invito, ante Dios, a decidir ahora mismo que lo vas a hacer.


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