Firmes y Adelante

Enlaces El Sermón Dominical

Esta semana

Todos los Sermones

Contactar al autor

¡Suscríbete!

Domingo 31 de Julio del 2011

No mereces la salvación
Pastor Tony Hancock

En mis andares por esta linda parte del mundo donde el Señor me permite vivir, hay un camino que a veces tomo. El paisaje es bello; los árboles, los campos sembrados y los arroyos son pacíficos. Sin embargo, en cierto punto de la carretera hay una curva muy pronunciada. Para colmo, no tiene ningún señalamiento para anunciar su presencia.

En varias ocasiones me he encontrado en esta carretera, manejando despreocupadamente, cuando de repente me doy cuenta que estoy entrando a la curva. ¡Siempre me toma por sorpresa! Varias veces he tenido que frenar con fuerza en la entrada a la curva. Todos sabemos, por supuesto, que no es bueno frenar con fuerza cuando uno ya está dentro de la curva.

Así como la curva de esa carretera me suele tomar por sorpresa, la Biblia también contiene algunas curvas sorprendentes. Hoy vamos a entrar a una de esas curvas. Hemos caminado por pasajes lindos en nuestro recorrer del libro de Romanos. Dios nos ha dicho que nada nos puede separar del amor de Cristo. Nos ha asegurado que El está obrando en cada circunstancia de la vida de sus hijos.

¡Qué maravillosa seguridad nos dan estos pasajes! ¡Qué lindo es conocer su verdad! A comparación con lo que hemos estado viendo, lo que hoy nos toca parece ser una curva muy sorprendente. Sin embargo, también es parte de la Palabra de Dios. También contiene un mensaje importante para nosotros. Por lo tanto, quiero invitarte a pedir conmigo que Dios nos guíe a comprender su mensaje para nosotros.

Empecemos nuestro recorrido en Romanos 9, versos 1 al 5:

9:1 Verdad digo en Cristo, no miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo,
9:2 que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón.
9:3 Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne; 
9:4 que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas;
9:5 de quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén.

Aquí se presenta el problema. El problema es éste: cuando Jesús llegó como el Mesías, el Salvador prometido por Dios a su pueblo, la gran mayoría del pueblo de Dios - el pueblo judío - no lo reconoció. Rechazaron a Cristo y a los apóstoles que El envió, siguiendo sus propias tradiciones.

Moisés, el siervo de Dios, le había dicho al pueblo: "Eres pueblo consagrado al Señor tu Dios. El te eligió de entre todos los pueblos de la tierra, para que fueras su posesión exclusiva." (Deuteronomio 14:2)

Dios le había dado al pueblo judío toda una serie de bendiciones para comprobar su situación especial: puso su gloria en el templo que ellos le construyeron, hizo una serie de acuerdos o pactos con ellos, les dio su ley como guía para la vida y muchas otras cosas. El privilegio más grande que les dio es que, cuando Dios mismo se hizo hombre para venir a salvarnos, El vino como judío.

¿Cómo, entonces, entender lo que ha sucedido? ¿Cómo puede ser que ahora la mayor parte de los que habían sido parte del pueblo de Dios queden excluidos de su Iglesia? Antes de ver la respuesta que Pablo da, tenemos que observar su actitud. El sentía un gran pesar por sus hermanos en la sangre, sus compatriotas judíos que habían rechazado a Cristo. Llega a decir que, si fuera posible, El hasta podría desear ser condenado, si ellos así pudieran ser salvos.

Te pregunto: ¿sientes el mismo pesar por las personas que tú conoces que no tienen a Cristo? ¿Te parte el corazón pensar que quizás no alcancen la salvación? Si de veras amamos a nuestros familiares, a nuestros amigos y a nuestros compañeros de trabajo que no conocen a Cristo, clamaremos por ellos a Dios y buscaremos cualquier oportunidad para compartir con ellos.

Frente a la falta de la mayoría de sus compatriotas judíos de alcanzar la salvación que Dios mismo había traído al mundo por medio de su nación, Pablo enfrente la acusación: ¿ha fallado la Palabra de Dios? ¿Será que sus promesas no se han cumplido? Veamos cómo responde, en los versos 6-13:

9:6 No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas,
9:7 ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia.
9:8 Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes.
9:9 Porque la palabra de la promesa es esta: Por este tiempo vendré, y Sara tendrá un hijo.
9:10 Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac nuestro padre
9:11 (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama),
9:12 se le dijo: El mayor servirá al menor.
9:13 Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.

El punto de partida es una verdad básica para nosotros. La Palabra de Dios no falla. Lo que Dios dice, El lo cumple. Sin embargo, no todos fueron elegidos. El hecho de pertenecer al pueblo físico de Israel no necesariamente garantizaba la entrada al Israel espiritual de Dios. De la misma forma, pertenecer a la Iglesia visible no significa necesariamente pertenecer a la Iglesia espiritual de Dios.

Dios empezó su programa de restauración con las promesas que El hizo a Abraham. Fue a él que Dios le prometió que, por medio de su descendencia, todas las naciones de la tierra serían bendecidas. Abraham tuvo dos hijos, Isaac e Ismael. Sin embargo, sólo uno de ellos heredó la promesa - el hijo de la promesa, Isaac.

Ismael representa el intento humano por hacer las cosas a su manera. No fue hijo de Abraham con Sara, sino con su sirvienta Agar. Aunque Abraham había recibido la promesa, su hijo no la heredó de forma automática. El propósito de Dios es primero; Dios había prometido un hijo, y sólo el hijo de esa promesa - Isaac - heredó la promesa.

Isaac también tuvo dos hijos. ¡Eran mellizos! Sin embargo, sólo uno de ellos fue escogido por Dios para ser padre o patriarca de su pueblo. Para colmo, ¡fue el menor! ¿Será entonces que Dios vio algo bueno en el hijo menor Jacob, mejores actitudes o mejores acciones, y por eso decidió escogerlo a él en lugar de a su hermano? ¿Prefirió Dios a Jacob por algo especial que vio en él?

Observa lo que dicen los versos 11 y 12. Dios escogió a Jacob antes de nacer. Le dijo a su madre que el mayor serviría al menor antes de que siquiera hubieran hecho cosa alguna. El verso 13 es una expresión hebrea que indica que Dios prefirió a Jacob sobre Esaú; no lo odió de manera literal.

¿A qué conclusión nos lleva todo esto? A la conclusión de que Dios toma la iniciativa en el plan de salvación. Fue su idea. El lo lleva a cabo según sus propósitos. El es soberano. La salvación es su proyecto, no de nosotros.

No nos gusta esta idea, porque queremos estar en control. Nos gusta más la idea de que nos podemos ganar la salvación, o que todos somos tan buenos que Dios nos salvará. Sin embargo, la Biblia no tolera nuestro orgullo. Más bien, nos llama a aceptar las condiciones que Dios pone y someternos a su voluntad.

Pero alguien podría objetar: Si es así, Dios es injusto. Leamos los versos 14 al 18:

9:14 ¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera.
9:15 Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.
9:16 Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.
9:17 Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra.
9:18 De manera que de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece.

Desde hace mucho, Dios le anunció a Moisés que su misericordia es decisión de El. No se la debe a nadie. Durante el éxodo, la Biblia registra que Dios endureció el corazón del faraón para mostrar su gloria mediante las grandes maravillas que hizo para sacar a su pueblo de Egipto.

Pero ¡espera! ¿Significa esto que tú y yo no tenemos libre albedrío? ¿Significa que no somos responsables de lo que nos sucede, sino que somos como títeres en las manos de Dios? ¿Significa que no tenemos nada que ver con nuestro destino? No, no significa eso. Si volvemos a las historias de Esaú y del faraón, descubrimos que ellos mismos fueron responsables de sus destinos.

Esaú le vendió sus derechos como primer hijo a su hermano Jacob a cambio de un plato de lentejas. La Biblia registra que, antes de que Dios le endureciera el corazón al faraón, el faraón había endurecido su propio corazón. La soberanía de Dios no cancela nuestra responsabilidad de decidir.

Lo que significa es que Dios es el que toma la iniciativa. El está en control del proceso de salvación, y es libre de ofrecer perdón a quien El quiera. Un escritor famoso de otra era que había vivido una vida de maldad y pecado dijo en su lecho de muerte: "Dios me perdonará. ¡Es su oficio!"

Este hombre estaba muy equivocado. Dios es libre de ofrecer el perdón a quien El quiera. La Biblia nos enseña que El ahora ofrece la salvación a todos, pero lo hace bajo cierta condición: que nos arrepintamos y confiemos en Jesucristo. Tenemos que aceptar la salvación bajo las condiciones que Dios pone, porque El no se encuentra obligado a perdonar a nadie. El perdón es suyo para ofrecer.

Pero entonces, ¿será Dios injusto? ¡Si El creó gente sabiendo que algunos se perderían! Leamos ahora los versos 19-29:

9:19 Pero me dirás: ¿Por qué, pues, inculpa? porque ¿quién ha resistido a su voluntad?
9:20 Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así?
9:21 ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?
9:22 ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción,
9:23 y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria,
9:24 a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los gentiles?
9:25 Como también en Oseas dice:  Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo,  Y a la no amada, amada.
9:26 Y en el lugar donde se les dijo: Vosotros no sois pueblo mío,  Allí serán llamados hijos del Dios viviente.
9:27 También Isaías clama tocante a Israel: Si fuere el número de los hijos de Israel como la arena del mar, tan sólo el remanente será salvo;
9:28 porque el Señor ejecutará su sentencia sobre la tierra en justicia y con prontitud.
9:29 Y como antes dijo Isaías:  Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado descendencia, Como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra seríamos semejantes.

A primera vista, estos versículos parecen decir algo alarmante. Parecen decir que Dios ha creado gente sólo para destruirlos.

Pero mira: el apóstol lo propone como una posibilidad, no un hecho. El dice esto: Dios es el Creador. Si hubiera creado algo sólo para destruirlo, ¿quiénes somos nosotros para contradecirlo? ¿Quiénes somos nosotros para juzgarlo? ¿Quiénes somos nosotros para decirle qué hacer?

Pablo ataca la actitud soberbia de quienes se atreven a juzgar lo que Dios ha hecho y acusarle de injusticia. A la gente que dice: Dios tiene que salvar a todos, la respuesta es ésta: ¡Dios no tiene que salvar a nadie! Al contrario, lo sorprendente no es que haya muchos que se pierden, sino que Dios haya decidido salvar a muchos.

Pablo cita tres pasajes del Antiguo Testamento para apoyar su punto. El primero demuestra que a Dios le encanta incluir a los excluidos. El está en control del programa de salvación, no nosotros. El segundo demuestra que del mismo pueblo escogido de Israel, debido a su rebelión, sólo unos pocos fueron salvos. La tercera completa la idea: es sólo por la misericordia del Señor que podemos ser salvos. Si no fuera por su iniciativa misericordiosa, todos seríamos destruidos como Sodoma.

¿A conclusión llegamos? A ésta: la salvación es la iniciativa de Dios. Nosotros no la merecemos. No hemos hecho nada para ganarla. Dios no nos ha escogido porque haya visto algo bueno en nosotros. El ha decidido salvar simplemente por el libre ejercicio de su gracia.

Por lo tanto, tenemos que aceptar la salvación con un corazón humilde, bajo las condiciones que Dios nos pone. No podemos presumir de la salvación. No la podemos tomar como algo merecido. Dios no nos debe la salvación. Nos la ofrece bondadosamente. ¿La hemos recibido con actitud de humildad?


Visita la página web del Pastor Tony Hancock: www.pastortony.net.

Puedes enviar al Pastor tus preguntas acerca de la Biblia, la Iglesia, la vida cristiana o cualquier otro tema, por email a pastortony@iglesiatriunfante.com, o por medio de la sección Preguntas al Pastor en pastortony.net. Envía tus preguntas incluyendo tus iniciales y tu país de residencia, y serán respondidas en dicha página.

Ver todos los mensajes publicados


¡Suscríbete a la lista Sermones y recibe todos los Domingos estos sermones en tu casilla de correo! Clickea AQUI para llenar el formulario de suscripción.


El Sermón Dominical

Foros Ekklesia Viva - www.foroekklesia.com
Portal Iglesia Triunfante - www.iglesiatriunfante.com
¡Ayúdanos a dar a conocer esta web! | Declaración de Fe