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Domingo 19 de Junio del 2011

El pecado vuelto impotente
Pastor Tony Hancock

Quiero que imaginemos, por un momento, que el Congreso del país aprobara una ley declarando que, de hoy en adelante, todos los encinos darían naranjas en lugar de bellotas. ¡Sería muy práctico! Las bellotas sólo les sirven de alimento a las ardillas, pero todos nos podríamos comer las naranjas. La vitamina C nos ayudaría a combatir muchas enfermedades.

¿Cuál sería el resultado de esta magnífica legislación? ¡Ninguno! El fruto de los encinos no cambiaría. No es la ley la que determina lo que produce un encino, sino más bien la vida y la naturaleza de la planta. Lo que está adentro de la planta - su ADN, sus propiedades internas - determina la fruta que produce.

¿Te das cuenta por qué la ley sola no puede producir la vida que Dios desea de nosotros? Aunque El nos explicó perfectamente la clase de vida que debíamos llevar, seguíamos con la vieja naturaleza de pecado presente en nosotros. Esa naturaleza pecadora producía su fruto - desobediencia, maldad, rebelión.

Es por eso que Dios envió a su Hijo Jesucristo a este mundo para compartir nuestra carne, volver impotente el pecado en la carne y hacer posible que recibiéramos una nueva naturaleza. Cuando recibimos a Jesucristo, Dios nos da una nueva vida y una nueva naturaleza. Ya no estamos bajo el poder de aquella vieja naturaleza que producía sólo pecado. Tenemos una vida nueva.

Si esto es así, ¿Por qué todavía pecamos? ¿Por qué hay desacuerdos y riñas entre hermanos? ¿Por qué se nos sale una mentira de vez en cuando? ¿Por qué todavía pecamos? Es cierto que sólo seremos libres de tentación cuando lleguemos al cielo. El pecado todavía nos tienta.

Sin embargo, gracias al sacrificio de Jesús y el poder del Espíritu, hemos sido librados del control del pecado para vivir una vida agradable a Dios. El pecado nos trata de engañar y mantener bajo su poder, pero hay dos verdades que veremos hoy que pueden desenmascarar las mentiras del pecado y ayudarnos a vivir la libertad que hemos recibido en Jesucristo.

Abramos la Biblia en Romanos 8 para ver estas dos verdades, y empecemos en los versos 1 al 4:

8:1 Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
8:2 Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.
8:3 Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne;
8:4 para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.

La primera manera en la que el pecado nos trata de engañar es por medio de la condenación. Nos hace recordar los errores que hemos cometido en el pasado, y nos trata de convencer de que no podemos cambiar, que nuestro destino es ser esa clase de persona.

¿Cómo crees que vas a servir a Dios? - nos susurra al oído. ¡Si tú eres un mentiroso! ¡una chismosa! ¡un adúltero! Puede ser que hayas cometido esos pecados y más, pero si tú estás en Cristo, ¡ya no hay condenación para ti! ¡Tu condena ha sido pagada por la obra de Jesucristo en la cruz!

Digamos que un hombre comete un delito y es sentenciado a siete años de cárcel. Cuando él sale de la cárcel, cumplida su condena, ¿puede ser sentenciado y encarcelado de nuevo por el mismo crimen? ¡No, no puede serlo! ¡Su condena ya fue pagada! De la misma forma, nuestra condena fue pagada por Cristo en la cruz.

En su perfecta humanidad, Jesucristo pagó la condena de nuestro pecado y así condenó al pecado. ¿Cuál fue su propósito? ¿Simplemente darnos un pase al cielo? No, dice el verso 4. Fuimos rescatados para que nuestras vidas, bajo la influencia del Espíritu Santo, mostraran la santidad de vida que la ley demanda, pero que nunca pudo producir.

El pecado nos trata de engañar con su condenación para que pequemos más. Cristo nos ofrece libertad de esa condenación para que vivamos una vida de justicia, de paz, de amor en el Espíritu.

Veamos ahora la segunda mentira que nos dice el pecado y la verdad que la contradice, en los versos 5 al 8:

8:5 Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu.
8:6 Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz.
8:7 Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden;
8:8 y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.

La segunda forma en que el pecado nos trata de engañar y manipular es mediante la forma de pensar. Todos tenemos en nuestra mente caminos grabados por donde el pensamiento siempre se desliza.

En la entrada de mi cochera, hay dos surcos profundos que se han hecho con los años de meter y sacar el carro. Ahora, cuando salgo, tengo que desviar el volante para esquivar los surcos. Si no lo hago, el chasis topa con la tierra. Así, en nuestra mente, se forman surcos - formas de pensar, de considerar las cosas, reacciones habituales. Si no nos cuidamos, caeremos siempre en esas mismas formas de pensar.

El pecado se aprovecha de esas viejas costumbres y formas de pensar que aún tenemos en el cerebro. Por ejemplo, puede ser que el pecado nos haya acostumbrado a reaccionar a la defensiva con nuestra pareja, y cada vez que ella nos habla, respondemos con un contraataque. A menos que cambie esa mentalidad, siempre estaremos en riñas y pleitos. Lastimaremos a nuestros hijos, y nos lastimaremos a nosotros mismos.

Cuando conocemos a Cristo, recibimos una nueva mentalidad. En otras palabras, tenemos una nueva forma de pensar. De hecho, cuando Jesús nos llama a arrepentirnos, la palabra griega que El utiliza tiene que ver con cambiar de mente, cambiar de pensamiento. No es una cuestión emocional; se trata de un cambio en nuestra forma de pensar.

Hay dos formas humanas de pensar. El pensamiento natural, del que se aprovecha el pecado, se enfoca sólo en satisfacer los deseos de la carne: deseos de venganza, de sensualidad, de superioridad a los demás. ¿A dónde lleva esta forma de pensar? El verso 6 es claro: lleva a la muerte. Esta forma de pensar está en contra de Dios, y El la resiste.

En cambio, el pensamiento que nos trae el Espíritu Santo es un pensamiento de vida y paz. Esta forma de pensar se enfoca en lo que le agrada a Dios, y lo que le agrada a Dios trae bendición a nuestras vidas. Ahora bien, si tú has venido a Cristo, si tú realmente eres creyente, tu forma de pensar ha cambiado. No te digo que debe de cambiar, sino que ha cambiado, puesto que arrepentirse y confiar en Cristo involucra un cambio en la forma de pensar y de ver la vida.

Sin embargo, podemos volver a caer repentinamente en las viejas formas de pensar. Déjame ser claro: si tu forma de pensar es totalmente mundana, lo que necesitas es arrepentirte y acercarte a Cristo. No necesitas un cambio leve; necesitas un cambio radical en tu forma de pensar. Si tú buscas a Cristo, su Espíritu te puede dar ese cambio.

Ahora bien, si tú ya experimentaste ese cambio, debes cuidarte de no caer de nuevo en las viejas formas de pensar. Deja que el Espíritu Santo transforme por completo tu manera de pensar. Déjale señalarte las coas que son de la vieja vida para que las abandones. Llena tu mente con la verdad de Dios. Medita sobre su Palabra. Repasa los versículos de memoria. Acuérdate de las historias bíblicas. Jesús nos dijo que el mandamiento más importante era éste: "Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente" (Mateo 22:37).

Deja que la mente del Maestro sea el maestro de tu mente. Ponles un alto a los pensamientos pecaminosos, y permite que el Espíritu Santo controle tu mente. Esa mente es ¿qué? ¡Vida y paz! De tu interior fluirá vida y paz, cuando El controla tu mente.

El pecado quiere controlarte. Quiere acusarte con lo que antes hacías, y quiere convencerte que regreses a las antiguas formas de pensar. ¡No se lo permitas! Cuando Cristo murió en la cruz, el pecado se volvió impotente. No te puede hacer nada, a menos que tú se lo permitas. Pero si juntos aprendemos a caminar en la libertad que Cristo nos ofrece, nuestras vidas cambiarán, nuestras familias cambiarán, nuestra Iglesia cambiará. ¡Esto es lo que más anhelo para nosotros! Y tú, ¿me acompañas?


Visita la página web del Pastor Tony Hancock: www.pastortony.net.

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