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Domingo 12 de Junio del 2011

La frustración del legalismo
Pastor Tony Hancock

¿Alguna vez te has sentido frustrado por algo? ¿Has intentado hacerlo, pero por más que te esforzaras, no te salía bien? A veces nuestras frustraciones se manifiestan en nuestros sueños. Durante un periodo de mi vida en el que tenía muchas preocupaciones, solía soñar que me había inscrito en una clase de matemática en la escuela, y que se me había olvidado asistir a la clase.

Durante la última semana del semestre, me acordaba de la clase - y sabía que estaba a punto de salir reprobado. En el sueño, me acercaba al profesor y le pedía que me permitiera hacer algún proyecto especial. El me decía que podría salir aprobado en la clase si hacía cierto proyecto - pero siempre era algo que sería imposible terminar en el tiempo permitido.

Todavía recuerdo la sensación de frustración que me ocasionaban estos sueños. ¡Era un alivio enorme despertar y reconocer que sólo había sido una pesadilla! Casi valía la pena soñarlo, porque despertar era tan bonito. Quizás alguna vez has tenido un sueño similar, donde corrías sin llegar a ningún lado. Conoces la frustración.

Hoy vamos a hablar de una clase particular de frustración. Es la frustración que llega cuando entendemos lo que Dios pide de nosotros, y lo tratamos de cumplir con todas nuestras fuerzas. Si somos honestos con nosotros mismos, terminamos frustrados. ¿Por qué? ¿Porque lo que Dios nos pide es malo o irrazonable? ¡No! El problema es otro.

Abramos la Biblia en Romanos 7, y empecemos nuestra lectura con los versos 7 al 13:

7:7 ¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás.
7:8 Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto.
7:9 Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí.
7:10 Y hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte;
7:11 porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató.
7:12 De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno.
7:13 ¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? En ninguna manera; sino que el pecado, para mostrarse pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso.

Había en aquel tiempo, como los hay ahora, personas que trataban de obedecer las leyes de Dios con el propósito de ser justos y agradar a Dios. Tales personas, al escuchar lo que se dijo la semana pasada acerca de ser libres de la ley para servir a Cristo, podrían objetar: ¿quieres decir que la ley es mala?

¡De ninguna manera! La ley que Dios nos ha dado es perfecta. Si todos la cumpliéramos, el mundo sería un paraíso. El problema está en que el pecado que mora en nosotros se ha aprovechado de la ley para llevarnos a hacer el mal. Pablo aquí describe su experiencia como israelita, pero cada persona - en mayor o menor medida - experimenta algo similar.

Antes vivía sin tener conocimiento de la ley, en su niñez; pero al conocer lo que Dios deseaba de él, descubrió que - lejos de cumplirlo perfectamente - su pecado le hacía desear más intensamente lo prohibido. No fue culpa del mandamiento, que es bueno; fue culpa del pecado, que mora en él.

Como en esta foto hallada en Internet, lo prohibido tiene un atractivo particular:

Pero entonces, si Dios sabía que no seríamos capaces de obedecer la ley, ¿para qué nos la dio? ¿Qué propósito tiene?

¿Será que Dios es un sádico que simplemente nos quería frustrar, imponiendo reglas que El sabía que no podríamos obedecer? No, El tenía un propósito muy especial para la ley, y es importante que lo entendamos. Nos lo explica el versículo 13: la ley sirve para que el pecado quede al descubierto.

En otras palabras, aunque la ley tuvo como efecto secundario estimular el pecado, era necesario que Dios nos diera la ley para que viéramos la realidad de nuestro pecado. Sin la ley, podríamos ignorar el pecado que está en nosotros, y también ignorar nuestra necesidad de un Salvador. La ley vino para servir como una radiografía, mostrándonos lo que realmente está dentro de nosotros.

Por este motivo, es también importante enseñarles a los niños lo que Dios espera de ellos. Debemos enseñarles que la mentira es mala, que tienen que compartir, que Dios nos está viendo todo el tiempo. Si no les enseñamos lo que Dios espera de ellos, será más difícil que entiendan por qué necesitan un Salvador. Aunque les enseñamos del amor de Dios, también debemos de enseñarles lo que él espera de nosotros.

Es interesante que, al dar un ejemplo del efecto de la ley sobre su vida, Pablo escogiera el décimo mandamiento: No codiciarás. De los demás mandamientos, alguien podría decir: Nunca he matado, nunca he robado, nunca he adorado a ningún ídolo. Pero ¿quién podría decir que jamás ha deseado lo que le pertenece a otro? La ley contra la codicia nos muestra que nuestro corazón siempre se inclina hacia sí mismo, no hacia Dios.

¿Has llegado al punto de reconocer que no eres capaz de hacer todo lo que la ley te exige? ¿Has reconocido tu necesidad de un Salvador? Conforme más estudias la Palabra de Dios, más debes darte cuenta de que no has cumplido con lo que él te enseña. Esto no es para desesperarte, sino para impulsarte hacia la cruz de Jesucristo, donde puedes encontrar el perdón que necesitas.

Significa también otra cosa. Significa que, si estás tratando de usar la ley como forma de acercarte a Dios, vas a terminar en la frustración. Me explico: si tú crees - como lo cree mucha gente - que puedes quedar bien con Dios tratando de obedecer los Diez Mandamientos o cualquier otra ley divina, no va a funcionar. Quedarás en la frustración, como le sucedió a Pablo en lo que vemos en seguida. Sigamos con el relato, en los versos 14 al 25:

7:14 Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado.
7:15 Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago.
7:16 Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena.
7:17 De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí.
7:18 Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.
7:19 Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.
7:20 Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.
7:21 Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí.
7:22 Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios;
7:23 pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.
7:24 ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?
7:25 Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.

¿Quién está hablando aquí? Algunas personas creen que Pablo habla de su experiencia como creyente, y que esto es lo mejor que nos puede esperar mientras vivamos en la tierra - una vida de constante derrota por el pecado, hasta que Jesús regrese. La Biblia de estudio que uso defiende esta perspectiva.

Sin embargo, no me parece correcta, porque Pablo dice: "estoy vendido como esclavo al pecado". Esto no concuerda con otros versos - por ejemplo, el capítulo 6, verso 20, donde él habla de la esclavitud al pecado como algo del pasado: "Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia". Creo, más bien, que Pablo habla de su experiencia como judío, aparte de Cristo, con la perspectiva que le da el haber conocido a Cristo.

Esto no es para decir que aun nosotros, como creyentes, seamos incapaces de experimentar algo semejante. Creo que todos hemos tenido la experiencia de hacer cosas que no deseamos. Sin embargo, ésta no debe ser la experiencia normal para el creyente. Dios nos ha llamado a algo mejor, como lo veremos la próxima semana.

¿Qué podemos sacar, entonces, de este pasaje? Algo muy importante: si nosotros persistimos en tratar de acercarnos a Dios con un gran esfuerzo por sus leyes, quedaremos en la frustración. La ley es buena y es espiritual; pero nuestra humanidad es débil. El pecado mora en nosotros, y aunque nuestra mente dice una cosa, nuestro cuerpo nos jala en otra dirección.

Por más que reconozcamos que lo que Dios nos pide es bueno, no tenemos la capacidad en nosotros de obedecer perfectamente. Es como si tuviéramos un enorme resorte en la espalda, y adelante tuviéramos algo lindo que quisiéramos alcanzar. Por más que nos esforcemos, el resorte siempre nos jala hacia atrás. ¡Qué frustración!

Es por esto que la persona legalista, la persona que está tratando de acercarse a Dios por su obediencia a la ley, casi siempre termina en uno de dos errores. El primer error es cambiar la ley para que sea más fácil de obedecer. Dicen: ¡Es sólo una mentirita piadosa!, cuando Dios ha dicho: No darás falso testimonio. Punto.

El segundo error es que se engañan acerca de sí mismos. Interpretan la ley al pie de la letra cuando se trata de los demás, pero creen que ellos mismos están bien. ¡Los demás ven claramente sus fallas! Pero ellos, no. El legalismo siempre resulta en la esclavitud.

¿Cómo podemos ser libres de esta esclavitud? La respuesta está en el versículo 25: ¡sólo por medio de Jesucristo! No es por esfuerzo humano, ni es solamente por conocimiento de la ley, sino que es por la fe en Jesucristo.

Muchos ya lo sabemos, pero existe la tentación constante de tratar de regresar a un sistema de leyes. Incluso en muchas iglesias se ha caído en el legalismo para tratar de alcanzar la santidad. Para todo hay reglas: para la vestimenta, para el cabello, para la versión de la Biblia que se puede usar, para cualquier asunto de la vida - muchos de ellos carentes de importancia.

No te vas a acercar a Dios por medio de las reglas; tienes que acercarte a él con un corazón humilde, confiando en Jesucristo. Me temo que muchos de nosotros seguimos caminando en un régimen de reglas. Asistimos a la iglesia porque pensamos que, si no asistimos, Dios se va a enojar - en lugar de asistir porque queremos alabarle, aprender más de él y estar con nuestros hermanos.

Seguimos casados, no porque hemos aprendido de Jesús realmente a amar a nuestra pareja, sino porque tenemos miedo de lo que dirán los demás si nos separamos. ¡No les estoy diciendo que se separen! Más bien, creo que Dios quiere algo mucho mejor para los matrimonios que simplemente aguantarse.

¿Estás listo para aprender a caminar en un nuevo sistema, un sistema lleno del poder del Espíritu Santo, y no la fuerza humana? ¿Estás listo para dejar atrás la frustración del legalismo y empezar a caminar en libertad? Empezando la próxima semana, veremos cómo. Si quieres prepararte, lee Romanos 8.


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