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Domingo 5 de Junio del 2011

Libres por la muerte
Pastor Tony Hancock

En los votos que hace la pareja a la hora de casarse se incluye la frase: "hasta que la muerte nos separe". Esta frase refleja la voluntad de Dios para el matrimonio, que la unión sea para toda la vida. En un matrimonio cristiano, en el que ambos miembros de la pareja se someten a la voluntad de Dios y permiten que Cristo reine en su corazón, el matrimonio todavía implica trabajo; pero también es un gozo y una fuente de bendición.

En el mundo, sin embargo, se ve con frecuencia el caso de personas que se han casado sin conocerse bien, para luego descubrir una tremenda incompatibilidad. Al no someterse a la voluntad de Dios, se realizan en su vida las palabras de Sartre: "el infierno es la mirada del otro". En más de una ocasión, tales situaciones han llegado a ocasionar la muerte - o por suicidio, o por homicidio. ¡Qué tristeza! Esto no es lo que Dios desea.

¿Sabes? Tú y yo también nos encontrábamos atrapados en un matrimonio cruel y degradante. No me refiero a un matrimonio de hombre y mujer. ¡No te preocupes, tu pareja no me ha estado hablando! Me refiero a otra clase de matrimonio, del que sólo podemos ser librados mediante la muerte. La buena noticia es que ¡podemos ser libres!

Ven conmigo en un viaje de descubrimiento esta mañana para comprender cómo podemos ser libres por la muerte. Abramos la Biblia en Romanos 7:1-6:

7:1 ¿Acaso ignoráis, hermanos (pues hablo con los que conocen la ley), que la ley se enseñorea del hombre entre tanto que éste vive?
7:2 Porque la mujer casada está sujeta por la ley al marido mientras éste vive; pero si el marido muere, ella queda libre de la ley del marido.
7:3 Así que, si en vida del marido se uniere a otro varón, será llamada adúltera; pero si su marido muriere, es libre de esa ley, de tal manera que si se uniere a otro marido, no será adúltera.
7:4 Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios.
7:5 Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas que eran por la ley obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte.
7:6 Pero ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra.

Para comprender lo que Dios nos quiere decir en su palabra, vamos a considerar paso a paso las tres etapas que describen estos versos.

Para empezar, hablemos de nuestra situación anterior. Estábamos en un matrimonio que no convenía. Nuestra responsabilidad era con la ley, pero la ley no nos trajo libertad. Observemos el verso 5. Podemos representar nuestra situación anterior con un dibujo:

Aquí se nos describe la vida desde la perspectiva judía, la vida durante el tiempo del Antiguo Testamento. A su pueblo, Dios le había dado su ley. ¿Qué de malo tenía la ley? ¡Absolutamente nada! ¡La ley es perfecta!

En el monte Sinaí, donde Dios se reunió con su pueblo, El les había entregado por mano de Moisés una ley perfectamente adaptada para que su pueblo viviera bien. Todos se habían comprometido de forma solemne a obedecerla. Sin embargo, la historia de Israel fue de una constante desobediencia a la ley de Dios. El problema no estaba en la ley, sino en su desobediencia.

Es muy importante entender que toda la humanidad se encontraba representada en el pueblo de Israel. Su incapacidad para cumplir la ley de Dios es nuestra incapacidad para cumplir la ley de Dios. Nosotros no somos diferentes de ellos. Por lo tanto, aunque ni nosotros ni nuestros antepasados hayamos estado presentes ante el monte Sinaí para comprometernos a obedecer la ley de Dios, en cierto sentido, sí estábamos allí. Eramos tan responsables como ellos por obedecer la ley de Dios, y tan incapaces como ellos para obedecer también.

Dios dio al mundo como un regalo su ley perfecta, diseñada especialmente para la cultura y sociedad de aquel entonces. Sin embargo, el pecado que mora en cada persona se aprovechó de la ley para dañarnos. Conforme más sabemos lo que debemos hacer, más culpables somos al no hacerlo. Hasta llegamos a querer hacer lo malo, ¡simplemente porque está prohibido!

Es como una pala. ¿Es algo bueno? ¡Claro que sí! Se puede usar para escarbar en la tierra y sembrar un jardín. Sin embargo, un hombre malintencionado también podría tomar una pala y usarla para matar a alguien. Esto es lo que el pecado ha hecho con la ley. La ley es buena y perfecta, pero el pecado se aprovechó de ella para traer más condenación a nuestras vidas. Al saber lo que Dios espera de nosotros, nuestra desobediencia se vuelve más grave. Es más, el mandamiento mismo a veces nos hace querer más lo que no debemos tener.

Cada persona que no tiene a Cristo, sépalo o no, vive bajo el viejo sistema de ley. Sepa mucho o sepa poco de lo que la Biblia revela acerca de la voluntad de Dios, tiene una conciencia que le señala - aunque imperfectamente - lo bueno y lo malo.

¡Necesitábamos una forma de librarnos de ese compromiso que nos estaba matando! Pero la única forma de ser libres era mediante la muerte. ¡Eso es exactamente lo que sucedió! La ley misma declara que la muerte pone fin al matrimonio. Observemos los versos 2 y 3.

Podemos ilustrar el ejemplo con un dibujo.

Una mujer no puede separarse de su esposo y unirse a otro hombre, a menos que quiera cometer adulterio. Estamos hablando de un ejemplo general; la Biblia habla de casos especiales, como la traición o el abandono de hogar, donde el divorcio puede ser permitido. Pero este pasaje no pretende darnos todas las condiciones; sólo observa un principio general.

¿Cuál es la única forma de romper el compromiso? ¡Mediante la muerte! Esto es precisamente lo que nos sucede cuando estamos en Cristo.

Pero en este caso, ¿quién muere? No muere la ley - muere Cristo, y nosotros morimos con El. Al poner nuestra fe en El, llegamos a ser participantes en la muerte que El murió. ¿Con qué efecto? Con el efecto de que ya no estamos bajo el viejo compromiso con la ley, que fue aprovechada por el pecado para llevarnos a hacer lo malo. Ahora estamos bajo un nuevo compromiso, con Cristo.

Esto lo vemos en el verso 4. Nosotros pasamos por la muerte para ser librados de la ley, cuando Jesucristo murió. El propósito de todo esto es que, en lugar de dar fruto para la muerte, podamos dar fruto para Dios - como lo dice el versículo 6. ¡En Cristo somos libres del compromiso con la ley!

¿Qué ha cambiado para nosotros, al pasar por la muerte con Cristo? Déjame mencionar tres cosas. En primer lugar, tenemos una nueva motivación. Ya no tratamos de hacer lo bueno por temor, sino por amor. El padre le dice a su hijo: no hagas eso, porque si no, te voy a pegar. Esa forma de disciplina puede ser necesaria cuando el niño es pequeño, pero el niño tiene que crecer al punto de hacer lo bueno porque él mismo lo desea.

Bajo la ley, nuestra única motivación es el temor al castigo. Unidos a Cristo, nuestro corazón se llena de su amor, y obedecemos por amor, no por temor. Tenemos una nueva motivación. En segundo lugar, tenemos un nuevo poder. Cuando estábamos bajo la ley, el único poder que teníamos para obedecer era el poder de nuestra carne. ¡Nuestra carne es débil!

Cuando venimos a Cristo, recibimos el poder del Espíritu Santo. El nos guía, nos corrige, nos enseña, nos anima - ya no depende sólo de nosotros, sino que tenemos un nuevo poder. En tercer lugar, tenemos un nuevo propósito. Antes, vivíamos sólo para nosotros mismos. Ahora, Dios nos ha llamado a ser parte de su Reino, y vivimos para ver que El sea exaltado.

¡Ya no tenemos ese viejo compromiso con la ley, que sólo terminaba condenándonos! Cristo nos ha liberado para que caminemos en verdadera libertad. A través de su muerte, somos libres para vivir una vida nueva. ¿La estás viviendo?


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