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Domingo 4 de Agosto del 2002

Jueces usurpadores
Pastor Tony Hancock

En los últimos años, se ha visto un incremento inmenso en el crimen del robo de identidad. Me refiero a las personas que toman los datos vitales de otra persona para abrir cuentas de crédito, comprar aparatos fiados, e inclusive cometer crímenes bajo el nombre del otro. ¿Cómo te gustaría recibir una demanda contra tus bienes de un banco que ni conoces, por una deuda que no debes, simplemente porque alguien usó tu nombre y número de identidad para pedir prestado el dinero? ¡Ahora tienes que convencerles que no tuviste nada que ver con la transacción! Es muy difícil probar un negativo.

Aun peor es el problema de los que usurpan la personalidad de oficiales de la ley u otros siervos públicos. En algunas partes del país, se han dado casos de robos a mano armada realizados por sujetos que se disfrazan de oficiales. Cuando se detienen los conductores, se encuentran con un ladrón en vez de un policía. Quizás uno de los casos más interesantes de usurpación de personalidad sucedió cuando un recluso en Texas se fugó de la cárcel de un modo poco usual: llamó a la oficina del secretario del distrito fingiendo ser juez, y rebajó la cantidad de su propia fianza.

Algunos de estos casos de usurpación causan risa; otros causan temor. Pero para la persona que es víctima del fraude, hay un sentimiento universal: la ira. Sea que se encuentre en problemas con la ley, que haya sido robado, o que haya perdido un prisionero, nadie siente ganas de reír cuando ha sido víctima de este tipo de engaño.

Entendemos, entonces, cómo se sentirá Dios cuando alguien trata de usurpar su lugar. Hombres como Hitler, como Nabucodonosor, como Napoleón han visto que Dios no toma a la ligera la usurpación de su lugar.

Sin embargo, estos tiranos no son los únicos que han querido usurpar el lugar de Dios. Cualquiera de nosotros se puede encontrar en la peligrosa situación de usurpar la posición que sólo Dios merece. Cuando ponemos las acciones de otras personas en tela de juicio y hablamos críticamente de ellas, estamos usurpando el lugar de Dios como juez.

Veamos lo que Biblia nos dice tocante a este asunto.

Lectura: Santiago 4:11-12

4:11 Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez.
4:12 Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar y perder; pero tú, ¿quién eres para que juzgues a otro?

Lo que acabamos de leer es la Palabra de Dios. No es simplemente la palabra de algún hombre, que podemos aceptar si nos parece bien y rechazar si no. Es el mensaje de Dios para la transformación de nuestras vidas.

Nos urge, entonces, entender lo que Dios nos está diciendo aquí, y saber cómo vivirlo.

La base de la enseñanza que se nos da aquí está en el verso 12. Es una oración sencilla, y dice: No hay más que un solo legislador y juez, aquel que puede salvar y destruir. Si vamos a entender lo que se nos dice aquí acerca de nuestro trato con los demás, tenemos que entender primero que

I. Dios es el único juez justo

Una de las primeras cosas que aprendemos acerca de Dios es que él es juez. Es el que juzga a buenos y malos, y a quien tenemos que rendir cuentas. La Biblia menciona varias razones que Dios es el único juez perfecto, y que nos urge estar justificados ante él.

Aquí en el mismo pasaje vemos una de las razones. Dios es el creador de las leyes. Dice, No hay más que un sólo legislador y juez. Dentro de nuestros sistemas de gobierno separamos los oficios de legislador y de juez. Para proteger contra los déspotas, los que hacen las leyes están en el Congreso, y los jueces forman otra rama del gobierno.

En Dios no hay imperfección, y aquel que ha creado las leyes perfectas para regir sobre la conducta humana también es el indicado para aplicar esas leyes a dicha conducta. Dios no tiene que decidir qué quería decir el escritor de alguna norma; él mismo la creó. No tiene que preguntarse cuál será la aplicación de alguna regla a cierta situación; él mismo ya previó todas las situaciones posibles al crear las reglas.

Dios es el legislador, el escritor de las leyes, y es así el mejor juez de ellas. Pero además de esto, Dios es el único justo, así que es el único juez imparcial.

Podemos ver esto en el Salmo 7:9-11.

7:9 Fenezca ahora la maldad de los inicuos, mas establece tú al justo; Porque el Dios justo prueba la mente y el corazón.
7:10 Mi escudo está en Dios, Que salva a los rectos de corazón.
7:11 Dios es juez justo, Y Dios está airado contra el impío todos los días.

Se nos repite dos veces que Dios es un juez justo, un juez que examina mente y corazón antes de dictar sentencia. El conoce no solamente las circunstancias que rodean cualquier situación, sino también el estado mental de cada persona, sus verdaderas motivaciones, sus ideas y sus intenciones.

Los jueces humanos, en cambio, se ven afectados por su ignorancia del corazón y sus propias pasiones. En un episodio del programa The Practice (Ejercicio de Ley), una jueza fue víctima de un maleante que le tomó unas fotos con cámara escondida. Poco después, apareció ante ella un hombre acusado de robo de electricidad; ella estaba a punto de despedir el caso hasta que se le explicó que la electricidad se estaba usando para tomar fotos con cámara escondida. En ese momento cambió su actitud hacia el acusado, y lo encarceló.

Esta situación proviene de un programa de televisión, pero muestra una realidad dentro del corazón humano: cada juez humano se ve afectado por sus prejuicios, sus experiencias, sus emociones.

Dios, en cambio, tiene la perfecta imparcialidad que ningún otro tiene. Cuando el dicta sentencia, es justicia perfecta - y no la justicia imperfecta que es lo único disponible en la tierra. Dios es el único juez perfecto porque es el creador de las leyes que interpreta, y es el único juez imparcial.

Nosotros, sin embargo, enfrentamos constantemente el deseo de querer ocupar el lugar de Dios. Queremos ser jueces. Queremos interpretar la ley y aplicarla a la conducta de otros seres humanos, señalando todas sus fallas.

¿Por qué hacemos esto? Hay varias razones. Una de ellas es que nos sentimos justificados. La culpa de nuestro propio pecado nos abruma hasta que empezamos a señalar los errores de otros. Entonces podemos convencernos de que realmente no somos tan malos.

Otra razón que nos encanta criticar a los demás es porque crea una falsa intimidad. Así es que funciona: al hablar con otra persona de los fallas de un tercero, se crea una liga entre los dos. Sentimos un compañerismo al estar de acuerdo, y sentimos una camaradería en nuestra presunta superioridad a ella. Muchas veces, la persona que se siente excluida trata de crear amistades hablando mal de otros.

Va sin decir que ninguna de estas cosas realmente funciona. Seguimos con la carga de culpa, no importa cuánto critiquemos a los demás, hasta que encontremos en Cristo el perdón; y aunque creamos un momento de confraternidad con la crítica, nos encontraremos sin amigos íntimos, porque nadie confiará en nosotros.

Pero más allá de estas desventajas de las palabras negativas y críticas, tenemos que entender que

II. Corremos un gran peligro cuando tratamos de ocupar el lugar de Dios

Volviendo a nuestro pasaje de Santiago, vemos un ciclo peligroso. Cuando hablamos mal de alguien, lo estamos juzgando. Cuando lo juzgamos, en vez de estar sometidos a la ley, nos ponemos encima de ella. Ahora, en vez de cumplir las normas de Dios, las criticamos. Entonces, nos alejamos de la gracia de Dios.

Esa preocupación por determinar el estado de culpa de otra persona, ese afán por catalogar a los demás, es sumamente peligroso. Cuando te fijas en las fallas de los demás, te vuelves ciego a tus propias fallas. Cuando te crees experto en la aplicación de las leyes de Dios a las vidas ajenas, te olvidas de aplicarla a tu propia vida.

La ley debe de funcionar como un espejo para mostrarte tu propia situación y llevarte a Dios en arrepentimiento. Cuando la apuntas hacia los demás en vez de mirarte en ella, eres como el navegante de un barco que empieza a decirles a los cocineros cómo preparar la cena. Es posible que la comida quede deliciosa; pero mientras tanto, el barco se habrá varado en una barra de arena, y no importará la comida.

Tanto nos encanta criticar que podemos llegar a hacerlo de una manera que parece ser humilde. Se trata de incluirnos a nosotros cuando criticamos a los demás. Hablamos en primera persona plural. El problema sucede cuando lo hacemos sin el deseo real de cambiar.

Lo que sucede con facilidad es que nos sentimos superiores porque pensamos reconocer el problema que otros no reconocen. Pensamos interiormente, Cometo el mismo error, pero por lo menos lo reconozco. Luego, nos sentimos justificados porque hemos "confesado" el error. Estamos, sin embargo, muy lejos de la gracia de Dios - porque sin el deseo de cambiar no hay verdadero arrepentimiento. Si estuviéramos realmente arrepentidos, diríamos "yo" en vez de "nosotros".

Esta clase de reconocimiento corporativo muchas veces sirve como un escudo para la crítica, en vez de ser una expresión sincera de arrepentimiento y un deseo sincero de cambiar.

Algunas personas han vivido por años asumiendo la identidad de otro. Pero ¿sabes qué? No podrás usurpar los derechos de Dios y salirte con la tuya. Más bien, te estarás alejando de su gracia.

Notemos bien lo que se nos está prohibiendo. Santiago aplica esto a toda clase de conversación negativa. El no nos dice que sólo debemos de evitar los comentarios negativos si son mentiras. Tampoco dice que sólo es un pecado si la persona se entera. Más bien, Dios nos dice que evitemos toda clase de comentarios negativos acerca de los demás.

Es como si fueras a la casa una tarde, sabiendo que tu esposa te está preparando una deliciosa cena. Vas a comer todas tus comidas favoritas. Pero pasando un puesto de tacos en la calle, no te resistes y te comes un taco.

Llegando a la casa, ya no tienes apetito para comer - y no puedes disfrutar de la deliciosa comida. Así es con la crítica. Si te pones a aplicar las leyes de Dios a los demás, no podrás recibir su gracia para tu propia vida.

La voluntad de Dios para ti es buena. El no quiere que sufras. Más bien, quiere bendecirte. Pero cuando criticas y juzgas a los demás, tú mismo te alejas de Dios y su presencia para bendecir. Tú mismo te quitas la paz y el gozo de obedecer a Dios.


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