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Domingo 22 de Mayo del 2011

Vive lo que eres
Pastor Tony Hancock

Una de mis historias favoritas se trata de una tortuguita que, con mucho trabajo, se trepaba a un árbol. ¿Te puedes imaginar a una tortuga trepando un árbol? ¡Sería algo interesante! Laboriosamente se agarraba con la boca de la corteza, y con las patas buscaba cualquier lugar donde sostenerse.

Por fin, llegó a la primera rama. Paso tras lento paso avanzó por la rama hasta llegar al extremo. Se quedó parado allí por un momento, y luego se lanzó al espacio con las cuatro patas extendidas - para caer rápidamente a tierra. Se levantó, regresó al árbol, y repitió el proceso.

Mientras tanto, dos buitres lo observaban de lejos. De repente uno se volvió al otro y le dijo: ¿No te parece que ya es hora de decirle que fue adoptado? ¡Pobre tortuguita! Se creía buitre - y trataba de volar. Ahora bien, ¿cuál es la moraleja de este chiste? Podríamos decirlo así: sé tú mismo, no trates de ser algo diferente de lo que eres por dentro. Sé fiel a ti mismo.

Es un mensaje muy sonado. Por ejemplo, en una reciente canción, Lady Gaga declara que no importa cómo eres, así naciste y debes amarte a ti mismo. Es un buen mensaje, pero... Desde años atrás, Alaska y luego Thalía ya cantaban: "Mi destino es el que yo decido, el que yo elijo para mí. ¿A quién le importa lo que yo haga? ¿A quién le importa lo que yo diga? Yo soy así, y así seguiré, nunca cambiaré."

Pensemos en esto por un momento. Si yo te digo que seas fiel a ti mismo, surge la pregunta: ¿quién eres tú? Es decir, ¿a quién le vas a ser fiel? Como vimos la semana pasada, todos nosotros hemos nacido bajo la sombra del pecado de Adán. Esto significa que nuestra inclinación natural nos va a llevar hacia la desobediencia y la rebelión. ¿De veras queremos ser fieles a ese yo?

Esta es la realidad de cada persona que nace en el mundo: se encuentra bajo el dominio del pecado. Decirle que sea fiel a sí mismo es decirle que se entregue al poder del pecado, dando rienda suelta a todas sus pasiones y sus deseos. En cambio, la persona que está en Cristo tiene una nueva identidad. Aprendamos de esto en Romanos 6:1-14:

6:1 ¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?
6:2 En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?
6:3 ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?
6:4 Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.
6:5 Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección;
6:6 sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.
6:7 Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado.
6:8 Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él;
6:9 sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él.
6:10 Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive.
6:11 Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.
6:12 No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias;
6:13 ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia.
6:14 Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.

Empezamos con una pregunta. Si Dios nos ha provisto de la forma de recibir su perdón, si Cristo murió en la cruz por nuestros pecados y podemos ser perdonados por la fe, ¿Por qué no pecar más? ¡Así le damos más oportunidades a Dios de perdonarnos! Como dijo alguna vez un escritor sarcástico: "A mí me gusta pecar. A Dios le gusta perdonar. ¡El mundo tiene un diseño maravilloso!"

¿Cómo responder a esta perspectiva sobre la gracia de Dios? ¿La podemos aprovechar para vivir en pecado? ¡De ninguna manera! Sería vivir en contra de la nueva realidad de lo que hemos llegado a ser en Cristo. ¿Qué es lo que define a un creyente en Jesucristo? Un creyente es alguien que ha llegado a creer en Jesús, en lo que El es y lo que hizo en la cruz. El sello de esa fe es el bautismo. Al bautizarse, uno declara su unión por fe con Jesucristo.

Aun el creyente más neófito sabe que Jesús murió en la cruz, en nuestro lugar, para pagar el precio de nuestros pecados. Si Cristo murió en nuestro lugar, eso significa que nosotros morimos con El. Esta realidad se actualiza en nuestra vida cuando nos identificamos por fe con El, y el bautismo lo sella. Ya no estamos en Adán, bajo la condenación de su pecado, sino que estamos en Cristo.

Por una parte, nuestra muerte con Cristo es la garantía de que, así como El resucitó, nosotros también resucitaremos. Esto lo podemos ver en el verso 5, y también en los versos 8 al 10. Una de las bendiciones más grandes que recibimos por medio de la fe en Jesucristo es precisamente la promesa de la resurrección, la seguridad de saber que la muerte ha sido conquistada.

¿Viviste con temor de la muerte antes de venir a Cristo? Quizás todavía vives con ese temor, porque no le has confiado tu vida a El. ¡Cristo nos libera del temor a la muerte, porque El la conquistó! ¡La muerte no pudo mantenerlo bajo su control! Si nosotros hemos aceptado a Cristo, compartimos su victoria. Su resurrección es la garantía de que nosotros resucitaremos también.

Pero no es sólo una realidad futura. Si tú moriste con Cristo al pecado, tienes su poder ahora para conquistarlo. Mira lo que dicen los versos 6 y 7. Nuestra vieja naturaleza fue colgada en la cruz juntamente con Jesucristo. Toda nuestra humanidad contaminada por el pecado de Adán y los pecados que hemos cometido colgó allí en la cruz y murió.

¿Para qué? ¡Para que ya no siguiéramos bajo el poder del pecado! Imagina conmigo por un momento que alguien estuviera en la cárcel. Las barras de fierro lo tienen encerrado. Sólo puede salir pagando una enorme fianza, que él no tiene. De repente, un amigo viene y le paga la fianza para que pueda salir. Le da las gracias a su amigo, ¡y luego se vuelve a meter a la cárcel! ¡Sería insólito! ¿no?

Cristo murió para liberarte de la cárcel del pecado. ¿Cómo vas a salir, darle las gracias, y luego regresar a esa misma cárcel? ¡Sería ridículo! Pero eso es precisamente lo que hacemos si pensamos que la gracia de Dios es un pretexto para pecar. ¡Su gracia nos libera del pecado! ¿Cómo vamos a regresar a él?

Tú y yo, si hemos aceptado a Jesucristo, morimos con El. ¿Alguna vez has visto a un difunto cometer un delito? ¿Has visto un cadáver que robe un banco, o que diga mentiras o siembre chismes? ¡Claro que no! Como dice el verso 7, el que muere queda liberado del pecado.

Te repito: tú y yo, en Cristo, hemos muerto al pecado. El murió para liberarnos de su pecado. Si pecamos ahora, sólo lo podemos hacer como zombis del pecado. Es decir, para nosotros, pecar ya no es algo natural. Ya estamos muertos. Cristo murió, y nosotros hemos muerto con El.

Esto no sólo significa que nuestros cuerpos mortales un día serán resucitados. Significa que nuestro hombre interior ahora ha entrado en una clase de vida diferente. Hemos resucitado ya a una nueva vida, como lo dice el verso 4. Sin embargo, me temo que muchos de nosotros no estamos viviendo plenamente en esa vida nueva. El pecado todavía controla algunos rincones de nuestra vida.

¿Cómo podemos vivir de una forma diferente? Los versos 11 al 14 nos dan tres consejos muy prácticos. La primera está en el verso 11. Tenemos que considerarnos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús. En otras palabras, tenemos que reconocer en nuestra mente y nuestro corazón la nueva realidad en la que hemos entrado por la fe.

Si tú has creído en Cristo, tú ahora tienes poder para derrotar el pecado. Tienes poder para dejar tus malas costumbres. Tienes poder para pensar y hablar de una forma diferente. No obstante, el enemigo te tratará de convencer que todavía eres el mismo debilucho de antes. Por eso es tan importante que reconozcas la realidad de lo que eres en Cristo. No aceptes la mentira de que eres un pecador y no puedes más que pecar, porque ¡no es verdad! Esa persona pecadora murió con Cristo. Reconócelo.

En segundo lugar, dice el verso 12, no permitas que el pecado reine en tu cuerpo, ni obedezcas sus deseos. El pecado como fuerza sigue estando activa en nuestro ser. El ser creyente no te libera de la presencia del pecado como influencia o como tentación. En otras palabras, el pecado seguirá tratando de dominarte. Pero en Cristo, ¡ya no tienes que dejarlo!

Cuando te llega una tentación, dile al pecado que te está jalando: ¡Tú ya no reinas en mí! ¡Tengo un nuevo dueño, y El es mucho mejor! Ya no te voy a obedecer, porque sé que tus designios no son buenos.

En tercer lugar, el verso 13 nos da el lado positivo. En lugar de ofrecer los miembros de nuestro cuerpo al pecado para hacer el mal, ofrezcámoslos a Dios para hacer el bien. Tú puedes ofrecer tu lengua al pecado para hacerle daño a la gente con insultos, con chismes, con calumnias y con groserías. También puedes ofrecerle tu lengua a Dios para cantarle alabanzas, para compartir el evangelio, para darle ánimo a una persona decaída. ¿A quién le ofrecerás tu lengua?

Puedes ofrecerle tus manos al pecado para robar lo que no es tuyo y para golpear a tus hijos en ira - o las puedes usar para trabajar y ganar algo para compartir con otros. Puedes ofrecer tus ojos al pecado para ver pornografía - o puedes usarlos para leer la Biblia. ¿A quién le ofrecerás el uso de tu cuerpo?

El mundo te dice que seas fiel a ti mismo. Si has venido a Cristo en fe, está bien - sé fiel a ti mismo. Pero no le seas fiel al viejo yo, el yo que descendió de Adán y que compartía su pecado. Sé fiel a tu nuevo yo, tu nueva identidad como hijo de Dios y seguidor de Cristo. Sólo así vivirás libre del dominio del pecado, bajo la bendición de Cristo.


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