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Domingo 24 de Abril del 2011

El amor más grande de todos
Pastor Tony Hancock

Años atrás, se grabó una canción popular titulada, en inglés, "El amor más grande de todos". Un título muy inspirador, por cierto. Pero, según el autor de esta canción, ¿cuál sería el amor más grande de todos? La letra lo decía muy claramente: "Aprender a amarte a ti mismo es el amor más grande de todos".

Es un mensaje muy popular hoy en día. Sólo tenemos que prender la televisión para escuchar a los psicólogos y terapeutas decirnos que la clave para una vida buena es tener una sana autoestima. Te dirán que no puedes amar a otros si no has aprendido a amarte a ti mismo.

Hasta cierto punto, tienen razón. Es importante saber quiénes somos, entender que no somos menos que otros y tener confianza en nuestras propias capacidades. Desconfiar de nuestros talentos es realmente desconfiar de Dios, quien nos los dio. Entre los muchos daños que el pecado hace a nuestro ser es arruinar nuestra autoestima.

Sin embargo, la solución no es tan sencilla como simplemente aprender a amarte a ti mismo. Amarte a ti mismo no es el amor más grande de todos, y más bien, te puede encerrar en una prisión. Alguien dijo una vez que no hay paquete más pequeño que un hombre envuelto en sí mismo.

Hoy vamos a hablar del amor que realmente es el más grande de todos. Si tú llegas a conocer este amor, no sólo a saber de él, sino a experimentarlo en tu corazón, puedes tener algo mucho mejor que una buena autoestima. Vamos a llamarle una buena Cristoestima. Abramos la Biblia en Romanos 5:5-8 para conocer más de este amor.

5:5 y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado.
5:6 Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.
5:7 Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno.
5:8 Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.

Hemos estado hablando en estas semanas acerca de la vida en Cristo, y aquí vemos que la vida en Cristo es una vida de amor. El amor de Dios es el amor más grande de todos. Su Espíritu da testimonio de este amor a los que creen, y su Hijo dio la prueba del amor en la cruz.

El verso 5 nos dice que el Espíritu Santo, quien es Dios y que viene a morar en el corazón del creyente, testifica a nuestro corazón que Dios nos ama. Por medio del Espíritu, el amor de Dios se derrama en nuestro corazón. Cuando este amor es derramado en nuestro corazón, trae un cambio - así como cuando se derrama perfume en un cuarto y todo el lugar se llena del olor.

No se refiere a algo que simplemente sabemos, con el cerebro. Quizás podamos cantar esa canción infantil "Cristo me ama", pero es muy diferente saberlo y sentirlo en nuestro corazón. Es una seguridad en lo más profundo de nuestro ser que somos amados, conocidos, apreciados por Dios.

Quizás te encuentres aquí en esta mañana pensando: yo no siento eso. ¿Por qué no lo sentimos? Hay dos posibilidades. La primera posibilidad es que nunca hemos llegado a conocer a Cristo. La presencia del Espíritu Santo que trae esta seguridad del amor de Dios sólo es para los que se han entregado de corazón a Jesucristo.

¿Será que Dios no ama a los que no se han entregado a Jesucristo? No, Dios muestra su amor a todo el mundo. La lluvia cae sobre justos e injustos, como dijo Jesús. Déjame ponerte un ejemplo. Digamos que andas caminando por la calle cuando de repente, el suelo se hunde debajo de tus pies y te caes en la alcantarilla.

Allí, entre los desechos malolientes y alguna que otra rata, empiezas a sofocarte cuando de repente, un rescatista empieza a bajarse por una cuerda y te extiende la mano. ¡Ha llegado tu oportunidad para salir de allí! Pero de repente, te encuentras fascinado por la suciedad y las ratas, y le das la espalda al rescatista. Prefieres la mugre, y allí te quedas.

La persona que reaccionara así tendría que sufrir de algún desequilibrio mental, pero muchas personas así responden al amor de Dios. Prefieren jugar con el amor falso y aparente de la inmoralidad sexual, la pornografía, la borrachera, el amor al dinero, y todas las otras cosas con las que tratamos de llenar el alma. No quieren dejar su vida de pecado para recibir el amor puro de Dios. Prefieren la mugre, y allí se quedan.

Si quieres experimentar el amor de Dios, es necesario que le des la espalda al pecado y pongas tu mirada en Cristo. Si tú nunca has reconocido a Cristo como tu Señor y Salvador, no tendrás en tu corazón ese testimonio del amor de Dios. Lo que necesitas es tomar esa decisión.

¿Y qué de los que ya lo conocen, pero no sienten ese amor en su corazón? La segunda posibilidad es que hemos dejado que otras cosas nos distraigan o llenen nuestro corazón. Hemos contristado al Espíritu Santo, y El ya no nos está dando ese testimonio del amor de Dios. Efesios 4:30 nos dice así: "No agravien al Espíritu Santo de Dios, con el cual fueron sellados para el día de la redención."

Agraviamos al Espíritu Santo cuando pecamos sin arrepentirnos, cuando nos alejamos de Dios, cuando albergamos en nuestro corazón un espíritu de crítica o de amargura. Si lo hacemos, El se entristece y deja de testificar a nuestro corazón del amor de Dios. En ese caso, lo que nos hace falta es arrepentirnos, pedirle perdón a Dios, dejar las malas actitudes que han llenado nuestro corazón y tomar la decisión de perdonar para liberar al Espíritu Santo para hacer esa obra tan maravillosa en nuestro corazón.

Pero, ¿será que el amor de Dios sólo se trata de un sentimiento? ¿Será que es sólo algo que sentimos, bajo alguna influencia divina? Terminantemente no. Dios nos ha dado una prueba del amor, una prueba final y contundente. Es muy importante que tú y yo entendamos esto, porque en nuestra carne, pensamos que el amor de Dios se demuestra en nuestras circunstancias.

Sentimos que Dios nos ama cuando todo nos va bien, cuando vemos alguna oración contestada o recibimos alguna bendición inesperada. Cuando algo nos va mal; cuando nos sentimos enfermos o desanimados por algún golpe de la vida, decimos: ¡Dios! ¿Dónde estás? ¡Pensaba que me amabas!

Dios obra en nuestras vidas, y El nos sostiene y ayuda. Pero la prueba final de su amor no está en lo que nos sucede a diario, sino en lo que sucedió un día hace casi dos mil años bajo el sol de Palestina. Observa los versos 6 al 8: en nuestra incapacidad, en nuestra debilidad y pecado, Cristo murió por nosotros. El no murió por gente buena, gente generosa y humilde.

¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a dar nuestra vida por otra persona? Aunque fuera una persona justa, no lo haríamos. Quizás estaríamos dispuestos a hacerlo por una persona realmente buena, por un hijo o por nuestra pareja. Pero ¿cuántos daríamos la vida por un criminal?

¡Gracias a Dios que su amor es mucho más grande que el nuestro! Si a ti o a mí nos tocara rescatar a la humanidad, ¡estaríamos totalmente perdidos! ¡Nuestro amor no es suficiente! Pero el amor de Dios es mucho más grande, mucho mayor que el nuestro. El nos rescató, no cuando lo estábamos buscando arrepentidos, con obediencia, con sinceridad y amor. Cristo vino a morir por un mundo que lo rechazaba. En ese mundo estamos tú y yo.

No podemos separar el amor de Dios y la cruz de Cristo. No puedes conocer ese amor sin confiar en lo que Cristo hizo por ti en la cruz. ¿Entiendes que lo que Cristo sufrió en esa cruz fue por ti? ¿Comprendes cuánto te amo Dios? Ven hoy a la cruz para conocer ese amor inexplicable, inagotable, inalterable de Cristo. Es el amor más grande de todos.


Visita la página web del Pastor Tony Hancock: www.pastortony.net.

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