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Domingo 27 de Marzo del 2011

Poniendo las cosas en orden
Pastor Tony Hancock

En uno de los libros de las Crónicas de Narnia, se cuenta la historia de unos duendes que trabajaban en el jardín de una gran mansión. Estos duendes tenían su propia forma de hacer las cosas. Por ejemplo, un día, el gato se metió al cuarto donde se guardaba la leche. Todos los duendes se pusieron a trabajar frenéticamente para sacar la leche del cuarto para que el gato no se la tomara. ¡A nadie se le ocurrió sacar el gato!

A veces su forma de pensar les costaba trabajo, como en este caso. Sin embargo, también trataban de evitar la fatiga. Por ejemplo, cuando sembraban papas en el jardín, las cocían primero para evitarse el trabajo de tener que cocerlas después. ¡Muy inteligente!, ¿no? ¡Me pregunto cómo les habrá funcionado!

Claramente, sembrar papas sancochadas no es una forma de evitar el trabajo, sino de crear más. Las papas cocidas no crecen, sino que se pudren; luego hay que sembrar más, esperar que crezcan, y cocinarlas también. Todo esto por no querer hacer las cosas en el orden debido.

Les cuento esta historia para ilustrar la importancia del orden de las cosas. El orden para las papas es ésta: sembrar, cosechar y luego cocinar. Si se cambia el orden, se cambia el resultado también. Lo mismo sucede con la Biblia. La Biblia tiene un orden. Es una historia, con un principio y un final. También es importante el orden de las cosas en la Biblia. Tenemos que prestar atención al orden de la revelación bíblica, y cómo ella misma se interpreta.

Leamos Romanos 4:1-12 para ver la importancia que da el apóstol Pablo al orden de las cosas.:

4:1 ¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne?
4:2 Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios.
4:3 Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia.
4:4 Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda;
4:5 mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.
4:6 Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras,
4:7 diciendo:  Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas,  Y cuyos pecados son cubiertos.
4:8 Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado.
4:9 ¿Es, pues, esta bienaventuranza solamente para los de la circuncisión, o también para los de la incircuncisión? Porque decimos que a Abraham le fue contada la fe por justicia.
4:10 ¿Cómo, pues, le fue contada? ¿Estando en la circuncisión, o en la incircuncisión? No en la circuncisión, sino en la incircuncisión.
4:11 Y recibió la circuncisión como señal, como sello de la justicia de la fe que tuvo estando aún incircunciso; para que fuese padre de todos los creyentes no circuncidados, a fin de que también a ellos la fe les sea contada por justicia;
4:12 y padre de la circuncisión, para los que no solamente son de la circuncisión, sino que también siguen las pisadas de la fe que tuvo nuestro padre Abraham antes de ser circuncidado.

Bajo inspiración del Espíritu Santo, el apóstol basa su argumento en las Escrituras del Antiguo Testamento, y nos enseña cómo entenderlas. Este capítulo es básicamente la explicación de un versículo - Génesis 15:6 - con apoyo de un Salmo.

La explicación va dirigida a los judíos que dependían de la ley de Moisés para quedar bien con Dios. Algunos de ellos creían que el simple intento de guardar la ley era suficiente. Otros dependían del hecho de haber sido circuncidados. En todo caso, su confianza radicaba en lo que ellos mismos podían hacer para quedar bien con Dios.

Han pasado casi dos mil años, pero la situación actual no es muy diferente. Si encuestáramos a cien personas en la calle con esta pregunta: ¿Cómo piensa usted entrar al cielo?, les aseguro que al menos la mitad diría algo así: Bueno, trato de guardar los diez mandamientos. ¿De dónde provienen esos diez mandamientos? ¡De la ley de Moisés!

En otras palabras, la mentalidad de muchas personas - y quizás la tuya también - es igual a la que tenía la gente de aquel tiempo. Si tú llegaras a la puerta del cielo y Dios te preguntara: ¿por qué debo dejarte entrar? - ¿qué le dirías? ¿Te pondrías a hacer una lista de todas las cosas buenas que has hecho? ¿Le dirías que siempre trataste de obedecer los diez mandamientos? ¡No es suficiente!

Cientos de años antes de que Moisés recibiera la ley, Dios ya nos había mostrado cómo quedar bien con El. Lo hizo en la vida de un hombre llamado Abraham. Volvamos por un momento a Génesis 15:5-6: "15:5 Y lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia. 15:6 Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia." Aquí Dios le hace una gran promesa a Abraham, la promesa de que su descendencia sería numerosa. El era anciano, y su esposa estéril; sin embargo, Abraham decidió creer la promesa de Dios.

¿Era Abraham un hombre perfecto? No, no lo era. El mintió acerca de su relación con su esposa para salvarse el pellejo. Tuvo un hijo ilegítimo con una sirvienta. Dios no ignoró estas cosas; estos pecados tuvieron malas consecuencias. Sin embargo, Abraham hizo una cosa bien: le creyó a Dios. Tuvo fe en El. Como consecuencia de su fe, Dios lo consideró justo. Lo trató como si hubiera obedecido perfectamente todas sus leyes.

Desde el principio de su plan de salvarnos, entonces, Dios nos mostró cómo estar bien con El. No puede ser en base a nuestras obras. Volviendo a Romanos 4:4, vemos que hay un principio de obras y otro principio de fe. Son dos principios, dos sistemas, totalmente diferentes.

El sistema de las obras funciona así: tú trabajas, y el salario se te debe. Cuando tu patrón te paga, no te está haciendo un favor; te está dando lo que te mereces. Ante Dios, ¿qué salario nos hemos ganado con nuestras obras? ¿Qué paga merecemos? Romanos 6:23 lo dice: la paga del pecado es muerte: "Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.  " El salario que se merecen nuestras obras es la muerte.

Por lo tanto, si nos tratamos de acercar a Dios sobre la base de lo que hemos hecho, quedaremos culpables y condenados, separados de El. ¡No podemos trabajar lo suficiente para que Dios nos acepte! Por inclinación natural, todos tratamos de quedar bien con Dios haciendo cosas buenas, porque así podremos sentirnos bien con nosotros mismos. Sin embargo, este sistema no funciona. ¿Cómo, entonces, quedar bien con El?

Tenemos que cambiarnos al otro sistema, el sistema de la fe. De este sistema nos habla el verso 5. No es en base a nuestro trabajo, a las cosas buenas que hacemos, sino en base a la fe. Se trata de creer en Dios y de creerle a Dios. Se trata de dejar de confiar en nuestros propios esfuerzos y empezar a confiar en lo que Cristo ha hecho por nosotros en la cruz, así como Abraham creyó lo que Dios le prometió.

El rey David también experimentó esto. Cometió un gran pecado: se acostó con una mujer que no era su esposa, y para colmo, arregló la muerte del esposo de la mujer para ocultar su pecado. ¿Qué podría darle David a Dios para comprar su perdón? El mismo reconoció que no había nada. Leamos lo que dice el Salmo 51:16-17: "51:16 Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; No quieres holocausto. 51:17 Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios. "

Sólo su corazón quebrantado, un corazón contrito que confiaba en la misericordia de Dios, podía recibir el perdón de Dios. Por fe, Dios no tomó en cuenta el pecado de David, así como Dios le tomó en cuenta la fe a Abraham como si fuera justicia.

Tú también puedes tener la seguridad de que tu pecado - cualquiera que sea - ha sido perdonado. No le puedes comprar a Dios su perdón; sólo lo puedes recibir como un regalo, por fe. Siempre ha sido así; en toda era, Dios ha salvado a los que confían en El y en sus promesas.

Un judío podría objetar: ¿qué de la circuncisión? Abraham fue salvo porque fue circuncidado, ¿no? Aquí, nuevamente, tenemos que poner las cosas en orden. Como vemos en los versos 9-12, Abraham fue declarado justo por Dios antes de ser circuncidado. De hecho, él fue circuncidado unos 14 años después de ser declarado justo por Dios en base a su fe. Claramente, la circuncisión no fue la causa de su aceptación por Dios, sino un sello o símbolo de esta aceptación.

Los judíos circuncidados que comparten la fe de Abraham son sus hijos, pero también lo son los gentiles incircuncisos que comparten su fe. Abraham es el padre de cualquiera que comparte su fe en las promesas de Dios. Si ponemos las cosas en orden, la única base para ser aceptados por Dios es la fe en Jesucristo. Las buenas obras sólo vienen como resultado de esa fe.

En otras palabras, cuando tú llegas a tener fe en Jesucristo, tu vida cambia. Empiezas a obedecer a Dios. Sin embargo, nunca confundas la razón por la que El te acepta como justo. No es por las cosas buenas que haces, sino por su gracia, que tú recibes por fe. Pensar otra cosa es cambiar el orden de las cosas.

Si nunca has puesto tu fe en Jesús para ser aceptado por Dios, hoy puedes hacerlo. No esperes más. Entrégate hoy a Cristo, y recibe la salvación que Dios te ofrece como un regalo de su gracia. No lo puedes ganar. ¡Ni lo intentes! Más bien, ven a Cristo, y recibe su perdón por fe. Sólo así podrás poner tu vida en orden.


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