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Domingo 13 de Marzo del 2011

El fruto de la fe
Pastor Tony Hancock

En la sala de mi casa hay una planta junto a la ventana. Debido a su ubicación, sólo recibe luz solar por un lado. Si no se voltea la planta de vez en cuando, sucede algo interesante: sólo crece por un lado. El lado que no recibe luz se empieza a achicar, mientras que el lado que está junto a la ventana crece y se hace frondoso.

En esa planta vemos un cuadro de la fe. La fe, en realidad, es dar la vuelta para mirar hacia Dios. Al dejar de enfocarnos en la oscuridad de nuestros propios deseos pecadores, nuestro corazón da la vuelta para confiar en Dios, en el sacrificio de Jesucristo que nos da perdón y en lo que Dios quiere para nosotros.

La semana pasada vimos que sólo podemos ser aceptables ante Dios en base a la fe. No hay nada que le podamos ofrecer para que El nos perdone y nos acepte. Su amor se ha dado a conocer por medio de Jesucristo, y nuestra única opción es aceptarlo por fe, como un regalo de su gracia.

Sin embargo, como la planta que experimenta cambios cuando se vuelve hacia el sol, nuestras vidas también cambian cuando llegamos a confiar en Jesucristo. La fe en Jesús nos transforma. El otro lado de la moneda es que, si no experimentamos ningún cambio en nuestra vida, tenemos que preguntarnos si nuestra fe es verdadera, o si es sólo aparente.

En el pasaje que leeremos hoy, veremos tres cambios que trae la fe a nuestra vida. Cuando conocemos a Jesucristo y confiamos en El, nuestras actitudes y nuestra vida empiezan a cambiar. Veamos cómo en Romanos 3:27-31:

3:27 ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe.
3:28 Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.
3:29 ¿Es Dios solamente Dios de los judíos? ¿No es también Dios de los gentiles? Ciertamente, también de los gentiles.
3:30 Porque Dios es uno, y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión.
3:31 ¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley.

En las preguntas y respuestas que se hacen y se dan en este pasaje podemos distinguir tres cambios que trae la fe a nuestra vida. Todas éstas son cosas que se tratan con más detalle más adelante en el libro. Encontramos la primera en el verso 27. El apóstol escribe: "¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida."

Nuestra naturaleza humana es muy propensa al orgullo. Siempre queremos presumir de lo que tenemos y lo que somos. En cambio, cuando llegamos a reconocer que no le podemos dar nada a Dios, sino que El nos rescata por su amor mediante la fe en Jesucristo, la jactancia - la presunción - queda fuera. Ya no cabe.

Se cuenta la historia de dos patos y una rana que compartían felices una laguna. Llegó el verano, y faltó la lluvia. La laguna se empezó a secar. Para los patos no había ningún problema, pues ellos podían simplemente volar a otro lugar. Para la rana, en cambio, la situación era crítica.

Por fin, encontraron la solución. Los dos patos tomaron con las patas un largo palo, y la rana tomó el palo con la boca. De esta forma los dos patos volarían a otra lagunilla, y la rana iría con ellos agarrando con la boca el palo. Todo funcionó de maravilla. Los patos despegaron, y la rana se fue volando con ellos.

Un granjero se sorprendió al ver algo tan insólito. "¿Quién será el inventor de tan brillante solución?" - preguntó. La rana, con el pecho lleno de orgullo, respondió: "¡Yooooooooooo!" Y por supuesto, allí se acabó la historia de la pobre rana. ¡Así es el peligro de la jactancia! Pero cuando reconocemos que Dios nos ama y nos salva totalmente aparte de cualquier cosa que le podríamos ofrecer, ya no nos podemos enorgullecer.

Cuando hemos llegado a conocer a Cristo y nuestras vidas han cambiado, es fácil olvidar - con el tiempo - quién es el que lo ha hecho todo. Sentimos orgullo porque le servimos al Señor, porque hemos dejado de hacer lo que otros hacen, porque tenemos lo que ellos no tienen - y nos olvidamos de que lo tenemos todo por la gracia de Dios.

La fe nos enseña a ser humildes, a no creernos ni más ni menos porque sabemos que somos amados por Dios - y eso es lo que más importa. La fe, cuando la conoces y la entiendes, te hace humilde. La segunda cosa que sucede cuando tienes fe verdadera es que aprendes a aceptar a otros.

Miremos los versos 28 al 30. ¿Cuántos dioses hay? ¡Por supuesto, sólo uno! Algunos de los judíos se sentían superiores porque conocían al Dios verdadero. Es cierto que Dios se había revelado a ellos de una forma especial en los tiempos del Antiguo Testamento, pero no era porque no estaba interesado en salvar a todos.

Siendo que hay un solo Dios, también hay una forma de acercarse a El que está al alcance de cualquier clase de persona. No importa la raza, el color, el idioma, la nacionalidad, el nivel social o económico de la persona - Dios es Dios de todos. Ya que podemos ser aceptados por Dios sólo en base a la fe, y no por nada más que hacemos, nadie puede sentirse superior a nadie.

Dos manzanas observaban desde su árbol todos los resultados de la discriminación - terrorismo, violencia, guerras, odio. Una manzana dijo a la otra: "Dentro de poco, los seres humanos se habrán matado unos a otros. Entonces las manzanas reinaremos." La otra manzana le preguntó: "¿Cuáles? ¿Las rojas o las verdes?"

Solemos juzgar a la gente según nuestros propios criterios - si hablan como nosotros, si se visten como nosotros, si les gusta lo que nos gusta. Cuando llegamos a conocer a Cristo, sin embargo, sólo hay un criterio. Si la persona conoce a Cristo, es nuestro hermano. Si no conoce a Cristo, lo necesita - y debemos de orar por El y ayudarle para que lo conozca.

Cuando llegamos a tener fe verdadera en Jesucristo, aprendemos a aceptar a otros. Ahora veamos el verso 31 para encontrar el tercer resultado de la fe. La tercera cosa que hace la fe es que te hace cumplidor de la Palabra. Alguien podría pensar que, con todo lo que ha dicho Pablo acerca de la fe, ya no es importante obedecer a Dios.

La verdad es todo lo contrario. Cuando llegamos a conocer a Cristo por fe, empezamos a obedecer a Dios de una forma que jamás lo habíamos podido hacer antes. Leamos Romanos 8:3-4:

8:3 Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne;
8:4 para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.

Dios nos enseñó claramente en su ley lo que El espera de nosotros: completa honestidad, completa integridad, completa consideración de las necesidades de los demás.

El problema está en que nosotros no hemos sido capaces de obedecer esa ley perfecta, porque nuestra carne es débil. Por eso, Dios envió a Jesús para derrotar el pecado, para que nosotros - por fe en El - fuéramos transformados y llegáramos a ser capaces de hacer lo que le agrada.

Por eso, dice Pablo en el verso 31 del capítulo 3, que no anulamos la ley por medio de la fe. ¡Al contrario! La confirmamos. La confirmamos como agradable y perfecta, porque aprendemos a vivir en honestidad, en integridad, en amor - no por esfuerzo propio, sino en el poder de Jesús.

Por medio de la fe, nos convertimos en guantes, usados por la mano de Dios para hacer grandes cosas que no somos capaces de hacer por nuestra propia cuenta. Conforme más conocemos en fe a Jesús, más nos parecemos a El. Lo que éramos incapaces de hacer por nuestra propia cuenta, El mismo hace.

Todas estas cosas suceden cuando llegamos a tener fe en Jesucristo. A veces suceden instantáneamente, y a veces poco a poco. Pero cada persona que tiene fe verdadera en Jesucristo aprende a ser humilde, a aceptar a los demás y a obedecer la voz de Dios. Son frutos de la fe verdadera.

En cierta ocasión, Jesús dijo: "Por sus frutos los conoceréis" (Mateo 7:20). ¿Qué dicen los frutos que muestras en tu vida acerca de la clase de fe que tienes? No trates de colgar frutos en las ramas de tu vida para aparentar algo que no tienes. Más bien, si te das cuenta de que te falta algo, busca al Señor en oración. Conócelo mejor por medio de su Palabra. Alimenta tu fe, y esa fe producirá fruto en tu vida.


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