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Domingo 6 de Marzo del 2011

El corazón del evangelio
Pastor Tony Hancock

Me ha tocado ir a corte en varias ocasiones, aunque felizmente, nunca como acusado. En la corte, hay tres personajes principales: el acusado, el fiscal y el juez. El fiscal le trata de mostrar al juez que el acusado es culpable. Si el acusado se declara inocente, el juez - en base a las evidencias presentadas - da el fallo: culpable, o inocente.

En algunos casos, hay un jurado, testigos, etc. - pero pensemos en la situación sencilla que acabo de describir. Antes de comenzar el proceso, el juez le pregunta al acusado cómo se declara: inocente, o culpable. Consideremos lo que sucede en cada uno de estos casos.

Si el acusado se declara inocente, es posible que - en base a la evidencia - el juez lo declare inocente. También es posible que la evidencia demuestre que es culpable. Si el acusado se declara culpable, generalmente no hay proceso legal: el juez acepta su declaración de culpabilidad, y lo único que se tiene que determinar es la condena.

¿Alguna vez se ha visto que el acusado se declare culpable, y que el juez lo juzgue inocente? ¡Sería inaudito! Sin embargo, en la corte celestial, es algo que sucede con frecuencia. Si quieres que Dios te declare inocente, aun siendo culpable, te conviene prestar atención a lo que dice el pasaje de hoy. Abramos la Biblia en Romanos 3, y leamos los versos 21 al 26.

3:21 Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas;
3:22 la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia,
3:23 por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios,
3:24 siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús,
3:25 a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados,
3:26 con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.

Estos versículos han sido llamados el punto central y el lugar central de esta epístola, y de la Biblia entera. El problema que considera aquí el apóstol Pablo - y el problema que enfrentamos todos nosotros - es éste: ¿cómo puede la humanidad pecadora alcanzar la gloria de un Dios justo?

Fuimos creados para estar en relación con Dios, para reflejar su gloria y cumplir su propósito en nuestras vidas. Cuando Adán y Eva vivían en el Jardín del Edén, vivían en perfecta felicidad, perfecta paz y perfecta armonía, porque la gloria de Dios se manifestaba allí. Sin embargo, cuando pecaron, fueron expulsados del Jardín y de la comunión con Dios que habían disfrutado cada día.

Todos nos encontramos en la misma situación que ellos. Lo aclara el verso 23: ya que todos hemos pecado, y seguimos pecando, estamos tan alejados de la gloria de Dios como llegaron a estarlo ellos. Dios es justo y santo, y nosotros no lo somos. Esto crea un problema: si Dios simplemente ignorara el pecado, conviviendo con nosotros como lo hacía antes del pecado de Adán y Eva, El sería injusto, pues El es el Juez de todos. Es la norma final de justicia.

¿Es Dios injusto? ¡Claro que no! El no puede simplemente ignorar el pecado. En cambio, si Dios simplemente nos diera a todos nuestro merecido, mandándonos directamente al infierno, sería justo. Es lo que nos merecemos por nuestro pecado. Sin embargo, en su amor, Dios no quiso que todos nos perdiéramos.

En las semanas pasadas hemos establecido que todos estamos bajo el pecado, y no tenemos nada que ofrecerle a Dios a cambio de nuestro perdón. Tanto la gente religiosa como el criminal más vil, tanto la gente educada como la que no tiene educación, todos por igual somos culpables ante Dios.

Pero Dios, en su sabiduría, encontró una salida al callejón sin salida. Fue una salida que le costó mucho, pero que El hizo por amor. El verso 21 empieza diciendo "pero ahora". Son palabras llenas de esperanza a comparación con lo que hemos visto en las semanas pasadas. Cuando Dios obra, El trae esperanza.

Ya hemos dicho que Dios sería injusto si El simplemente perdonara al pecador. En la cruz, su justicia fue manifestada, porque El - en su sabiduría - encontró la forma de declarar justo al pecador, sin ser injusto. Esto viene aparte de la ley, según el verso 21. Como dice el verso 20, la ley de Dios dada a Moisés sirve para que cobremos conciencia del pecado: "ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado" (Romanos 3:20). Pero como no somos capaces de obedecerla, no nos puede hacer justos ante Dios.

Sin embargo, lo que Dios hizo para manifestar su justicia no es algo totalmente inesperado. El ya había anunciado por medio de la ley y los profetas que algo venía. ¿Alguna vez has visto uno de esos anuncios? Dicen algo así: Algo grande viene. Espéralo el 15 de marzo en tu tienda favorita. No te dicen qué es - generalmente resulta ser una nueva marca de champú, o algo similar.

En el Antiguo Testamento, Dios dijo de una y mil maneras: Algo grande viene. En la ley, con sus leyes de sacrificios que presagiaban el sacrificio de Cristo; en los profetas, que hasta dijeron dónde iba a nacer, y de muchas otras formas, Dios iba preparando el camino, hasta que se manifestó Jesús.

Por medio de la fe en El, nosotros podemos ser revestidos de la justicia de Dios, para cubrir nuestra propia injusticia. Nosotros, siendo pecadores culpables, podemos ser declarados justos por Dios en base a lo que Jesucristo hizo en la cruz. Esto es lo que dice el verso 24. Por la gracia de Dios, es decir, sin hacer nada para merecer su favor, podemos ser declarados justos.

Esto es lo que significa ser justificados: ser declarados no culpables. Habrá un gran juicio al final de la historia, cuando todos tendrán que responder por sus pecados. ¿Qué excusa le darás a Dios por los tuyos? ¡No hay pretexto que valga! Sin embargo, ¡Dios puede declararte no culpable ahora! ¿Cómo puede ser esto?

Dios nos lo explica de dos formas diferentes aquí. La primera se llama la redención. Di esa palabra conmigo: redención. No muy lejos de aquí hay un mercado que se usó en tiempos pasados para el comercio de esclavos. Hoy en día los turistas comprar recuerdos allí, pero anteriormente, lo que allí se vendía eran personas.

Imagina que tú fueras una de los esclavos que estuviera allí a la venta. ¿Tu precio? ¡La muerte! Tu amo, el pecado, no aceptará menos. No está dispuesto a regatear. Entonces llega uno que dice: estoy dispuesto a pagar el precio. Yo iré a la cruz en el lugar de esta persona. Pagado el precio, quedas en libertad.

Esta es la redención. Es el pago de un precio para poner en libertad a una persona. Jesús pagó el precio con su propia sangre para liberarnos a nosotros del pecado. Para entenderlo mejor, veamos la segunda forma en que Dios nos lo explica, en el verso 25.

Aquí se refiere a un sacrificio de expiación, o propiciación. Esta palabra se refiere a lo que hacía el sumo sacerdote el día de expiación. El entraba al lugar santísimo, donde se manifestaba la presencia de Dios, y rociaba la sangre del sacrificio encima del arca del pacto.

Para entender que lo esto representaba, tienes que imaginar los muebles del lugar santísimo. El arca del pacto era como un baúl. Adentro estaban las tablas de la ley, un pedazo de maná y la vara de Aarón. Encima del arca, a los dos lados, había dos ángeles - dos querubines - labrados en oro.

En medio de esos dos ángeles se manifestaba la presencia de Dios. No había ninguna imagen para representarlo, porque Dios es espíritu. En los templos de cualquier dios pagano se veía una estatua del dios que allí se adoraba, pero en el templo del Dios verdadero, sólo había un espacio donde se manifestaba su gloria.

Cuando Dios miraba hacia abajo, El veía el arca que contenía las tablas de la ley. ¿Qué decían las tablas? No robarás - y allí afuera había alguien robando. No tomarás en vano el nombre del Señor tu Dios - y por otra parte había alguien jurando en vano. Dios veía eso, veía las tablas, y se enojaba.

Cuando llegaba el sacerdote con la sangre, él la colocaba precisamente entre el lugar donde se manifestaba Dios y las tablas de la ley. Simbólicamente, tapaba de la vista de Dios las leyes quebrantadas, y Dios se dejaba de enojar. La sangre cubre el pecado y quita la ira de Dios.

Esta es la expiación. En el Antiguo Testamento, se tenía que hacer cada año; pero Jesús vino para hacerlo una vez por todas. Ya que Jesús pagó el precio, como dice el verso 26, Dios sigue siendo justo, pero puede declarar justos a todos los que tenemos fe en Jesucristo, porque Jesús pagó nuestro precio y satisfizo las demandas de la justicia de Dios.

No debemos de pensar que Jesús estaba en oposición con su Padre, el Hijo queriendo salvarnos y el Padre condenarnos. Más bien, la salvación es obra de las tres personas de Dios, y los tres están unidos en un solo propósito. En amor, Jesús vino a salvarnos; en amor, el Padre aceptó su sacrificio.

Dios hizo todo esto por ti. Ahora sólo te toca recibirlo. No hay absolutamente nada que le puedas dar a Dios para comprar su perdón. Sólo puedes recibir lo que El te ofrece, creyendo que sí es verdad, confiando en lo que El hizo por ti cuando Cristo murió y resucitó. Este es el corazón el evangelio: el corazón de un Dios que te amó tanto que prefirió morir a perderte. ¿Cómo le responderás?


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