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Domingo 28 de Julio del 2002

Una transformación genética
Pastor Tony Hancock

Si se quiere escribir un libro, es necesario tener papel y pluma. Para poner una acera, se requiere de cemento y agua. Hace falta la materia prima para realizar el proyecto.

La semana pasada, vimos la importancia de la santidad. Si queremos ser hijos de un Dios que es santo, entonces nosotros también tenemos que ser santos. Dios mismo lo dijo: Sean santos, porque yo soy santo (1 Pedro 1:16).

Existe, sin embargo, un problema. Nosotros no tenemos la materia prima para alcanzar la santidad. En otras palabras, no tenemos el potencial nativo. Un huevo de gallina, si se incuba, tiene el potencial de ser un pollo. No tiene el potencial de ser un avestruz. Su material genético no lo permite.

De igual modo, como seres humanos, nuestro potencial está limitado, por decirlo así, por los genes espirituales que hemos heredado. Son genes de pecador. En nuestro estado natural, somos incapaces de alcanzar la santidad que es necesaria para estar en relación con Dios y tener vida.

Lo que esto significa es que no importa cuán buenas sean nuestras intenciones, cuán grandes nuestros esfuerzos, o cuán profundo nuestro deseo, no podremos alcanzar la santidad en nuestro estado natural.

¿Cómo, entonces, podemos experimentar una transformación genética espiritual? No se podrá lograr en ningún laboratorio. No importa cuáles avances se logren en la biotecnología, cuántas clonaciones o manipulaciones genéticas se hagan, el espíritu humano está fuera del alcance de los científicos. La ciencia nunca logrará la santidad.

Hay uno que sí puede hacer esa transformación en nosotros. Quizás, al aprender acerca de la importancia de la santidad, te has estado tratando de santificar. Y quizás, en el proceso, te has encontrado frustrado por tu inhabilidad de perfeccionarte.

Hoy veremos cómo es que nosotros, siendo pecadores, podemos ser santos. La semana pasada vimos que la santidad es lo que Dios nos exige; hoy veremos que la santidad también es algo que Dios nos da.

Lectura: Romanos 8:1-11

8:1 Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
8:2 Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.
8:3 Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne;
8:4 para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
8:5 Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu.
8:6 Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz.
8:7 Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden;
8:8 y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.
8:9 Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.
8:10 Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia.
8:11 Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.

Algunos de ustedes han construido casas, o las están construyendo. Podríamos decir que la construcción de una casa tiene dos elementos. En primer lugar, se pone la fundación para la casa. En segundo lugar, se alzan las paredes, se pone el techo, y se hacen los demás arreglos.

Sería ridículo construir un pollero sobre la fundación de un rascacielos. Dios ya ha puesto tal fundación para nuestra vida, y él ahora quiere construir tu vida y la mía sobre ella. El no quiere construir un pollero; él quiere que sea un rascacielos, impresionante y útil, para su gloria.

Para entender cómo es que funciona esto, entonces, vamos a hablar primero de esa fundación que Dios ha puesto, para ver entonces cómo es que se hace la construcción sobre esa fundación.

I. La fundación: la victoria de Jesús sobre el pecado

Sin fundación, cualquier edificio que se construya pronto se caerá. De igual modo, nuestras vidas se desintegrarán si no están bien fundadas. Esa fundación está en lo que Cristo hizo. Al tomar un cuerpo como el nuestro, y vivir sin pecado en ese cuerpo, Jesús pudo vencer el poder del pecado en su muerte. Ahora, todo el que está unido a él por fe participa de esa victoria.

Cuando Jesús murió por nosotros, él tomó sobre sí toda nuestra maldad. Es como si fuera un imán, que se atrajera a sí mismo toda la contaminación, toda la impureza, todo lo malo de nosotros. De este modo, quedamos libres de ese pecado. Así, entonces, Dios destruyó el poder del pecado en nosotros. Antes de la venida de Cristo, sólo teníamos la ley. Dios nos dijo qué debíamos de hacer, pero nos encontrábamos incapaces de hacerlo. El pecado se valió de la ley para crear más desobediencia.

Ahora, con la venida de Cristo, el poder del pecado ha sido quebrado. Ese amo duro que nos tenía bajo su poder ha sido derrotado. Cristo entró en la prisión de nuestra humanidad para cortar los lazos que nos tenían aprisionados y llevarnos a la libertad. Eso significa, como dice el verso uno, que ya no estamos sentenciados a vivir bajo el poder del pecado. Cuando dice que ya no hay condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, no simplemente está hablando de la condenación a la muerte. Eso ya se había establecido.

Más bien, se nos está diciendo que ya no estamos bajo la sentencia de vivir en el pecado. Jesús nos ha librado de la cadena perpetua de violar las leyes de Dios, estar alejados de él, sentir la falta de esperanza y de paz, y desconocer la verdad. Ya no estamos condenados a vivir en pecado, en desobediencia, en perdición.

En otras palabras, Jesús no simplemente murió para comprarnos un boleto al cielo. El murió para librarnos de la presencia abrumadora del pecado en nuestras vidas presentes. El murió para que fuéramos librados para servir a Dios en santidad, en vez de vivir sin propósito, llevados como burros tras una zanahoria por nuestros malos deseos.

Nuestra situación es como la de un grupo de rehenes, obligados a punta de pistola a seguir los deseos de nuestro secuestrador, el pecado. Cristo vino y se añadió al grupo de rehenes, para luego quitarle la pistola al secuestrador. Ya no estamos bajo la obligación de obedecerlo. Ya estamos libres para vivir en vez de morir. Ahora la decisión está en nosotros. Si seguimos secuestrados por el pecado, es sólo porque hemos preferido el pecado a la salvación. Si estamos lejos de Dios, no es por necesidad; es porque no hemos querido valernos del acercamiento que él nos ofrece.

Jesús ya derrotó el poder del pecado al vestirse de carne humana. Esta es la base para nuestra vida de santidad. Este es el fundamento para la construcción de una vida que lleva hacia Dios, en vez de ir a la condenación.

Sin embargo, no llegaremos a conocer las bendiciones que Dios tiene para nosotros si nos quedamos con la fundación. En mi país, se dan frecuentemente los casos de dueños de terrenos que empiezan a construir antes de tener los fondos para terminar la casa. Ponen la fundación y poco a poco levantan las paredes. El proceso puede durar años. Durante ese tiempo, es común permitir que alguna familia necesitada viva como guardianes en el terreno. En algunas ocasiones construyen sus chozas de esteras sobre la fundación hecha para un edificio mucho más imponente.

Esa choza construida sobre una buena fundación es la imagen del creyente que tiene la salvación, pero no está viviendo la plenitud de lo que Cristo murió por traerle. Veamos, entonces, cómo se hace la construcción de una vida santa.

II. La construcción: El poder del Espíritu para transformar nuestras vidas

Cuando hablamos del Espíritu Santo, muchas veces sentimos que estamos entrando en aguas muy profundas. El Espíritu Santo es algo inexplicable para nosotros. Y así tiene que ser; él es Dios, y Dios es alguien que no podemos explicar. Jesús comparó la acción del Espíritu con el soplar del viento; sus efectos son palpables, pero su causa no.

No podemos explicar al Espíritu Santo, pero sí podemos considerar la manera en que él obra en nosotros. No sólo podemos hacerlo, sino que tenemos que entenderlo para que podamos experimentar la plenitud de su presencia.

En nuestra salvación, el Padre es el miembro de la Trinidad que planeó nuestra redención; el Hijo es el que la ganó; y el Espíritu Santo es el que la hace real en nuestras vidas. En otras palabras, el Espíritu Santo es la presencia de Dios en nuestras vidas para que podamos vivir todo lo que Dios quiere para nosotros.

En nuestro estado natural, tenemos cierta mentalidad. Esta mentalidad se describe en la primera parte del versículo 5. Tal mentalidad se enfoca en los deseos humanos. Considera la satisfacción de esos deseos como el fin de la existencia humana. Busca comer, beber, y divertirse. Esta mentalidad lleva directamente a la muerte.

La mentalidad que trae el Espíritu Santo, en cambio, se enfoca en las cosas de Dios. Se refleja en la oración modelo: Venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. Esta mentalidad nos lleva a la vida. En otras palabras, nos conviene. El diablo quiere convencernos de que lo que nos conviene es tratar de satisfacer nuestros propios deseos. Jesús nos enseñó que la realidad es lo contrario: quien quiera salvar su vida, dice el Señor, la perderá.

Si nos dejamos llevar por la carne, somos enemigos de Dios. Esto nos dice el versículo7. Mientras tanto, la persona que se deja llevar por el Espíritu agrada a Dios, y vive en paz. La decisión ahora es nuestra. ¿Nos rendiremos al Espíritu, o seguiremos viviendo en la carne?

Si somos creyentes, el Espíritu mora en nosotros. No tenemos que esperar que él venga, o dudar de su presencia. Si de corazón hemos creído en Jesucristo, entonces en ese momento recibimos al Espíritu Santo. Pero nadie nos obliga a obedecerlo. El pecado nos obligaba; Dios sólo nos invita.

El nos invita a recibir su salvación, y nos invita a obedecer la voz de su Espíritu Santo. Ese Espíritu Santo nos trae vida. Nos dicen los versos 11 y 12 que el Espíritu Santo es el que da vida a nuestro espíritu, y también dará vida a nuestro cuerpo en el día de resurrección.

Lo que nosotros somos incapaces de hacer, transformar nuestro corazón y nuestra mente, el Espíritu Santo lo hace cuando nos rendimos a su poder y su presencia en nuestra vida.

El poder del Espíritu Santo es el único modo de experimentar la santidad. Déjame darte tres pasos para experimentar su poder en tu vida.

En primer lugar, arrepiéntete de todo pecado conocido. El Espíritu Santo no podrá obrar en tu vida si albergas desobediencia en tu corazón. El pecado que no confiesas es como una represa que detiene el fluir del poder de Dios en tu vida. Examínate para ver si tienes algún pecado inconfeso.

En segundo lugar, confía en la presencia del Espíritu en tu vida. Invítale a tomar control de ti. Cuando te despiertes, dile a Dios en oración que estás dispuesto a seguir la voz de su Espíritu en ese día.

En tercer lugar, pon atención a la voz del Espíritu. Cuando te preparas para oír su voz, él te hablará. Quizás te dará una sensación fuerte de que debes de hacer algo. Quizás oirás su voz en el consejo de un hermano. O quizás te abrirá los ojos a un pasaje bíblico que se dirige a tu situación. Si no esperas que él te hable, entonces cuando lo hace, es probable que no lo reconozcas. Pon atención a su voz.

Si eres creyente, el Espíritu Santo está en ti. El te da ese potencial que no tienes en tus propias fuerzas. Ahora a ti te toca dejar que su poder fluya en ti para la transformación. La presencia del Espíritu Santo en tu vida te puede traer esa transformación total que tú sólo jamás podrías alcanzar.


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