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Domingo 27 de Febrero del 2011

La prisión del pecado
Pastor Tony Hancock

Un constructor conocido y exitoso fue escogido para construir una nueva cárcel en la ciudad de Nueva York. Poco después de terminar la construcción, el mismo constructor fue hallado culpable de falsificación. ¡Fue encerrado en la misma cárcel que acababa de construir!

¡Qué ironía! ¿no? ¿Has pensado que tú y yo podríamos encontrarnos encarcelados en una prisión que nosotros mismos hemos construido? ¡Es verdad! Con nuestras propias manos hemos hecho la cárcel en la que nos encontramos. Esta prisión se llama el pecado, y nos mantiene bajo su poder. Leamos acerca de de esta prisión en Romanos 3:9-20:

3:9 ¿Qué, pues? Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado.
3:10 Como está escrito:  No hay justo, ni aun uno;
3:11  No hay quien entienda.  No hay quien busque a Dios.
3:12  Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles;  No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.
3:13  Sepulcro abierto es su garganta;  Con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios;
3:14  Su boca está llena de maldición y de amargura.
3:15  Sus pies se apresuran para derramar sangre;
3:16  Quebranto y desventura hay en sus caminos;
3:17  Y no conocieron camino de paz.
3:18  No hay temor de Dios delante de sus ojos.
3:19 Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios;
3:20 ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.

Hoy en día, no nos gusta hablar del pecado. Se reportó recientemente que un famoso predicador comentó que él no mencionaba el pecado en sus mensajes, porque la gente ya está muy deprimida y cargada de problemas. Él prefiere enfocarse en lo positivo. Con todo el respeto que este hermano se merece, tengo que decir que me parece errónea su afirmación.

Imagina que fueras al doctor con un fuerte dolor en el estómago, y después de examinarte, el doctor te dijera con una sonrisa: ¡Usted está perfectamente bien de las piernas, del corazón, de los riñones y del hígado! Si no nos menciona que también estamos sufriendo de apendicitis, su énfasis en lo positivo podría convertirse en una sentencia de muerte.

Por eso, es muy importante que entendamos cuál es nuestro problema. Dime: ¿odias el pecado? ¿Lo aborreces? Si no lo odias, no has llegado a entender lo horrible que es. El pecado, como el frío, es engañoso - y puede ser letal.

Un guardabosque relató su experiencia de estar aislado en una cabaña sin calefacción durante una tormenta de nieve. Según su relato, al bajar la temperatura de su cuerpo, sintió paradójicamente una sensación deliciosa de calor. Se acostó en el piso sin quererse mover, insensible al hecho de que se estaba muriendo de frío. Si no hubiera sido por los ladridos incesantes de su perro, se hubiera quedado allí congelado.

El pecado nos está matando, pero tú y yo nos convencemos de que no es algo tan serio. Hacemos pretextos, nos justificamos, señalamos a los demás. Necesitamos que la Palabra de Dios, como los ladridos de aquel perro fiel, nos despierte de nuestro sueño para que veamos nuestra verdadera condición.

Llegamos, entonces, a la conclusión de que toda persona en el mundo se encuentra bajo el poder del pecado. Ni siquiera los seguidores de la religión dada por Dios, como vimos algunas semanas atrás, pudieron ser salvos por medio de la religiosidad. Por esto dice Pablo que tanto judíos como gentiles están bajo el pecado - bajo su poder, bajo su influencia, bajo su control.

Sin Cristo, todos estamos bajo el poder del pecado, y lejos de Dios. Esta es la primera cosa que quiero que entendamos hoy. El pecado no es algo que está allá afuera; es algo que radica en el corazón de cada uno de nosotros. Es como el gusano que está en una manzana.

Quizás te haya tocado comer una manzana que parece estar entera, sólo para descubrir adentro un gusano. ¿Sabes cómo se metió el gusano a la manzana? Pensamos que se mete haciendo un hoyo en la piel de la manzana, pero no es así.

Lo que sucede es que el insecto pone sus huevos en la flor antes de que se convierta en fruta. La fruta se va formando con un huevo de gusano en su corazón, hasta que nace el gusano y empieza a consumir la fruta por dentro. Por fuera, todo se ve bien; pero hay un gusano adentro.

Así es el pecado. No es algo externo a nosotros; es algo que ha sido sembrado en el corazón de cada uno, un problema interno que sólo una cirugía radical - una cirugía espiritual - puede corregir. Todos estamos bajo el poder del pecado, porque el pecado radica en el corazón de cada uno de nosotros.

El apóstol Pablo cita una cadena de versículos del Antiguo Testamento que describen la forma en que el pecado nos ha tocado a todos, y las formas en que nos afecta. Como ya hemos visto, todos estamos bajo el poder del pecado. Nadie se escapa de su influencia. Como ovejas tontas y rebeldes, todos nos hemos extraviado, y buscamos nuestra propia satisfacción más que a Dios.

Sigue citando más versículos para describir dos maneras de las muchas en que el pecado se manifiesta. La primera forma es por medio de nuestras palabras. Los versos 13 y 14 lo describen. Nunca me ha tocado estar presente cuando se destapa un sepulcro, pero me puedo imaginar la podredumbre que sale en el aire viciado de aquellos lugares oscuros.

Así como un sepulcro destapado, dice la Palabra de Dios, es la boca de del pecador. No tiene mal olor porque le falta higiene bucal; no se refiere al mal aliento. Más bien, se refiere a las palabras y expresiones podridas que salen de nuestra boca. Jesús mismo dijo que de la abundancia del corazón habla la boca.

Cada palabra hiriente, grosera o mentirosa que sale de tu boca es una manifestación de que el pecado todavía tiene tu corazón en su poder. ¿Cómo podríamos limpiar el aire de un sepulcro? Sólo quitándole el cadáver. ¿Cómo podríamos evitar que una víbora venenosa sea peligrosa? Sólo quitándole las glándulas de veneno. De igual forma, nuestras bocas sólo podrán ser fuentes de bendición en lugar de maldición cuando nuestros corazones han sido liberados del pecado que nos tiene aprisionados.

La segunda forma que se manifiesta el pecado es en nuestra forma de vivir. Los versos 15 al 17 lo resumen. Para hacer el bien somos muy lentos, pero cuando se trata de hacerle daño a alguien para conseguir algún beneficio, vamos corriendo. En lugar de dejar bendición, dejamos conflicto y problemas a nuestro paso. Vamos caminando por una senda que trae pleitos y riñas, en lugar de paz.

Es por eso que necesitamos al que dijo: Yo soy el camino. Si no aprendemos a seguir ese camino que es Jesús, el camino ancho que es el camino natural para nosotros nos llevará a la ruina. Tanto en nuestra forma de hablar como en nuestra forma de vivir, estamos bajo el poder del pecado. En resumen, no le tememos a Dios; no nos preocupa lo que él piensa de lo que hacemos, sino que pensamos que él nunca nos castigará.

Si el problema del pecado está dentro de nosotros, la solución también tiene que penetrar hasta lo más íntimo de nuestro corazón. Es por esto que la ley no nos puede salvar. Miren los versos 19 y 20. La ley aquí se refiere al Antiguo Testamento y su revelación de lo que Dios quiere que hagamos.

Podemos conocer perfectamente bien lo que Dios quiere, pero si no lo hacemos, sólo nos puede condenar. La ley de Dios sirve para que nos demos cuenta de nuestro problema, pero no nos puede salvar, por más que tratemos de obedecerla. ¿Por qué? Porque el pecado está en nuestro corazón, y no somos capaces de obedecer esa ley perfecta.

Es necesario que reconozcas en esta mañana cuál es tu problema, para que puedas encontrar la solución. Tu problema y el mío se llama pecado. Es una realidad poderosa y engañosa que radica en nuestro corazón, que nos aleja de Dios y que nos lleva siempre a buscar nuestra propia conveniencia. Si seguimos bajo su poder, moriremos.

Tenemos que reconocer y odiar el pecado, viéndolo como Dios lo ve. Sólo así podremos amar lo suficiente a Cristo como para dejar que él nos transforme. Sólo así podremos buscarlo cada día, confiando en él y creyendo su Palabra.

El entrenador de un equipo universitario de fútbol invitó a dos conocidos a llevar a una reunión de entrenamiento una víbora cascabel de dos metros de largo. Estando los jugadores reunidos alrededor de la mesa, entraron estos dos sujetos y echaron la serpiente sobre la mesa, siseando.

Los jugadores gritaron y se levantaron al instante de la mesa. Cuando todos habían recuperado la calma, el entrenador les dijo: Cuando entró esa serpiente al cuarto, ustedes se asustaron. Cuando entra la cocaína, no se asustan; pero igual, les matará.

Como aquella serpiente es también el pecado. Si no nos asusta, si no lo odiamos, seguiremos bajo su poder. Es sólo cuando dejamos de justificar el pecado, cuando dejamos de amarlo y de disculparlo, que podremos empezar a caminar en la libertad que Jesús nos ofrece.


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