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Domingo 30 de Enero del 2011

Tapando el sol con un dedo
Pastor Tony Hancock

En una de las historias del gran director Alfred Hitchcock, un hombre parece haber cometido el crimen perfecto. Este hombre estaba convencido de que el mundo giraba en torno a él mismo. Era apuesto, elegante, encantador. Sólo había un problema: no tenía dinero. Para poder vivir la vida que él pensaba merecerse, tendría que fallecer su anciana tía, dejándole su fortuna.

¿Cómo lograr que ella muriera, sin que nadie se diera cuenta? Por fin, armó un plan muy detallado. Fabricó una coartada, y cuando entró a la casa de su tía, usó un elaborado disfraz que le parecía impenetrable.

Sólo había un problema. Un testigo se presentó a la policía, y a pesar de que el criminal pensaba haberse disfrazado completamente, el declarante no tuvo problema en identificarlo. ¿Por qué? Por un enorme lunar que tenía en la cara, que no se le había ocurrido disfrazar. Había disfrazado su apariencia por completo, salvo ese lunar.

¿Por qué se le olvido el lunar? Simplemente porque él vivía en un estado de negación acerca de que tuviera un lunar. Se consideraba apuesto, y el lunar arruinaba su apariencia. Por lo tanto, simplemente lo ignoró. Bloqueó por completo de su mente el hecho de que en su rostro existiera tal imperfección.

Su caso es algo extremo, pero la realidad es que todos vivimos como él, tratando de tapar el sol con un dedo. Es una reacción común en el ser humano simplemente ignorar los problemas, pensando que así desaparecerán. Como ilustra la historia de este hombre, muchas veces terminamos metidos en problemas mucho más graves.

La semana pasada, consideramos el problema que todos tenemos. Todos estamos contagiados con una enfermedad mortal, una enfermedad llamada pecado. Esta enfermedad ha producido todos los problemas que vemos en el mundo actual y en nuestras propias vidas también: la perversidad, la avaricia, la envidia, el chisme, la soberbia, la rebelión y muchas otras cosas.

Sin embargo, en su ceguera, muchas personas no se dan cuenta de las formas en que esta enfermedad afecta sus propias vidas. Se parecen a la persona que siente los síntomas de un ataque cardiaco, pero se convence a sí misma que sólo se trata de un poco de indigestión. Esta semana hablaremos de una clase de ceguera que nos afecta, y la próxima semana hablaremos de una segunda clase de ceguera.

Abramos, entonces, nuestra Biblia en Romanos 2. Mientras leemos estos versos, quiero invitarte a dejar que el Espíritu Santo te demuestre si estás cayendo en el error que describe este pasaje. Sólo podrás recibir el remedio si estás dispuesto a reconocer y comprender tu propia enfermedad.

Leamos ahora los primeros cuatro versículos:

Romanos 2:1-4
2:1 Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo.
2:2 Mas sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad.
2:3 ¿Y piensas esto, oh hombre, tú que juzgas a los que tal hacen, y haces lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios?
2:4 ¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?

Podemos imaginarnos a alguien que lee con cara de arrogancia los versículos anteriores, donde Pablo hace una lista de los pecados comunes en el mundo pecador. ¡Qué bueno que no soy así! - piensa dentro de sí mismo. Pablo, entonces, se vuelve a mirarlo, y le dice: ¡No tienes excusa!

¿Por qué? Porque cuando juzgamos a otros, nos condenamos a nosotros mismos. Seguramente has visto alguna vez a alguien y has pensado: ¡Qué persona más envidiosa! Y tú, ¿nunca has sentido envidia de lo que otra persona tiene? O tus hijos te desobedecen, y te enojas. Y tú, ¿siempre obedeciste perfectamente a tus padres en todo, sin jamás responderles?

Jesús dijo: "No juzguen, para que no sean juzgados" (Mateo 7:1). Pablo aquí nos dice lo mismo: cuando juzgas a otros, te condenas a ti mismo (v. 1). Nosotros somos muy buenos para justificar nuestros propios pecados, mientras condenamos a los demás. Veamos como ejemplo algunos reportes dados a la compañía de seguros después de un accidente.

Por ejemplo, un chofer dijo: "Un carro invisible salió de la nada, chocó con mi carro y desapareció." ¿De veras? O esto: "El peatón no sabía hacia dónde correr, así que lo tuve que atropellar". ¡No fue mi culpa! Uno más: "El poste de luz se acercaba muy rápidamente. Estaba tratando de esquivarlo cuando chocó con la defensa de mi carro." ¡Esos postes de luz! ¡Son muy tramposos!

La verdad es que, al igual que estos conductores, ninguno de nosotros quiere reconocer su pecado. Olvidamos rápidamente los pecados que hemos cometido, como si Dios ya no los viera, e identificamos con igual rapidez los pecados de otros. Pero ¿qué dice el versículo 2? Dice que el juicio de Dios se basa en la verdad. Nosotros podemos hacer pretextos y cambiar las cosas, pero Dios conoce perfectamente la verdad.

Del juicio de Dios, entonces, no hay escapatoria. Cualquier pretexto, cualquier defensa es en vano. Pero hacemos una cosa más: no sólo ignoramos nuestros propios pecados juzgando a otros, sino que también confundimos la paciencia de Dios con tolerancia. Pensamos que, si Dios no nos ha castigado por pecar, es porque no le importa que pequemos.

"Creo que estoy bien", pensamos, "Dios no me ha castigado todavía". ¡Qué error más grande! Porque el propósito de su paciencia es llevarnos al arrepentimiento, no tolerar nuestro pecado porque no le importa. El verso 4 lo dice. No pienses que, si Dios no te ha castigado aún, es porque tu pecado no le importa. Es porque El está esperando a que te arrepientas.

Ahora veamos qué tenemos que hacer, si queremos quedar bien ante Dios en el juicio final. Leamos los versos 5 al 11:

Romanos 2:5-11
2:5 Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios,
2:6 el cual pagará a cada uno conforme a sus obras:
2:7 vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad,
2:8 pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia;
2:9 tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo, el judío primeramente y también el griego,
2:10 pero gloria y honra y paz a todo el que hace lo bueno, al judío primeramente y también al griego;
2:11 porque no hay acepción de personas para con Dios.

Dios no castiga de inmediato nuestro pecado, porque El nos da tiempo para arrepentirnos. Sin embargo, viene un día de castigo; mientras persistes en justificar tu pecado, en señalar a los que consideras peores que tú y justificarte, lo único que haces es acarrear más castigo en tu cuenta - una cuenta que se pagará el día final.

¿Cuál es el criterio que Dios usará para juzgarnos? Lo dice el verso 6, citando una enseñanza que aparece muchas veces en el Antiguo Testamento: "Dios pagará a cada uno según lo que merezcan sus obras" (v. 6). En otras palabras, si tú has vivido una vida perfecta, buscando siempre a Dios y haciendo siempre lo que El desea, recibirás la vida eterna.

En cambio, si has hecho mal, no importará el bien que hayas hecho también; habrá sufrimiento y agonía. Dios no hace acepción de personas; aun el hecho de pertenecer a su pueblo escogido, el pueblo judío, no libera a nadie de ser juzgado. Podrías decir, entonces, que bajo estas condiciones, todos estamos perdidos. ¡Tienes razón! Es por esto que necesitamos un Salvador. No podemos producir, por nuestra propia cuenta, la vida de buenas obras que Dios nos exige.

Pero queda un argumento más. Alguien podría alegar: "Dios no puede culparme de lo que no sé". ¿Cómo respondemos? Leamos los versos 12-16 para ver la respuesta:

Romanos 2:12-16
2:12 Porque todos los que sin ley han pecado, sin ley también perecerán; y todos los que bajo la ley han pecado, por la ley serán juzgados;
2:13 porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados.
2:14 Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos,
2:15 mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos,
2:16 en el día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio.

La ley que aquí se menciona es la ley de Moisés, la ley dada por Dios a su pueblo, el pueblo judío. Ellos se consideraban mejores que los demás, porque Dios les había dado su ley. Sin embargo, dice Pablo: "Dios no considera justos a los que oyen la ley sino a los que la cumplen" (v. 13).

Hasta el día de hoy, me topo con personas que comparten su mentalidad. Dicen: "Me gusta escuchar la Palabra de Dios". ¡Qué bueno! Pero si no la ponen en práctica, ¡de nada les sirve! No son los que oyen la Palabra de Dios los que El acepta, sino los que la hacen. Pero ¿qué de los que no han oído?

Ellos tienen su propia ley. Hablando de los que no tenían conocimiento de la ley de Dios, Pablo dice que ellos son ley para sí mismos. ¿Qué significa esto? Significa que, aunque no conozcan directamente la ley de Dios, todo el mundo la obedece en ratos. En otras palabras, cuando alguien dice la verdad, muestra que sabe en su corazón que la verdad es mejor que la mentira.

Cuando otra persona resiste la tentación a traicionar a su esposa, muestra que sabe en su corazón que la fidelidad es mejor que la traición. En la conciencia, cada persona tiene una voz que a veces le acusa, y a veces le excusa. Esta voz da testimonio de la existencia de una ley divina, aunque no tengamos conocimiento directo de ella.

¿Significa esto que la gente puede ser salva por seguir la voz de la conciencia? No. Porque esa voz, como dice Pablo, a veces acusa. Nadie ha obedecido perfectamente siquiera la voz de la conciencia que trae dentro. Por eso, en el día en que Jesucristo juzgará a toda persona, nadie tendrá excusa.

Todavía no hemos llegado a las buenas noticias. ¡Las hay! Pero antes de comprender lo bueno que es lo que Jesucristo ha hecho por nosotros, tenemos que comprender la profundidad de nuestro propio pecado. Por eso, te invito hoy a permitirle al Señor quitarte todo pretexto, toda justificación, todo intento por explicar por qué tu pecado no es tan grave.

No seas como aquel joven de la historia, que ignoró su lunar. No trates de tapar el sol con un dedo. Permite que el Espíritu Santo te demuestre los rincones oscuros de tu corazón, porque sólo así puede brillar en ellos la luz de Dios. Sólo así podrás recibir con gozo el perdón que Jesucristo murió en la cruz para comprarte.


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