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Domingo 21 de Julio del 2002

La sinceridad y la santidad
Pastor Tony Hancock

La sinceridad es una de las cosas más importantes en la vida. Se dice, por ejemplo, que lo que importa es el pensamiento. Si alguien te da un regalo que no es de tu agrado, bueno, lo que importa es el pensamiento. Y ¿qué padre no mira el esfuerzo de su hijo o su hija y los felicita porque se esforzaron, sin importar el éxito de su intento? Imagina, por ejemplo, ese momento en que tu hija te presenta su primer pastel. Se parece más a un panqueque que a un pastel, la alcorza se ha escurrido al plato, y el sabor no se distingue, pero lo importante es que hizo el intento. El papá sabio felicita a su hija en esta situación, en vez de criticar las fallas de sus esfuerzos. Sabe que es sumamente importante estimular su ánimo, y que las habilidades vendrán con la práctica.

Pero hay ciertas ocasiones en que la sinceridad no es suficiente. Hoy veremos una historia fascinante del Antiguo Testamento en la cual un hombre actuó con total sinceridad, y sin embargo fue castigado muy severamente.

Para ponernos al día de lo que sucede, debemos retroceder al principio de la monarquía en Israel. ¿Recuerdan cuál fue el primer rey de Israel? Se llamaba Saúl. Era un hombre muy alto, pero no fue un buen rey. Abandonó los caminos del Señor.

Una de sus ideas fue llevar el arca del Señor al campo de batalla como una especie de talismán para asegurar la victoria contra sus enemigos, los filisteos. El arca del Señor, o arca del pacto, era una caja de madera forrada con oro que contenía las tablas de la ley, el maná, y la vara de Aarón que había brotado. Este objeto era lo más sagrado dentro del sistema de adoración del Antiguo Testamento, porque representaba la presencia de Dios. Dentro del tabernáculo, y luego el templo, Dios moraba sobre el arca.

Las naciones vecinas solían llevar sus ídolos al campo de batalla para traerles victoria. Así que, para el rey Saúl, fue una idea natural llevar también el arca del pacto con el mismo propósito. Pero Dios no puede ser usado de esa manera. Dios no es manejable. El permitió que perdieran la batalla, y que los filisteos capturaran el arca. Sucedieron varias cosas insólitas mientras el arca estaba en manos de los filisteos, pero vamos a adelantarnos al momento, quizás unos sesenta años más tarde, en que se decidió regresar el arca a Jerusalén, la ciudad donde debía permanecer. Ya no reina Saúl; ha sido rechazado en favor de David, el escogido de Dios.

Veamos lo que sucede.

Lectura: 1 Crónicas 13:1-10

13:1 Entonces David tomó consejo con los capitanes de millares y de centenas, y con todos los jefes.
13:2 Y dijo David a toda la asamblea de Israel: Si os parece bien y si es la voluntad de Jehová nuestro Dios, enviaremos a todas partes por nuestros hermanos que han quedado en todas las tierras de Israel, y por los sacerdotes y levitas que están con ellos en sus ciudades y ejidos, para que se reúnan con nosotros;
13:3 y traigamos el arca de nuestro Dios a nosotros, porque desde el tiempo de Saúl no hemos hecho caso de ella.
13:4 Y dijo toda la asamblea que se hiciese así, porque la cosa parecía bien a todo el pueblo.
13:5 Entonces David reunió a todo Israel, desde Sihor de Egipto hasta la entrada de Hamat, para que trajesen el arca de Dios de Quiriat-jearim.
13:6 Y subió David con todo Israel a Baala de Quiriat-jearim, que está en Judá, para pasar de allí el arca de Jehová Dios, que mora entre los querubines, sobre la cual su nombre es invocado.
13:7 Y llevaron el arca de Dios de la casa de Abinadab en un carro nuevo; y Uza y Ahío guiaban el carro.
13:8 Y David y todo Israel se regocijaban delante de Dios con todas sus fuerzas, con cánticos, arpas, salterios, tamboriles, címbalos y trompetas.
13:9 Pero cuando llegaron a la era de Quidón, Uza extendió su mano al arca para sostenerla, porque los bueyes tropezaban.
13:10 Y el furor de Jehová se encendió contra Uza, y lo hirió, porque había extendido su mano al arca; y murió allí delante de Dios.

Según las reglas que Dios les había dado por Moisés, cientos de años antes, nadie debía tocar el arca. Tampoco debía de ser llevado sobre una carreta; los levitas eran los portadores autorizados, y aun ellos debían usar palos para no tocar el arca. Lo que se hacía, entonces, estaba en total desacuerdo con las instrucciones que Dios mismo había dado a su pueblo. Fíjense que se estaba haciendo con mucha sinceridad; el rey David deseaba honrar a Dios, se estaba festejando el retorno del arca, y había mucho entusiasmo y mucha sinceridad.

Pero la sinceridad no fue suficiente. Llegó un momento en que los bueyes tropezaron, y la carreta tambaleó. Uza, quien iba guiando los bueyes, puso la mano sobre el arca para sostenerla - y murió al instante.

¿Te parece extrema la reacción de Dios a lo que hizo Uza? El sólo pretendía ayudar. Sólo quería prevenir que se cayera el arca. Actuó con toda sinceridad. Pero el arca, el lugar de morada de Dios, era santo. Y Uza no lo era.

Sólo podemos entender lo que sucedió si nos damos cuenta de la santidad de Dios. Dentro del sistema del Antiguo Testamento, había toda una serie de reglamentos para mantener la santidad. Estos reglamentos no eran caprichosos. Dios no los dio a su pueblo por error, ni fueron simplemente inventos de los hombres. La historia que hemos leído es un ejemplo de esta distinción, que tenía que mantenerse firme en la mente del israelita: Dios es santo, y por lo tanto, había que acercarse a él de la manera debida.

No cualquiera podía estar en la presencia de Dios. No cualquiera podía ofrecer los sacrificios, y no cualquiera podía tocar el arca del pacto. Había que mantener la santidad, la separación, la división entre un Dios santo, puro y perfecto, y un pueblo que no lo era. De aquí podemos sacar una conclusión muy importante:

I. Nuestro Dios santo exige que su pueblo se acerque a él de la manera que él ha dispuesto

Uza no observo las normas que Dios había dictado para preservar su santidad. Tuvo la osadía de pensar que él, en su estado de humano pecador, podía tocar el arca que simbolizaba la presencia de Dios. Dios demostró a todos los presentes que con él no se juega.

Surge entonces la pregunta: ¿cómo puedo yo, un hombre como Uza, relacionarme con un Dios santo? Quizás la respuesta que dan algunos es de alejarse. Tratan a Dios como si fuera algún animal salvaje, mejor visto de una larga distancia. Pero hay una respuesta mejor. Dios ha creado una manera en que nos podemos acercar a él. En el Antiguo Testamento, era a través de un complicado sistema de sacrificios y ritos. Pero para nosotros, hay otra manera en que, como seres humanos, podemos acercarnos al Dios santo y perfecto.

La respuesta se haya en Hechos 26:17-18:

26:17 librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío,
26:18 para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados.

En este versículo, parte de la defensa del apóstol Pablo ante el rey Agripa, está el secreto. Está en la última palabra: santificados. En otras palabras, mediante la fe en Jesucristo, nosotros llegamos a ser santos. Somos hechos santos, para poder estar en comunión con un Dios santo. Esta santidad se refiere a nuestra posición. Es una santidad que Dios nos da, no es algo que nosotros podamos ganar. Sólo lo podemos recibir.

En algunos restaurantes, se exige vestimenta apropiada. Los hombres deben ir con corbata y saco. A veces, estos restaurantes tienen a la mano algunas prendas extras, en caso de que algún patrón llegue mal vestido. De esta manera, la gerencia del establecimiento provee lo necesario para que el patrón cumpla con sus reglas.

Lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo es algo similar. Para llegar al cielo, y para vivir en la tierra en comunión con Dios, la santidad es necesaria. Desgraciadamente, ningún ser humano cumple con todos los requisitos. Por eso, Dios nos ha provisto la manera de entrar. Por fe, podemos vestirnos con la santidad de Cristo. Esta es la manera que Dios ha dispuesto para que nos acerquemos a él. Si buscamos alguna otra manera, nuestro destino será el mismo que sufrió Uza. Dios no acoge al que desprecia sus normas. Por medio de la fe en Cristo, podemos acercarnos a nuestro Dios santo.

No importa qué tan sincero seas, si no tienes a Cristo, entonces no estás listo para enfrentar a un Dios santo. Sólo puedes estar preparado si te vistes con la santidad de Jesucristo, que viene a través de la fe. Esta es la santidad posicional. Y cuando hemos alcanzado esa santidad de posición, entonces estamos listos para el próximo paso.

II. Nuestro Dios santo exige que su pueblo viva reflejando su santidad

Leamos 1 Tesalonicenses 4:1-3 para ver esto:

4:1 Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más.
4:2 Porque ya sabéis qué instrucciones os dimos por el Señor Jesús;
4:3 pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación;

Es claro que el apóstol aquí escribe a creyentes, pues los llama hermanos. Estas personas, entonces, ya han sido santificadas posicionalmente. Ante los ojos de Dios, ya son santos por su fe en Cristo. Ya tienen el derecho del acceso a la presencia del Dios santo. Pero parece que hay otra santificación que les hace falta. Esta es la segunda clase de santificación, la santificación personal. Si hemos sido separados para Dios por medio de Jesucristo, entonces nuestras vidas deben reflejar esa realidad.

La voluntad de Dios para nosotros no es que nos revistamos por fe de Cristo, viviendo una vida indistinguible de la del mundo. Su voluntad para nosotros es que seamos distintos. La santidad que llega a ser nuestra posición por fe en Cristo también deberá definir nuestra conducta en el mundo. El ejemplo particular que se menciona aquí es la conducta sexual. En un mundo en que la pornografía, la prostitución, y el sexo antes y fuera del matrimonio son casi la norma, el cristiano ha de ser un modelo de pureza y de santidad.

Pero la santidad de vida que Dios desea se extiende mucho más allá del ámbito sexual. Toda la vida del creyente deberá mostrar la santidad que Dios desea. Las mentiras, los chismes, el enojo - todas son cosas que no tienen cabida en la vida de un creyente santificado.

Es un tremendo privilegio ser parte del pueblo de Dios. Si tú eres creyente en Jesucristo, entonces lo eres. Pero es pueblo, como su Dios, es santo. Y esa santidad se tiene que reflejar en la vida. La cosa más triste sucede cuando el mundo observa la vida de los que se consideran cristianos, y decide que no desea la supuesta fe que ellos profesan. El famoso líder de India, Gandhi, dijo en alguna ocasión, "Me atrae mucho tu Cristo. Lo que no soporto son tus cristianos." Cuando vivimos como el mundo que nos rodea, deshonramos el nombre del santo Dios que nos compró con la sangre sagrada de su único Hijo.

¿Qué quiere decir la palabra santo? La tapa del libro que tienes en la mano dice Santa Biblia. Israel se llama la tierra santa, y Jerusalén es la ciudad santa. ¿Por qué? La razón es que todas pertenecen a Dios. Todas son propiedad de Dios; ésta es la razón que son santas.

Si tú eres creyente, eres santo porque perteneces a Dios. Has sido revestido con la santidad de Cristo. Eso no depende de ti; no depende de tus esfuerzos, de tus intentos, de lo que tú hagas. Depende solamente de Cristo, de lo que él hizo por ti, y del hecho que lo hayas aceptado con fe.

Pero déjame hacerte la pregunta: ¿estás viviendo como santo? ¿Cuando la gente observa tu vida, dicen, Ese es un seguidor de Jesucristo? ¿O te pareces a todos los demás?

La próxima semana, veremos cómo vivir una vida de santidad. Esta semana, considera la realidad de tu santificación como creyente. Recuerda que ahora perteneces a Dios, y deja que esa realidad transforme tu corazón.


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