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Domingo 31 de Octubre del 2010

¿Cómo ves?
Pastor Tony Hancock

Un día, el joven David llegó al campamento militar del ejército israelita, para visitar a sus hermanos que servían allí. Se dio cuenta de que había un gigante que los tenía a todos atemorizados. Exclamaban: ¡Es tan grande que jamás lo podremos derrotar! David tenía otra perspectiva. El pensaba: ¡Es tan grande que no le puedo fallar al tiro!

Todo depende de cómo lo ves. Jesús nos habló de la importancia de la vista también. Abramos la Biblia en Lucas 11:33-36:

11:33 Nadie pone en oculto la luz encendida, ni debajo del almud, sino en el candelero, para que los que entran vean la luz.
11:34 La lámpara del cuerpo es el ojo; cuando tu ojo es bueno, también todo tu cuerpo está lleno de luz; pero cuando tu ojo es maligno, también tu cuerpo está en tinieblas.
11:35 Mira pues, no suceda que la luz que en ti hay, sea tinieblas.
11:36 Así que, si todo tu cuerpo está lleno de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas, será todo luminoso, como cuando una lámpara te alumbra con su resplandor.

En nuestro recorrido de la Biblia, hemos llegado a la vida de Jesús. Siendo desde la eternidad el Hijo de Dios, El se hizo hombre y vivió en este mundo durante unos 33 años.

Después de su bautismo, su ministerio duró unos 3 años. El recorrió muchas partes de la tierra de Palestina, enseñando la Palabra de Dios y haciendo milagros para confirmar su autoridad. Durante su vida, Jesús fue un predicador ambulante que preparó a un grupo de seguidores - los discípulos - mientras también enseñaba a grandes multitudes.

Desde su día, se han levantado muchos maestros, filósofos, gurús y escritores para dar consejos a la humanidad. Sin embargo, Jesús se declaró el mayor de todos. En los versos anteriores a los que hemos leído, Jesús se comparó con Salomón, el hombre más sabio del mundo. Dijo que sus oyentes tenían ante ellos a uno mayor que Salomón.

La enseñanza que El trae es como una luz puesta sobre una repisa. Sin embargo, cada persona tiene que decidir cuánta luz permitirá penetrar su vida y su corazón. Podemos poner la mirada en Jesús, permitiendo que su luz ilumine toda nuestra vida. Pero también podemos cerrar los ojos a su verdad, encerrándonos en nuestro propio mundo y cerrando las cortinas para que la luz no entre.

Podemos creer que tenemos luz, pero podría resultar que esa luz es oscuridad. Cuando nos dejamos guiar por nuestro propio criterio, podemos fácilmente ver mal. ¿Cómo ves? Cristo te llama a ir mucho más allá de una perspectiva positiva y aprender a ver las cosas como El te enseña a verlas. Te llama a reconocer la oscuridad que puede haber en tu corazón y cambiarla por su luz. Hoy veremos tres cosas que Jesús nos enseña, de las muchas enseñanzas que El nos dejó, para empezar a cambiar nuestra oscuridad por su luz.

Pasemos al capítulo 12, versos 1 al 3:

12:1 En esto, juntándose por millares la multitud, tanto que unos a otros se atropellaban, comenzó a decir a sus discípulos, primeramente: Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.
12:2 Porque nada hay encubierto, que no haya de descubrirse; ni oculto, que no haya de saberse.
12:3 Por tanto, todo lo que habéis dicho en tinieblas, a la luz se oirá; y lo que habéis hablado al oído en los aposentos, se proclamará en las azoteas.

La primera clase de oscuridad que Jesús menciona es la hipocresía. Me fascina el hecho de que ninguno de nosotros quiere reconocer que somos hipócritas. Te aseguro que, si examinas tu corazón, encontrarás al menos un poco de hipocresía. Te lo puedo asegurar porque lo he encontrado en el mío. La triste realidad es que, si crees que no eres hipócrita, lo más probable es que no te conozcas muy bien a ti mismo.

¿Qué es la hipocresía? La palabra viene del teatro griego. En la Grecia antigua, los "hipócritas" eran los actores. Representaban un papel dentro de la obra, pero no tenía nada que ver con su vida real. De la misma forma, un hipócrita es alguien que muestra incongruencia entre lo que dice y lo que hace, que aparenta una cosa en ratos y otra cosa en otros.

Jesús nos dice que no hay cosa oculta que no se dé a conocer. Creo que todos sabemos que no podemos engañar a Dios. Lo que Jesús aquí nos dice es que Dios revelará a todos un día las cosas que hemos hecho en lo secreto, a menos que nos hayamos arrepentido y las hayamos dejado.

Durante una campaña electoral, un grupo llegó para conversar con uno de los candidatos. El candidato salió para darles la bienvenida en la entrada de su rancho, con la horquilla en la mano. Acompáñenme al granero para que trabaje mientras hablamos, les dijo.

Al llegar al granero, no había nada de heno. El candidato llamó a su ayudante: Juan, ¿dónde quedó la paja? Juan le respondió: Lo siento, señor, no he tenido tiempo para bajarlo desde que usted lo subió mientras hablaba con el grupo anterior.

¡Quedó descubierto el plan del candidato! Para dar la apariencia de ser trabajador y pertenecer a la gente, seguía trabajando con el mismo heno mientras conversaba con un grupo tras otro. El quedó al descubierto en ese momento, pero Jesús nos dice que cualquier cosa que tratemos de ocultar algún día quedará al descubierto.

Vivimos enredados en un sinfín de mentiritas y secretos cuando no nos abrimos a la luz de Cristo. El nos dice: Ven a mí, reconoce todo lo que estás tratando de ocultar y recibe mi perdón. Luego, podrás vivir una vida abierta y sin secretos. También nos asegura que la gente que nos trata de hacer daño ocultamente, mediante sus chismes y calumnias, quedará al descubierto. ¡No tenemos que tratar de defendernos con más chismes! ¡Podemos dejarlo en las manos del Señor!

Deja de vivir en la oscuridad de la hipocresía y acércate a Cristo. Ante El puedes quitarte la máscara, sabiendo que El ya te conoce, y aun así te ama. El quiere transformarte desde adentro para afuera, para que puedas ser en realidad lo que mucha gente finge ser.

Muy relacionado con la hipocresía viene el siguiente tema. Sigamos leyendo los versos 4 al 12:

12:4 Mas os digo, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer.
12:5 Pero os enseñaré a quién debéis temer: Temed a aquel que después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno; sí, os digo, a éste temed.
12:6 ¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Con todo, ni uno de ellos está olvidado delante de Dios.
12:7 Pues aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; más valéis vosotros que muchos pajarillos.
12:8 Os digo que todo aquel que me confesare delante de los hombres, también el Hijo del Hombre le confesará delante de los ángeles de Dios;
12:9 mas el que me negare delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios.
12:10 A todo aquel que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que blasfemare contra el Espíritu Santo, no le será perdonado.
12:11 Cuando os trajeren a las sinagogas, y ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis por cómo o qué habréis de responder, o qué habréis de decir;
12:12 porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir.

Aquí Jesús nos habla de la oscuridad del temor. El temor nos lleva a dejarnos influenciar por la gente. En algunas partes del mundo, existe el peligro verdadero de sufrir daño físico por causa del evangelio. Para muchos de nuestros hermanos, los que matan el cuerpo son un peligro real.

En julio de este año, dos de nuestros hermanos en Pakistán murieron por su fe. Fueron arrestados bajo la acusación de blasfemar contra el Islam, pero la corte reconoció que las acusaciones eran falsas y los absolvió. Sin embargo, al salir de la corte donde habían sido exonerados, cinco hombres enmascarados los ametrallaron, y quedaron muertos.

¡Qué tragedia! Pero no para Dios. El conocía cada cabello de cada uno de esos hombres, y ellos ahora están en su presencia. ¿Temer a los que nos pueden quitar la vida? ¡Mucho mejor es temerle al que nos puede castigar por toda la eternidad en el infierno!

La realidad, sin embargo, es que nosotros actualmente no enfrentamos esa clase de peligro por seguir al Señor. El temor de nosotros es, más bien, el temor al qué dirán, el temor al rechazo de nuestras amistades, el temor a la discriminación sutil en el trabajo a causa del evangelio. Pero me pregunto: si no debemos de temer a los que pueden matarnos, ¿debemos de temer a los que sólo nos pueden matar con la lengua? ¡Mucho menos! Más bien, debemos de temer a Dios, y no a los hombres.

Cuando conocemos a Cristo, su luz nos da valor. Si realmente lo conocemos, lo reconoceremos ante los demás. Ya no tenemos que escondernos en temor, porque Dios nos cuida. Aun si nos tocara morir por el evangelio, sería sólo el paso a la vida eterna. Pero tenemos que cuidarnos de resistir la voz de convicción del Espíritu Santo.

Jesús nos dice que, aun si hemos llegado a blasfemar contra El, podemos ser perdonados. En cambio, si resistimos la voz del Espíritu Santo, si nos rehusamos a ver la mano de Dios y oír su voz, llegará el día en que ya no podemos ser perdonados. ¿Por qué? Porque para ser perdonados, tenemos que arrepentirnos; y si resistimos suficientes veces al Espíritu Santo, nos volvemos incapaces de arrepentirnos. Esta es la blasfemia contra el Espíritu y el pecado imperdonable.

Pero no tiene que ser así. Si escogemos honrar a Dios y obedecerle, ya no tenemos que temer a los hombres. Podemos vivir en libertad, en la luz de Cristo. La tercera clase de oscuridad que consideraremos hoy se encuentra en el capítulo 12, versos 13 al 21. Es la oscuridad de la avaricia:

12:13 Le dijo uno de la multitud: Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia.
12:14 Mas él le dijo: Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?
12:15 Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.
12:16 También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho.
12:17 Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos?
12:18 Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes;
12:19 y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate.
12:20 Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?
12:21 Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios.

Como el hombre de la historia, hay muchos. Muchos acumulan para sí tesoros aquí en la tierra, mucho más de lo que jamás podrían necesitar. La avaricia va mucho más allá de planear para el futuro. Va más allá de tener ahorros para poder enfrentar el futuro con seguridad. La avaricia se goza en el simple hecho de tener más, aparte de cualquier propósito o proyecto.

Encontramos hombres ricos en la Biblia. Ser rico no es lo mismo que ser avaro; en realidad, puede haber pobres y avaros. La cuestión es ésta: ¿qué es el dinero para ti? ¿Es una herramienta para cuidar a tu familia, proveer para el futuro, ayudar a otros y promover el avance del reino de Dios? ¿O es algo que te trae gozo, que amas, en el cual confías y que te trae seguridad?

Cuán profundas son estas palabras: "La vida del hombre no consiste en la abundancia de sus posesiones". Tener una vida de gozo, una vida de paz, una vida fructífera no depende de la cantidad de dinero que tienes. Depende del lugar que le das a Dios en tu vida. Si Dios ocupa el primer lugar en tu vida, El te ayudará a tener lo suficiente. Si Dios no ocupa el primer lugar en tu vida, por más que logres acumular, nunca será suficiente.

¿Cuál es la luz que te ilumina? ¿Estás caminando en la luz de Cristo, o te estás tratando de guiar por alguna otra luz? ¡Cuidado que tu luz no sea oscuridad! Si Dios está hablándote al corazón acerca de algún rincón de oscuridad en tu vida, no resistas su voz. Ven a su plena luz para que puedas ser transformado. Deja que Cristo te ilumine completamente. Puedes vivir según sus enseñanzas, y por sus enseñanzas, puedes vivir.


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