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Domingo 17 de Octubre del 2010

Prepárate para recibir al Rey
Pastor Tony Hancock

Introducción

Hace algunos años, un hombre se convirtió a Cristo. Lo extraño del caso no fue su conversión en sí, sino el hecho de que, como resultado, confesó su participación en un asalto que había tenido lugar hacía muchos años.

Como ya se había caducado el estatuto de limitaciones, no se le pudo procesar por el delito. Sin embargo, el hombre sintió que su nueva fe en Cristo demandaba de él una confesión. Es más, voluntariamente pagó la porción del dinero robado que le había tocado.

La vida de este hombre demuestra el verdadero arrepentimiento. La palabra ha perdido su significado para muchas personas. Se sienten "arrepentidos" cuando toman una mala decisión en los negocios, o cuando ven las malas consecuencias de alguna acción.

¿Cuántas veces no hemos oído que alguien diga, "Estoy arrepentido de haber comprado ese carro. Me salió muy mal?" En este sentido, el arrepentimiento es simplemente un remordimiento por una mala decisión. No implica nada para el futuro.

Cuando la Biblia nos habla del arrepentimiento, sin embargo, tiene en vista algo muy diferente. En la Biblia, el arrepentimiento es un cambio de mente que afecta los sentimientos y resulta en un cambio de acción. Dios mandó a un hombre con el propósito de llamar a su pueblo al arrepentimiento. Se le conoce como Juan el Bautista.

Creo que nos gustaría reclamar a Juan para nuestra denominación, pero su nombre no indica nada acerca de la iglesia a la que pertenecía. Más bien, indica su papel de bautizador. Juan era primo de Jesucristo, y era mayor que El por unos pocos meses.

Después de 400 años de silencio, Dios había levantado a otro profeta para hablarle a su pueblo. Malaquías, el último profeta del Antiguo Testamento, había anunciado que el Señor enviaría a su mensajero para prepararle el camino al Mesías. Ese mensajero ahora había llegado.

Lectura: Lucas 3:1-6

3:1 En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia,
3:2 y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
3:3 Y él fue por toda la región contigua al Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados,
3:4 como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías, que dice:  Voz del que clama en el desierto:  Preparad el camino del Señor;  Enderezad sus sendas.
3:5 Todo valle se rellenará,  Y se bajará todo monte y collado;  Los caminos torcidos serán enderezados,  Y los caminos ásperos allanados;
3:6 Y verá toda carne la salvación de Dios.

Empezamos con el marco histórico. Aunque los nombres que se mencionan para nosotros pueden ser desconocidos, no lo son para la historia. Lucas, como historiador cuidadoso, coloca los eventos que siguen dentro de su lugar en la historia. No estamos leyendo uno de esos cuentos de "érase una vez"; esto se trata de algo que tuvo lugar en un lugar concreto y en un momento específico de la historia.

Luego notamos algo insólito. Me refiero al hecho de que Lucas menciona a dos sumos sacerdotes, Anás y Caifás. Si usted no conoce mucho del Antiguo Testamento, esto le podría parecer normal; permítame decirle que esta situación era extraordinaria.

Bajo el sistema que Dios había dado al pueblo judío para guardar el antiguo pacto, el oficio de sumo sacerdote era de por vida, y sólo había un sumo sacerdote a la vez. La razón por la que encontramos aquí a dos es que el sumo sacerdocio se había convertido en un premio político.

Todos hemos visto la forma en que los nuevos presidentes echan a todos los miembros de la administración anterior para colocar a sus secuaces en las mejores posiciones; es la realidad de la política. La posición de sumo sacerdote, que debía de ser símbolo de lo más sagrado, se había convertido precisamente en tal muestra de favor político, y el resultado fue la presencia en Israel de dos hombres que echaban mano del título de sumo sacerdote.

Con simplemente nombrar a estos dos hombres, entonces, Lucas nos está señalando la pésima situación espiritual que había en el pueblo en aquel momento en que Juan recibió el mensaje de Dios en el desierto. Lejos de la apatía y el pragmatismo que existían en Jerusalén, Juan se levantó con un nuevo mensaje de arrepentimiento.

Un bautismo de arrepentimiento era algo desconocido en aquellos tiempos. A los prosélitos gentiles, se les bautizaba; pero la mayoría de los judíos consideraban que ya estaban bien con Dios, en virtud de pertenecer por nacimiento al pueblo escogido.

Juan se levantó con un mensaje radical: Todos sin excepción tenían que arrepentirse y prepararse para la llegada del Señor que venía a su pueblo. Como parte de ese mensaje, sin embargo, hay un gran optimismo. Es un mensaje muy positivo, pues nos dice que

I. Podemos disfrutar de la presencia del Rey

Pensemos en lo que Juan le decía al pueblo. Su mensaje fue este: ¡Prepárense, porque el rey viene! Juan fue una figura dura y profética, y sin embargo, ése no es un mensaje negativo; ¡es un mensaje de esperanza! Significa que hay algo mucho mejor que lo que estamos viviendo. Hay Uno que puede transformar por completo nuestra realidad.

Durante mi niñez, el Papa llegó de visita a Lima. Fue increíble la transformación de la ciudad en los meses anteriores a su llegada. Los parques fueron arreglados, los baches rellenados, los bordillos de las calles pintados, y todo quedó en orden para su llegada.

No es mi deseo ni honrar ni criticar al Papa; lo que pretendo es que veamos cómo se consideró necesario hacer preparativos para su venida. No le podía recibir una ciudad cualquiera; tenía que ser una ciudad preparada, embellecida, digna de su presencia.

Si tales preparativos fueron necesarios para un simple hombre, ¿qué preparativos serían apropiados para la visita del Hijo de Dios, el Salvador, el Rey? Usando lenguaje alegórico, el profeta Isaías anunció de antemano la predicación de Juan bajo las figuras de rellenar los valles para preparar el camino para el que venía.

La preparación a la que se refería, sin embargo, no era a la preparación de las carreteras, sino la preparación de los corazones. Jesús debía llegar a un pueblo preparado. La misión de Juan fue preparar a ese pueblo mediante el arrepentimiento.

Yo me pregunto: ¿por qué no nos preparamos para la venida de Cristo? Creo que la respuesta es que hemos perdido la expectativa de su venida. Cristo viene de varias formas; viene para salvar a cada persona que se entrega a El en fe, viene para bendecir a su Iglesia de diversas formas en distintos momentos, y vendrá para llevarse a su pueblo algún día.

¿Cuántos de nosotros vivimos con la expectativa de que Cristo va a venir? ¿Cuántos estamos esperando que El haga algo aquí en esta Iglesia? ¿Cuántos vivimos pensando que Cristo podría regresar hoy, para llevarnos con El, y que debemos de hacer que cada minuto cuente?

Hemos perdido el poder en nuestras vidas porque hemos perdido las expectativas. El mensaje de Juan para nosotros es que el Rey ya viene. ¡Esperémoslo! ¡Que no nos encuentre desapercibidos! Estoy convencido de que perdemos muchas bendiciones por parte de Dios, simplemente porque no las esperamos. Nos hemos olvidado del mensaje de Juan: ¡El Rey viene! ¡Prepárense! ¡Podemos disfrutar de la presencia del Rey!

Para hacerlo, sin embargo,

II. Tenemos que prepararnos para su presencia

Lectura: Lucas 3:7-14

3:7 Y decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: ¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?
3:8 Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras.
3:9 Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego.
3:10 Y la gente le preguntaba, diciendo: Entonces, ¿qué haremos?
3:11 Y respondiendo, les dijo: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo.
3:12 Vinieron también unos publicanos para ser bautizados, y le dijeron: Maestro, ¿qué haremos?
3:13 El les dijo: No exijáis más de lo que os está ordenado.
3:14 También le preguntaron unos soldados, diciendo: Y nosotros, ¿qué haremos? Y les dijo: No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario.

A las personas que se acercaban a él para ser bautizados, Juan señalaba la necesidad de un arrepentimiento verdadero. Creo, francamente, que nos hemos perjudicado al ignorar el mensaje de Juan, lo cual explica el mal estado de muchas de nuestras iglesias.

Juan señaló a los de su día, como nos señala a nosotros, la importancia de estar preparados para el juicio que vendrá. Los judíos dependían de su posición como miembros del pueblo de Dios para defenderlos del juicio. Creían que por haber nacido dentro de la nación de Israel, estaban protegidos.

Juan corrige esta idea errónea al señalarles que no debían depender del hecho de tener a Abraham como antepasado. Dios no está interesado en personas de cierta sangre; está interesado en personas que lo busquen.

Dos veces repite Juan esta idea: "Produzcan frutos que demuestren arrepentimiento". El verdadero arrepentimiento que nos prepara para disfrutar de la presencia del Rey es un arrepentimiento que produce frutos en nuestra vida.

Cuando llegamos a creer en Cristo, el arrepentimiento es parte del proceso. Tenemos que arrepentirnos y creer en Cristo. Si ese arrepentimiento es genuino, habrá un cambio en nuestras vidas. El bautismo de Juan era una señal y un llamado al verdadero arrepentimiento. A un pueblo cargado de pecados, Juan le llamaba a arrepentirse y ser lavados y limpiados.

El bautismo de Juan era un bautismo de arrepentimiento. Pero su ministerio servía sólo como preparación para el que venía después. Leamos los versos 15 al 17:

3:15 Como el pueblo estaba en expectativa, preguntándose todos en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo,
3:16 respondió Juan, diciendo a todos: Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.
3:17 Su aventador está en su mano, y limpiará su era, y recogerá el trigo en su granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará.

La gente quería saber si Juan era el Mesías que ellos esperaban, pero él les aclara que él sólo le preparaba el camino.

Luego, habla de otra clase de bautismo. El bautizaba en agua, para arrepentimiento; pero Jesús bautizaría a los suyos con el Espíritu Santo y con fuego. Así como la gente se sumergía en las aguas del Jordán después de confesar sus pecados y salía empapada, Jesús da a los suyos la presencia del Espíritu de manera plena. Purifica sus vidas con fuego purificador.

El bautismo en agua todavía tiene su lugar en la vida de la Iglesia, pero ahora significa más de lo que significaba en los días de Juan. El bautismo sigue siendo señal de arrepentimiento, pero también es señal de nuestra unión con Cristo es su muerte y resurrección. Estas dos ideas no se contradicen; es sólo por la fe en Cristo que podemos ser purificados, en su sangre, y así entrar al Reino de Dios. Romanos 6:1-4 lo demuestra:

6:1 ¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?
6:2 En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?
6:3 ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?
6:4 Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.

El bautismo del cristiano es la señal de que no sólo se ha arrepentido de sus pecados, sino que ha sido bautizado con el Espíritu Santo por la fe en Cristo, y ha entrado al Reino de Dios. Jesús ha llegado para traernos salvación, y podemos vivirla.

Sin embargo, si no queremos aceptar esta salvación, sólo nos queda la horrible expectación del castigo. El verso 17 se cumplirá cuando Jesús regrese por segunda vez. Todo el trigo - la humanidad que ha recibido su salvación - será recogida, pero la paja - los malos que han rechazado la salvación - será quemada.

El llamado de Juan aún se oye. El te llama a arrepentirte, a recibir a Cristo y a bautizarte como señal de tu arrepentimiento y tu fe en Cristo. ¿Estás preparado para tomar esa decisión? No esperes más. Es hora de tomar ese paso de fe.


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