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Domingo 14 de Julio del 2002

Reconciliados con Dios
Pastor Tony Hancock

Dos hombres de negocios que habían sido compañeros de cuarto en la universidad se encontraron en una convención. Se quedaron toda la noche en el salón de entrada del hotel hablando de los viejos tiempos. Llegaron a sus cuartos en la madrugada, sabiendo que sus esposas no iban a estar muy contentas.

Al día siguiente, se toparon en una reunión, y uno le dijo al otro, "¿Qué dijo tu esposa?" El otro le respondió, "Se puso histórica". "¿No querrás decir, histérica?" le preguntó su compañero. No, histórica" dijo el otro, "me empezó a recordar todas las fallas que jamás he cometido". Al pobre hombre le urgía encontrar la manera de hacer las paces con su esposa. Quizás si le hubiera llevado unos chocolates o unas flores, la cosa hubiera salido de otra manera. Con un poco de tacto, estas cosas se pueden resolver.

Pero, ¿qué sucede con nuestro pleito con Dios? La Biblia nos dice que todos nosotros somos, por naturaleza, objetos de ira y enemigos de Dios. Es cosa muy seria ser enemigo de Dios, tener en tu contra al único ser que está en todas partes, que lo sabe todo, y que lo puede todo. De él no se puede escapar. Quizás te puedas escapar de tus acreedores, de la policía, hasta de tus responsabilidades, pero jamás podrás escaparte de Dios.

El pleito que tiene Dios con nosotros no es uno que se pueda resolver fácilmente con unas flores o unos chocolates, tampoco. Es una enemistad que se basa en nuestro desprecio de las normas de Dios, en nuestro deseo obstinado de seguir nuestro propio camino en vez de someternos a la voluntad de Dios para nuestra vida.

Si no se resuelve la hostilidad entre nosotros y Dios, viviremos nuestra vida alejándonos más y más de él, hasta pasar a una eternidad de condenación y de castigo. ¿Habrá solución? La buena noticia es que ¡sí!

Lectura: Colosenses 1:19-23

1:19 por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud,
1:20 y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.
1:21 Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado
1:22 en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él;
1:23 si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro.

Dios tiene un plan para reconciliar consigo a toda la creación. Dios no se deleita en la condenación del pecador; su deseo es que todo hombre se reconcilie con él.

I. El plan de Dios es reconciliar consigo al mundo mediante la muerte de Jesucristo

Desde que el hombre y la mujer cayeron en pecado, Dios ha estado obrando en el mundo para restaurar lo que el pecado había destruido. El mismo día que ellos pecaron, Dios hizo para ellos ropa de pieles de animales para cubrir su vergüenza. Fueron los primeros sacrificios.

Luego, prometió a Eva que uno de sus descendientes destruiría el poder de Satanás. Progresó la historia, y Dios escogió a una nación en especial para ser el canal de sus bendiciones al mundo entero.

A esta nación, la nación judía, le entregó sus leyes detalladas para el comportamiento humano. A esta nación le dio las instrucciones para los sacrificios que cubrirían sus pecados contra esa misma ley. A esta nación le dio reyes como David y Salomón que escribieron salmos y proverbios para edificar al pueblo. A esta nación envió los profetas para llamar al arrepentimiento a los que se alejaban de su Dios.

Pero todas estas cosas, que duraron miles de años y envolvieron a millones de personas, fueron simplemente una preparación. El plan redentor de Dios tomó forma final en Jesús. El es la culminación de todo lo que se empezó en el Antiguo Testamento.

El dio la explicación completa de la voluntad divina para el hombre. El es el rey por excelencia sobre su pueblo. Es el profeta que proclama perfectamente la voluntad de Dios. Y por sobre todo, él es el sacrificio perfecto de Dios por el pecado tuyo y el mío.

El plan redentor de Dios, su propósito de reconciliar consigo a toda la humanidad, se efectuó cuando Jesús murió en la cruz. Leamos nuevamente los versículos 19 y 20 de nuestro pasaje.

El plan de Dios fue que todo lo que él es, y todo lo que a nosotros nos hace falta, morara en Jesucristo. Cristo no es simplemente un camino entre muchos, o un peldaño en la escalera al cielo; Cristo es el todo. Es el único. Cuando él murió en la cruz, su sangre fue el medio de aplacar la ira de Dios contra nuestros pecados.

La Biblia nos dice que la vida está en la sangre. Nuestra vida es precisamente lo que nosotros debemos a raíz de nuestros pecados. Cuando Cristo derramo su vida, santa, pura, impecable, la santa ira de Dios hacia nuestra arrogante rebelión fue satisfecha.

Significa, entonces, que mediante la muerte de Cristo en la cruz, se solucionó el problema de la ira de Dios hacia nosotros para que pudiera haber reconciliación. En ese momento, se abrió el camino para que nuestro pecado pudiera ser perdonado y pudiéramos ser reconciliados con un Dios que estaba justamente enojado por nuestro pecado.

Pero aún falta algo. Cuando hay hostilidad, siempre hay dos personas peleadas. En la persona de Cristo, Dios hizo lo que éramos incapaces de hacer para aplacar su propia ira. Pero nosotros seguimos en enemistad contra Dios, hasta que

II. El plan de Dios se realiza en nosotros mediante nuestra aceptación del evangelio

Dios pagó el precio para que nuestro pecado pudiera ser perdonado - ahora a nosotros nos toca dar la vuelta para que podamos ser reconciliados con él. El plan de Dios se hace personal para cada uno de nosotros cuando oímos el evangelio y lo aceptamos.

Vemos esta realización en los versículos 21-23. En algún momento todos nosotros, por nuestra mala actitud y nuestras acciones pecaminosas, estábamos o estamos alejados de Dios. El nos reconcilió consigo mismo en la muerte de Cristo; nosotros nos reconciliamos con él cuando reconocemos nuestro pecado, nos arrepentimos de él, y creemos el evangelio de lo que Cristo ha hecho por nosotros.

En otras palabras, la reconciliación tiene dos partes; nuestra parte es arrepentirnos y creer las buenas nuevas. Por esto, cuando Jesús empezó a predicar, llamó a sus oidores a tomar precisamente este paso; dijo, Se ha cumplido el tiempo. El reino de Dios está cerca. ¡Arrepiéntanse y crean las buenas nuevas! (Marcos 1:15)

Hay un Dios que te ama tanto que sacrificó a su propio Hijo en tu favor. El te ama tanto que no quiere que pases la eternidad separado de él. El te ama tanto que nos ha reunido a todos aquí en esta mañana para que puedas oír el mensaje de su amor.

Cristo te ama tanto que escogió los clavos y el sufrimiento de la cruz para que tú pudieras conocer el perdón. El te ama tanto que no se defendió cuando fue acusado falsamente, porque sabía que en su condenación estaría tu perdón. El te ama tanto que sufrió los latigazos, el escarnio, y el abandono porque sabía que sólo así podrías tú ser recibido en su familia.

Ahora, la decisión está en tus manos. ¿Cómo responderás al amor de Dios? ¿Te reconciliarás con él?

En alguna ocasión, un joven encontró - por los esfuerzos de su padre - un buen trabajo en una finca. Se le pagaba bien, las horas eran razonables, y tenía dónde vivir y qué comer. Sin embargo, él veía al hijo del patrón que tenía un carro del año, una novia bonita, y se pasaba el tiempo en las fiestas - y decidió que él también quería vivir así.

Una noche, entonces, se metió a escondidas en la oficina del patrón y se robó todo el dinero de los jornales que se pagarían al día siguiente. Era más dinero del que había visto en toda su vida, y se fue a otra ciudad a pasarla bien.

Cuando su padre se enteró de lo que había pasado, estaba emocionalmente devastado. No quería perder a su hijo. Tomó un segundo trabajo como guardián de noche para poder reunir el dinero que había robado su hijo, y con mucho esfuerzo logró pagar al patrón. Luego, le envió una carta a su hijo, diciéndole que todo estaba pagado, y que podía volver a casa.

¿Qué hizo el hijo? No sé aún - porque tú eres ese hijo. Tú y yo nos hemos alejado de nuestro Padre celestial, hemos vivido como quisiéramos en vez de vivir en busca de su voluntad, pero él ha pagado la deuda de nuestros delitos mandando a su Hijo para morir en nuestro lugar. La deuda está pagada, y el evangelio es la carta que él te ha enviado diciéndote: regresa a casa.

Ahora, ¿cómo responderás?


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