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Domingo 22 de Agosto del 2010

Los falsos profetas y la verdadera esperanza
Pastor Tony Hancock

Los anuncios comerciales son una realidad de la vida moderna, y todos sabemos que no podemos creer todo lo que se nos dice en un anuncio. En los años 50, una marca conocida de cigarrillos anunciaba su nuevo filtro para mejor salud - un filtro hecho de asbestos, que causa el cáncer pulmonar.

En el ámbito espiritual, también hay cosas parecidas - personas que te prometen cosas que no pueden darte, profetas falsos que te entusiasman con sus promesas para luego dejarte decepcionado. ¿Cómo podemos saber a quién creer?

La semana pasada hablamos de Jeremías, el profeta que anunció y vio la caída de Jerusalén. Vivió durante el tiempo más bajo de la historia del Antiguo Testamento, cuando el pueblo de Dios había sido quitado a la fuerza de su tierra, el templo de Dios había sido destruido y el descendiente de David ya no estaba sobre el trono.

Sin embargo, Dios no se había caído de su trono simplemente porque había permitido que el descendiente de David fuera quitado del suyo. Dios usó a dos profetas que nacieron durante la vida de Jeremías y vieron los mismos eventos que él para mostrarle a su pueblo que la restauración vendría, pero sería al tiempo de Dios.

Dios no ha terminado su obra de restauración. Las cosas todavía no son lo que van a ser. Al conocer un poco de la vida de estos dos hombres de Dios, podemos comprender mejor nuestro lugar en el plan restaurador de Dios. También podremos evitar algunos errores que se presentaron en aquel tiempo, y que se siguen presentando hasta el día de hoy.

Estos dos hombres se llamaban Ezequiel y Daniel. El marco histórico de los sucesos se pone en Daniel 1, versos 1 y 2:

1:1 En el año tercero del reinado de Joacim rey de Judá, vino Nabucodonosor rey de Babilonia a Jerusalén, y la sitió.
1:2 Y el Señor entregó en sus manos a Joacim rey de Judá, y parte de los utensilios de la casa de Dios; y los trajo a tierra de Sinar, a la casa de su dios, y colocó los utensilios en la casa del tesoro de su dios. 

Los babilonios tenían la costumbre de llevarse a las personas más educadas y talentosas de las naciones que conquistaban. Daniel fue uno de los nobles de Judá que ellos se llevaron cuando conquistaron Jerusalén. Se lo llevaron a la capital de Babilonia y lo prepararon para una vida de servicio al imperio babilónico.

Habría sido fácil para Daniel y los jóvenes que habían sido exiliados con él perder toda esperanza. Podrían haber sacado la conclusión de que su Dios les había fallado, permitiendo que fueran llevados lejos de su familia y de su hogar. Sin embargo, ellos mantuvieron firme su fe en el Señor. Se rehusaron a venerar a los dioses babilonios, aunque les podría haber costado la vida.

Ezequiel era de un trasfondo diferente. Su padre era sacerdote, y él hubiera servido también como sacerdote en el templo de Dios si los babilonios no lo hubieran destruido. El fue llevado a Babilonia en una segunda deportación, como joven de veinte y pico de años, y vivió con otro grupo de exiliados a la orilla del río Quebar. A la edad de treinta años, la edad en la que él hubiera empezado su servicio sacerdotal en el templo, Dios lo llamó a servirle como profeta.

Entre la gente con la que vivía Ezequiel, había muchos supuestos profetas. Estos profetas hablaban en el nombre de Dios, y eran muy populares entre la gente. Eran populares porque le decían al pueblo precisamente lo que el pueblo quería escuchar. Les anunciaban que pronto regresarían a la tierra de la que habían sido sacados. Leamos de ellos en Ezequiel 13:1-7:

13:1 Vino a mí palabra de Jehová, diciendo:
13:2 Hijo de hombre, profetiza contra los profetas de Israel que profetizan, y di a los que profetizan de su propio corazón: Oíd palabra de Jehová.
13:3 Así ha dicho Jehová el Señor: ¡Ay de los profetas insensatos, que andan en pos de su propio espíritu, y nada han visto!
13:4 Como zorras en los desiertos fueron tus profetas, oh Israel.
13:5 No habéis subido a las brechas, ni habéis edificado un muro alrededor de la casa de Israel, para que resista firme en la batalla en el día de Jehová.
13:6 Vieron vanidad y adivinación mentirosa. Dicen: Ha dicho Jehová, y Jehová no los envió; con todo, esperan que él confirme la palabra de ellos.
13:7 ¿No habéis visto visión vana, y no habéis dicho adivinación mentirosa, pues que decís: Dijo Jehová, no habiendo yo hablado?

Estos profetas declaraban que sus profecías venían del Señor, pero en realidad sólo nacían de su propia imaginación. Con sus mentiras, perjudicaban al pueblo; como chacales entre las ruinas, jugueteaban y hacían ruido sin contribuir nada a la reconstrucción.

Venían días de gran sufrimiento, en los que se manifestaría la ira de Dios. Esto es el día del Señor. Aquí se refiere a la destrucción de Jerusalén en la tercera invasión babilónica. Daniel fue llevado en la primera invasión, Ezequiel poco después en la segunda. Cuando él pronuncia estas palabras, se aproxima la tercera invasión, en la que se destruiría por completo la ciudad.

Sin embargo, en lugar de preparar al pueblo para enfrentar este suceso, ¡los falsos profetas les anunciaban que todo estaba bien, y que los exiliados pronto regresarían a Jerusalén! Veamos lo que Dios dice de esto en los versos 10 al 12:

13:10 Sí, por cuanto engañaron a mi pueblo, diciendo: Paz, no habiendo paz; y uno edificaba la pared, y he aquí que los otros la recubrían con lodo suelto,
13:11 di a los recubridores con lodo suelto, que caerá; vendrá lluvia torrencial, y enviaré piedras de granizo que la hagan caer, y viento tempestuoso la romperá.
13:12 Y he aquí cuando la pared haya caído, ¿no os dirán: ¿Dónde está la embarradura con que la recubristeis?

Los falsos profetas del positivismo proclamaban paz. Anunciaban que todo andaba bien, cuando las cosas estaban mal, y se iban a poner peor.

Con sus palabras, construían un muro lindo de seguridad para el pueblo. Sus profecías eran hermosas, y hacían que todos se sintieran seguros. Sin embargo, eran como un muro de cartón; ante la verdadera voluntad de Dios, se caerían. Dejarían desprotegidos a todos los que habían prestado oído a las palabras de estos profetas.

Sigue habiendo falsos profetas que engañan con palabras bonitas y falsa seguridad. Hace unos cuatro años se publicó un libro llamado "El Secreto", que fue recibido con muchos aplausos, y rápidamente llegó a ser un éxito editorial. Es un libro inspirador, lleno de esperanza, y muy peligroso. Aunque el libro no se presenta como cristiano, lo interesante del caso es que da eco a las enseñanzas de muchos de los falsos profetas del positivismo actual.

Entre otras cosas, la autora de este libro declara que tú eres el maestro del universo. Nada puede existir sin ti. Puedes tener cualquier cosa que quieras, si simplemente piensas en ello lo suficiente. Con tus pensamientos, atraes hacia ti cosas buenas o cosas malas. La autora llega a declarar que las víctimas de los desastres han atraído el sufrimiento hacia sus personas con sus pensamientos.

Hay muchos predicadores que se llaman cristianos, que hasta adornan sus mensajes con algunos versículos sacados de contexto, que te dirán algo parecido. Te dirán que te mereces todo lo que tú quieras tener, que Dios te lo debe, que lo puedes tener si sólo tienes suficiente fe. No te hablarán de pecado, de arrepentimiento, de tomar tu cruz y seguir a Cristo.

Me pregunto: ¿dónde quedarán sus seguidores en el día del Señor? ¿Dónde quedarán sus seguidores cuando se manifieste la ira de Dios contra el pecado? Con sus palabras construyen un lindo muro de seguridad, pero es un muro falso. Ante la verdad de Dios, caerá y dejará desprotegidos a todos los que se han tratado de refugiar allí.

Sólo hay una verdadera esperanza. Dios la reveló en visión, y Daniel la registró. Daniel como exiliado sirvió con integridad y sabiduría en la corte de tres reyes poderosos, dos de ellos babilonios, y uno persa. A uno de los reyes del imperio más poderoso de su era, Dios le dio una visión de la fugacidad de los reinos del mundo y el establecimiento del único reino permanente, y Daniel la interpretó.

Busquemos Daniel capítulo 2. Durante la noche, el rey Nabucodonosor tuvo un sueño. Al parecer, él recordaba lo que había soñado, pero quería ver si sus adivinos realmente poseían el poder que ostentaban. El insistió en que no sólo debían interpretarle el sueño, sino que debían decirle lo que había soñado también. Por supuesto, sus falsos poderes no eran capaces de tal hazaña.

Daniel no estaba presente. Quizás todavía se encontraba bajo entrenamiento. Sin embargo, cuando le llegó la noticia de que él, juntamente con todos los sabios del imperio, quedaba bajo pena de muerte, no titubeó en llevar el problema al Señor. Reunió a sus amigos y juntos le suplicaron al Señor que les revelara el sueño del rey y su significado.

Durante la noche, Dios le reveló a Daniel el sueño y su significado. Leamos los versos 19-23 para ver la reacción de Daniel:

2:19 Entonces el secreto fue revelado a Daniel en visión de noche, por lo cual bendijo Daniel al Dios del cielo.
2:20 Y Daniel habló y dijo: Sea bendito el nombre de Dios de siglos en siglos, porque suyos son el poder y la sabiduría.
2:21 El muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos.
2:22 El revela lo profundo y lo escondido; conoce lo que está en tinieblas, y con él mora la luz.
2:23 A ti, oh Dios de mis padres, te doy gracias y te alabo, porque me has dado sabiduría y fuerza, y ahora me has revelado lo que te pedimos; pues nos has dado a conocer el asunto del rey.

Aunque los reyes de la tierra parecen ser poderosos, Dios es soberano sobre ellos. Es El quien determina los tiempos y las épocas. Sólo El revela lo oculto, pues es el único que sabe lo que para nosotros es oscuro.

Daniel entonces pidió audiencia con el rey para decirle lo que había soñado. Leámoslo en los versos 31 al 35:

2:31 Tú, oh rey, veías, y he aquí una gran imagen. Esta imagen, que era muy grande, y cuya gloria era muy sublime, estaba en pie delante de ti, y su aspecto era terrible.
2:32 La cabeza de esta imagen era de oro fino; su pecho y sus brazos, de plata; su vientre y sus muslos, de bronce;
2:33 sus piernas, de hierro; sus pies, en parte de hierro y en parte de barro cocido.
2:34 Estabas mirando, hasta que una piedra fue cortada, no con mano, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó.
2:35 Entonces fueron desmenuzados también el hierro, el barro cocido, el bronce, la plata y el oro, y fueron como tamo de las eras del verano, y se los llevó el viento sin que de ellos quedara rastro alguno. Mas la piedra que hirió a la imagen fue hecha un gran monte que llenó toda la tierra.

El rey había visto la estatua de un hombre, con cabeza de oro, pecho y brazos de plata, estómago y muslos de bronce y piernas de hierro. Los pies eran una mezcla de hierro y barro.

¿Qué podría significar este sueño? Leamos los versos 36 al 45 para ver la interpretación:

2:36 Este es el sueño; también la interpretación de él diremos en presencia del rey.
2:37 Tú, oh rey, eres rey de reyes; porque el Dios del cielo te ha dado reino, poder, fuerza y majestad.
2:38 Y dondequiera que habitan hijos de hombres, bestias del campo y aves del cielo, él los ha entregado en tu mano, y te ha dado el dominio sobre todo; tú eres aquella cabeza de oro.
2:39 Y después de ti se levantará otro reino inferior al tuyo; y luego un tercer reino de bronce, el cual dominará sobre toda la tierra.
2:40 Y el cuarto reino será fuerte como hierro; y como el hierro desmenuza y rompe todas las cosas, desmenuzará y quebrantará todo.
2:41 Y lo que viste de los pies y los dedos, en parte de barro cocido de alfarero y en parte de hierro, será un reino dividido; mas habrá en él algo de la fuerza del hierro, así como viste hierro mezclado con barro cocido.
2:42 Y por ser los dedos de los pies en parte de hierro y en parte de barro cocido, el reino será en parte fuerte, y en parte frágil.
2:43 Así como viste el hierro mezclado con barro, se mezclarán por medio de alianzas humanas; pero no se unirán el uno con el otro, como el hierro no se mezcla con el barro.
2:44 Y en los días de estos reyes el Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos reinos, pero él permanecerá para siempre,
2:45 de la manera que viste que del monte fue cortada una piedra, no con mano, la cual desmenuzó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro. El gran Dios ha mostrado al rey lo que ha de acontecer en lo por venir; y el sueño es verdadero, y fiel su interpretación. 

La estatua representaba varios reinos subsecuentes del mundo. El primero, la cabeza dorada, correspondía al reino de Nabucodonosor mismo. Era de oro, porque Nabucodonosor poseía autoridad completa.

El siguiente reino sería inferior. Los eruditos lo identifican con el imperio medo-persa, y era inferior desde la perspectiva de Nabucodonosor en el sentido de que sus reyes tenían un poder más limitado. El tercer reino, de bronce, era el griego, y el cuarto, el imperio romano. Este imperio terminaría dividiéndose, primeramente en dos, y luego en muchos pueblos.

Sin embargo, durante el tiempo de este último imperio, se establecería otro. No se establecería por manos humanas; no fue resultado del ingenio de los hombres. Es algo que Dios haría. Precisamente como lo había profetizado Daniel, Jesucristo vino a establecer el reino de Dios durante el tiempo del último imperio, el imperio romano.

Su reino ahora está llenando la tierra. Cada vez que otra persona se convierte a la fe en Jesucristo, ese reino se extiende. Un día, se establecerá perfectamente. Todos los demás reinos han pasado a la historia, y serán olvidados - llevados por el viento. Aun los países más poderosos y ricos que nuestro día pasarán al olvido.

El reino de Dios, en cambio, durará por siempre. Se estableció cuando Jesús murió en la cruz, ganando así la victoria sobre los poderes del mal. Nos hacemos miembros de este reino cuando reconocemos a Jesús por fe como nuestro Rey. En un mundo de falsos profetas, ésta es la verdadera esperanza.

Vivimos en un mundo donde la esperanza no se ha consumado aún. Mientras esperamos el pleno establecimiento del reino de Dios, ¿cómo debemos de vivir? Debemos de vivir con la esperanza puesta en Cristo, no en los reinos de este mundo; debemos de vivir en integridad, como ciudadanos del cielo; debemos de vivir con el propósito de agradar a Dios y compartir su verdad con otros.

Y tú, ¿a qué reino perteneces? ¿Vives como ciudadano de los reinos del mundo, reinos que serán destruidos? ¿O te has unido por fe al reino de Dios, un reino que jamás dejará de existir?


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