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Domingo 15 de Agosto del 2010

Cuando la paciencia de Dios se acaba
Pastor Tony Hancock

Una madre acostó a sus niños pequeños, para luego ir a lavarse el cabello. Mientras se humedecía el cabello para lavarlo, escuchaba que sus pequeños angelitos se alborotaban más y más. Por fin, se le acabó la paciencia. Poniéndose una toalla en la cabeza en forma de turbante, se fue al cuarto de los niños y los regañó.

Cuando ya iba saliendo del cuarto, oyó que su niño de tres años preguntó en voz trémula: ¿Quién fue esa mujer? Por el turbante, no la reconoció. Cuando perdemos la paciencia, los resultados pueden ser feos - o pueden ser chistosos. Cuando Dios pierde la paciencia, sin embargo, los resultados son espantosos.

Pero... ¿será que Dios pierde la paciencia? El siempre es paciente, siempre perdona, siempre nos deja hacer lo que queramos, ¿verdad? Es cierto que Dios es muy paciente, pero como veremos hoy, a Dios también se le acaba la paciencia. Es muy importante para nosotros entender qué es lo que causa que Dios pierda la paciencia.

Vamos a empezar con un breve repaso de la historia de la redención. Usaremos una cronología para tener una idea - a grandes rasgos - del progreso del plan de Dios, hasta donde hemos llegado. (Esta cronología está disponible en Internet aquí.)

En su amor, Dios no quiso dejar a la humanidad alejada de El debido a su pecado. Su plan de restauración empezó con un hombre llamado Abraham. Dios le prometió que sería padre de una gran nación, que viviría en una tierra que le daría; pero además, Dios le prometió que todas las naciones de la tierra serían bendecidas a través de su descendencia.

Parecía imposible que esta promesa se hiciera realidad. Para empezar, Abraham y su esposa estaban en la tercera edad; pero Dios les dio un hijo. Pocas generaciones después, una escasez de comida amenazaba con destruir la familia de Abraham. Sin embargo, Dios había preparado - de forma insólita - un lugar para ellos en Egipto, por medio de José.

Pasaron algunos siglos y los descendientes de Abraham se hicieron numerosos en Egipto, pero llegaron también a ser esclavizados por el faraón. Dios entonces levantó a Moisés para sacarlos de su esclavitud en Egipto y llevarlos hacia la tierra que Dios le había prometido a Abraham.

Moisés, por su desobediencia, no pudo entrar a la tierra prometida; su asistente Josué fue el que guió a los israelitas en la conquista de la tierra. Al final de su vida, Josué retó a los israelitas a ser fieles al Señor, para así tener la victoria. Sin embargo, después de la muerte de Josué, el pueblo se alejó del Señor.

Entonces empezó una etapa triste en la vida del pueblo de Dios. Durante la época de los jueces, no hubo avance. El pueblo se quedó atascado en un ciclo que empezaba con su rebelión contra Dios al seguir a otros dioses, luego de lo cual Dios los castigaba permitiendo que otra nación los oprimiera.

Al verse oprimido, el pueblo arrepentido clamaba a Dios, y Dios levantaba un juez o caudillo para guiarlos a la liberación. Duraban un tiempo bajo el liderazgo del juez, hasta que moría o sucedía algo diferente, y volvían a rebelarse contra Dios. El ciclo se repetía de nuevo. El último juez fue Samuel, quien preparó al pueblo para tener rey.

El primer rey de Israel, pedido por el pueblo, fue Saúl. Aunque parecía ser el mejor candidato, tenía un defecto: prefería seguir su propio criterio en lugar de someterse a la voluntad de Dios. Como resultado, ya que él rechazó a Dios, Dios lo rechazó como rey.

El segundo rey de Israel fue un hombre conforme al corazón de Dios llamado David. Bajo David y su hijo Salomón, el pueblo experimentó sus días de gloria. Dios le prometió a David que uno de sus descendientes reinaría para siempre. Salomón construyó el templo de Dios, el único lugar en todo el mundo donde Dios se manifestaba y recibía los sacrificios del pueblo.

Sin embargo, Salomón también tenía un defecto. Sus muchas mujeres alejaron su corazón del Señor, y como resultado, el reino fue dividido. Después de la muerte de Salomón, las diez tribus del norte se separaron del sur. Los descendientes de David reinaban sólo sobre la tribu sureña de Judá.

En las diez tribus del norte hubo una sucesión de reyes que iban de mal a peor, hasta que Dios permitió que los asirios los conquistaran. Cuando esto sucedió, la gran mayoría de los israelitas fueron deportados y regados entre las naciones, donde perdieron su identidad.

Sólo quedaban en la tierra los del sur, Judá. Ellos estaban seguros de que no les podría suceder lo que les había pasado a sus hermanos del norte. A fin de cuentas, en Judá estaba Jerusalén, con el templo donde se ofrecían sacrificios a Dios; estaba el rey que descendía de David, al que Dios le había prometido un reino sin fin. ¡Seguramente Dios jamás permitiría que su pueblo judío sufriera!

Sin embargo, empezando en el año 605 a.C. y culminando en 586 a.C., sucedió lo inimaginable. Los babilonios invadieron Judá, llevando a los nobles a Babilonia, destruyendo el templo de Dios y dejando vacío el trono de David. ¿Qué podría haber sucedido? ¿Tan débil era Dios, que no podía contra los dioses babilonios? ¡Así lo vieron algunos!

El profeta Jeremías, testigo ocular de todos estos eventos y mensajero de Dios al pueblo de Judá, explicó por qué todo esto sucedió. Si queremos entender por qué y cuándo se acaba la paciencia de Dios, tenemos que prestar atención al mensaje de Jeremías.

El vivió durante los reinos de varios de los últimos de los reyes de Judá. Nació durante el reino de Manasés, un rey sumamente malvado. Ministró durante el reinado de Josías, un buen rey que restauró - en respuesta al ministerio de Jeremías - la verdadera adoración al Señor. Josías reformó la adoración en Judá, quitó las imágenes y restauró el servicio del templo.

Sin embargo, había un problema. Las reformas de Josías no alcanzaron el corazón del pueblo. Después de su muerte, la gente volvió a sus costumbres anteriores. ¿Cuáles eran esas costumbres? Leamos Jeremías 2:12-13 para empezar:

2:12 Espantaos, cielos, sobre esto, y horrorizaos; desolaos en gran manera, dijo Jehová.
2:13 Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua.

Dios había bendecido grandemente a su pueblo, pero ellos habían cometido dos errores: lo abandonaron a El, y fueron detrás de otros dioses - que aparentemente les ofrecían más.

En Judá no faltaba religiosidad. Leamos Jeremías 5:1-6:

5:1 Recorred las calles de Jerusalén, y mirad ahora, e informaos; buscad en sus plazas a ver si halláis hombre, si hay alguno que haga justicia, que busque verdad; y yo la perdonaré.
5:2 Aunque digan: Vive Jehová, juran falsamente.
5:3 Oh Jehová, ¿no miran tus ojos a la verdad? Los azotaste, y no les dolió; los consumiste, y no quisieron recibir corrección; endurecieron sus rostros más que la piedra, no quisieron convertirse.
5:4 Pero yo dije: Ciertamente éstos son pobres, han enloquecido, pues no conocen el camino de Jehová, el juicio de su Dios.
5:5 Iré a los grandes, y les hablaré; porque ellos conocen el camino de Jehová, el juicio de su Dios. Pero ellos también quebraron el yugo, rompieron las coyundas.
5:6 Por tanto, el león de la selva los matará, los destruirá el lobo del desierto, el leopardo acechará sus ciudades; cualquiera que de ellas saliere será arrebatado; porque sus rebeliones se han multiplicado, se han aumentado sus deslealtades.

La gente hacía sus juramentos en el nombre del Señor, mostrando una aparente religiosidad. El servicio del templo continuaba; un descendiente de David estaba sobre el trono; ¿qué mal podría sobrevenirles?

No faltaba religiosidad, pero sí faltaba sinceridad. La gente creía quedar bien con Dios por su religiosidad, pero se les había olvidado que El desea la justicia, la integridad, la verdad. Juraban por el nombre del Señor, mostrando su religiosidad; pero sus corazones estaban duros y fríos.

¿Nos verá así el Señor? ¡Espero que no! Pero cada generación tiene que examinar su corazón y su vida para ver si ha caído en la trampa que atrapó a aquella generación. ¿Pensamos estar bien con Dios porque asistimos a la iglesia, porque nos consideramos cristianos, porque decimos "Si Dios quiere"? ¿Pensamos estar bien con Dios cuando nuestra vida está llena de mentiras, engaños y falta de perdón? ¡No nos engañemos! Dios no busca religiosidad, sino arrepentimiento.

Cuando no lo vio en su pueblo, las consecuencias fueron aterrantes. Aunque Dios fue muy paciente, llegó el día en que su paciencia se acabó. El se lo anunció a Jeremías, prohibiéndole que se casara - porque venían días terribles sobre la tierra. Al quedarse soltero, Jeremías servía como señal al pueblo de las desgracias que pronto sufrirían todas las familias.

Luego, Jeremías testificó de la destrucción de Jerusalén - cuando la gente se moría de hambre a causa de los ataques contra la ciudad, cuando los invasores se metieron a la ciudad a punta de espada y saquearon todas sus riquezas, dejándola en escombros. A Jeremías se le conoce como el profeta llorón, porque escribió el libro de Lamentaciones al ver la destrucción de Jerusalén.

Sin embargo, en medio de tanta destrucción y desesperación, Dios le dio a Jeremías un mensaje de restauración. Leamos Jeremías 31:31-34:

31:31 He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá.
31:32 No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová.
31:33 Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.
31:34 Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.

Después de los días de sufrimiento, dice Dios, vendría la restauración. Dios haría un nuevo pacto, un nuevo acuerdo con su pueblo. En lugar de consistir en una ley externa, una ley constantemente quebrantada debido a la dureza de corazón del ser humano, Dios escribiría su ley en el corazón de su pueblo y perdonaría su pecado.

El pueblo de Dios regresó a su tierra después del exilio en Babilonia, pero la restauración no fue completa. Las cosas nunca volvieron a ser como en los días de gloria bajo David y Salomón. Sin embargo, Hebreos 8 nos dice que este nuevo pacto ha sido establecido por medio de Jesucristo. A esto se refería El cuando dijo, al instituir la Santa Cena, "esta copa es el nuevo pacto en mi sangre" (Lucas 22:20).

Por fe, nosotros podemos ser incluidos en este nuevo pacto. Podemos recibir un nuevo corazón, un corazón sensible a la voluntad de Dios. Podemos tener nuestros pecados lavados y perdonados por la muerte de Cristo en la cruz.

Tenemos que tomar una decisión: ¿viviremos en religiosidad, como vivían los judíos, o entraremos en una relación con Dios? ¿Tendremos confianza falsa en la paciencia interminable de Dios, o viviremos seguros porque hemos permitido que El nos transforme mediante la fe en su Hijo Jesucristo?

La paciencia de Dios un día se acabará. Un día, El juzgará al mundo, así como El juzgó a su pueblo rebelde de Judá. La única forma de estar preparados para ese día es arrepentirnos del pecado y pedirle al Señor un nuevo corazón, por la gracia y misericordia del Señor Jesús. ¿Lo has hecho?


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