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Domingo 8 de Agosto del 2010

Sólo Jesús
Pastor Tony Hancock

Hemos llegado al final de una semana muy especial en nuestra Iglesia, la semana de la escuela bíblica de vacaciones. Esta semana conocimos a dos simpáticas hormigas, y aprendimos acerca del plan de Dios para construir su Iglesia alrededor del mundo - ¡usándonos a nosotros!

Así como las hormigas construyen su hormiguero y realizan sus múltiples tareas sin recibir dirección de un rey visible, Dios también está construyendo su Iglesia sin que tengamos un Rey visible. El hecho de que no sea visible no significa que la Iglesia no tiene Rey, sin embargo.

De hecho, los apóstoles que fundaron la Iglesia mediante su predicación lo hicieron debido a su encuentro con una persona. El se llama Jesús. Los apóstoles como Pedro y Juan primero pasaron tres años aprendiendo de Jesús como sus discípulos. Luego, El se fue al cielo, y los dejó encargados de compartir su mensaje de salvación con todo el mundo.

Poco después de que Jesús se había ido al cielo y los apóstoles habían empezado este trabajo, dos de ellos - Pedro y Juan - tuvieron una experiencia extraña. Entrando al templo, se encontraron con un hombre lisiado que solía mendigar en la entrada. Impulsados por el amor y el poder de su Señor, sanaron a este hombre en el nombre de Jesús.

Como sería de esperar, mucha gente se acercó para ver qué había pasado, dando a Pedro y Juan una magnífica oportunidad para compartirles de Jesús. Sin embargo, había algunas personas que no estaban contentas con lo que sucedía. Se trataba de los líderes religiosos encargados del templo, y a ellos no les agradó el espectáculo. Leamos ahora de lo que sucedió cuando se acercaron a la escena, en Hechos 4. Empecemos con los versos 1 al 4:

4:1 Hablando ellos al pueblo, vinieron sobre ellos los sacerdotes con el jefe de la guardia del templo, y los saduceos,
4:2 resentidos de que enseñasen al pueblo, y anunciasen en Jesús la resurrección de entre los muertos.
4:3 Y les echaron mano, y los pusieron en la cárcel hasta el día siguiente, porque era ya tarde.
4:4 Pero muchos de los que habían oído la palabra, creyeron; y el número de los varones era como cinco mil.

Los líderes religiosos encargados del templo estaban disgustados por la enseñanza de Pedro y Juan. Lucas, el escritor de Hechos, nos menciona aquí a los saduceos. Eran miembros del partido religioso más poderoso del día. Como algunas personas de hoy, ellos no creían en la resurrección; pensaban que al morirse, se acaba todo. Tampoco esperaban la llegada de un Mesías personal.

Por este motivo, la predicación de Pedro y Juan les caía muy mal. Estos dos hombres se declaraban testigos oculares de un evento que, para ellos, era imposible: la resurrección de los muertos. Amenazaban con desestabilizar el sistema religioso que favorecía a los saduceos.

Como ya era tarde, las autoridades metieron a Pedro y Juan a la cárcel. Pero la Palabra de Dios no puede ser encarcelada. Muchos creyeron el mensaje, y la pequeña Iglesia - que se había fundado el día de Pentecostés con 3.000 hombres - llegó a tener 5.000. Sigamos leyendo ahora los versos 5 al 12:

4:5 Aconteció al día siguiente, que se reunieron en Jerusalén los gobernantes, los ancianos y los escribas,
4:6 y el sumo sacerdote Anás, y Caifás y Juan y Alejandro, y todos los que eran de la familia de los sumos sacerdotes;
4:7 y poniéndoles en medio, les preguntaron: ¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto?
4:8 Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel:
4:9 Puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera éste haya sido sanado,
4:10 sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano.
4:11 Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo.
4:12 Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. 

Primeramente, las autoridades querían saber con qué autoridad habían realizado los apóstoles este milagro. Pedro les respondió, según el texto, lleno del Espíritu Santo. Esto significa que el espíritu de Pedro estaba totalmente rendido al control del Espíritu Santo de Dios.

En su respuesta, aclaró primero la razón del proceso: ¡fue por haber sanado a un paralítico! ¿Qué de malo podría tener eso? Pero para que lo supieran, ese milagro se había hecho por el poder de Jesucristo. Los mismos líderes, escasas semanas antes, habían sido parte de la crucifixión de Jesús. Lastimosamente para ellos, no se habían podido deshacer de El, porque Dios lo resucitó.

Al resucitar, se mostró que El realmente era el Salvador y Mesías que se había proclamado. Por esto, sólo en Jesús hay salvación. No hay ningún otro nombre, ninguna otra persona, ninguna otra autoridad que pueda concedernos el perdón y la reconciliación con Dios.

La verdad es que sólo Jesús ofrece vida abundante y sin fin a quienes lo siguen. Los apóstoles predicaban la resurrección, que para muchos era imposible; pero en Jesús, se había hecho realidad. Hasta el día de hoy, Jesús es el único que ha vuelto a vivir para jamás volver a morir. El ofrece una clase de vida diferente, una vida eterna, una vida en plenitud.

Hay muchos maestros religiosos que se han vuelto famosos en el transcurso de la historia humana. Sin excepción, todos han muerto, y en muchos casos, sus tumbas han llegado a ser lugares de peregrinaje. La tumba de Jesús está vacía; esto lo separa de cualquier maestro religioso meramente humano. El no sólo te ofrece pautas o sugerencias para vivir mejor; te ofrece la vida misma, porque El venció la muerte cuando resucitó.

No hay nadie más que te pueda ofrecer esto. Puedes seguir las mejores enseñanzas morales, e igualmente morirás. Si sigues a Jesús, puedes saber que la muerte no es el fin. Es más, puedes experimentar una vida diferente empezando en este mismo instante. Sólo Jesús te ofrece vida abundante y sin fin.

Leamos ahora el verso 13: "Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús." Las autoridades, al considerar a Pedro y Juan, se dieron cuenta de algo: ellos habían estado con Jesús. ¡Se notaba! Eran hombres sin educación formal dentro del sistema teológico judío, sin conexiones o palanca: pero hablaban valientemente y con poder, porque habían estado con Jesús.

La verdad es que sólo Jesús transforma a los que han estado con El. El verso 8 nos dice que Pedro habló lleno del Espíritu Santo. ¿Cómo llegó a estar así? La respuesta es que Jesús le dio al Espíritu Santo. Antes de morir, Jesús había soplado, en acto simbólico, para dejarles el Espíritu Santo. El día de Pentecostés, el Espíritu vino con poder sobre Pedro y los demás seguidores de Jesús.

Hoy día, Jesús da su Espíritu Santo, que es la presencia de Dios, a todos los que están con El por fe. El mismo Espíritu que impulsó a Pedro puede estar dentro de ti, si tú estás con Jesús. El efecto es notable; las autoridades podían decir muchas cosas de Pedro y Juan, pero no podían negar que habían estado con Jesús. Sólo Jesús transforma a los que han estado con El.

Yo te pregunto: ¿Has estado con Jesús? ¿Has recibido la vida abundante y sin fin que El ofrece? La Biblia nos enseña que esta vida y este encuentro con Jesús están a la disposición de cualquier persona, pero es necesario acercarnos a El con un corazón arrepentido del pecado y una actitud de fe.

Imagina que te peleas con alguien. Por coraje, le das la espalda y cierras los ojos. Esa es nuestra situación ante Jesús. Le hemos dado la espalda, porque hemos preferido el pecado. Cerramos los ojos de nuestro corazón para no verlo. Si queremos reconciliarnos con El, tenemos que dar la vuelta - dándole la espalda al pecado en arrepentimiento - y abrir los ojos - los ojos de la fe.

Así podremos ver a Jesús, encontrarnos con El y experimentar su presencia en nuestra vida. Quiero invitarte hoy a tomar esa decisión. Dale la espalda al pecado y abre los ojos de tu corazón para ver a Jesús. Confía en El para recibir el perdón y la vida.

Quizás hayas tomado ya esa decisión, pero te haga falta bautizarte para sellarla. Hoy es el día de tomar esa decisión también. Te invito a hacer ese compromiso y seguir a Jesús en obediencia en las aguas del bautismo. Tu vida nunca será igual.


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