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Domingo 25 de Julio del 2010

El Dios de verdad
Pastor Tony Hancock

Una de las estafas más interesantes de la historia del negocio sucedió a mediados de los años sesenta. La compañía norteamericana American Express perdió millones de dólares debido al engaño. Lo que sucedió fue que un empresario, dueño de una compañía que vendía aceite comestible, descubrió que podría sacar préstamos usando el aceite como garantía.

Empezó a sacar grandes préstamos usando como aval sus buques aparentemente llenos de aceite para ensaladas. Los buques llegaban a los puertos donde los inspectores certificaban que estaban llenos de aceite. El problema radicaba en la cantidad de aceite; la realidad era que sólo contenían una mínima cantidad de aceite, flotando encima de una gran cantidad de agua.

Con esta estrategia el empresario logró engañar a sus acreedores durante mucho tiempo, pero al fin la estafa salió a la luz. Los acreedores perdieron mucho dinero, y el dueño de la compañía que había cometido el delito sirvió siete años de cárcel. Ahora bien, ¿en qué consistía el problema aquí? Simplemente en que el aceite que garantizaba los préstamos no era de verdad. Era sólo una leve capa para crear la apariencia, pero no era de verdad.

El enemigo de nuestras almas tiene una estrategia similar para destruir nuestras almas. El ha creado una gran multitud de dioses que las personas adoran, colocando una leva capa de apariencia sobre una gran cantidad de engaño. Con esta estafa, pretende costarnos no sólo una fuerte suma de dinero, sino nuestro destino eterno.

No es una estrategia nueva. Al contrario; ha existido desde hace muchísimo tiempo. El usó la misma estrategia para engañar al pueblo de Dios después de la muerte de Salomón, y lastimosamente, funcionó. Unos cien años después del reinado de Salomón y la división subsiguiente del reino, surgió un rey en Israel que fue peor que todos los anteriores.

Aquí cabe aclarar que, después de la división del reino, las diez tribus del norte se conocen como Israel y la tribu del sur se conoce como Judá. Antes de la división, Israel era el nombre de todo el pueblo de Dios; pero ahora representa sólo las diez tribus del norte, con su capital en Samaria.

En el sur, en Judá, seguían reinando los descendientes de David. Algunos de ellos eran hombres buenos que buscaban al Señor, mientras que otros eran hombres malos que adoraban a los ídolos. En el norte, en cambio, hubo una sucesión de reyes de diferentes dinastías, y todos eran malos.

Cada uno de ellos siguió el mal ejemplo de Jeroboán, alejándose de la verdadera fe en el Señor. Las cosas fueron de Guatemala a Guatepeor hasta que llegó el peor rey de todos, un hombre egocéntrico y malhumorado. Leamos de él en 1 Reyes 16:29-33:

16:29 Comenzó a reinar Acab hijo de Omri sobre Israel el año treinta y ocho de Asa rey de Judá.
16:30 Y reinó Acab hijo de Omri sobre Israel en Samaria veintidós años. Y Acab hijo de Omri hizo lo malo ante los ojos de Jehová, más que todos los que reinaron antes de él.
16:31 Porque le fue ligera cosa andar en los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, y tomó por mujer a Jezabel, hija de Et-baal rey de los sidonios, y fue y sirvió a Baal, y lo adoró.
16:32 E hizo altar a Baal, en el templo de Baal que él edificó en Samaria.
16:33 Hizo también Acab una imagen de Asera, haciendo así Acab más que todos los reyes de Israel que reinaron antes que él, para provocar la ira de Jehová Dios de Israel.

Quizás se acuerden de Acab y su famosa esposa, Jezabel. Ella era de Sidón, un pueblo vecino, e impulsó en Israel la adoración del falso dios Baal. Acab se dejó llevar por ella, y la nación llegó al punto más bajo de su historia hasta ese momento. Fue precisamente en ese momento tan oscuro que Dios levantó un portavoz de la verdad. Leamos de él en el capítulo 17, verso 1: "Entonces Elías tisbita, que era de los moradores de Galaad, dijo a Acab: Vive Jehová Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra."

Elías fue usado por Dios para dar su mensaje a este rey rebelde. El mensaje que le dio fue un mensaje de juicio contra el pueblo, y también contra Baal, su dios falso. Se creía que Baal mandaba la fertilidad haciendo que lloviera, y que él cabalgaba en las nubes. Elías anuncia, bajo inspiración de Dios, que el pueblo sufriría la falla catastrófica de precisamente lo que ellos buscaban de manos de su falso dios. No habría lluvia, y por consecuencia, no habría cosecha.

Mientras tanto, Dios protegió a su vocero. Primeramente, lo mandó a esconderse en un arroyo, donde los cuervos le traían de comer. Luego, se secó el agua del arroyo, y Dios lo mandó a refugiarse del peligro en la boca del león. Lo mandó al pueblo de Sarepta, en Sidón: el lugar preciso de donde era Jezabel, la reina malvada de Israel.

Veamos ahora lo que sucedió con Elías en Sarepta. Empecemos en el verso 10 del capítulo 17, para leer hasta el 16:

17:10 Entonces él se levantó y se fue a Sarepta. Y cuando llegó a la puerta de la ciudad, he aquí una mujer viuda que estaba allí recogiendo leña; y él la llamó, y le dijo: Te ruego que me traigas un poco de agua en un vaso, para que beba.
17:11 Y yendo ella para traérsela, él la volvió a llamar, y le dijo: Te ruego que me traigas también un bocado de pan en tu mano.
17:12 Y ella respondió: Vive Jehová tu Dios, que no tengo pan cocido; solamente un puñado de harina tengo en la tinaja, y un poco de aceite en una vasija; y ahora recogía dos leños, para entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que lo comamos, y nos dejemos morir.
17:13 Elías le dijo: No tengas temor; ve, haz como has dicho; pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo.
17:14 Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra.
17:15 Entonces ella fue e hizo como le dijo Elías; y comió él, y ella, y su casa, muchos días.
17:16 Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó, conforme a la palabra que Jehová había dicho por Elías.

Dios había visto el corazón de esta viuda, y sabía que ella le tendría fe, si se le diera la oportunidad. Quizás por su acento, cuando Elías le habla, ella se da cuenta de que es israelita. Ella no comparte su fe todavía; se refiere al Señor "tu" Dios.

Pero Elías la llama a confiar. ¿Cómo mostraría esa confianza? Lo mostraría preparando comida para Elías antes que para sí misma y para su hijo. Podría parecer egoísta la petición de Elías: que le hiciera de comer a él primero. En realidad, era una prueba de la fe de la mujer; si ella suplía las necesidades del siervo del Señor, mostraría así su fe en su Dios.

Como resultado de su fe, la mujer y su hijo fueron salvos. Esta mujer extranjera, de la misma nación que la malvada reina Jezabel, tuvo alimento milagroso mientras que los israelitas rebeldes pasaban hambre. ¡Qué ironía! Pero aquí vemos la gran realidad de que Dios no hace acepción de personas, y que El está buscando personas de fe para bendecir.

¿Cómo se reveló la fe de esta mujer? Se reveló en obediencia. La obediencia que agrada a Dios es una obediencia que nace de la fe, que nace de creerle a Dios. La mujer creyó - no con muchas ganas, por cierto - lo que Elías le dijo, y por consiguiente, obedeció. El resultado fue bendición y salvación para ella y para su hijo.

Dios todavía busca personas que simplemente creen lo que El dice, y como resultado, lo obedecen. Bastantes personas hay que hablan de su fe en Dios, que cantan de su fe en Dios, que sienten su fe en Dios, pero pocos hay que llevan su fe a la obediencia. Esto es lo que Dios está buscando en cada uno de nosotros.

Sin embargo, llegó una prueba a la fe de esta viuda. Sigamos leyendo los versos 17 al 24:

17:17 Después de estas cosas aconteció que cayó enfermo el hijo del ama de la casa; y la enfermedad fue tan grave que no quedó en él aliento.
17:18 Y ella dijo a Elías: ¿Qué tengo yo contigo, varón de Dios? ¿Has venido a mí para traer a memoria mis iniquidades, y para hacer morir a mi hijo?
17:19 El le dijo: Dame acá tu hijo. Entonces él lo tomó de su regazo, y lo llevó al aposento donde él estaba, y lo puso sobre su cama.
17:20 Y clamando a Jehová, dijo: Jehová Dios mío, ¿aun a la viuda en cuya casa estoy hospedado has afligido, haciéndole morir su hijo?
17:21 Y se tendió sobre el niño tres veces, y clamó a Jehová y dijo: Jehová Dios mío, te ruego que hagas volver el alma de este niño a él.
17:22 Y Jehová oyó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él, y revivió.
17:23 Tomando luego Elías al niño, lo trajo del aposento a la casa, y lo dio a su madre, y le dijo Elías: Mira, tu hijo vive.
17:24 Entonces la mujer dijo a Elías: Ahora conozco que tú eres varón de Dios, y que la palabra de Jehová es verdad en tu boca.

Esta viuda tenía una idea que nosotros a veces también tenemos. Ella temía que, si se acercaba a Dios, El se empezaría a fijar en todos sus defectos - y la castigaría por ellos. La presencia del profeta Elías en su hogar había traído bendición, pero ella pensaba que también le había traído tragedia.

Sin embargo, resultó ser más bien una oportunidad para que se manifestara el poder de Dios - pero sólo después de la oración. Elías intercedió por el niño, y Dios le devolvió la vida - la primera vez que la resurrección se menciona en la Biblia. Como resultado, su fe llega a otro nivel; "ahora sé", dice ella. Reconoció al Señor como el Dios de verdad.

La misma experiencia se repite en la vida de muchos creyentes. Nos acercamos al Señor, y al principio, vemos muchas cosas buenas, muchas respuestas a la oración. Sin embargo, llega el momento de la prueba. Sucede algo inesperado, y decimos: ¿Qué pasó? ¿Dónde está Dios? ¿De qué me sirve acercarme a El, si me va a suceder esto? Reaccionamos exactamente cómo reaccionó la viuda de Sarepta.

¡Si tan sólo supiéramos que es una oportunidad para que Dios se glorifique, si respondemos con oración! Pero muchas veces, cometemos el error de desanimarnos y alejarnos del Señor, y como resultado, perdemos toda la bendición que El tiene para nosotros. El es el Dios de verdad, el único; nunca lo debemos de olvidar.

Luego llegó el momento en que Dios se mostró el Dios de verdad ante todo el pueblo de Israel. Mandó a Elías para encontrarse con Acab, el malvado rey de Israel, y citarlo a un enfrentamiento. Elías primero se encontró con Abdías, un siervo del rey, que aunque servía en el palacio, temía al Señor. De hecho, él usó su posición para salvar a varios profetas del Señor cuando la reina Jezabel los trataba de exterminar.

Elías se encontró con Abdías cuando él y Acab andaban recorriendo la tierra buscando pasto para las bestias del rey. ¡Qué interesante comentario sobre el corazón de Acab! Su pueblo se moría de hambre, pero él se preocupaba más por el bienestar de sus animales, pues los necesitaba para hacer guerra.

Elías convocó a Acab y los sacerdotes de Baal a un enfrentamiento en el monte Carmelo. Les animo a leer la historia completa en sus casas, porque es emocionante. Leamos de qué se trataba el enfrentamiento, en el capítulo 18, versos 22-24:

18:22 Y Elías volvió a decir al pueblo: Sólo yo he quedado profeta de Jehová; mas de los profetas de Baal hay cuatrocientos cincuenta hombres.
18:23 Dénsenos, pues, dos bueyes, y escojan ellos uno, y córtenlo en pedazos, y pónganlo sobre leña, pero no pongan fuego debajo; y yo prepararé el otro buey, y lo pondré sobre leña, y ningún fuego pondré debajo.
18:24 Invocad luego vosotros el nombre de vuestros dioses, y yo invocaré el nombre de Jehová; y el Dios que respondiere por medio de fuego, ése sea Dios. Y todo el pueblo respondió, diciendo: Bien dicho.

El propósito del enfrentamiento era ver quién era el Dios de verdad.

Los profetas de Baal empezaron con sus danzas, cortándose y haciendo cualquier cantidad de escándalo. Sin embargo, no hubo ninguna respuesta. Duraron horas en su algarabía, pero no pasó nada. Luego, se levantó Elías. Mandó primero que empaparan el sacrificio del Señor con agua, para que se viera que lo que iba a suceder no era ningún accidente.

Luego, hizo una oración. Leámosla, en los versos 36 y 37:

18:36 Cuando llegó la hora de ofrecerse el holocausto, se acercó el profeta Elías y dijo: Jehová Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, sea hoy manifiesto que tú eres Dios en Israel, y que yo soy tu siervo, y que por mandato tuyo he hecho todas estas cosas.
18:37 Respóndeme, Jehová, respóndeme, para que conozca este pueblo que tú, oh Jehová, eres el Dios, y que tú vuelves a ti el corazón de ellos.

¡Qué sencillo! Nada de gritos, nada de cuchillazos y danzas, sólo una sencilla oración - pero Dios respondió. El verso 38 nos da el resultado: "Entonces cayó fuego de Jehová, y consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo, y aun lamió el agua que estaba en la zanja." Cuando nuestro corazón está bien, cuando somos guiados por el Espíritu, no tenemos que hacer mucho escándalo para que Dios nos escuche. Sólo tenemos que orar.

Con esta respuesta a la oración de Elías, se mostró quién era el Dios de verdad. El pueblo respondió, declarando que el Señor es el Dios verdadero. Su convicción no duró mucho tiempo; la mayoría regresó a la idolatría, aunque muchos siguieron fieles también. Pero Dios se mostró verdadero.

Siglos después, se levantó otro hombre en el espíritu y poder de Elías. El se llamaba Juan el Bautista, y Jesús habló de él en Mateo 17:11-12:

17:11 Respondiendo Jesús, les dijo: A la verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas.
17:12 Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos.

Como Elías, llamó al pueblo a regresar al Señor. Como Elías, fue rechazado y hostigado por el rey de su tiempo. De hecho, perdió la cabeza por el ministerio - literalmente, pues Herodes lo mandó decapitar.

Vino a preparar el camino para Jesús, para que lo reconociéramos como Señor y Salvador. Sobre un monte, Elías hizo un sacrificio para que el pueblo reconociera que el Señor es el Dios de verdad. Sobre otro monte, Jesús se sacrificó a sí mismo para que lo reconociéramos como nuestro Señor, el Dios de verdad.

Sólo podemos conocer a Dios de verdad por medio de Jesucristo. Como la viuda de Sarepta, tenemos que creer y obedecerle. ¿Has llegado a conocer al Dios de verdad por medio de Jesucristo? ¿Reflejas en tu vida la obediencia que nace de la fe?


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