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Domingo 4 de Julio del 2010

Preludio a la destrucción
Pastor Tony Hancock

Hombres, imaginen que podrían tener más dinero que cualquiera de sus vecinos, influencia con la gente más poderosa de la nación y todas las mujeres que quisieran. ¿Cómo les gustaría? ¡No me respondan en voz alta! Quizás pensaríamos que esto sería el paraíso en la tierra.

Hoy conoceremos la vida de un hombre que vivió esta realidad. Veremos cuáles fueron los resultados para su vida. Abramos la Biblia en 1 Reyes 10:26-29:

10:26 Y juntó Salomón carros y gente de a caballo; y tenía mil cuatrocientos carros, y doce mil jinetes, los cuales puso en las ciudades de los carros, y con el rey en Jerusalén.
10:27 E hizo el rey que en Jerusalén la plata llegara a ser como piedras, y los cedros como cabrahigos de la Sefela en abundancia.
10:28 Y traían de Egipto caballos y lienzos a Salomón; porque la compañía de los mercaderes del rey compraba caballos y lienzos.
10:29 Y venía y salía de Egipto, el carro por seiscientas piezas de plata, y el caballo por ciento cincuenta; y así los adquirían por mano de ellos todos los reyes de los heteos, y de Siria.

El hombre del que hablamos, por supuesto, es Salomón, el hijo de David y rey en Jerusalén. Salomón llegó a ser un rey muy poderoso. Los carros de combate eran carretas que los caballos arrastraban; serían como los tanques de hoy, y le daban gran ventaja en el campo de batalla.

Salomón no sólo tuvo mucho poder militar, sino que también se convirtió en mercader de caballos de guerra. Era como un negociante de armas, comprando a un precio y vendiendo a otro; el resultado de todo este negocio fue que su capital, Jerusalén, se convirtió un lugar de gran riqueza y lujo.

Leamos ahora el capítulo 11, verso 1: "Pero el rey Salomón amó, además de la hija de Faraón, a muchas mujeres extranjeras; a las de Moab, a las de Amón, a las de Edom, a las de Sidón, y a las heteas". Además de tener gran prosperidad y poder militar, Salomón tuvo muchas mujeres. El verso 3 nos dice que tuvo 700 esposas y 300 concubinas "Y tuvo setecientas mujeres reinas y trescientas concubinas; y sus mujeres desviaron su corazón." Sus muchas esposas representaban dos cosas: el deleite sensual de nunca aburrirse de una mujer, sí, pero también el gran poder político de Salomón. Cada una de ellas era una princesa, hija de alguno de los reyes de las pequeñas naciones de aquel entonces, y su matrimonio con ellas daba a Salomón influencia y creaba paz entre las naciones aliadas.

Repasemos todo lo que tenía Salomón. Su reino era de gran prosperidad. En Jerusalén, la plata era tan común como las piedras. En los edificios, el bello y fragante cedro - que se tenía que importar del Líbano - era tan común como las higueras que crecían silvestres en la llanura.

Era un reino de paz política, basada en el poder militar. Salomón y su pueblo, en base a sus muchas alianzas y su poder militar, no temían ninguna invasión. Para Salomón, era también un reino de deleite sensual. Con tantas esposas y concubinas, Salomón jamás se cansaría. Entonces, ¿dónde está el problema? ¡Parece que todo marchaba perfectamente bien!

Leamos el capítulo 11, versos 1 al 8 para descubrir el problema:

11:1 Pero el rey Salomón amó, además de la hija de Faraón, a muchas mujeres extranjeras; a las de Moab, a las de Amón, a las de Edom, a las de Sidón, y a las heteas;
11:2 gentes de las cuales Jehová había dicho a los hijos de Israel: No os llegaréis a ellas, ni ellas se llegarán a vosotros; porque ciertamente harán inclinar vuestros corazones tras sus dioses. A éstas, pues, se juntó Salomón con amor.
11:3 Y tuvo setecientas mujeres reinas y trescientas concubinas; y sus mujeres desviaron su corazón.
11:4 Y cuando Salomón era ya viejo, sus mujeres inclinaron su corazón tras dioses ajenos, y su corazón no era perfecto con Jehová su Dios, como el corazón de su padre David.
11:5 Porque Salomón siguió a Astoret, diosa de los sidonios, y a Milcom, ídolo abominable de los amonitas.
11:6 E hizo Salomón lo malo ante los ojos de Jehová, y no siguió cumplidamente a Jehová como David su padre.
11:7 Entonces edificó Salomón un lugar alto a Quemos, ídolo abominable de Moab, en el monte que está enfrente de Jerusalén, y a Moloc, ídolo abominable de los hijos de Amón.
11:8 Así hizo para todas sus mujeres extranjeras, las cuales quemaban incienso y ofrecían sacrificios a sus dioses.

El problema está en que las mujeres de Salomón, las mismas que representaban sus conexiones políticas y la paz de su reino, sirvieron para alejar su corazón de Dios. Cada una de ellas traía de su país las creencias en los dioses particulares de su región, y le pedía a Salomón que le construyera un templo para adorarlos.

Como resultado, los montes al este de Jerusalén - donde se encontraba el único templo al Señor, el Dios verdadero - se llenaron de templos paganos. Estos dioses mostraban la cara fea del paganismo en toda su variedad. Astarté, por ejemplo, era una diosa de la fertilidad. Moloc era un dios al que se hacían sacrificios de niños para ganar su favor.

Bajo la influencia de sus esposas, Salomón permitió que se estableciera en Israel la adoración de estos dioses paganos. Aunque él nunca renunció su fe en el Señor, fue añadiendo a esa fe la adoración de otros dioses en un proceso que se llama sincretismo, y que se ha repetido una y otra vez en la historia del pueblo de Dios.

Se dice que una de las formas de matar una rana es ponerla en una olla de agua y calentar el agua lentamente. Si se mete la rana en una olla de agua hirviente, sus reacciones automáticas lo llevarán a salir de un brinco. En cambio, si el agua se calienta lentamente, la rana no se percata del peligro, y termina cocida.

Esto es lo que le sucedió a Salomón. Paulatinamente, sus esposas - con sus riquezas y su poder - alejaron lentamente su corazón del Señor, hasta que su corazón quedó completamente frío. ¿Le gustó esto a Dios? ¿Está El dispuesto a compartir su lugar de honor en nuestro corazón con varios otros dioses? Veamos a ver, leyendo los versos 9 al 13 de 1 Reyes 11:

11:9 Y se enojó Jehová contra Salomón, por cuanto su corazón se había apartado de Jehová Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces,
11:10 y le había mandado acerca de esto, que no siguiese a dioses ajenos; mas él no guardó lo que le mandó Jehová.
11:11 Y dijo Jehová a Salomón: Por cuanto ha habido esto en ti, y no has guardado mi pacto y mis estatutos que yo te mandé, romperé de ti el reino, y lo entregaré a tu siervo.
11:12 Sin embargo, no lo haré en tus días, por amor a David tu padre; lo romperé de la mano de tu hijo.
11:13 Pero no romperé todo el reino, sino que daré una tribu a tu hijo, por amor a David mi siervo, y por amor a Jerusalén, la cual yo he elegido.

Para un rey en el mundo antiguo, una de las cosas que más le importaba era dejar un reino para su hijo. Así se aseguraba de que su nombre sería recordado y honrado. ¡Cuánto más le importaría a Salomón, como hijo de David y heredero de las promesas que Dios le había hecho a él y a Abraham!

Ahora Dios le dice que su hijo sólo se quedaría con una de las tribus - y esto sólo por el amor que Dios le tenía a David. Por no mantenerse fiel al pacto exclusivo que Dios tenía con su pueblo, Salomón lo perdió todo. Es una de las figuras más trágicas de la Biblia, porque lo tuvo todo - y lo echó a perder.

¡Lo más triste del asunto es que no tuvo que ser así! Cientos de años antes, Dios había dado palabra por medio de su siervo Moisés, avisando a todos los reyes venideros de los peligros que ellos enfrentaban. Volvamos en la Biblia a Deuteronomio 17:16-19:

17:16 Pero él no aumentará para sí caballos, ni hará volver al pueblo a Egipto con el fin de aumentar caballos; porque Jehová os ha dicho: No volváis nunca por este camino.
17:17 Ni tomará para sí muchas mujeres, para que su corazón no se desvíe; ni plata ni oro amontonará para sí en abundancia.
17:18 Y cuando se siente sobre el trono de su reino, entonces escribirá para sí en un libro una copia de esta ley, del original que está al cuidado de los sacerdotes levitas;
17:19 y lo tendrá consigo, y leerá en él todos los días de su vida, para que aprenda a temer a Jehová su Dios, para guardar todas las palabras de esta ley y estos estatutos, para ponerlos por obra;

¡Parece que Salomón había leído estas palabras, y había decidido hacer lo opuesto! Precisamente de Egipto, el país que había esclavizado siglos antes a los israelitas, fue que Salomón consiguió su impresionante caballería. Había acumulado grandes cantidades de plata, y había tomado muchas mujeres para sí.

Salomón como rey tenía la responsabilidad de tener su propia copia de la ley y de leerla detenida y constantemente. Si hubiera cumplido con este requisito, de seguro habría reconocido el error en el que caía antes de que fuera muy tarde. Me imagino que él pensaba como muchos de nosotros: "Ya sé lo que dice la Biblia. La he leído antes. No tengo que seguirla leyendo."

Al ignorar la Palabra de Dios, ¡cayó en un error fatal! Dios le había prometido que le haría rico, pero él buscó la riqueza de forma equivocada. Esto lo descubrimos después de su muerte, cuando sus súbditos se quejaron de los impuestos injustos que Salomón les exigía. No fue suficiente para él la riqueza que Dios le concedió; quería más, y estuvo dispuesto a ir a Egipto y a maltratar a los ciudadanos de su reino para enriquecerse más.

¡Qué gran tragedia! En medio de su riqueza, majestad y esplendor, Salomón sembró las semillas que darían como fruto la destrucción de su reino y que mancharían su nombre. El apóstol Pablo, hablando de las historias registradas para nuestro beneficio en el Antiguo Testamento, dice lo siguiente: "Todo eso les sucedió para servir de ejemplo, y quedó escrito para advertencia nuestra, pues a nosotros nos ha llegado el fin de los tiempos. Por lo tanto, si alguien piensa que está firme, tenga cuidado de no caer." (1 Corintios 10:11-12)

El gran peligro para la mayoría de nosotros no es que Satanás nos tiente con algo obviamente malo y repugnante. Más bien, como lo fue con Salomón, nuestra caída vendrá paso a paso, con una pequeña transigencia tras otra, hasta que un día nos despertamos para encontrarnos muy lejos del Señor y habiendo perdido su favor.

El momento de mayor peligro llega cuando estamos en nuestro mayor momento de bendición. Precisamente cuando todo nos va bien, cuando Dios nos ha bendecido y estamos recibiendo respuestas a nuestras peticiones, viene irónicamente la tentación a tratar de tener más, a torcer levemente las normas de Dios para que las cosas - al parecer - puedan ser mejores.

¿Qué podrías perder tú, si siguieras el ejemplo de Salomón? Podrías perder a tu familia. Tus hijos podrían alejarse de la fe al ver tus pequeñas hipocresías. Podrías perder tu matrimonio. Podrías perder la salud, el trabajo, o - peor que nada - tu relación con Dios. Al principio, pensarás que lo puedes tener todo. ¡Así pensó Salomón! Pensó que podía adorar a Dios en su templo en Jerusalén, y también adorar a los dioses para quienes construía templos afuera de la ciudad.

Esta clase de juego no funciona. Desgraciadamente, muchos creyentes - hasta pastores y ministros - lo han descubierto. Sobra contarles de pastores que han caído en amoríos con mujeres de su congregación y han perdido el ministerio como consecuencia, de hombres creyentes que han mirado pornografía por curiosidad y, con el tiempo, han perdido a sus familias, de mujeres que han empezado con un delicioso chisme y han terminado destruyendo el testimonio de su Iglesia.

¿Cómo podemos evitar caer en esta trampa? Con una sola cosa: caminar en comunión diaria con Jesucristo, por medio de su Palabra. ¿Recuerdan las instrucciones que Dios les había dado, por medio de Moisés, a todos los reyes? Ellos debían de tener su propia copia de la Escritura, y leerla de forma constante.

Nosotros sabemos que la Palabra de Dios, la Biblia, nos sirve como forma de conocer a Cristo. El dijo del Antiguo Testamento que testificaba de El. Si tú no estás pasando tiempo diariamente con Cristo por medio de su Palabra, corres el riesgo de no reconocer el peligro cuando se aproxima. Corres el riesgo de justificar y excusar las pequeñas transigencias que, poco a poco, te alejan de Dios.

Los soldados en el campo de batalla usan lentes de visión nocturna. Éstos les permiten ver en la oscuridad y detectar la presencia de peligros que, de otra forma, les serían invisibles. Así funciona para nosotros la Palabra de Dios cuando se hace viva para nosotros en una relación con Jesucristo. Nos permite ver los peligros, las decisiones y elecciones que nos pueden parecer normales, pero que perjudican nuestra salud y nuestro bienestar espiritual.

No termines mal. No vivas un preludio a la destrucción. Si has empezado a transigir, arrepiéntete ahora y regresa al camino de fe y obediencia. En Cristo, podemos caminar de gloria en gloria. Dios no quiere menos para su pueblo. Comprométete hoy con El en serle fiel.


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