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Domingo 30 de Mayo del 2010

Bienvenido a casa
Pastor Tony Hancock

Siempre es un placer llegar a casa después de una larga ausencia. Un hombre regresaba a casa después de pasar casi dos años en Rusia. Su hermana decidió sorprenderle con unos letreros de bienvenida a casa escritos en ruso. Usando un programa de traducción en la Internet, pidió la traducción de "bienvenido a casa" e imprimió la frase resultante en hojas de papel para darle la bienvenida en el aeropuerto.

Cuando su hermano llegó y vio las pancartas que ella había creado con tanto esfuerzo, se empezó a reír. Luego, le explicó que los letreros no decían "bienvenido a casa"; decían "no se ha encontrado traducción". Bueno, ¡al menos el esfuerzo no faltó!

Para la mayoría de nosotros, es una buena experiencia llegar a casa. Nuestro hogar nos hace sentir cómodos, aceptados, y tranquilos; allí podemos relajarnos, allí convivimos con familia y amigos, allí guardamos las pertenencias y los recuerdos. Con razón decimos: Hogar, dulce hogar, en ningún sitio como en casa.

A Dios también se le construyó una casa. ¿Para qué quería Dios tener una casa? ¿No está cómodo en el cielo? Hoy meditamos sobre la ocasión en la que le hicieron una casa a Dios, el por qué, y lo que esto significa para nosotros. Abramos nuestras Biblias en 1 Reyes capítulo 8, y leamos los versos 1 al 13:

8:1 Entonces Salomón reunió ante sí en Jerusalén a los ancianos de Israel, a todos los jefes de las tribus, y a los principales de las familias de los hijos de Israel, para traer el arca del pacto de Jehová de la ciudad de David, la cual es Sion.
8:2 Y se reunieron con el rey Salomón todos los varones de Israel en el mes de Etanim, que es el mes séptimo, en el día de la fiesta solemne.
8:3 Y vinieron todos los ancianos de Israel, y los sacerdotes tomaron el arca.
8:4 Y llevaron el arca de Jehová, y el tabernáculo de reunión, y todos los utensilios sagrados que estaban en el tabernáculo, los cuales llevaban los sacerdotes y levitas.
8:5 Y el rey Salomón, y toda la congregación de Israel que se había reunido con él, estaban con él delante del arca, sacrificando ovejas y bueyes, que por la multitud no se podían contar ni numerar.
8:6 Y los sacerdotes metieron el arca del pacto de Jehová en su lugar, en el santuario de la casa, en el lugar santísimo, debajo de las alas de los querubines.
8:7 Porque los querubines tenían extendidas las alas sobre el lugar del arca, y así cubrían los querubines el arca y sus varas por encima.
8:8 Y sacaron las varas, de manera que sus extremos se dejaban ver desde el lugar santo, que está delante del lugar santísimo, pero no se dejaban ver desde más afuera; y así quedaron hasta hoy.
8:9 En el arca ninguna cosa había sino las dos tablas de piedra que allí había puesto Moisés en Horeb, donde Jehová hizo pacto con los hijos de Israel, cuando salieron de la tierra de Egipto.
8:10 Y cuando los sacerdotes salieron del santuario, la nube llenó la casa de Jehová.
8:11 Y los sacerdotes no pudieron permanecer para ministrar por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Jehová.
8:12 Entonces dijo Salomón: Jehová ha dicho que él habitaría en la oscuridad.
8:13 Yo he edificado casa por morada para ti, sitio en que tú habites para siempre.

Los capítulos anteriores describen la construcción del templo. Con los materiales que su padre David había reunido, Salomón había construido el templo. Este edificio, el templo construido por Salomón, era la estructura más grande de su tipo en el Antiguo Medio Oriente. Era un lugar digno de llevar el nombre del Señor, bello y esplendoroso.

Había llegado el momento de inaugurar el nuevo edificio. Los sacerdotes y levitas llevaron el arca, símbolo de la presencia del Señor, para colocarla en el nuevo edificio. Se sacrificaron animales en cantidad incontable, y como muestra visible de su presencia, el Señor se manifestó en una nube gloriosa.

Sigamos leyendo ahora los versos 14 al 21:

8:14 Y volviendo el rey su rostro, bendijo a toda la congregación de Israel; y toda la congregación de Israel estaba de pie.
8:15 Y dijo: Bendito sea Jehová, Dios de Israel, que habló a David mi padre lo que con su mano ha cumplido, diciendo: 
8:16 Desde el día que saqué de Egipto a mi pueblo Israel, no he escogido ciudad de todas las tribus de Israel para edificar casa en la cual estuviese mi nombre, aunque escogí a David para que presidiese en mi pueblo Israel.
8:17 Y David mi padre tuvo en su corazón edificar casa al nombre de Jehová Dios de Israel.
8:18 Pero Jehová dijo a David mi padre: Cuanto a haber tenido en tu corazón edificar casa a mi nombre, bien has hecho en tener tal deseo.
8:19 Pero tú no edificarás la casa, sino tu hijo que saldrá de tus lomos, él edificará casa a mi nombre.
8:20 Y Jehová ha cumplido su palabra que había dicho; porque yo me he levantado en lugar de David mi padre, y me he sentado en el trono de Israel, como Jehová había dicho, y he edificado la casa al nombre de Jehová Dios de Israel.
8:21 Y he puesto en ella lugar para el arca, en la cual está el pacto de Jehová que él hizo con nuestros padres cuando los sacó de la tierra de Egipto.

Dios quería que este lugar de paz fuera construido por un hombre de paz, y para esto, escogió a Salomón, hijo de David. David había sido un gran guerrero; aunque era un hombre conforme al corazón de Dios, El no quería que su morada fuera construida por un hombre con sangre en las manos.

Pero, ¿será que Dios moraría en un templo hecho por manos humanas? Salomón se hizo la misma pregunta. Leamos las primeras palabras de su oración en los versos 22-30:

8:22 Luego se puso Salomón delante del altar de Jehová, en presencia de toda la congregación de Israel, y extendiendo sus manos al cielo,
8:23 dijo: Jehová Dios de Israel, no hay Dios como tú, ni arriba en los cielos ni abajo en la tierra, que guardas el pacto y la misericordia a tus siervos, los que andan delante de ti con todo su corazón;
8:24 que has cumplido a tu siervo David mi padre lo que le prometiste; lo dijiste con tu boca, y con tu mano lo has cumplido, como sucede en este día.
8:25 Ahora, pues, Jehová Dios de Israel, cumple a tu siervo David mi padre lo que le prometiste, diciendo: No te faltará varón delante de mí, que se siente en el trono de Israel, con tal que tus hijos guarden mi camino y anden delante de mí como tú has andado delante de mí.
8:26 Ahora, pues, oh Jehová Dios de Israel, cúmplase la palabra que dijiste a tu siervo David mi padre.
8:27 Pero ¿es verdad que Dios morará sobre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?
8:28 Con todo, tú atenderás a la oración de tu siervo, y a su plegaria, oh Jehová Dios mío, oyendo el clamor y la oración que tu siervo hace hoy delante de ti;
8:29 que estén tus ojos abiertos de noche y de día sobre esta casa, sobre este lugar del cual has dicho: Mi nombre estará allí; y que oigas la oración que tu siervo haga en este lugar.
8:30 Oye, pues, la oración de tu siervo, y de tu pueblo Israel; cuando oren en este lugar, también tú lo oirás en el lugar de tu morada, en los cielos; escucha y perdona.

Salomón reconocía que Dios no necesitaba un templo donde vivir, pues todo el universo es insuficiente para contenerlo.

¿Por qué, entonces, se construyó este templo? ¿Cuál fue el propósito? Los versos 28 al 30 nos dan la respuesta. En estos versos, y en el resto de su oración, Salomón se refiere una y otra vez a las oraciones que se elevarían allí a Dios. El templo debía ser una casa de oración, es decir, un lugar donde el pueblo de Dios podía hablarle. Era, en otras palabras, un lugar de reunión.

Todos sabemos que Dios está en todas partes, en el cielo, donde está su trono, y aquí en la tierra también. Sin embargo, ¿cómo lo podemos conocer? ¿Adónde podemos ir para encontrarnos con El? El templo construido por Salomón fue la respuesta a esa pregunta, una respuesta que nos enseña que Dios desea morar con su pueblo.

Como parte del servicio del templo, había un candelabro de aceite que debía quedar prendido todo el tiempo. Los sacerdotes también horneaban pan y lo colocaban en una mesa especial ante la presencia del Señor. Dios no les dio estas instrucciones porque le tenía miedo a la oscuridad, o porque de repente le daba hambre.

Más bien, imagina conmigo la impresión causada en los israelitas cuando pasaban de noche cerca del templo - en la oscuridad de Jerusalén, donde no había luces eléctricas en las calles - y veían la luz prendida del candelabro adentro del templo. Olían también el pan recién horneado que los sacerdotes llevaban para colocar ante el Señor. ¿Qué impresión causarían estas cosas?

Servían para indicar que Alguien estaba en casa. El pueblo de Dios no estaba solo; su Dios moraba entre ellos, y podían acercarse a El para hablar con El. ¡Qué gran bendición! ¡Qué gran seguridad! ¿Has ido alguna vez a visitar a alguien, sólo para encontrar la casa sola y oscura? Qué lástima - no están, decimos.

Los israelitas nunca tenían que decir eso de su Dios. El siempre estaba en casa para recibir sus visitas, para escuchar sus oraciones, para extender perdón y conceder sus peticiones. El pueblo de Dios nunca tenía que dudar de la presencia de su Dios con ellos. Aunque no lo podían ver ni representar con una imagen labrada, El siempre estaba en casa.

No existe hoy ningún edificio parecido al templo de Jerusalén, ni en apariencia ni en función. Dios ya no se manifiesta en un edificio. En diferentes eras, Dios se ha manifestado de formas diferentes. Llegó el momento en el que Dios ya no se manifestó en un edificio, sino en una persona. Leamos acerca de esto en Juan 1:14: " Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad."

El Verbo, que según el verso 1 es Dios ("En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios", Juan 1:1), se hizo hombre y habitó entre nosotros. La palabra traducida "habitó" significa "tendió su carpa". Trae a la memoria otra carpa, el tabernáculo del Antiguo Testamento, que había sido reemplazado por el templo. Dice Juan, uno de los discípulos de Jesús: "hemos contemplado su gloria". ¿Recuerdan lo que sucedió cuando Salomón dedicó el templo? ¡El pueblo vio la gloria de Dios! Ahora, dice Juan, casi 1.000 años después, la gloria se ha vuelto a manifestar - no en un edificio, sino en un hombre.

En una ocasión en su vida, Jesús dijo: "Destruyan este templo, y en tres días lo volveré a edificar" (Juan 2:19). La gente que lo oía pensaba que se refería al templo de Jerusalén, pero El se refería a su cuerpo. Mientras El andaba en la tierra, Jesús era el templo. Era en conocer a Jesús que la gente podía encontrarse con Dios. Unos cuantos años después de su muerte, el templo en Jerusalén también fue destruido, y ya no existe.

Pero Jesús ya se fue al cielo. ¿Dónde está el templo ahora? ¿Dónde nos encontramos con Dios? Encontramos la respuesta en 1 Corintios 3:16-17: "16 ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? 17 Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es." La Biblia nos dice que, cuando aceptamos a Jesús como nuestro Señor y Salvador, el Espíritu Santo viene a morar dentro de nosotros. Ahora, el pueblo de Dios mismo se ha convertido en su templo. Nosotros - tú y yo y todos nuestros hermanos alrededor del mundo que son seguidores de Jesucristo - somos el templo de Dios.

Dios está presente en nosotros en cada momento, y cuando nos reunimos, El se manifiesta entre nosotros. Por eso, quizás no deberíamos de decir: "Vamos al templo", sino "Vamos a formar el templo". El templo de Dios ya no es un lugar; es un templo viviente, formado por piedras vivientes.

¡Qué alegría saber que Dios está con nosotros! Pero hay algo más que tenemos que comprender. Había normas acerca de cómo se podían acercar al templo de Dios. El pueblo se tiene que preparar para recibir a su Dios. Cuando Salomón dedicó el templo, se hicieron muchos sacrificios - tantos que no se podían contar. No fue sólo en aquel día; los sacerdotes tenían que sacrificar animales de forma constante.

¿Para que servían estos sacrificios? Representaban, entre otras cosas, la purificación de los pecados del pueblo. Nadie podía acercarse a un Dios santo sin antes ser purificado de sus pecados. La sangre de los sacrificios cubría el pecado del pueblo para que se pudieran acercar a Dios.

No sólo se preparaban mediante los sacrificios, sino mediante la santidad personal también. Si leemos la oración de Salomón en 1 Reyes 8 - y les animo a hacerlo en la casa - nos damos cuenta de que Salomón menciona varias formas en que el pueblo podría desobedecer a Dios. Cada vez, él pide en su oración que Dios oiga las oraciones del pueblo pidiendo perdón, y que perdone.

En otras palabras, el pueblo tenía que acercarse a su Dios con arrepentimiento y en santidad. Las cosas no han cambiado mucho para nosotros. La diferencia es que, cuando hablamos de sacrificio, no estamos hablando del sacrificio de animales; hablamos del sacrificio de Cristo, hecho una vez por todas en la cruz. Hebreos 10:10 dice que "somos santificados mediante el sacrificio del cuerpo de Jesucristo, ofrecido una vez y para siempre". Así es que podemos acercarnos espiritualmente a Dios.

No podemos acercarnos a Dios sin un sacrificio para cubrir nuestro pecado, pero Dios mismo ha hecho ese sacrificio por medio de Jesucristo. Sólo tenemos que confiar en ese sacrificio y acercarnos a Dios creyendo que ese sacrificio se ha hecho por nosotros.

También tenemos que acercarnos con arrepentimiento y confesión. Dios no oye la oración del soberbio que se cree mejor que los demás; su oído está atento a la voz suplicante de la persona humilde que confiesa sus errores y los abandona.

Dios desea morar con su pueblo, pero tenemos que prepararnos para recibir la presencia de nuestro Dios. Desde el templo de Salomón hasta el templo que formamos nosotros, Dios siempre ha buscado la forma de convivir con su pueblo. El nos invita ahora a darle la bienvenida, preparando nuestra vida y nuestro corazón para disfrutar de su presencia.


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