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Domingo 2 de Mayo del 2010

Y a mucha honra
Pastor Tony Hancock

En los últimos meses, el gobernador de este estado se ha visto envuelto en un escándalo de su propia creación. Tras anunciar al público que estaba haciendo alpinismo en las montañas, salió a la luz que realmente se había estado reuniendo con su amante en la Argentina.

De ser un líder respetado y una estrella en ascenso de la política, se convirtió en el remate de muchos chistes y un fracaso moral. Está en el proceso de perder a su familia. De ocupar un lugar de honor, ha perdido el respeto de muchos.

De su situación, lo que más me llama la atención es que ha sido conocido como creyente. En su autobiografía, su esposa relata la forma en que él le citaba versos de la Biblia y hablaba de Dios. ¿Cómo es posible que una persona con tanto conocimiento bíblico sea capaz de cometer errores tan graves? ¿Cómo pudo caer de honra a deshonra?

Queda claro que el conocimiento no es suficiente. El simple hecho de conocer mucho de la Palabra de Dios no tiene un efecto automáticamente transformador en nuestras vidas. Es necesario algo más. Hoy consideraremos el ejemplo de tres personas que nos mostrarán el camino a la honra.

Empezamos con una mujer llamada Ana. Ella vivió al final de la época de los jueces en Israel, después de la vida de Rut. La gran tragedia de la vida de Ana era que ella no podía tener hijos. Su esposo tenía otra mujer que sí le había dado hijos, y esta mujer se burlaba de Ana por su esterilidad.

Llegó el día en que Ana y su familia fueron a sacrificar al Señor en Siló, donde estaba el altar del Señor. El templo de Jerusalén no se había construido todavía, y se adoraba al Señor en el tabernáculo en Siló. Ana se presentó ante el tabernáculo donde se manifestaba la presencia del Señor y empezó a orar apasionadamente, derramando su corazón ante su Dios.

Tal fue su emoción que sus labios formaban palabras, pero su garganta no producía sonido. Ella le prometió al Señor que, si El le concedía un hijo, ella se lo entregaría para servirle en el tabernáculo toda su vida. Prometió nunca cortarle el cabello como señal de su dedicación.

El sacerdote del Señor, un hombre llamado Elí, observaba de lejos a Ana. Al verla mover los labios sin hablar, sacó la conclusión de que había visitado la cantina antes de llegar al tabernáculo. Se acercó para regañarla: ¿Hasta cuándo te va a durar la borrachera? ¡Deja ya el vino!

Veamos ahora su respuesta, en 1 Samuel 1:15-17:

1:15 Y Ana le respondió diciendo: No, señor mío; yo soy una mujer atribulada de espíritu; no he bebido vino ni sidra, sino que he derramado mi alma delante de Jehová.
1:16 No tengas a tu sierva por una mujer impía; porque por la magnitud de mis congojas y de mi aflicción he hablado hasta ahora.
1:17 Elí respondió y dijo: Ve en paz, y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho.

Dios escuchó la oración de Ana, y le concedió un hijo. Ella le puso como nombre Samuel, que significa Dios oyó - porque Dios había oído su oración. Ella llevó al niño Samuel al tabernáculo, donde lo entregó al cuidado de Elí para servir al Señor el resto de su vida. Cada año, ella le llevaba una túnica que le hacía.

Leamos ahora 1 Samuel 2:21: "Y visitó Jehová a Ana, y ella concibió, y dio a luz tres hijos y dos hijas. Y el joven Samuel crecía delante de Jehová." Samuel no fue el único hijo de Ana; Dios le concedió tener más hijos e hijas. Ana honró al Señor. Ella lo buscó en su dificultad, en lugar de orar a algún ídolo, y cumplió fielmente la promesa que le hizo. Como resultado, el Señor honró también a Ana. Hay un principio muy importante que se encuentra en el capítulo 2, en la segunda mitad del verso 30: "mas ahora ha dicho Jehová: Nunca yo tal haga, porque yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco. "

Dios honra a quienes lo honran, pero humilla a los que lo desprecian. Ana honró al Señor, y recibió honor. Su hijo Samuel siguió su ejemplo. De hecho, Samuel fue una luz en medio del declive de la religión en Israel. Elí, el sacerdote, era un hombre anciano. Sus hijos era unos sinvergüenzas que sacaban más de lo debido de los sacrificios y hasta se acostaban con las mujeres que servían en el tabernáculo. Elí los regañaba, pero no hacía nada para frenar la deshonra que sus hijos traían sobre el altar del Señor.

Por fin, el Señor se hartó. De noche, llamó a Samuel para darle un mensaje para Elí. Al principio, Samuel - un niño aún - pensaba que era Elí quien le estaba hablando. Dos veces despertó a Elí, diciéndole: Aquí estoy. Por fin, Elí se dio cuenta de que era el Señor quien le hablaba a Samuel, y le dijo: Si alguien vuelve a llamarte, dile: Habla, Señor, que tu siervo escucha.

Dios le dio a Samuel un mensaje para Elí, un mensaje de juicio. Leamos estas palabras en 1 Samuel 3:11-14:

3:11 Y Jehová dijo a Samuel: He aquí haré yo una cosa en Israel, que a quien la oyere, le retiñirán ambos oídos.
3:12 Aquel día yo cumpliré contra Elí todas las cosas que he dicho sobre su casa, desde el principio hasta el fin.
3:13 Y le mostraré que yo juzgaré su casa para siempre, por la iniquidad que él sabe; porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado.
3:14 Por tanto, yo he jurado a la casa de Elí que la iniquidad de la casa de Elí no será expiada jamás, ni con sacrificios ni con ofrendas.

Samuel no quería darle este mensaje a Elí, pero por fin, se lo dio. Más tarde, las palabras se volvieron realidad; los hijos de Elí murieron en batalla, y él se quedó sin descendencia. Al final del capítulo 3, leemos que Dios continuó manifestándose a Samuel.

Dios ya no le hablaba a Elí. Ni siquiera quiso hablarle para darle el mensaje de juicio contra su familia, sino que usó a un niño - Samuel - para hacerlo. ¿Por qué? Porque Ana había enseñado a Samuel a honrar al Señor, mientras que Elí no había frenado a sus hijos cuando ellos lo deshonraron.

Hay una lección muy importante aquí para los padres. Hay muchos padres que son como Elí - les hablan a sus hijos, pero no los corrigen ni se esfuerzan por detenerlos cuando van hacia el mal. Luego dicen: ¿Por qué no me escucha? ¿Por qué no me hace caso? Terminan en deshonra, como Elí, porque no han sabido detener a sus hijos.

No es suficiente con hablarles a tus hijos. Hay que ponerles límites. Cuando les pones límites, no te contentes con amenazas. Si ellos desobedecen, tienen que ver las consecuencias de su desobediencia - perder la oportunidad de ver televisión durante un tiempo, por ejemplo.

Enséñales a honrar al Señor, como lo hizo Ana con el pequeño Samuel, y ellos te traerán honra también. ¿Cómo podemos enseñarles a honrar al Señor? Lo más importante es mostrarles que nosotros mismos lo honramos. Ellos mostrarán en su vida las actitudes que aprenden de nosotros.

Si ves cosas en tus hijos que no te gustan, pregúntate dónde las aprendieron. ¿Será posible que las aprendieron de ti? ¿Será posible que están copiando tus propias fallas de carácter? No siempre es así, pero con más frecuencia de lo que quisiéramos reconocer, los errores que vemos en nuestros hijos son nuestros propios errores reflejados.

Por esto, tenemos que ser humildes y saber arrepentirnos. Tenemos que saber honrar al Señor, porque El honra a quienes lo honran. Así fue con Samuel. De ser un niño al que Dios le habló, pasó a ser un hombre al que Dios le revelaba su Palabra. Es más, Dios lo usó como líder de su pueblo. Samuel llegó a ser el último juez de Israel, y el más grande.

Veamos cómo Dios lo usó en el capítulo 7, versos 2 al 6:

7:2 Desde el día que llegó el arca a Quiriat-jearim pasaron muchos días, veinte años; y toda la casa de Israel lamentaba en pos de Jehová.
7:3 Habló Samuel a toda la casa de Israel, diciendo: Si de todo vuestro corazón os volvéis a Jehová, quitad los dioses ajenos y a Astarot de entre vosotros, y preparad vuestro corazón a Jehová, y sólo a él servid, y os librará de la mano de los filisteos.
7:4 Entonces los hijos de Israel quitaron a los baales y a Astarot, y sirvieron sólo a Jehová.
7:5 Y Samuel dijo: Reunid a todo Israel en Mizpa, y yo oraré por vosotros a Jehová.
7:6 Y se reunieron en Mizpa, y sacaron agua, y la derramaron delante de Jehová, y ayunaron aquel día, y dijeron allí: Contra Jehová hemos pecado. Y juzgó Samuel a los hijos de Israel en Mizpa.

Samuel fue un gran líder porque él dirigió la atención del pueblo hacia Dios. Algunos líderes buscan honra para sí mismos, exaltándose y hablando siempre de lo que ellos mismos hacen. Samuel no fue así; él llamó al pueblo a volver al Señor y honrarle sólo a El.

Ellos respondieron, arrepintiéndose y abandonando su idolatría. Como resultado, Dios honró a Samuel. Cuando atacaron los filisteos, Dios envió grandes truenos que causaron confusión entre los filisteos y permitieron a los israelitas derrotarlos. Fue tal la honra que Dios le dio a Samuel que los israelitas tuvieron victoria sobre los filisteos durante toda la vida de Samuel. Veamos el 7:13: "Así fueron sometidos los filisteos, y no volvieron más a entrar en el territorio de Israel; y la mano de Jehová estuvo contra los filisteos todos los días de Samuel.".

Sin embargo, aun Samuel - con toda su sabiduría y el honor que Dios le dio - no pudo superar el ejemplo de Elí. El también tuvo dos hijos malos, unos corruptos que aceptaban sobornos y pervertían la justicia. Como resultado, la gente pedía un rey, como lo tenían todas las demás naciones. El pueblo hacía bien en quejarse de la mala administración de los hijos de Samuel, pero se equivocaron en pensar que la solución estaba en parecerse a las demás naciones. Para mostrarles su error, Dios decidió darles precisamente un rey como las demás naciones.

Mandó a Samuel a escoger un hombre que se parecería a los reyes que tenían las demás naciones - un hombre alto, fuerte, buen guerrero. Este hombre se llamaba Saúl. Aunque era alto y fuerte, era también algo tímido. De hecho, el día en que lo iban a nombrar rey, él se escondió entre el equipaje y lo tuvieron que sacar a fuerzas.

A pesar de todo, Saúl empezó bien. Liberó al pueblo de Jabés, que había quedado bajo poder de un amonita llamado Najás. Para esto se necesitaba un rey: para proteger y guiar al pueblo. Como resultado, todos honraron a Saúl. Delante del Señor, confirmaron a Saúl como su rey.

Sin embargo, con el transcurso del tiempo, Saúl mostró señas de no saber honrar al Señor. Dios lo había honrado, nombrándole rey sobre Israel. Sin embargo, Saúl no supo corresponderle. Hubo algunas indicaciones iniciales en ocasiones, pero el momento culminante llegó en la ocasión de una gran victoria.

Dios le había mandado a Saúl que castigara a uno de los pueblos vecinos. En aquella época de la historia, los israelitas eran el instrumento de Dios de castigo sobre algunas naciones vecinas, una señal del juicio que vendrá un día sobre todos los desobedientes. Las instrucciones fueron muy claras: todos los habitantes, incluyendo su ganado, debían ser destruidos como ofrenda al Señor.

Leamos lo que sucedió cuando el profeta Samuel llegó a encontrarse con Saúl después de la batalla. Se encuentra en 1 Samuel 15:13-14:

15:13 Vino, pues, Samuel a Saúl, y Saúl le dijo: Bendito seas tú de Jehová; yo he cumplido la palabra de Jehová.
15:14 Samuel entonces dijo: ¿Pues qué balido de ovejas y bramido de vacas es este que yo oigo con mis oídos?

¡Qué palabras! Samuel lo confronta con su pecado, dándole la oportunidad de arrepentirse: ¿Qué significan esos balidos de oveja que me parece oír? Pero Saúl sólo responde con pretextos.

Leamos ahora los versos 22 y 23:

15:22 Y Samuel dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros.
15:23 Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación. Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey.

¡Qué tragedia envuelven estos versículos! Saúl lo tenía todo; era el rey. Dios lo elevó a un lugar de honor. Sin embargo, él no supo honrar al que lo había honrado a él; rechazó a Dios, y por ende, Dios lo rechazó. Ana y Samuel fueron fieles en honrar al Señor, y fueron honrados por El. Saúl, en cambio, no supo honrar al Señor, y cayó en deshonra.

Como resultado, cuando Saúl murió, no fue su hijo el que tomó su lugar. Dios lo arrancó de su lugar y puso en él a otro, acerca del que aprenderemos pronto. La falla de Saúl, en realidad, es la falla de cualquier rey como los reyes de las naciones. Es lo que había pedido el pueblo, y es lo que Dios les dio. Sin embargo, vendría - mil años después, y de otro linaje que el de Saúl - un Rey perfecto.

Dios nos pregunta hoy: ¿me honrarás? El declara: honro a los que me honran, y humillo a los que me desprecian. No desprecies al Señor que te ha mostrado su amor, dando a su único Hijo en sacrificio por ti. Hónralo con tu vida. Hónralo con tus hijos. Hónralo en tu familia, dándole el lugar que El se merece. Dios sabe poner en honor a los que le saben honrar - y a mucha honra.


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